Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 8 — Cuentas sobre el tablero #4
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Capítulo 8 — Cuentas sobre el tablero #4

—Julien ayudaba a Bellanger a preparar la partida aplazada de Lyon.

Había encontrado una continuación magnífica.

No era solo una variante; era una idea. Si Bellanger la jugaba, Montclar quedaba perdido.

La noche anterior a la reanudación, las notas desaparecieron de la habitación de análisis.

Al día siguiente, Montclar jugó exactamente la defensa que neutralizaba la preparación.

Ganó. Después dijo que Bellanger había sobreestimado su posición.

Los periódicos lo repitieron. El club lo repitió. La historia lo repitió.

—¿Y Marchand?

—Quedó como un ayudante descuidado. Bellanger nunca lo acusó, pero tampoco pudo perdonarlo del todo. Julien empezó a beber. Decía que había visto a alguien entrar en la habitación, pero que no podía probarlo. Mi hermana lo sostuvo unos años. Después él se perdió.

—¿A quién vio entrar?

Abel miró a Delacroix.

—Eso decía que no podía decirlo. No sin destruir a alguien más.

—¿A quién?

—No lo sé.

La respuesta pareció sincera. O Abel había vivido tanto tiempo con aquella mentira que ya no necesitaba inventarla.

Richet señaló el reloj visible desde la puerta.

—Usted limpió el reloj esta mañana.

—Sí.

—¿Sabía que el botón correspondiente a Montclar podía estar contaminado?

Abel se quedó helado.

—¿Contaminado?

—Responda.

—No. Por Dios, no.

—Tenía motivo para odiar a Montclar.

—Sí.

—Tenía acceso al reloj.

—Sí.

—Tuvo el reloj en sus manos esta mañana.

—Sí.

—Eso no lo deja en una posición cómoda.

Abel bajó la mirada hacia sus manos.

—Mi posición en este club nunca fue cómoda, comisario.

Delacroix se acercó a la mesa.

—Dijo antes que el botón estaba más duro.

—Sí.

—¿Lo notó al limpiarlo?

—Sí.

—¿Pudo alguien manipularlo antes?

—No lo sé. La sala de material está cerrada.

—¿Quién entró hoy?

Abel cerró los ojos, reconstruyendo.

—Yo, por la mañana. Más tarde Solange, para buscar planillas antiguas. Madame Lenoir, para revisar unas fotografías. Monsieur Viremont entró un momento ayer por la tarde. Bellanger pidió usar la sala de análisis, no la de material.

—¿Están conectadas?

—Por una puerta interior.

Richet y Delacroix se miraron.

—¿Esa puerta tiene llave? —preguntó el comisario.

—Sí.

—¿Estaba cerrada?

Abel tardó demasiado.

—Debería estarlo.

Delacroix apagó el cigarrillo.

—Monsieur Cavaillon, en esta casa las frases “debería” están empezando a tener una vida muy agitada.

El encargado palideció.

—A veces queda entornada. Cuando se llevan tableros de una sala a otra, cuando hay torneo, cuando varios socios entran y salen… No siempre se cierra.

—Entonces Bellanger, desde la sala de análisis, pudo acceder a la sala de material.

Abel miró hacia la puerta, hacia el salón donde el rival seguía esperando.

—Pudo. Pero también otros.

—¿Quién estuvo en la sala de análisis antes de la partida?

—Bellanger. Solange un momento. Bressan entró buscando a Viremont, creo. Madame Louviers se asomó. No recuerdo más.

—¿Montclar?

—No. Montclar llegó tarde y se quedó en el salón.

Delacroix dejó que la información se asentara.

El acceso al reloj ya no era exclusivo de Abel.

Eso abría la posición y, al mismo tiempo, la hacía más peligrosa.

Bellanger podía haber llegado al objeto.

También Solange. También Bressan. Tal vez Irène.

Viremont con su llave. Madame Lenoir con su autoridad de reliquia viviente.

La muerte de Montclar seguía siendo imposible a plena vista, pero el antes de la partida empezaba a poblarse de sombras.

—¿Por qué no mencionó antes que Marchand era su cuñado? —preguntó Richet.

Abel levantó la mirada con una dignidad triste.

—Porque nadie me preguntó por los muertos que no estaban en la alfombra.

Delacroix sintió que la frase, involuntariamente, tocaba el centro del caso.

En el Círculo Philidor había al menos dos muertos: uno reciente, cubierto por una manta; otro antiguo, encuadernado en silencios, notas robadas y versiones oficiales.

El asesino, quienquiera que fuese, había sabido unirlos.

Y eso exigía algo más que odio.

Exigía memoria.

Richet permitió que Abel regresara al salón, aunque dejó a un agente encargado de vigilarlo con discreción. Cuando la puerta se cerró, el comisario se pasó una mano por la cara.

—Ahora el encargado también tiene motivo, acceso y una historia familiar arruinada.

—Sí.

—Me está empezando a gustar más el infarto.

—Los infartos rara vez escriben cartas anónimas, manipulan relojes y corrigen libros conmemorativos.

—No hemos probado lo del reloj.

—No.

—Pero usted ya lo habla como si lo hubiera visto.

Delacroix miró la fotografía de Lyon. Montclar seguía sonriendo desde el pasado con la insolencia intacta de los hombres que no saben que algún día serán explicados por sus enemigos.

—No vi el veneno, comisario. Vi la necesidad.

—¿La necesidad de qué?

—De que Montclar tocara algo muchas veces. De que siguiera jugando cuando ya estaba mal. De que no abandonara. De que el orgullo hiciera el trabajo que una mano asesina no podía hacer delante de todos.

Richet guardó sus notas con un gesto brusco.

—Entonces el asesino conocía bien a Montclar.

—Muy bien.

—Y sabía que jamás se levantaría de la mesa.

—Sobre todo si Bellanger estaba enfrente.

El comisario miró hacia el salón.

—Volvemos a Bellanger.

Delacroix recogió la fotografía y volvió a dejarla sobre la carpeta, exactamente donde estaba.

—En ajedrez, comisario, volver a una casilla no siempre significa retroceder. A veces significa que uno acaba de comprender por qué esa casilla era importante.