Capítulo 9 — La mujer que no perdonaba
Viviane Marceau no caminó hacia la biblioteca como una sospechosa.
Lo hizo como una mujer que había decidido no concederle a nadie el espectáculo de verla quebrarse en público.
Delacroix la observó desde el umbral del salón mientras ella cruzaba entre las sillas desordenadas, sin mirar el cuerpo de Montclar más que una vez, y no por evitación cobarde, sino por una suerte de disciplina feroz.
Había personas que apartaban la vista de los muertos porque les repugnaba la muerte.
Viviane parecía apartarla porque aún no estaba dispuesta a permitir que Cyrille Montclar le exigiera otra emoción.
El comisario Richet la esperaba sentado a la mesa central de la biblioteca.
La carpeta del libro conmemorativo había sido retirada a un lado, aunque seguía visible, como si también quisiera escuchar.
La fotografía de Lyon permanecía boca abajo junto a las notas del comisario.
En el otro extremo de la habitación, una lámpara de pantalla verde arrojaba sobre los lomos de los libros una luz enfermiza, casi teatral.
Era curioso, pensó Delacroix, que un club dedicado a un juego de precisión tuviera habitaciones tan propicias para los secretos.
Viviane se sentó sin que nadie se lo indicara. No pidió agua. No preguntó si aquello sería largo. Apoyó el bolso sobre las rodillas y cruzó las manos encima, con una serenidad que no llegaba a ocultar la tensión de los nudillos.
—Madame Marceau —dijo Richet—, necesito hacerle algunas preguntas.
—Lo imaginaba.
—Su relación con Cyrille Montclar.
—Esa no es una pregunta.
Richet levantó la vista de la libreta.
—Entonces empiece por donde le resulte menos cómodo. Suele ser más rápido.
Viviane lo miró durante un segundo. Luego volvió apenas la cabeza hacia Delacroix.
—¿También usted hará preguntas?
—Solo si las respuestas se comportan mal.
—Entonces sí.
Delacroix no sonrió. La mujer tenía una inteligencia seca que, en otra circunstancia, quizá le habría resultado agradable. Allí era otra pieza sobre el tablero, y una pieza con demasiada historia debajo.
—Conocí a Cyrille hace quince años —dijo ella—.
Yo estaba recién viuda. Mi marido había muerto de una fiebre absurda, de esas que convierten a un hombre sano en un retrato en menos de una semana.
Mi padre vivía todavía y yo llevaba las cuentas de su farmacia, aunque la farmacia era ya más una renta que un oficio.
Cyrille llegó a la ciudad para una exhibición.
Jugó contra veinte personas a la vez, ganó diecinueve partidas y empató una con un sacerdote que pasó el resto de la noche explicando que había estado a punto de vencerlo.
—¿Y usted? —preguntó Richet.
—Yo no jugaba.
—Pero lo conoció.
—En una cena. Cyrille sabía ser encantador cuando el encanto le ofrecía alguna ventaja o ningún esfuerzo. Conmigo, al principio, quizá fueron las dos cosas.
La frase no tenía amargura visible, pero sí una precisión dolorosa. Delacroix había oído muchas versiones del amor perdido. Algunas eran gritos, otras súplicas, otras inventarios de agravios. La de Viviane parecía haber sido depurada durante años hasta quedar reducida a una forma fría y cortante.
—¿Fueron amantes? —preguntó Richet.
—Sí.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Tres años, de manera intermitente. Cyrille no pertenecía nunca del todo a nadie. Decía que los torneos, los viajes, el club y su trabajo le impedían llevar una vida convencional. Yo tardé en comprender que la vida convencional le interesaba poco, pero sus comodidades sí.
—¿Le prometió matrimonio?
Viviane sonrió apenas.
—Me prometió cosas más útiles que el matrimonio. Me prometió sinceridad.
Delacroix miró sus manos. No temblaban.
—Una promesa imprudente en ciertos hombres.
—En Cyrille era casi obscena.
Richet escribió unas líneas.
—¿Por qué terminó la relación?
—Porque dejó de convenirle.
—¿A él?
—Naturalmente. Yo aún no había aprendido a convenir menos.
—Necesitaré algo más concreto.
Viviane respiró con lentitud. No parecía reacia a responder por pudor; parecía decidir cuánto de su pasado merecía ser puesto sobre una mesa policial.
—Cyrille usó mi casa, mis contactos y mi dinero con la delicadeza suficiente para que durante un tiempo yo pudiera llamarlo ayuda.
Mi padre tenía una biblioteca considerable, no de ajedrez, sino de química, botánica médica, preparados antiguos, venenos tratados como medicamentos y medicamentos tratados como venenos.
Eran libros de otro siglo, muchos inútiles, algunos peligrosos solo para quien creyera entenderlos.
Cyrille se interesó por ellos durante una temporada, no demasiado, lo justo para hacer preguntas inteligentes y olvidar las respuestas en cuanto dejaban de divertirlo.
Richet dejó de escribir.
—¿Venenos?
Viviane lo miró sin inmutarse.
—Comisario, acaba de morir un hombre en una habitación cerrada a medias y usted parece sorprendido de que en el mundo existan libros desagradables.
—No me sorprende que existan. Me interesa quién los leyó.
—Cyrille hojeaba. No estudiaba. Su verdadera ciencia era la humillación.
Delacroix intervino.
—¿Y usted?
—Yo sabía más que él.
—¿Sobre esos libros?
