Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 6 — Nadie tocó el tablero
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Capítulo 6 — Nadie tocó el tablero

El comisario Richet tenía una virtud poco frecuente entre los hombres llamados a imponer orden después de una desgracia: no confundía la autoridad con el ruido.

Al principio dio unas cuantas instrucciones secas, apartó a los curiosos del cuerpo, pidió que se anotaran los nombres de todos los presentes y ordenó a uno de sus agentes, llegado pocos minutos después, que vigilara la puerta del salón.

Luego se quedó quieto, con las manos en los bolsillos del abrigo, observando la escena como quien mira una habitación después de un vendaval y trata de averiguar por qué solo se ha roto un vaso.

Delacroix lo dejó mirar. No había nada más inútil que interrumpir a un hombre en el momento exacto en que empieza a pensar.

El salón del Círculo Philidor había perdido su compostura con una rapidez que habría ofendido a sus fundadores.

Las sillas ya no formaban un semicírculo perfecto, el paño verde de la mesa central estaba arrugado por el golpe del cuerpo de Montclar, varias piezas permanecían fuera de sus casillas y una copa rota junto a la pared proyectaba reflejos minúsculos bajo la lámpara.

El cuerpo del campeón yacía todavía sobre la alfombra, cubierto a medias por una manta que Abel Cavaillon había traído de la biblioteca con una expresión de obediencia aturdida.

El doctor Rémusat se mantenía cerca, sentado en una silla baja, con el cansancio de quien ha hecho todo lo posible y sabe que lo posible fue poco.

El reloj de caoba seguía sobre la mesa.

A petición de Delacroix, Richet había aceptado que nadie lo tocara hasta que pudiera examinarse con cuidado.

No porque el comisario comprendiera todavía la importancia del objeto, sino porque tampoco tenía una explicación mejor.

En el trabajo policial, como en el ajedrez, a veces la prudencia consistía en no mover una pieza solo porque molestaba verla donde estaba.

—Repítamelo —dijo Richet al fin.

Delacroix estaba junto al ventanal, desde donde podía observar la mesa, el cuerpo y el grupo de invitados reunidos al otro extremo del salón.

—¿Qué cosa?

—Lo imposible. Siempre conviene escucharlo dos veces. La primera suele sonar a mentira; la segunda, a problema.

Delacroix aceptó la formulación con un leve gesto.

—Montclar y Bellanger se sentaron a jugar a las cinco.

El público estaba dispuesto alrededor. La mesa central permaneció a la vista de todos durante toda la partida.

Nadie se acercó a menos de un par de pasos, salvo el propio Montclar, Bellanger y, antes de comenzar, Abel Cavaillon, que colocó las piezas y el reloj.

Durante la partida, Montclar bebió agua de su copa.

Rechazó el jerez. No comió nada. Nadie le entregó una nota, un pañuelo, una pieza ni ningún otro objeto.

Nadie tocó su silla. Nadie tocó sus manos. Nadie tocó el tablero.

Richet miró la mesa.

—Y se murió.

—Una síntesis poco elegante, pero exacta.

—La elegancia es cosa de los muertos ricos. A mí me pagan por llegar después.

Delacroix observó al comisario con cierta simpatía. Richet no parecía impresionado por las alfombras, los apellidos ni las frases largas. Eso era una ventaja. Un club como Philidor necesitaba, de vez en cuando, la visita de alguien que no confundiera una vitrina con un argumento.

—El médico habla de colapso —dijo Richet.

—El médico habla de lo que puede decir sin mentir.

—¿Y usted?

—Yo intento no hablar demasiado pronto.

—Fracasa con distinción.

—Gracias.

Richet soltó un gruñido, esta vez más cercano a la risa.

—No hay herida visible. No hay arma. No hay disparo, ni cuchillo, ni golpe. Si fue veneno, ¿cómo se lo dieron?

—Esa es la pregunta correcta.

—No me felicite todavía. Tener una pregunta correcta no me ha servido nunca para enviar a nadie a prisión.

Delacroix volvió la mirada hacia los presentes.

Viremont hablaba con Abel Cavaillon en voz muy baja, aunque más que hablar parecía sostenerse sobre sus propias frases.

El presidente del club había envejecido diez años desde la muerte de Montclar.

Su obsesión por la reputación no había desaparecido, pero se encontraba ahora mezclada con algo más sincero: miedo.

El escándalo seguía preocupándolo, desde luego, pero por primera vez parecía comprender que el escándalo podía ser apenas la sombra exterior de algo mucho más grave.

