Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 8 — Cuentas sobre el tablero #3
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Capítulo 8 — Cuentas sobre el tablero #3

Viremont llevó la mano al bolsillo del chaleco y sacó un pequeño llavero. Lo dejó sobre la mesa. Richet lo tomó.

—¿Alguien pudo usarla?

—No.

—¿Seguro?

—Está siempre conmigo.

Delacroix observó el llavero. Las llaves son objetos vanidosos. Creen que cierran cosas. En realidad, muchas veces solo sirven para que sus dueños se sientan inocentes de lo que otros abren sin permiso.

—¿Quién conocía las irregularidades? —preguntó Richet.

—El comité directivo, en parte. Bressan, quizá. Montclar, desde hace unos días. No sé cómo consiguió ciertos documentos.

—¿Irène Louviers?

—Ella sabía que había una historia. No sé cuánto más.

—¿Viviane Marceau?

Viremont pareció desconcertado.

—¿Viviane? No veo qué tendría que ver.

—Montclar le pidió venir. Iba a darle una explicación.

—Eso pertenece a su vida privada.

—Hoy nada de Montclar parece tener esa suerte.

El presidente guardó silencio.

Delacroix tomó la carpeta y volvió a una de las páginas sobre Lyon.

Había una fotografía antigua de tres hombres jóvenes junto a un tablero.

Montclar aparecía en el centro, sonriente, con una mano apoyada en el respaldo de una silla.

A un lado estaba Bellanger, más delgado, más sombrío, mirando no a la cámara sino al tablero.

Al otro, un joven de rostro abierto y cabello claro sostenía una planilla.

Debía de ser Julien Marchand. Al pie, alguien había escrito los nombres.

El de Marchand estaba subrayado con lápiz rojo.

—¿Quién preparaba este material? —preguntó Delacroix.

—Una comisión. Yo, Abel en la parte de archivo, madame Lenoir para la historia antigua del club, Solange Perrin ayudaba a copiar partidas, Montclar revisaba sus secciones y monsieur Bressan financiaba la impresión.

—Una hermosa familia.

—Una institución.

—En los crímenes suele ser lo mismo.

Viremont no respondió. Richet le permitió retirarse después de varias preguntas más sobre cuentas, donaciones y accesos.

El presidente salió de la biblioteca con menos autoridad de la que había traído.

Al cruzar la puerta, miró hacia el salón, hacia el cuerpo cubierto, y por un instante Delacroix creyó ver en él algo parecido a la culpa.

No culpa de asesino. Culpa de hombre que ha dedicado demasiados años a proteger una fachada y descubre que, mientras él lustraba los picaportes, alguien estaba preparando una habitación para la muerte.

Richet se quedó mirando sus notas.

—Bien. Ahora tenemos motivos para Bellanger, Bressan y Viremont.

—Y no olvidemos a Viviane, Solange, Abel y madame Lenoir.

—Me alegra que el muerto haya tenido una vida social tan productiva.

—Montclar parecía cultivar enemigos con método.

—¿Cree que las cuentas son una distracción?

Delacroix encendió al fin el cigarrillo. Aspiró despacio y dejó que el humo se elevara hacia la lámpara.

—No exactamente. Las distracciones puras son raras. Esto importa. Montclar iba a revelar algo y varias personas temían la cena más que la partida.

—Pero murió durante la partida.

—Sí.

—Y usted no deja de volver al reloj.

Delacroix miró hacia la puerta abierta. Desde allí se veía parte del salón, una esquina de la mesa central y, bajo la vigilancia de un agente, el reloj de caoba.

—Porque las cuentas explican por qué alguien podía quererlo muerto antes de hablar. Pero no explican por qué alguien necesitó que siguiera jugando.

Richet cerró la libreta.

—Quizá nadie lo necesitó. Quizá se sintió mal y punto.

—Quizá.

—No parece convencido.

—No lo estoy. Pero tampoco quiero enamorarme de mi hipótesis. Es una debilidad muy común en detectives, médicos y jugadores de ajedrez.

—¿Y escritores de libros conmemorativos?

—Ellos se enamoran de la versión que envejece mejor.

Richet pidió que llamaran a Abel Cavaillon.

Mientras esperaban, Delacroix volvió a revisar la fotografía de Lyon.

Montclar, Bellanger, Marchand. Tres jóvenes detenidos en una imagen anterior a la ruina.

Montclar sonreía como quien ya sabe que el mundo acabará dándole la razón.

Bellanger miraba el tablero como si la partida no hubiera terminado, aunque la fotografía indicara lo contrario.

Marchand, en cambio, miraba a la cámara con una confianza casi dolorosa.

Era el único de los tres que no parecía estar defendiendo nada.

Delacroix dio vuelta la fotografía. En el reverso había una anotación antigua, con tinta desvaída:

Lyon, 1908. Antes del aplazamiento.

Debajo, una línea más reciente, en lápiz rojo:

Preguntar quién entró en la habitación de análisis.

El detective sostuvo la fotografía unos segundos.

La habitación de análisis. No el tablero.

No la sala pública. Una habitación lateral, quizá parecida a las salas menores del Círculo Philidor, donde se preparaban variantes, se guardaban papeles, se confiaba en cerraduras, amistades y rutinas.

El pasado empezaba a parecerse peligrosamente al presente.

Abel Cavaillon apareció en la puerta.

—Comisario.

—Siéntese —dijo Richet.

El encargado obedeció. Parecía más pequeño en la biblioteca que en el salón.

Sin la tarea de ordenar sillas o custodiar relojes, su cuerpo perdía función y quedaba expuesto.

Tenía los ojos enrojecidos, no necesariamente por lágrimas.

Algunos hombres lloran hacia dentro y envejecen de golpe; otros solo se irritan de tanta obediencia acumulada.

Delacroix dejó la fotografía sobre la mesa, boca arriba.

Abel la vio.

Su reacción fue mínima, pero existió. Los dedos se le tensaron sobre las rodillas. La mirada se le detuvo en el joven de cabello claro.

—Lo conocía —dijo Delacroix.

Abel levantó la vista.

—¿A quién?

—A Julien Marchand.

El encargado tragó saliva.

—Todos lo conocían.

—Eso no responde.

—Sí. Lo conocía.

—¿Bien?

Abel miró la fotografía otra vez.

—Era mi cuñado.

La frase quedó en la biblioteca con una sencillez brutal. Richet levantó lentamente la pluma. Delacroix no se movió. Afuera, en el salón, alguien murmuró algo y fue callado por un agente.

—Su cuñado —repitió el comisario.

—Estaba casado con mi hermana.

—Nadie lo mencionó.

Abel sonrió sin humor.

—En este club, comisario, algunas personas solo empiezan a existir cuando conviene recordarlas.

Delacroix observó la fotografía. El nombre borrado ya no era solo una sombra en la rivalidad entre Montclar y Bellanger. Tenía familia. Tenía un encargado que limpiaba relojes en el mismo club donde su memoria quizá había sido corregida durante años. La posición se ampliaba.

—¿Qué le pasó a Marchand? —preguntó Richet.

Abel apoyó las manos sobre la mesa. Sus dedos eran largos, cuidadosos. Los mismos dedos que habían alineado piezas y limpiado botones.

—Cyrille Montclar le robó una partida antes de robarle la vida.

—Eso es una acusación seria.

—No. Es una frase inútil. Las acusaciones serias necesitan jueces. Nosotros solo tuvimos rumores.

—Explíquese.

Abel respiró hondo. Durante años, quizá, había esperado que alguien le pidiera contar esa historia. Ahora que ocurría, parecía descubrir que el relato no traía alivio, solo más cansancio.