Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 8 — Cuentas sobre el tablero
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Capítulo 8 — Cuentas sobre el tablero

Théodore Bressan entró en la biblioteca con la expresión de un hombre que acababa de descubrir que el dinero no siempre compra la distancia adecuada.

Hasta ese momento había conseguido mantenerse cerca de la tragedia sin tocarla del todo, como ciertos patrocinadores que posan junto a los trofeos, pero desaparecen cuando hay que cargar las sillas.

La muerte de Cyrille Montclar, sin embargo, había tenido la mala educación de no respetar esa frontera.

Ahora Bressan debía sentarse ante el comisario Richet, bajo la luz verdosa de las lámparas, con el sombrero del comisario todavía apoyado sobre un tratado de finales y el cuerpo del campeón a pocos metros, en el salón principal, convertido ya en una presencia más pesada que todos los retratos del club.

Delacroix permaneció junto a la estantería, con un cigarrillo apagado entre los dedos.

No lo encendió. Había momentos en que fumar resultaba útil para pensar y otros en que solo servía para regalarle al interlocutor una pausa.

Bressan parecía un hombre muy dispuesto a usar cualquier pausa en beneficio propio.

—Nombre completo —dijo Richet.

—Théodore Auguste Bressan.

—Profesión.

—Industrial.

Richet levantó la vista.

—Eso es una palabra grande. Dígame cuál es la pequeña.

Bressan frunció el ceño.

—Tengo intereses en varias fábricas textiles, propiedades y participaciones comerciales.

—Vive usted agotado.

—No he venido aquí para ser objeto de burlas.

—Todavía no sé para qué vino. Por eso pregunto.

Bressan se acomodó en la silla. Era un hombre corpulento, pero su corpulencia no transmitía fuerza sino prosperidad acumulada con demasiada comodidad.

Tenía manos anchas, uñas pulidas, una sortija de sello en el meñique y un pañuelo perfumado que sacaba del bolsillo con más frecuencia de la necesaria.

Sudaba poco, pero de modo constante, como si la piel estuviera intentando desprenderse de alguna culpa menor.

—Soy patrocinador del torneo conmemorativo —dijo—. Mi empresa hizo una donación importante al Círculo Philidor para financiar los premios, la cena, algunos arreglos de la casa y la publicación de un volumen histórico sobre el club.

—Muy generoso.

—Me interesa apoyar las instituciones culturales.

—Qué suerte tienen las instituciones culturales de interesarle a los hombres con dinero.

Bressan lo miró con disgusto. Delacroix sospechó que no estaba acostumbrado a una forma de autoridad que no pudiera mejorar con una donación.

—Mi relación con el club es antigua —añadió—. Mi padre fue socio.

—¿Jugaba? —preguntó Delacroix.

—Mal. Pero con entusiasmo.

—Una combinación frecuente y peligrosa.

Richet pasó una página de su libreta.

—Durante la partida, monsieur Delacroix lo oyó decir que algo “no era lo acordado”.

Bressan exhaló con impaciencia, como si la frase, de tan pequeña, no mereciera sobrevivir a su contexto.

—Ya expliqué que hablaba del programa.

—Me lo explicó muy rápido. Las explicaciones rápidas tienen buena salud, pero poca profundidad.

—La partida debía durar un tiempo razonable. Había una cena organizada, discursos, invitados de fuera. No veo qué hay de sospechoso en que me preocupara el orden del acto.

—Un hombre estaba empeorando delante de usted.

—Yo no soy médico.

—Tampoco parecía preocupado por llamar a uno.

—Porque todos creímos que era tensión. Montclar era orgulloso. Dramático, incluso. No habría sido la primera vez que convertía una partida en teatro.

Delacroix intervino con suavidad.

—¿Le molestaba el teatro de Montclar o el momento en que eligió representarlo?

Bressan volvió hacia él una mirada más cauta.

—No entiendo la pregunta.

—Es una de las ventajas de responderla.

—Montclar estaba alterado desde antes. Eso lo vio todo el mundo.

—Sí. Y usted parecía alterado por otra cosa.

—Me preocupaba la imagen del club.

—Una preocupación compartida por monsieur Viremont.

—Naturalmente. El club tenía una oportunidad importante. El cincuentenario, la prensa, la partida entre Montclar y Bellanger… Todo eso podía atraer nuevos socios, nuevas donaciones, prestigio.

—Y quizá dinero.

—El prestigio siempre atrae dinero, monsieur Delacroix. Fingir lo contrario sería una grosería.

Delacroix sonrió apenas. Al menos Bressan tenía la decencia de no perfumar todas sus ambiciones con incienso cultural.

Richet apoyó la pluma sobre la mesa.

—¿Montclar sabía algo que pudiera perjudicarlo?

Bressan soltó una risa breve.

—¿A mí?

—No se señale con tanto asombro. Puede parecer esperanza.

—Montclar no sabía nada sobre mí que pudiera importarle a la policía.

—No he preguntado por la policía.

La respuesta incomodó a Bressan más que una acusación directa. Se llevó el pañuelo a la frente, aunque apenas había sudor.

—Montclar era un hombre indiscreto cuando le convenía. Había hecho comentarios sobre la donación, sobre la necesidad de que el club no se vendiera al primer comerciante enriquecido que quisiera colgar su apellido en una placa.

—¿Lo decía por usted?

—Lo decía delante de mí. Montclar rara vez necesitaba aclarar el destinatario de una humillación.

—¿Y usted lo soportaba?

—He soportado cosas peores por negocios mejores.

