Capítulo 9 — La mujer que no perdonaba #2
—Madame, cuando habló con Montclar antes de la partida, ¿qué le dijo?
La expresión de Viviane se cerró un poco. No por miedo. Por orgullo.
—Asuntos privados.
—Hoy la privacidad de Montclar ha tenido una tarde lamentable.
—Ya lo sé.
—¿Lo amenazó?
—No.
—¿Lo acusó?
—Sí.
—¿De qué?
—De haberme llamado demasiado tarde.
La respuesta pareció sincera, pero insuficiente.
—Eso no explica su reacción —dijo Delacroix.
—¿Cuál?
—Montclar se endureció. Respondió con crueldad. Usted quedó pálida.
Viviane bajó la mirada hacia sus manos.
—Le dije que había recibido su nota y que no pensaba permitirle usarme para limpiar su conciencia delante de nadie.
Él dijo que mi conciencia debía de ser una habitación muy cómoda, porque jamás había guardado nada importante.
Yo le respondí que, si iba a pedir perdón, al menos tuviera la decencia de hacerlo antes de necesitar testigos.
—¿Y él?
—Me dijo que no me debía un perdón.
—Pero la nota hablaba de una explicación.
—Cyrille no consideraba que explicar y pedir perdón tuvieran relación. Para él, explicar era reorganizar los hechos hasta quedar en la casilla más conveniente.
Delacroix asintió lentamente.
—¿Le habló de Julien Marchand?
La reacción de Viviane fue pequeña, pero distinta a las anteriores. No sorpresa. Reconocimiento.
—No hoy.
—¿Pero conocía la historia?
—Sí.
—¿Por Montclar?
—Por Julien.
Richet levantó la vista.
—¿Conoció a Marchand?
Viviane miró la fotografía boca abajo sobre la mesa, como si pudiera verla a través del papel.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Antes de Cyrille.
La respuesta cambió la habitación. No de manera visible, pero sí en la distribución interna de las sospechas. Richet dejó la pluma. Delacroix la observó con más atención.
—Explíquese —dijo el comisario.
Viviane tardó unos segundos. Cuando habló, la voz no perdió firmeza, pero sí algo de distancia.
—Julien Marchand era amigo de mi marido.
Venía a casa a veces, antes de Lyon. Era alegre, distraído, brillante de una forma menos cruel que Cyrille.
Jugaba al ajedrez como si aún creyera que ganar podía ser una forma de felicidad y no una manera de demostrar superioridad.
Después de Lyon cambió. Todos lo vimos cambiar.
—¿Cree que Montclar le robó los análisis?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Julien me lo dijo una noche, borracho, llorando en el invernadero de mi padre. Dijo que había visto a alguien salir de la habitación de análisis. Dijo que no podía denunciarlo.
—¿A quién vio?
Viviane cerró los ojos un instante.
—No me lo dijo.
—Otra vez.
—No me lo dijo porque, según él, no podía destruir a una mujer inocente.
Delacroix sintió que algo se abría, no como una puerta sino como una grieta bajo una alfombra.
—¿Una mujer?
—Eso dijo.
—¿Quién podía ser?
—No lo sé.
—Piénselo.
—Lo he pensado quince años más que usted, monsieur Delacroix.
La respuesta no fue insolente, sino cansada.
—¿La esposa de alguien? —preguntó Richet.
—Quizá. Una amante. Una hermana. Una mujer que ayudó a Montclar sin comprender del todo qué hacía. O comprendiéndolo demasiado tarde. Julien estaba borracho. A veces decía una cosa y luego otra. Pero siempre repetía que Cyrille no había actuado solo.
—¿Se lo contó a Bellanger?
—No.
—¿Por qué?
—Porque Julien le había fallado. O creía haberle fallado. Y Bellanger, en su dolor, lo dejó creerlo. Después ya fue tarde.
Delacroix pensó en la fotografía de Lyon: Bellanger mirando el tablero, Marchand mirando la cámara, Montclar sonriendo. El pasado empezaba a tener más piezas que la versión oficial.
