Capítulo 7 — La carta del campeón #3
Delacroix no lo siguió de inmediato. Se quedó en el salón, junto a la mesa central.
El cuerpo de Montclar había sido cubierto mejor, pero una mano asomaba todavía bajo la manta.
La derecha. Los dedos, ligeramente curvados, parecían conservar el gesto de la última presión sobre el reloj.
Delacroix miró después el tablero. Un agente había colocado una cinta improvisada alrededor de la mesa para evitar que alguien se acercara demasiado.
El reloj seguía en su sitio, vigilado como un animal pequeño y venenoso.
Gaspard Bellanger estaba sentado de nuevo junto a la biblioteca. No miraba el cuerpo. Miraba a Solange Perrin.
La joven no se dio cuenta. Seguía hablando con Irène Louviers, aunque su atención parecía partida entre la periodista y la mesa.
Bellanger la observó unos segundos y luego apartó los ojos.
El gesto fue breve, casi nada. Pero Delacroix lo guardó.
Aquel hombre miraba poco, y por eso cada mirada suya tenía peso.
Se acercó a Solange.
—Mademoiselle Perrin, necesitaré más tarde que me ayude a reconstruir la partida.
Ella alzó la vista.
—Puedo hacerlo ahora.
—¿Está segura?
—Prefiero eso a seguir mirando la manta.
Irène Louviers cerró su libreta.
—Yo también tengo la notación.
—No lo dudo, madame. Pero sospecho que su notación incluye adjetivos.
—Los adjetivos son necesarios cuando los sustantivos se portan mal.
—Hoy intentaremos que las piezas se porten mejor.
Solange se levantó. Delacroix pidió a un agente que trajera una mesa auxiliar y un tablero de la sala menor, no el de la partida.
No quería tocar nada de la mesa central.
El tablero auxiliar fue colocado cerca de la biblioteca, bajo una lámpara.
Solange sacó de su pequeño bolso una planilla doblada.
Su letra era rápida, clara, con algunas marcas en los márgenes.
Irène ofreció la suya. Otro socio, un hombre calvo de nariz afilada, entregó también una anotación parcial.
Delacroix las comparó. Coincidían en lo esencial.
—Empecemos —dijo.
Solange colocó las piezas iniciales con manos firmes.
A Delacroix le impresionó esa firmeza. Hacía menos de una hora había visto morir a su antiguo maestro, verdugo o ambas cosas, y ahora disponía peones y alfiles con una precisión que no era frialdad, sino refugio.
Algunas personas rezan. Otras ordenan piezas.
La joven reprodujo los primeros movimientos.
Delacroix siguió la secuencia con atención.
Montclar había jugado con blancas una apertura de dama, sólida en apariencia, pero con una desviación temprana.
Bellanger respondió con una defensa flexible.
Las piezas comenzaron a ocupar las casillas de la memoria.
—Aquí —dijo Solange en la jugada doce— tuvo la primera posibilidad de simplificar a su favor.
—¿Bellanger?
—Sí. No era definitivo, pero le daba una posición muy cómoda. Eligió otra cosa.
—¿Mala?
—No. Más larga.
Delacroix miró a Irène. La periodista no sonrió. También había oído la palabra.
Solange continuó. En la jugada diecisiete, Bellanger había tenido una entrada de torre que varios consideraban fuerte.
La evitó. En la veintiuno, una combinación podía ganar material o forzar un final superior.
Eligió una maniobra de espera. En la veintiséis, después de la dama de Montclar, tuvo que defenderse con precisión, pero incluso entonces escogió una línea que mantenía piezas sobre el tablero en vez de cambiar.
—¿Por qué? —preguntó Delacroix.
Solange no respondió enseguida.
—Si usted me lo hubiera preguntado antes de que Montclar muriera, habría dicho que por orgullo. Bellanger quería derrotarlo en una posición rica, no en un final técnico. Quería que todos vieran que podía manejar más tensión que él.
—¿Y ahora?
La joven movió una pieza negra y se quedó mirándola.
—Ahora me parece que la tensión le importaba menos que la duración.
Delacroix sintió que aquella frase encajaba con un sonido casi audible.
—¿Usted cree que Bellanger sabía que Montclar estaba empeorando?
—Todos lo veíamos.
—No es lo mismo verlo que saberlo.
Solange lo miró con inquietud.
—¿Qué quiere decir?
—Todavía no lo sé.
La reconstrucción continuó hasta la posición previa al colapso. El tablero auxiliar mostraba un rey blanco acorralado pero no muerto, una defensa difícil pero posible, una red negra amplia, lenta, paciente. Solange señaló una variante con el dedo sin tocar las piezas.
—Aquí Bellanger podía forzar un final ganado. Montclar habría sufrido, sí, pero la partida probablemente terminaba pronto.
—¿Y qué hizo?
—Mantuvo las damas. Dejó más piezas. Más amenazas. Más cálculo. Más jugadas.
Más botones, pensó Delacroix.
No lo dijo.
En cambio, miró el tablero central, donde el reloj de caoba seguía custodiado.
La idea ya no era una ocurrencia. Tampoco era una conclusión.
Era una forma, todavía borrosa, pero cada vez más difícil de ignorar.
Si el veneno estaba en el botón de Montclar y actuaba por repetición, Bellanger no necesitaba tocar al campeón.
Solo necesitaba jugar de modo que el campeón siguiera tocándose a sí mismo con la muerte.
Una ejecución por turnos.
Delacroix sintió una breve repugnancia, no por el veneno en sí, sino por la belleza perversa del método.
Convertía una regla del juego en arma. Convertía la cortesía de presionar el reloj después de mover en una complicidad involuntaria del condenado.
Montclar había obedecido la disciplina del ajedrez hasta el último gesto, y cada gesto lo había acercado al final.
—Monsieur Delacroix —dijo Solange.
Él volvió hacia ella.
—Perdón. Pensaba.
—¿En la partida?
—En lo que alguien hizo con ella.
La joven palideció un poco.
—Entonces cree que lo mataron.
Delacroix miró las piezas del tablero auxiliar. El rey blanco aún estaba de pie allí, en la reconstrucción. Sobre la alfombra, a pocos metros, Cyrille Montclar ya no.
—Creo —dijo— que la partida quizá no fue el escenario del crimen.
Solange frunció el ceño.
—¿Entonces?
Delacroix levantó la vista hacia el reloj.
—Quizá fue el crimen.