Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 6 — Nadie tocó el tablero #2
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Capítulo 6 — Nadie tocó el tablero #2

—Uno que el doctor deberá imaginar mejor que nosotros. O quizá no se trate exactamente de eso. Por ahora basta con no tocarlo.

Richet se enderezó.

—Mandaré a buscar guantes y una caja. El reloj irá con nosotros.

—Con cuidado.

—No pensaba guardarlo en el bolsillo.

—La ironía defensiva es señal de salud, comisario.

—Y la ironía constante, ¿de qué es señal?

—De haber conocido demasiados cadáveres.

Richet lo miró con una gravedad breve, sin burla esta vez, y luego volvió hacia el grupo de presentes.

—Empezaremos por lo simple —dijo—. Quién estaba dónde, quién vio qué, quién tocó qué. Después pasaremos a las mentiras.

Viremont se acercó apenas, como si temiera oír su propio nombre en una frase inconveniente.

—Comisario, comprendo la necesidad de ciertas averiguaciones, pero le ruego que procedamos con discreción. El Círculo Philidor…

—Monsieur Viremont —lo interrumpió Richet—, un hombre ha muerto en su salón. La discreción llegó tarde.

El presidente abrió la boca, la cerró y decidió que la dignidad, en aquel momento, consistía en no insistir.

—Por supuesto.

—Necesito una sala para tomar declaraciones.

—La biblioteca.

—Bien. Nadie se marcha hasta hablar conmigo. Nadie conversa sobre la partida más de lo necesario. Nadie corrige su recuerdo en grupo. Y si alguien cree que su posición social lo exime de esperar, que me lo diga ahora para poder decepcionarlo cuanto antes.

Delacroix sintió una simpatía más franca. No era frecuente que un comisario provincial lograra mejorar el ambiente de un club antiguo solo con ofenderlo.

Los primeros testimonios fueron inevitables y, por lo tanto, pobres.

Viremont habló de la organización del torneo, de la llegada de los jugadores, de la elección del reloj.

Insistió en que Montclar estaba nervioso, quizá alterado, pero que nadie podía haber previsto una tragedia semejante.

Cuando Richet le preguntó por la carta recibida por el campeón, Viremont se puso rígido.

—No sé nada concreto.

—No le pregunté por poesía.

—Había rumores.

—Los rumores tienen la costumbre de salir de alguna boca. ¿Cuál?

Viremont miró hacia Irène Louviers.

—Madame Louviers insinuó algo.

La periodista, que aguardaba a pocos pasos, sonrió con una falta de arrepentimiento casi luminosa.

—Yo no insinué, monsieur Viremont. Usted prefirió oír insinuaciones porque las afirmaciones lo incomodan.

Richet la llamó con un gesto.

—Entonces afirme.

Irène avanzó hacia la mesa de la biblioteca, pero antes de entrar miró a Delacroix.

—Montclar recibió una carta anoche. Me lo dijo él mismo. Estaba furioso. También asustado, aunque habría preferido tragarse una pieza antes que admitirlo.

—¿La vio? —preguntó Richet.

—No.

—¿Sabe quién la escribió?

—No.

—¿Sabe qué contenía?

—Lo suficiente para saber que prometía problemas.

—Eso no es suficiente para mí.

—Tampoco lo era para mí. Por eso había quedado en verlo después de la partida. Iba a entregarme documentos.

Viremont se llevó una mano al pecho.

—¿Documentos sobre qué?

Irène volvió hacia él una mirada suave.

—Qué curioso, Anatole. No preguntó “qué documentos”, sino “sobre qué”.

El presidente enrojeció.

—Es una forma de hablar.

—Las formas de hablar son confesiones que aún conservan sombrero.

Richet golpeó la mesa con dos dedos.

—Ya habrá tiempo para frases. Madame Louviers, entrará conmigo en la biblioteca después de monsieur Viremont. Quiero todo lo que recuerde, con menos decoración.

—Haré un esfuerzo heroico.

—Hágalo administrativo. Es más útil.

Mientras Richet comenzaba a organizar las declaraciones, Delacroix se acercó a Solange Perrin.

La joven estaba sentada cerca de una estantería, con la espalda muy recta y las manos cerradas sobre el regazo.

No lloraba ya. Parecía avergonzada de haberlo hecho o, más probablemente, furiosa por haberle concedido a Montclar una última prueba de poder sobre ella.

—Mademoiselle Perrin —dijo Delacroix.

Ella alzó la vista.

—Monsieur Delacroix.

