Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 9 — La mujer que no perdonaba #3
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Capítulo 9 — La mujer que no perdonaba #3

—Entonces aún no era viuda. Henri Lenoir vivía, aunque ya estaba enfermo.

Marguerite era joven, ambiciosa y devota de la historia del club.

Demasiado devota. Odiaba a Bellanger porque Bellanger admiraba a Julien Marchand y no a su marido.

Odiaba a Montclar porque Montclar estaba llamado a superar el recuerdo de Henri.

Pero al mismo tiempo lo necesitaba. El club necesitaba un nuevo campeón que mantuviera viva la grandeza que Henri ya no podía sostener.

—¿Está diciendo que Marguerite ayudó a Montclar a robar los análisis?

—Estoy diciendo que, cuando Julien hablaba de una mujer inocente, yo pensaba en ella. No porque fuera inocente, sino porque Julien tal vez quiso creer que lo era.

Delacroix recordó a Marguerite Lenoir en la primera fila, rígida, exigiendo que Montclar continuara cuando ya estaba mal.

“Un campeón no abandona una partida porque la sala se pone sentimental.” La frase regresó con otro peso.

No sonaba ahora como simple dureza ceremonial, sino como una antigua ley personal.

Para Marguerite, los campeones debían sostener el mito hasta el final, incluso si el cuerpo se quebraba.

—¿Se lo dijo alguna vez a Montclar? —preguntó Delacroix.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hace años. Él se rió. Dijo que Marguerite Lenoir amaba tanto las leyendas que habría sido capaz de falsificar una, pero no de hacerlo con talento.

—Otra crueldad.

—No. Esta vez quizá era miedo.

Richet volvió lentamente hacia la mesa.

—¿Por qué no mencionó esto antes?

Viviane lo miró con fatiga.

—Porque antes me estaban preguntando si yo había matado al hombre que me arruinó una parte de la vida. No si otra mujer había ayudado a arruinar la de Julien Marchand.

—Las dos cosas pueden estar relacionadas.

—En este club, comisario, todo está relacionado. Esa es la enfermedad.

Richet salió entonces, dejando a Delacroix unos segundos a solas con Viviane. El detective no ocupó la silla del comisario. Permaneció de pie, con las manos detrás de la espalda, mirando la fotografía boca abajo.

—¿Por qué me dice esto ahora? —preguntó.

Viviane se levantó despacio.

—Porque Cyrille me llamó para una explicación que ya no podrá dar. Y porque, aunque lo odié, no quiero que su última verdad vuelva a ser editada por este club.

—¿Su última verdad?

—La que iba a contar después de la partida. Tal vez no era una confesión. Tal vez era un ataque. Tal vez habría vuelto a mentir de un modo más brillante. Pero era suya. Y alguien se la robó antes de que pudiera pronunciarla.

Delacroix la acompañó hasta la puerta. Antes de salir, Viviane se detuvo.

—Usted cree que fue Bellanger.

—Creo que Bellanger tiene la forma adecuada.

—¿Y yo?

—Usted tiene la herida adecuada.

Viviane aceptó la frase con una inclinación leve.

—Entonces procure distinguir bien entre forma y herida, monsieur Delacroix. En este club muchos sangran desde hace años, pero no todos eligieron convertir la sangre en método.

Salió al salón.

Delacroix permaneció un instante en la biblioteca.

La declaración de Viviane había cambiado la naturaleza del pasado.

Julien Marchand ya no era solo el amigo destruido de Bellanger ni el cuñado olvidado de Abel.

Era también un hombre que había dejado caer, entre alcohol y vergüenza, la imagen de una mujer saliendo de una habitación de análisis.

Una mujer que quizá había sido Marguerite Lenoir.

Una mujer que quizá había ayudado a Montclar a convertirse en leyenda.

Una mujer que, años después, había exigido en voz alta que el campeón siguiera jugando cuando el cuerpo le pedía detenerse.

Delacroix salió al salón principal.

El comisario Richet supervisaba la retirada del reloj. Dos agentes, con guantes, lo colocaban en una caja acolchada. El objeto parecía más pequeño ahora, casi ridículo. Un reloj de caoba, dos esferas, dos botones. Nada en él sugería horror. Esa era precisamente su fuerza.

El cuerpo de Montclar seguía cubierto. Viviane volvió a ocupar un lugar apartado, pero ya no parecía mirar al muerto, sino al espacio que la partida había dejado vacío.

Bellanger permanecía sentado, inmóvil. Abel Cavaillon observaba el traslado del reloj con una angustia contenida.

Viremont hablaba con Bressan en un susurro áspero.

Irène Louviers seguía cada gesto sin escribir.

Solange Perrin tenía los ojos fijos en Marguerite Lenoir.

La viuda del antiguo campeón estaba de pie junto a los retratos. Su bastón apoyado en ambas manos, el rostro seco, los labios cerrados. No miraba el cuerpo. No miraba el reloj.

Miraba la vitrina.

En ella, el nombre de Cyrille Montclar se repetía sobre la plata como una victoria interminable.

Más abajo, en placas antiguas, aparecía el de Henri Lenoir.

Entre ambos nombres, entre el campeón muerto y el campeón convertido en memoria, Delacroix empezó a distinguir una línea vieja, tensa y casi invisible.

No era todavía la solución.

Pero era otra diagonal.

Y en una partida bien construida, las diagonales largas suelen actuar mucho antes de que alguien advierta que el rey está en peligro.