—Sobre casi todo lo que Cyrille tocaba sin amar.
Richet golpeó la mesa con la pluma, no fuerte, solo lo suficiente para cortar el hilo demasiado literario de la respuesta.
—Madame Marceau, ¿tiene usted conocimientos suficientes para preparar una sustancia dañina?
—No.
—¿Segura?
—Completamente segura. Sé reconocer ciertas plantas, sé leer etiquetas antiguas y sé que la mitad de los hombres que se creen capaces de manipular venenos terminan envenenándose antes de acabar la frase. Eso no me convierte en asesina ni en boticaria.
—Su padre era farmacéutico.
—Mi padre está muerto.
—La farmacia.
—Vendida hace años.
—¿Conservó sustancias, frascos, preparados?
Viviane alzó una ceja.
—Conservé deudas, muebles y dos retratos horribles de mis abuelos. Las sustancias se destruyeron o pasaron al comprador. No colecciono reliquias tóxicas, si es lo que imagina.
Delacroix observó que no había contestado con indignación. Le gustaba la exactitud más que la ofensa. Eso podía ser carácter o preparación. En cualquier caso, la volvía más interesante.
—¿Montclar sabía que usted estaría aquí hoy? —preguntó.
—Me pidió que viniera.
—La nota dice: “Ven. Te debo una explicación. Después de la partida”.
—Sí.
—¿Qué explicación esperaba?
Viviane miró hacia la lámpara, como si la respuesta no estuviera en su memoria sino suspendida en la luz verdosa.
—Al principio pensé que sería una crueldad. Cyrille tenía esa costumbre: llamaba explicación a un golpe que todavía no había dado. Después, al verlo entrar, comprendí que estaba asustado. No mucho. Cyrille incluso asustado seguía pareciéndose a Cyrille. Pero algo había cambiado.
—¿Por la carta anónima?
—Imagino que sí.
—¿Le habló de ella?
—No. Pero la tocaba a cada rato, como si quisiera comprobar que seguía allí.
Delacroix asintió. Él también había visto ese gesto.
—¿Cuándo recibió usted su nota?
—Esta mañana, en el hotel.
—¿Quién la entregó?
—Un muchacho del servicio. Dijo que la habían dejado para mí en recepción.
—¿Reconoció la letra de Montclar?
—Sí.
—¿Pudo haber sido falsificada?
—Todo puede falsificarse si uno tiene tiempo, paciencia y una vida demasiado triste.
—No le pregunto por filosofía.
—Sí, pudo. Pero creo que era su letra.
Richet tomó la nota que ella había entregado antes y la observó dentro del sobre de resguardo.
—¿Por qué vendría usted si lo despreciaba?
Viviane tardó más en responder. Esta vez la pausa fue personal, no estratégica.
—Porque uno no desprecia impunemente a alguien que amó. El desprecio llega después, como una casa que se construye sobre ruinas. Pero si una piedra se mueve, todo vuelve a hacer ruido debajo.
Richet la miró con una incomodidad casi respetuosa. No era hombre de metáforas, pero hasta él comprendió que algunas respuestas merecían no ser interrumpidas de inmediato.
—¿Quería verlo perder? —preguntó Delacroix.
Viviane volvió hacia él.
—Antes de la partida, quizá.
—¿Y durante?
—Durante quise que se levantara.
—¿Por compasión?
—Por decencia. Morir ante Bellanger era lo único peor que perder ante él.
—Curioso. Casi todos hablan de la humillación de Bellanger. Usted habla de la de Montclar.
—Porque conocía a los dos lo suficiente para saber que esa mesa no tenía dos jugadores. Tenía dos heridas sentadas frente a frente.
Delacroix guardó la frase. Era buena, y por ser buena podía contener verdad.
—¿Conocía bien a Bellanger?
—No íntimamente. Lo vi muchas veces en torneos, cenas, actos del club. Cyrille hablaba de él con una mezcla de desprecio y necesidad. Lo llamaba “mi sombra educada”. Decía que Bellanger existía para demostrar que el talento no bastaba si a un hombre le faltaba instinto.
—Cruel.
—Cyrille no desperdiciaba una crueldad si podía repetirla con variaciones.
—¿Bellanger lo sabía?
—Por supuesto. Cyrille se ocupaba de que las frases llegaran a destino.
Richet escribió el comentario con gesto sombrío.
—¿Y usted cree que Bellanger pudo matarlo?
Viviane no respondió de inmediato. Miró hacia la puerta cerrada de la biblioteca, detrás de la cual el salón seguía respirando con dificultad.
—Creo que Bellanger pudo esperar lo suficiente para desearlo sin parecer impaciente.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única honesta.
—¿Lo vio tocar el reloj?
—No.
—¿Lo vio acercarse a la mesa antes de la partida?
—Todos se acercaron en algún momento.
—Necesito precisión.
—Yo llegué después de la elección del reloj. Lo vi ya sobre la mesa. Bellanger estaba cerca, pero no recuerdo que lo tocara. Montclar sí. Abel también, naturalmente.
—¿Usted lo tocó?
—No.
—¿Entró en la sala de análisis o en la sala de material?
—No.
—¿Segura?
Viviane inclinó apenas la cabeza.
—Comisario, si hubiese entrado en una sala de caballeros dedicada a estudiar variantes, media docena de socios habría sufrido una crisis respiratoria. Alguien lo recordaría.
Delacroix estuvo a punto de sonreír, pero no lo hizo.