—Eso es casi una filosofía.

Bressan pareció arrepentirse de la frase, pero ya era tarde. Delacroix observó que Richet la anotaba con placer administrativo.

—¿Hubo algún acuerdo entre usted y Montclar? —preguntó el comisario.

—No.

—¿Entre usted y Viremont?

—Varios acuerdos propios del patrocinio.

—No me hable como si estuviéramos redactando un folleto.

Bressan apretó la mandíbula.

—Yo financiaba el torneo. A cambio, el club reconocía públicamente mi apoyo, aceptaba ciertas condiciones de organización y me permitía asociar mi nombre al volumen conmemorativo.

—¿Qué volumen?

—Un libro sobre los cincuenta años del Círculo Philidor. Partidas históricas, fotografías, semblanzas de campeones. Montclar iba a escribir el prólogo.

—¿Iba?

—Sí.

—¿Ya no quería?

Bressan tardó una fracción de segundo en responder.

—Últimamente estaba difícil.

—Eso describe a media humanidad.

—Estaba exigiendo cambios. Quería revisar capítulos, retirar ciertos nombres, incluir otros. Decía que la historia del club había sido editada por cobardes.

Delacroix levantó la mirada.

—¿Qué nombres quería incluir?

—No lo sé.

—Qué cómoda ignorancia.

—No trabajaba directamente conmigo en eso. Hablaba con Viremont.

—Pero a usted le preocupaba.

—Me preocupaba que un proyecto financiado por mí terminara convertido en una colección de rencores personales.

—Rencores de Montclar.

—O de otros.

La frase, quizá involuntaria, abrió una puerta. Delacroix no la dejó cerrarse.

—¿De Bellanger?

Bressan miró hacia la puerta de la biblioteca, como si el nombre pudiera atravesarla.

—Bellanger siempre se creyó víctima de una injusticia antigua.

—La partida de Lyon.

—Entre otras cosas.

—¿La conoce?

—La conoce todo el club. O cree conocerla. Cada generación recibe sus leyendas, monsieur Delacroix. Algunas hablan de santos, otras de relojes que se atrasan, otras de partidas robadas.

Richet se inclinó hacia adelante.

—¿Montclar robó los análisis de Bellanger?

—No lo sé.

—Pero opina.

—Opino que Montclar no necesitaba robar para ganar.

—Eso no responde.

—Y que, si robó, tuvo la inteligencia de hacerlo sin dejar pruebas.

—Eso responde mejor.

Bressan se removió en la silla. Había empezado a hablar más de lo que deseaba, quizá porque el desprecio por Montclar le salía con más facilidad que la prudencia.

—Montclar no era querido —dijo—. Admirado, sí. Temido, también. Pero querido, no. Tenía la costumbre de convertir cualquier favor en deuda y cualquier deuda en instrumento. Si ese hombre iba a remover la historia del club en un libro conmemorativo, todos teníamos motivos para preocuparnos.

—Todos —repitió Richet.

—No en el sentido criminal.

—Aprecio esa aclaración. Los asesinos suelen descuidarla.

Bressan se puso rojo.

—Yo no maté a nadie.

—Nadie le preguntó todavía con tanto entusiasmo.

Delacroix dejó el cigarrillo apagado sobre el borde de un cenicero.

—Monsieur Bressan, ¿vio a alguien tocar el reloj antes de la partida?

El patrocinador pareció sorprendido por el cambio.

—No presté atención.

—Inténtelo.

—Cavaillon lo trajo. Montclar eligió el de caoba. Bellanger estaba allí. Viremont también. Madame Louviers rondaba, como siempre. No recuerdo más.

—¿Usted lo tocó?

—No.

—¿Entró hoy en la sala donde se guardan los relojes?

—Por supuesto que no.

—¿Conoce esa sala?

—He visto la puerta. No tengo motivo para entrar.

—El dinero, a veces, cree tener motivo para entrar en todas partes.

Bressan lo miró con cansancio irritado.

—Monsieur Delacroix, si quisiera matar a un hombre, no elegiría un reloj de ajedrez en una sala llena de testigos.

—La mayoría de los asesinos prefieren imaginarse razonables antes de ser descubiertos.

—Eso no es una respuesta.

—Era una observación.

Richet cerró la libreta, aunque no la guardó.

—Por ahora puede volver al salón. No salga de la casa.

Bressan se levantó con alivio mal disimulado. Ya en la puerta, se volvió.

—Comisario, entiendo que deban hacerse preguntas, pero le aseguro que está buscando en la dirección equivocada. Montclar recibió una carta. Bellanger lo odiaba. Todos vimos cómo lo prolongó, cómo lo hizo sufrir. El resto son detalles desagradables, pero detalles al fin.

Delacroix lo observó.

—Los detalles son piezas pequeñas, monsieur Bressan. Conviene no despreciarlas. A veces coronan.

Bressan no supo si aquello era una burla o una amenaza. Decidió no averiguarlo y salió.

Richet esperó a que la puerta se cerrara.

—No me gusta tampoco.

—Este club está resultando muy fértil en antipatías.

—Pero Bressan no parece el hombre del reloj.

—No.

—¿Por qué?

—Porque piensa en términos de intercambio. Dinero, reputación, placas, acuerdos. Un hombre así puede encargar una desgracia, esconder una cuenta o comprar un silencio. Pero el método de la partida tiene otra naturaleza. Es demasiado íntimo. Demasiado construido alrededor del orgullo de Montclar.

—Bellanger.

—Bellanger encaja mejor con la forma.

—¿Y Bressan con el motivo?