Capítulo 7 — La carta del campeón
La biblioteca del Círculo Philidor era una habitación estrecha y profunda, más alta que cómoda, con estanterías que subían hasta el techo y una escalera móvil apoyada en un riel de bronce.
Olía a papel envejecido, cuero, polvo fino y esa humedad discreta que los clubes antiguos prefieren llamar tradición.
Sobre una mesa central, bajo la luz verdosa de dos lámparas, el comisario Richet había instalado una especie de despacho provisional.
No parecía muy impresionado por el entorno.
Había dejado su sombrero sobre un tratado de finales de torre y alfil con una indiferencia que, en otra circunstancia, habría bastado para que Anatole Viremont lo expulsara del club o sufriera un síncope menor.
Gaspard Bellanger se sentó frente a él sin que nadie se lo indicara.
Lo hizo con la misma compostura con que había jugado, con los hombros rectos, las manos visibles sobre la mesa y la mirada tranquila.
No se recostó en la silla ni fingió abatimiento.
Tampoco exageró la pena. Eso, en principio, podía considerarse una virtud.
La tristeza teatral siempre había parecido a Delacroix una pariente demasiado cercana de la coartada.
Sin embargo, en Bellanger aquella medida perfecta empezaba a adquirir una cualidad distinta, casi irritante.
Era un hombre que parecía haber calculado incluso la cantidad de conmoción socialmente aceptable.
Richet abrió su libreta.
—Nombre completo.
—Gaspard Émile Bellanger.
—Edad.
—Cincuenta y dos años.
—Profesión.
Bellanger hizo una pausa mínima.
—Jugador de ajedrez. Profesor, cuando es necesario. Conferenciante, cuando pagan lo suficiente.
—¿Y hoy?
—Hoy era invitado del club y participante de la partida central.
Richet anotó con una letra grande, poco elegante, pero rápida.
—Su relación con Cyrille Montclar.
Bellanger no miró a Delacroix, aunque debía de sentirlo a un lado de la mesa, junto a una estantería donde varios volúmenes prometían revelar secretos de la defensa francesa. En una biblioteca de ajedrez, pensó Delacroix, hasta los libros parecían tener coartada.
—Fuimos rivales durante muchos años.
—Eso ya lo sé.
—Entonces no sé qué más espera que diga.
—Lo que no pondría en una nota necrológica.
Bellanger aceptó el golpe con una inclinación apenas perceptible de cabeza.
—No éramos amigos.
—¿Lo odiaba?
—El odio es una palabra vulgar.
—La muerte también lo es, y mírela.
Por primera vez, Bellanger bajó la mirada. No hacia el suelo. Hacia sus propias manos.
—Montclar era un hombre difícil.
—Otra frase de nota necrológica.
—Era arrogante, cruel cuando se sentía seguro, brillante casi siempre, generoso casi nunca. Tenía el talento de convertir cualquier conversación en un recordatorio de su superioridad. Pero eso no significa que lo odiara.
—¿No?
—No del modo que usted necesita.
Richet levantó la vista.
—Yo todavía no necesito nada.
—Todos necesitan algo cuando empiezan a hacer preguntas.
Delacroix sonrió apenas. Bellanger era, sin duda, peligroso en conversación.
No por agresivo, sino por disciplinado. Respondía lo justo, medía el peso de cada palabra y tenía la habilidad de no defenderse demasiado.
Los inocentes suelen excederse por miedo; los culpables, por cálculo.
Bellanger no hacía ni una cosa ni la otra. Eso lo volvía incómodo.
—La partida —dijo Richet—. Cuénteme qué ocurrió.
Bellanger respiró despacio.
—Montclar llegó alterado. Eso era evidente.
Al principio pensé que se trataba de nervios, aunque él jamás habría usado esa palabra.
Jugó con cierta imprecisión desde las primeras jugadas, pero no estaba perdido.
Después empezó a equivocarse más. Yo obtuve ventaja.
Él intentó complicar la posición, como hacía siempre cuando no le gustaba la dirección de una partida.
Luego se sintió mal. Quiso continuar. Continuó. Se desplomó.
—Una descripción limpia.
—Los hechos suelen serlo antes de que alguien los ensucie.
—No se preocupe. Para eso estoy yo.
Bellanger no sonrió. Richet pasó una página.
—Varias personas dicen que usted pudo ganar antes.
—Varias personas siempre descubren victorias perfectas cuando no están sentadas frente al tablero.
—¿Es falso?
—No exactamente.
—Eso me gusta menos que una mentira.
Bellanger se inclinó apenas hacia adelante. No parecía impaciente, pero había en sus ojos una sombra de cansancio o de desdén. Quizá ambas cosas.
—En ajedrez, comisario, una ventaja puede convertirse en victoria de muchas formas.
Algunas son directas, otras más seguras, otras más elegantes.
Desde fuera, una línea parece evidente porque nadie ve todas las defensas posibles.
Montclar era peligroso precisamente en posiciones que otros daban por terminadas.
Si uno intentaba rematarlo demasiado pronto, encontraba una grieta. Lo hizo durante treinta años.
—¿Y usted decidió no rematarlo?
—Decidí no precipitarme.
Delacroix miró a Richet. La palabra era otra variante de la misma familia: no rematar, no precipitarse, esperar, prolongar. Bellanger construía una defensa verbal tan coherente que rozaba la perfección. El problema de la perfección, en los seres humanos, es que casi siempre necesita mantenimiento.
