Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 6 — Nadie tocó el tablero #3
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Capítulo 6 — Nadie tocó el tablero #3

—Prefería el alemán. Normalmente.

—Hoy no protestó demasiado.

—Monsieur Bellanger no protesta como los demás.

—¿Cómo protesta?

Abel miró hacia el rival, sentado todavía junto a la biblioteca.

—Esperando.

Delacroix lo observó con interés.

—Una buena respuesta.

—No pretendía serlo.

—Las mejores rara vez lo pretenden.

El encargado tragó saliva.

—Yo no hice nada, monsieur.

—No le he preguntado eso.

—Pero lo pensó.

—Pienso muchas cosas desagradables al día. La mayoría no prosperan.

Abel sostuvo su mirada con una mezcla de miedo y dignidad herida.

—Yo coloqué las piezas. Coloqué el reloj. Nada más.

—¿Limpió el reloj antes de la partida?

—Esta mañana. Como limpio todos los relojes que se usan en partidas formales.

—¿Con qué?

—Un paño. Un poco de cera para la madera. Muy poca. En la caja hay un frasco.

—¿Tocó los botones?

—Sí. Para limpiar el polvo.

—¿Notó algo extraño?

—No.

La respuesta llegó demasiado rápido. Delacroix no la castigó de inmediato.

—Piénselo.

Abel cerró los ojos un instante.

—El botón izquierdo estaba algo más duro.

—¿El izquierdo según quién?

—Según el lado desde el que lo limpié. El que después correspondió a monsieur Montclar.

Delacroix sintió que una pieza pequeña se desplazaba dentro de la posición.

—¿Duro cómo?

—No sé. Más resistente. Como si necesitara presión. Pero el reloj es antiguo. A veces ocurre.

—¿Lo comentó?

—No. Montclar habría dicho que era una excusa de criado para justificar un mal cuidado.

La amargura salió antes que la prudencia. Abel lo notó y palideció.

—Perdón.

—No se disculpe por una frase sincera. Hay pocas en circulación.

El encargado miró el cuerpo cubierto.

—No quería que muriera.

—¿Pero lo quería vivo?

Abel no respondió. Delacroix aceptó el silencio como lo que era: no una confesión, sino una verdad sin utilidad legal. Había muchas maneras de no lamentar del todo la desaparición de un hombre.

Richet salió de la biblioteca después de tomar la primera declaración de Viremont. Su expresión sugería que el presidente había intentado envolver cada respuesta en papel de seda y que el comisario había ido arrancándolo con paciencia grosera.

—Monsieur Delacroix —dijo—. Un momento.

Se apartaron hacia el ventanal.

—Viremont está nervioso.

—Un cadáver en el salón suele incomodar al anfitrión.

—Más que eso. Montclar iba a decir algo después de la partida. Viremont no sabe qué, pero teme saberlo.

—Una forma interesante de ignorancia.

—Habla de cuentas del club. Patrocinios. Una donación de Bressan que no está del todo clara.

—Bressan dijo durante la partida que algo no era lo acordado.

—Lo interrogaré. Pero si esto es un veneno, necesito saber cómo llegó al cuerpo.

Delacroix miró el reloj.

—Yo también.

—El reloj es una posibilidad.

—Sí.

—Pero hay un problema.

—Hay varios. Elija uno.

—Si el veneno estaba en el botón, cualquiera pudo contaminarse. Abel al limpiarlo, Montclar al elegirlo, quizá quien lo preparó.

—No si el asesino sabía qué tocar y qué no —dijo Delacroix—. Y, sobre todo, si sabía quién tendría que tocarlo después.

Richet lo miró en silencio. La frase no resolvía nada, pero cambiaba la forma del problema.

Hasta entonces habían pensado en un veneno administrado a Montclar, como se administra una copa, una comida o una medicina.

Delacroix proponía algo más incómodo: un veneno que no necesitaba acercarse al muerto porque el muerto, obedeciendo la regla de la partida, se acercaba a él una y otra vez.

—Entonces no buscamos solo una mano —dijo Richet.

—No.

—Buscamos una rutina.

—Y a alguien que supiera convertirla en arma.

El comisario volvió a mirar la mesa central.

Las piezas caídas, el rey blanco tumbado, el paño arrugado y el reloj de caoba formaban una escena menos caótica de lo que parecía.

No era ordenada, desde luego, pero empezaba a tener dirección.

La muerte de Montclar no había irrumpido en la partida desde fuera.

Había salido de su propio mecanismo, de sus gestos repetidos, de la obstinación del campeón por seguir jugando y de la paciencia del rival por no terminar demasiado pronto.

Richet señaló con la barbilla a Bellanger, que seguía sentado junto a la biblioteca, apartado de todos, con las manos quietas sobre las rodillas.

—Empezaremos por él.

Delacroix observó al rival histórico de Montclar. Bellanger no miraba el cuerpo. Tampoco miraba el reloj. Miraba el tablero desordenado, como si en medio de las piezas caídas todavía quedara una posición que merecía ser calculada.

—Sí —dijo Delacroix—. Empecemos por el hombre que pudo ganar antes y no quiso.

Bellanger levantó la vista en ese mismo instante, como si hubiera oído la frase aunque la distancia se lo impidiera. Sus ojos encontraron los de Delacroix durante apenas un segundo. No hubo desafío visible, ni temor, ni sorpresa. Solo una calma demasiado exacta.

Después volvió a mirar el tablero.

Y Delacroix comprendió que, si el crimen estaba allí, no había empezado con la muerte de Montclar.

Había empezado mucho antes, en alguna jugada que todos habían confundido con paciencia.