Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 8 — Cuentas sobre el tablero #2
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Capítulo 8 — Cuentas sobre el tablero #2

—Con un motivo. No necesariamente con este crimen.

Richet se rascó el bigote con la pluma. Era un hábito peligroso para su rostro y para sus informes.

—El libro conmemorativo me interesa. Si Montclar quería cambiar nombres, quizá la carta no habla solo de Bellanger.

—Exacto.

—Un nombre borrado.

—Julien Marchand, quizá. O alguien más.

—¿Otro jugador?

—O alguien que perdió algo más que una partida.

Richet miró hacia las estanterías. Había allí varios tomos encuadernados con los boletines antiguos del club.

En el lomo de algunos figuraban fechas escritas en dorado: años de torneos, actas, partidas, memorias.

La historia del Círculo Philidor no estaba solo en las vitrinas del salón.

Estaba allí, ordenada, encuadernada, probablemente corregida por manos cuidadosas.

Delacroix se acercó a uno de los estantes y pasó los dedos por los lomos sin retirarlos de su sitio.

—¿Qué busca? —preguntó Richet.

—Todavía nada. Es una de mis formas preferidas de empezar.

—No toque demasiado. Después dirá que un libro mató a alguien.

—Sería una mejora respecto de algunos libros que conozco.

El comisario gruñó, pero no impidió que Delacroix examinara los títulos.

Había anuarios, boletines internos, compilaciones de partidas, actas de torneos regionales y un volumen reciente, aún sin encuadernar del todo, formado por carpetas y hojas sueltas.

Sobre la cubierta se leía: Cincuenta años del Círculo Philidor. Material preliminar.

Delacroix no lo abrió de inmediato.

—Comisario.

Richet se acercó.

—¿Eso es el libro?

—O el cadáver anterior al libro.

Richet tomó la carpeta con cuidado y la llevó a la mesa.

No hacía falta la solemnidad excesiva de las pruebas contaminables, pero después de un muerto junto a un tablero nadie parecía con ganas de tratar los objetos con confianza.

El comisario abrió la cubierta. Dentro había fotografías, semblanzas, listas de campeones, copias de planillas antiguas, cartas de socios y borradores con correcciones al margen.

Algunas estaban hechas con tinta azul, otras con lápiz rojo.

—¿La letra de Montclar? —preguntó Richet.

—Habrá que comprobarlo.

Delacroix revisó las páginas sin prisa. En varias, el nombre de Cyrille Montclar aparecía destacado, inevitable, repetido con la misma insistencia que en la vitrina del salón.

Había una sección dedicada a sus triunfos, otra a sus partidas notables, otra a la rivalidad con Bellanger.

En los márgenes, alguien había escrito comentarios secos: “simplificación aduladora”, “falso”, “incluir Lyon”, “no omitir a J.M.”.

J.M.

Julien Marchand.

Delacroix señaló las iniciales. Richet inclinó la cabeza.

—Parece que Montclar quería mencionar a Marchand.

—O alguien quería que lo hiciera.

Pasaron unas páginas más. En una hoja mecanografiada, un párrafo sobre el torneo de Lyon había sido tachado casi por completo. Debajo, a mano, se leía:

La versión oficial es cómoda. La verdad, no.

Richet silbó bajo.

—Montclar estaba removiendo tumbas.

—O alguien removía la suya.

—¿Esto pudo escribirlo Bellanger?

—Quizá. Pero ¿habría Bellanger dejado notas incriminatorias en el material del club?

—Si quería presionar a Montclar.

—Entonces no querría que todos las vieran.

—A menos que quisiera que todos empezaran a hablar.

Delacroix aceptó la posibilidad con un gesto.

El caso empezaba a tener una doble estructura: una muerte reciente y una verdad antigua.

Lo peligroso era confundirlas. Los crímenes viejos atraen la atención con una fuerza casi literaria, pero no siempre matan por sí solos.

A veces solo ofrecen a un asesino contemporáneo el decorado perfecto.

Richet siguió revisando la carpeta. Encontró una lista de socios benefactores.

El nombre de Théodore Bressan aparecía varias veces, acompañado de cantidades importantes.

Junto a una de las donaciones había una anotación a lápiz: “verificar origen”.

Otra página, referida a restauraciones del edificio, incluía presupuestos inflados, correcciones, signos de interrogación y una frase escrita con letra distinta: “A.V. debe explicarlo antes de la cena”.

—A.V. —dijo Richet.

—Anatole Viremont.

—O alguien con iniciales oportunas.

—El presidente parece cada vez menos cómodo.

—El presidente de un club con un muerto en el salón tiene derecho a la incomodidad.

—No tanta.

Richet cerró la carpeta parcialmente, dejando señaladas las páginas relevantes.

—Quiero hablar otra vez con Viremont.

—Antes de eso, quizá convenga hablar con el encargado.

—¿Cavaillon?

—Él guarda llaves, relojes, documentos, salas y probablemente rencores. En una casa así, el encargado suele conocer más verdades que el presidente. La diferencia es que no las llama tradición.

Richet pensó unos segundos.

—Primero Viremont. Si lo dejo respirar demasiado, me redactará una explicación honorable.

—Tiene usted razón. Las explicaciones honorables son una plaga.

El comisario mandó llamar al presidente.

Viremont entró poco después, más erguido que antes, como si hubiera usado los minutos previos para reconstruirse una fachada.

Había recuperado el control del cuello, de los puños, incluso del tono.