—Mademoiselle Perrin cree que usted evitó líneas claras —dijo Delacroix.
Bellanger volvió hacia él los ojos.
—Mademoiselle Perrin es talentosa, pero joven.
—Una enfermedad de la que algunos se curan mal.
—También es impaciente.
—¿Y usted no?
—No desde hace mucho.
—Eso debió de costarle.
La mirada de Bellanger se endureció apenas. Delacroix notó el impacto. No era mucho, pero bastaba. En algunos hombres, mencionar la paciencia equivalía a tocar una cicatriz.
—La paciencia —dijo Bellanger— es una virtud muy sobrevalorada por quienes no han necesitado practicarla.
—Y muy peligrosa en quienes sí.
Richet dejó la pluma sobre la libreta.
—Monsieur Bellanger, voy a hablarle sin adornos.
Montclar muere durante una partida contra usted.
Usted era su rival histórico. Usted se beneficia de su muerte, al menos en reputación.
Todos sabían que había resentimiento. Y ahora varios jugadores sugieren que usted alargó la partida cuando podía terminarla.
Dígame por qué no debería considerarlo sospechoso.
Bellanger no se alteró. Su serenidad, sin embargo, perdió algo de suavidad.
—Porque no tuve oportunidad de matarlo.
—Explíquese.
—La partida fue pública. Había decenas de ojos mirando.
No le di nada de beber. No toqué sus piezas.
No toqué su copa. No me levanté. No me acerqué a él.
No hubo contacto alguno entre nosotros después del saludo inicial.
Si usted desea acusarme de haberlo exasperado hasta matarlo, quizá encuentre testigos suficientes.
Si desea acusarme de otra cosa, necesitará un milagro.
—Los milagros no entran en mis informes.
—Entonces estamos de acuerdo.
—No tanto.
Bellanger lo miró con frialdad.
—Comisario, si Montclar fue envenenado, como parecen insinuar con tanta delicadeza, alguien debió administrarle ese veneno.
¿Cómo? ¿Con qué? ¿Cuándo? Si fue antes de la partida, mire hacia quien lo vio antes de llegar al club.
Si fue durante la partida, explique cómo ocurrió ante todos.
Pero no confunda una rivalidad conocida con una prueba solo porque resulta cómoda para el relato.
La respuesta era buena. Demasiado buena para ser espontánea o, quizá, buena precisamente porque era verdadera.
Delacroix no se permitió decidirlo. Aun así, hubo una palabra que lo interesó: relato.
Bellanger comprendía que la culpa no se construía solo con hechos, sino con una historia que los ordenara.
Los culpables lo saben. Los inocentes inteligentes también.
—¿Tocó el reloj antes de la partida? —preguntó Delacroix.
Bellanger no se movió.
—No.
—¿En ningún momento?
—En ninguno.
—¿Ni al entrar en el salón, ni durante la discusión sobre cuál usar, ni al sentarse?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no era necesario.
—Los jugadores suelen comprobar el reloj.
—Algunos. Yo no lo hice.
—Curioso.
—¿Por qué?
—Porque dijo usted que la precisión importaba. Y, sin embargo, aceptó sin protestar el reloj menos preciso.
Bellanger apoyó los dedos sobre la mesa. No tamborileó. Solo los apoyó, uno al lado del otro, como piezas alineadas en su casilla inicial.
—Montclar eligió el reloj de caoba. En una partida conmemorativa, en su club, ante sus admiradores, discutir esa elección habría parecido mezquino.
—No me pareció usted muy preocupado por parecer mezquino durante la partida.
—Una cosa es la cortesía antes de empezar. Otra, la lucha sobre el tablero.
—Entonces cedió por cortesía.
—Sí.
—Y luego cedió también cuando Montclar pidió cambiar la ubicación del reloj.
—No cedí. Me dio igual.
—Madame Louviers dijo que usted suele preferir el reloj a su derecha.
—Madame Louviers prefiere convertir las costumbres ajenas en símbolos. Es su oficio.
—¿No es cierto?
—A veces lo prefiero a la derecha. Otras no.
—Hoy no.
—Hoy no.
La respuesta estaba cerrada. No había grieta evidente. Delacroix sintió, sin embargo, que Bellanger no mentía exactamente. Eso lo inquietó más. Las mejores mentiras suelen llevar dentro un esqueleto verdadero.
Richet tomó la carta anónima, todavía dentro de un sobre limpio, y la dejó sobre la mesa sin entregársela.
—Hablemos de esto.
Bellanger miró el sobre.
—No sé qué es.
—Una carta encontrada en el bolsillo de Montclar.
—Entonces difícilmente pueda hablar de ella.
—Intente no ser ingenioso. Cansa.
Bellanger calló.
Richet abrió el sobre y leyó en voz alta solo el fragmento central, no todo el texto. Delacroix aprobó la prudencia. En una investigación, revelar una carta entera podía ser tan torpe como dejar una puerta abierta en invierno.
—“Una partida antigua, un nombre borrado, una deuda cobrada con prestigio ajeno” —leyó el comisario—. ¿Le dice algo?
Bellanger no contestó enseguida.
Ahí estaba. Por primera vez, una pausa verdadera.