Capítulo 7 — La carta del campeón #2
No fue larga. No fue dramática. Pero no tenía la lisura de las anteriores. Algo había tropezado dentro de él.
—Podría referirse a muchas cosas —dijo al fin.
—Qué mala suerte. Yo esperaba que se refiriera a una sola.
—En el ajedrez hay muchas acusaciones antiguas. Algunas se exageran, otras se inventan, otras se olvidan hasta que alguien necesita volver a usarlas.
—¿Qué acusación antigua relacionaba a Montclar con usted?
Bellanger respiró por la nariz. Delacroix vio cómo los dedos de su mano derecha se curvaban apenas sobre la mesa.
—Hace veintidós años jugamos un torneo clasificatorio en Lyon. Yo tenía una posición ganadora contra él. La partida fue aplazada.
—¿Aplazada?
—En aquel tiempo todavía ocurría. Se sellaba una jugada y se continuaba al día siguiente. Yo había preparado una continuación. Al reanudarse la partida, Montclar encontró una defensa extraordinaria. No solo salvó la posición; terminó ganando.
—¿Y?
—Y alguien dijo que había visto mis análisis.
—¿Alguien?
—Rumores.
—Los rumores tienen hoy una actividad admirable.
Bellanger miró hacia la estantería, como si buscara en los lomos de los libros un modo menos humillante de recordar.
—Un amigo mío me ayudaba a preparar la continuación. Éramos jóvenes. Él había anotado variantes. Esas notas desaparecieron una noche. Montclar jugó al día siguiente como si las hubiera leído.
—¿Lo acusó?
—No públicamente.
—¿Por qué?
—Porque no tenía pruebas.
—Pero lo creyó.
Bellanger volvió hacia el comisario una mirada fría.
—Sí.
La sinceridad de esa respuesta produjo un silencio breve.
Delacroix sintió que acababan de apartar una pieza que cubría otra.
Veintidós años. Una partida aplazada. Notas desaparecidas.
Una victoria que quizá había sido robo. El eterno segundo no había nacido solo de derrotas honestas, sino quizá de una derrota convertida en destino por una trampa nunca demostrada.
—¿Quién era ese amigo? —preguntó Delacroix.
Bellanger lo miró.
—Julien Marchand.
—¿Está en el club?
—No.
—¿Vive?
Otra pausa. Esta sí tuvo peso.
—Murió hace años.
—¿También jugaba?
—Sí. Mejor de lo que el mundo llegó a saber.
—¿Qué le ocurrió?
—Bebía. Perdió torneos, alumnos, amigos. Después perdió la salud. El orden no siempre fue ese.
Richet anotó el nombre.
—¿La carta puede referirse a Julien Marchand?
—Podría.
—¿Montclar robó sus análisis?
—No puedo demostrarlo.
—No le pregunté eso.
Bellanger sostuvo la mirada del comisario.
—Sí. Creo que los robó.
—¿Y usted esperó veintidós años para vengarse?
—No me he vengado.
—No le pregunté si lo hizo. Le pregunté si esperó.
Bellanger se reclinó apenas en la silla. Por primera vez parecía molesto de verdad, no por la sospecha sino por la torpeza con que la sospecha tocaba algo que él habría preferido mantener bajo control.
—Comisario, si cada hombre humillado por Montclar hubiera decidido matarlo, habría muerto hace mucho tiempo y con bastante más competencia.
—No subestime a este salón. Quizá alguno decidió esperar hasta hoy.
Bellanger no respondió.
Delacroix se acercó un poco a la mesa.
—¿Montclar sabía que usted seguía creyendo en aquel robo?
—Por supuesto.
—¿Lo usaba contra usted?
—Montclar usaba todo.
—¿También a Marchand?
Bellanger bajó la vista. Esa vez la herida apareció con claridad, aunque duró poco.
—Lo mencionaba de vez en cuando.
—¿Cómo?
—Como se menciona a un hombre muerto cuando se quiere demostrar que no merece seguir importando.
La frase quedó suspendida bajo la luz verde de la lámpara. Richet dejó de escribir. Incluso él pareció comprender que aquello no era un simple motivo, sino un sedimento de años. La humillación reciente puede empujar un arrebato; la humillación antigua, bien conservada, puede aprender arquitectura.
—¿Qué iba a revelar Montclar después de la partida? —preguntó Delacroix.
—No lo sé.
—¿Sospecha que podía hablar de Lyon?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque si hubiera querido confesar algo sobre Lyon, no habría esperado veintidós años ni una partida pública.
—Quizá la carta lo obligaba.
Bellanger miró el sobre.
—Montclar jamás confesaba por obligación. Convertía la confesión en ataque. Si iba a hablar, era porque podía llevarse a alguien más por delante.
—¿A quién?
—Pregunte al presidente. Pregunte a Bressan. Pregunte a madame Louviers, que parecía saber más de lo conveniente. Pregunte a Viviane Marceau. Yo no era el único fantasma de Montclar.
Richet cerró la libreta.
—Por ahora basta.
Bellanger se levantó.
—¿Puedo volver al salón?
—Puede volver a sentarse donde yo lo vea.
—Una distinción sutil.
—Y muy generosa.
Bellanger inclinó la cabeza y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, Delacroix habló.
—Monsieur Bellanger.
El rival se detuvo.
—Sí.
—Cuando Montclar cayó, usted no se movió enseguida.
Bellanger no volvió del todo el cuerpo. Solo giró la cabeza.