Pero sus ojos seguían demasiado atentos.

Miró la carpeta sobre la mesa y comprendió enseguida que algo había cambiado.

—¿Han encontrado el material del libro? —preguntó.

—No estaba escondido —dijo Richet.

—No dije que lo estuviera.

—Lo pareció.

Viremont se sentó sin esperar invitación. Esta vez la biblioteca parecía pertenecerle un poco menos.

—Ese volumen es un proyecto institucional. Hay borradores, errores, comentarios sin pulir. Le ruego que no saque conclusiones apresuradas.

—Las conclusiones apresuradas son mi descanso entre preguntas lentas —dijo Richet—. Hábleme de las correcciones de Montclar.

—Cyrille tenía opiniones fuertes.

—Todos se empeñan en describirlo como un mueble pesado.

—Era difícil. Brillante, pero difícil. El comité le pidió que escribiera el prólogo porque, nos gustara o no, era la figura más importante de nuestra historia reciente. Él aceptó, pero luego empezó a exigir cambios.

—¿Sobre Lyon?

Viremont bajó los ojos a la carpeta.

—Entre otras cosas.

—¿Qué pasó en Lyon?

—Una vieja controversia. Nada probado.

—Estoy oyendo mucho esa frase hoy.

—Porque es verdad.

—No. Porque resulta útil.

Viremont se irguió.

—Comisario, yo era joven entonces, pero recuerdo lo suficiente.

Bellanger acusó en privado a Montclar de haber tenido acceso a unos análisis preparados por Julien Marchand.

No hizo acusación pública porque no podía demostrarla.

Montclar ganó aquella partida y luego el torneo.

Bellanger nunca volvió a ser exactamente el mismo. Marchand tampoco.

—¿Montclar robó esos análisis?

Viremont tardó demasiado.

—No lo sé.

—¿Qué cree?

—Creo que Cyrille era capaz de muchas cosas, pero también creo que Bellanger necesitó durante años una explicación para no aceptar que había perdido.

—Qué respuesta tan cómoda para el club.

El presidente se ofendió.

—La reputación de una institución no puede someterse a cada resentimiento privado.

Delacroix, que hasta entonces había permanecido cerca de la ventana, se volvió.

—¿Y a cada verdad incómoda?

Viremont lo miró con cansancio.

—Monsieur Delacroix, usted no conoce este club.

—Empiezo a conocerlo. Es mucho peor para el club.

—Aquí hay medio siglo de historia. Familias, socios, legados. No todo puede reducirse a sospechas.

—Al contrario. La historia suele ser el nombre respetable de las sospechas que sobrevivieron.

Richet intervino antes de que el intercambio se volviera demasiado elegante para ser útil.

—¿Qué significa esta anotación? “A.V. debe explicarlo antes de la cena”.

El rostro de Viremont se vació de color por un segundo. Después regresó a una palidez más socialmente aceptable.

—No lo sé.

—Otra frase muy popular.

—No reconozco esa letra.

—¿Pero reconoce las iniciales?

—Podrían ser las mías. Podrían no serlo.

—Explíqueme qué debía explicar usted.

—Nada.

—Monsieur Viremont.

—Nada criminal.

La corrección llegó tarde. Delacroix casi pudo ver cómo Viremont intentaba atraparla en el aire y devolverla a su boca.

Richet dejó la pluma.

—Eso sí que me interesa.

Viremont cerró los ojos un instante.

—Había irregularidades administrativas.

—Qué palabra tan perfumada.

—Retrasos en pagos, donaciones usadas para cubrir gastos previos, restauraciones más caras de lo previsto. Nada que justifique… esto.

—¿Montclar lo sabía?

—Sí.

—¿Lo amenazó?

—Amenazar no era su estilo.

Delacroix arqueó apenas una ceja.

—Hasta ahora todos han descrito a Montclar como un hombre que hacía de la amenaza una forma de cortesía.

Viremont aceptó el golpe en silencio.

—Cyrille dijo que el libro no podía celebrar una institución que falseaba sus cuentas y su memoria al mismo tiempo. Estaba furioso. Quería hablar durante la cena. Yo intenté convencerlo de que no convirtiera el cincuentenario en un escándalo.

—¿Lo convenció?

—Evidentemente no.

—O quizá alguien lo convenció de manera definitiva —dijo Richet.

Viremont levantó la cabeza con horror sincero.

—No.

—¿No qué?

—Yo no lo maté.

—Todavía no le pregunté.

—Pero lo piensa.

—Pienso muchas cosas. Monsieur Delacroix dice que eso es saludable.

Delacroix no confirmó ni negó la cita.

Viremont apoyó ambas manos sobre la mesa. Por primera vez parecía menos preocupado por la dignidad que por ser creído.

—Cyrille iba a destruir el club. Sí. Iba a hablar de las cuentas, de Lyon, de Marchand, de Bressan, quizá de mí. Pero yo no lo maté. ¿Cómo habría podido? Estuve con todos durante la partida. No me acerqué a él. No toqué su copa. No toqué su silla. No toqué el reloj después de que empezó el juego.

—¿Y antes? —preguntó Delacroix.

Viremont lo miró.

—¿Antes qué?

—¿Tocó el reloj antes de la partida?

—No. Abel lo trajo. Montclar lo eligió.

—Usted estaba allí.

—Sí.

—¿Entró hoy en la sala de material?

—No.

—¿Tiene llave?

—Sí, como presidente.

—¿La usó?

—No.

—¿Dónde está?