—¿Montclar sabía que usted conocía a Marchand? —preguntó.
—Sí.
—¿Y que Marchand le había hablado?
—No lo sé. Quizá lo sospechaba.
—¿Pudo ser eso lo que quería explicarle hoy?
Viviane abrió los ojos. Por primera vez pareció golpeada por una posibilidad que no había querido formular.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque Cyrille no habría esperado tanto.
—Quizá la carta lo obligó.
—La carta obligó a todos, por lo visto.
Delacroix aceptó la frase. La carta había movido varias piezas antes de que la partida empezara.
Richet se inclinó hacia ella.
—Madame Marceau, tiene usted un motivo más antiguo de lo que parecía.
Conocía a Marchand, fue amante de Montclar, conserva resentimiento, conocía libros de sustancias peligrosas por la farmacia de su padre y Montclar la llamó hoy con una nota.
Debo preguntárselo claramente. ¿Mató a Cyrille Montclar?
Viviane lo miró sin indignarse. A Delacroix le pareció que incluso agradecía la limpieza de la pregunta.
—No.
—¿Deseó su muerte?
—Sí.
La respuesta llegó sin demora. Richet parpadeó.
—Eso no la ayuda.
—No he venido a ayudarme. He venido porque un hombre muerto me pidió que viniera.
—¿Cuándo deseó su muerte?
Viviane giró el rostro hacia la puerta de la biblioteca.
—Varias veces a lo largo de los años. Nunca durante mucho tiempo. El deseo de muerte exige una constancia que me parece agotadora. Yo deseaba más bien que viviera lo suficiente para comprender lo que había hecho. Es una forma más lenta de venganza, lo admito.
Delacroix pensó que aquella mujer decía verdades peligrosas porque había descubierto que las mentiras prudentes no la favorecían.
—Durante la partida —preguntó él—, ¿cuándo comprendió que algo iba mal?
—Antes que algunos. Después que usted.
—No estoy seguro de haber comprendido nada.
—Sí lo estaba. Desde que empezó a mirar el reloj.
La frase lo sorprendió apenas. Viviane lo había observado mientras él observaba.
—Tiene buena vista.
—Las mujeres que han sido engañadas por hombres brillantes aprenden a mirar objetos pequeños.
—¿Qué vio usted?
—Vi a Cyrille frotarse los dedos. Vi que no quería tocar el botón, aunque seguía haciéndolo. Vi que Bellanger esperaba. Pero no pensé en veneno. Pensé en crueldad. Era lo natural en esa mesa.
Richet miró a Delacroix.
—¿Usted habló de veneno con ella?
—No.
—Entonces todos están llegando a ese maldito reloj.
—No todos —dijo Delacroix—. Solo quienes miraron las manos.
Viviane bajó la voz.
—Cyrille tenía las manos hermosas. Siempre lo supe. Eran manos hechas para convencer a los demás de que el pensamiento también podía tener elegancia. Hoy parecían manos de un viejo.
No lloró. La frase, sin embargo, fue lo más cercano al llanto que había mostrado.
Un golpe en la puerta interrumpió la declaración. Era uno de los agentes de Richet. Asomó con prudencia, algo incómodo por interrumpir una escena cuya tensión no entendía del todo.
—Comisario, trajeron la caja para el reloj. Y el doctor pregunta si ya puede trasladarse el cuerpo.
Richet se levantó.
—Voy.
Viviane también hizo ademán de ponerse de pie, pero Delacroix habló antes.
—Un momento más, madame.
Ella lo miró.
—¿Sí?
—El joven Marchand dijo que había visto a una mujer salir de la habitación de análisis. Usted ha dicho que no sabía quién era.
—Así es.
—Pero tiene una sospecha.
Viviane sostuvo su mirada. La biblioteca pareció reducirse alrededor de ambos.
—Tuve muchas.
—Elija la que aún le molesta.
La mujer cerró las manos sobre el bolso.
—Marguerite Lenoir.
Richet, que ya estaba en la puerta, se detuvo.
—¿La viuda del antiguo campeón?