—Me dijeron que es una de las mejores jugadoras jóvenes del club.

—Depende de quién lo diga.

—En este caso lo digo yo, que no entiendo lo bastante como para mentir con precisión.

Solange soltó una risa breve, más nerviosa que divertida.

—Montclar decía que yo era prometedora. Cuando quería ser amable. Cuando no, decía que las promesas eran la forma elegante de nombrar lo que todavía no ha ocurrido.

—Una frase muy suya, imagino.

—Sí.

—Lo odiaba.

La joven abrió los ojos.

—No he dicho eso.

—No. Le he ahorrado tiempo.

Solange miró hacia el cuerpo cubierto. El dolor volvió a cruzarle el rostro, pero no borró la rabia.

—Lo admiraba. Eso es peor.

—A veces.

—Él veía el tablero como nadie. De verdad. Podía encontrar una debilidad en una posición equilibrada y hacer que pareciera que siempre había estado allí, esperando que él la señalara. Pero también hacía eso con las personas. Encontraba algo pequeño y lo convertía en una derrota pública.

—Como hizo con usted.

Solange apretó la mandíbula.

—Yo negué con la cabeza. No debí hacerlo.

—Porque la jugada era buena.

—Porque él seguía siendo Montclar. Aunque estuviera jugando mal.

—¿Estaba jugando mal desde el inicio?

La pregunta la obligó a apartarse de lo emocional. Sus ojos volvieron a enfocarse.

—No desde el inicio. Al principio estaba raro, tenso, impreciso, pero todavía calculaba. Después empezó a perder continuidad. Eso fue lo extraño.

—Explíquese.

—Un jugador puede cometer un error por nervios.

Puede elegir una mala línea por orgullo.

Pero Montclar se iba apagando por capas.

Como si cada secuencia le costara más que la anterior.

Había momentos en que encontraba una defensa difícil y luego, dos jugadas después, fallaba en algo simple. No era solo presión. Era… no sé.

—Deterioro.

—Sí.

Delacroix observó el reloj.

—¿Y Bellanger?

Solange tardó en responder. No por duda, sino por cautela.

—Bellanger jugó raro.

—¿Raro mal o raro bien?

—Raro Bellanger. Esa es la cuestión. Él es paciente, sí, pero no suele desperdiciar claridad. Cuando tiene una línea limpia, la toma. No porque sea impetuoso, sino porque le gusta demostrar que vio antes lo inevitable. Hoy no. Hoy mantuvo la posición viva.

—¿Viva?

La joven advirtió la palabra y pareció incómoda.

—Es una forma de hablar.

—Las formas de hablar gozan hoy de excelente salud.

Solange bajó la voz.

—Pudo ganar antes. Tal vez no con mate inmediato, pero sí con una simplificación casi decisiva. No lo hizo. Todos pensamos que quería humillarlo.

—¿Y usted?

—Yo también.

—¿Ahora?

Solange miró de nuevo el cuerpo. Luego el reloj. Luego sus propias manos.

—Ahora no sé qué pensar.

—Eso la coloca por delante de la mayoría.

Delacroix la dejó con sus pensamientos y se dirigió hacia Abel Cavaillon, que permanecía junto a la puerta como si esperara instrucciones para recomponer una sala que ya no podía recomponerse.

El encargado miraba de vez en cuando el reloj con una angustia que no parecía fingida.

O fingía bien. En cualquier caso, los hombres que trabajan años en silencio aprenden a ocultar el alma detrás de una bandeja, un perchero o una caja de piezas.

—Monsieur Cavaillon.

—Sí.

—Usted eligió los relojes.

—Traje dos. Como siempre en partidas importantes.

—¿Dónde se guardan?

—En la sala de material. Está cerrada con llave.

—¿Quién tiene llave?

—Yo. Monsieur Viremont tiene otra.

—¿Alguien más?

Abel dudó.

—En teoría, no.

—Las teorías son admirables. ¿En la práctica?

—A veces los jugadores veteranos me piden entrar a buscar piezas, planillas, tableros. No deberían hacerlo solos, pero el club funciona desde hace muchos años. Hay costumbres.

—Las costumbres son cerraduras oxidadas.

—No somos descuidados, monsieur.

—Todos somos descuidados con aquello que creemos conocer.

Abel bajó la vista. La frase lo afectó más de lo que Delacroix esperaba.

—El reloj de caoba lo pidió monsieur Montclar —dijo.

—Eso vi.

—Siempre le gustó. Decía que tenía carácter.

—¿Y Bellanger?