—Me sorprendió.
—A otros la sorpresa los hizo levantarse.
—Cada hombre se sorprende con sus propios modales.
—Una frase excelente.
—Gracias.
—No era elogio.
Bellanger abrió la puerta.
—En ese caso, la acepto con más tranquilidad.
Salió.
Richet esperó a que la puerta se cerrara.
—No me gusta.
—Eso no lo distingue mucho en esta casa.
—No me gusta porque no intenta gustar.
—A veces eso es una honestidad. A veces una estrategia.
—¿Cree que miente?
Delacroix miró la silla vacía.
—Creo que escoge la verdad con mucho cuidado.
El comisario tomó la carta anónima y la leyó completa otra vez, esta vez en silencio. Luego la dejó sobre la mesa.
—Lyon. Marchand. Una partida aplazada. Un posible robo de análisis. Buen motivo para Bellanger.
—Muy bueno.
—Demasiado bueno, según usted.
—No necesariamente. Pero la carta abre más puertas de las que cierra.
—Explíquese.
Delacroix se acercó a la ventana de la biblioteca. Daba al patio interior, donde la fuente seca acumulaba hojas y sombra. La tarde empezaba a caer. El club, visto desde dentro, parecía más aislado que antes, como si la muerte de Montclar hubiera cerrado no solo las puertas, sino también el paisaje.
—La carta explica por qué Montclar llegó alterado. Eso es importante. También rescata un viejo motivo contra Bellanger. Eso es útil para quien quiera mirarlo a él.
—¿Sugiere que alguien escribió la carta para incriminarlo?
—Sugiero que la carta cumple demasiadas funciones. Humilla a Montclar. Lo empuja a jugar en mal estado. Convoca sus fantasmas. Y ahora nos entrega un motivo antiguo en bandeja.
Richet frunció el ceño.
—Pero Bellanger pudo escribirla.
—Sí.
—Para asustarlo.
—Sí.
—Para debilitarlo antes de matarlo.
—Sí.
—No parece usted muy convencido de su propia duda.
Delacroix sonrió apenas.
—La duda no necesita entusiasmo para trabajar bien.
Richet guardó la carta.
—La nota de Montclar a Viviane dice que quería hablar con ella después de la partida. Nada más. “Ven. Te debo una explicación. Después de la partida”. Breve, seca. Firma suya, según ella.
—Montclar se estaba preparando para algo.
—O alguien lo estaba preparando a él.
Delacroix asintió lentamente.
—Eso me interesa más.
—¿Qué quiere decir?
—Que todos hablan de lo que Montclar iba a hacer después de la partida. Hablar con Irène. Dar explicaciones a Viviane. Tal vez enfrentar a Viremont. Quizá revelar algo sobre Bressan. Pero murió antes. Es posible que alguien quisiera impedir ese después.
—Eso nos lleva a casi todos.
—Sí. Pero no explica el durante.
Richet lo observó.
—El durante es el reloj.
—Quizá.
—Usted cree que el reloj lo mató.
Delacroix tardó en responder. No por teatralidad. La idea seguía pareciéndole demasiado cruel incluso antes de ser cierta.
—Creo que Montclar empeoró a medida que la partida avanzaba.
Creo que su mano derecha mostró una molestia repetida después de tocar el botón.
Creo que Bellanger no tuvo prisa cuando la prisa le convenía.
Creo que el asesino, si lo hubo, necesitaba que Montclar siguiera haciendo algo bajo la mirada de todos.
—Presionar el reloj.
—Entre otras cosas.
Richet se rascó el bigote.
—Un veneno que mata por contacto repetido. No me gusta.
—A mí tampoco.
—Por eso lo dice.
—Exactamente.
El comisario llamó a uno de sus agentes y ordenó que enviaran a buscar una caja adecuada para trasladar el reloj sin tocarlo.
También pidió que se protegieran las copas, el maletín de Montclar y las planillas de notación.
Delacroix insistió en que se recogieran todas las anotaciones privadas de los jugadores presentes, no solo la oficial. Richet le preguntó por qué.
—Porque la partida es un testigo —dijo Delacroix—. Y como todo testigo, conviene interrogarlo antes de que alguien lo eduque.
El agente no entendió la frase, pero la anotó con obediencia parcial.
Cuando regresaron al salón, el ambiente había cambiado otra vez.
Ya no dominaba el espanto inicial. En su lugar había surgido algo más denso: la conciencia de que cada persona podía ser llamada, interrogada, examinada.
Las relaciones se habían modificado. Quienes antes conversaban en grupos ahora guardaban distancia.
Los socios evitaban mirar a Bellanger demasiado tiempo.
Viviane permanecía cerca de una ventana, sola.
Solange Perrin hablaba con Irène Louviers en voz baja.
Bressan discutía con Viremont junto al aparador, y la discusión se interrumpió en cuanto vieron entrar a Richet y Delacroix.
Ese silencio repentino fue, para Delacroix, más elocuente que cualquier frase.
—Monsieur Bressan —dijo Richet—. Usted será el siguiente.
El patrocinador se puso rígido.
—¿Yo?
—No se alarme. Todavía no es un homenaje.
Bressan miró a Viremont, como si esperara que el presidente intercediera. Viremont no lo hizo. Quizá porque no podía. Quizá porque, de pronto, le convenía que alguien más ocupara la silla incómoda de la biblioteca.
—Por supuesto —dijo Bressan.
Avanzó con una dignidad algo sudorosa.