Bellanger estaba sentado junto a la biblioteca, separado del resto.

No había pedido retirarse, no había protestado, no había reclamado trato especial.

Permanecía con las manos apoyadas sobre las rodillas y la espalda recta, como un jugador que sigue esperando la respuesta del adversario aun después de que el tablero haya sido retirado.

Delacroix se preguntó si esa serenidad era fortaleza, disciplina o una forma muy perfeccionada de desprecio.

Viviane Marceau, en cambio, no fingía serenidad.

Estaba de pie junto a una mesa auxiliar, con los brazos cruzados, mirando de tanto en tanto el cuerpo cubierto.

Su rostro no mostraba lágrimas, pero sí una tensión oscura, como si el dolor hubiera encontrado en ella una puerta cerrada y estuviera golpeándola desde dentro.

Solange Perrin había aceptado sentarse después de que Irène Louviers la obligara con una mano en el hombro.

La joven seguía pálida, la mirada fija en el suelo, tal vez repasando la partida, tal vez repasando las frases que Montclar le había dirigido antes de morir.

Théodore Bressan caminaba cerca de la pared, incapaz de quedarse quieto.

Marguerite Lenoir, por el contrario, se había convertido casi en estatua.

Miraba el tablero desordenado con una severidad que no parecía dirigida al muerto, sino al modo poco digno en que la muerte había interrumpido el espectáculo.

—¿Quién tenía motivos? —preguntó Richet.

Delacroix encendió un cigarrillo. El comisario lo miró, luego miró el cuerpo, luego decidió que en aquella habitación ya había problemas más urgentes que la salud pulmonar de los vivos.

—Si pregunta por motivos visibles, casi todos.

—Eso no ayuda.

—Ayuda a no enamorarse demasiado pronto de uno solo.

—Bellanger es el rival. Todos lo miran.

—Precisamente.

—¿Demasiado cómodo?

—Demasiado cómodo no significa falso. Solo significa cómodo.

Richet aceptó el matiz con una inclinación de cabeza.

—Me dijeron que estaban enemistados.

—Desde hace años. Montclar lo vencía, lo eclipsaba y lo humillaba con una delicadeza admirable. Bellanger soportaba todo con una paciencia no menos admirable. Esa combinación ha llenado cementerios más discretos que este salón.

—¿Lo cree capaz?

—Creo capaz a cualquier hombre que ha pasado veinte años sonriendo en segundo lugar.

—Eso no es una prueba.

—No. Es una advertencia.

El comisario hizo una seña a su agente para que mantuviera a los presentes lejos de la mesa y se acercó al tablero.

Delacroix lo acompañó. Ambos se detuvieron a una distancia prudente.

La escena, vista de cerca, era menos teatral y más incómoda.

Las piezas no estaban dispuestas como en una fotografía simbólica, sino como las había dejado el golpe torpe de un cuerpo cayendo.

El rey blanco derribado no hablaba de derrota; hablaba de una mano que buscó apoyo y encontró madera.

La torre en el suelo no sugería destino; sugería accidente.

A Delacroix le molestaban las interpretaciones demasiado hermosas de la muerte.

La muerte real casi siempre era desprolija y, cuando parecía elegante, convenía sospechar de alguien con sentido escénico.

—¿La posición se puede reconstruir? —preguntó Richet.

—En parte. Habrá notación de la partida.

—¿Notación?

—Los jugadores o un asistente anotan las jugadas. En partidas formales, es costumbre. Quizá varios socios también la siguieron.

Richet miró hacia el grupo de ajedrecistas como si acabaran de volverse más útiles.

—Bien. Quiero esas anotaciones.

—Conviene pedirlas antes de que todos descubran, retrospectivamente, que vieron algo genial.

—¿También mienten sobre eso?

—Los ajedrecistas no mienten. Corrigen la memoria hasta que parece una variante superior.

Richet soltó aire por la nariz.

—Usted no quiere mucho a los clubes.

—Al contrario. Me interesan mucho. Son pequeñas naciones donde la gente se odia con reglamento propio.

El comisario se inclinó un poco hacia el reloj, pero no lo tocó.

Tenía dos esferas amarillentas, dos agujas finas y dos botones superiores de madera oscurecida.

Uno de los botones, el correspondiente al lado de Montclar, seguía atrayendo la mirada de Delacroix por razones que todavía no lograba convertir en argumento.

Brillaba de manera distinta. Tal vez por la luz.

Tal vez por el roce repetido de los dedos del campeón.

Tal vez porque la imaginación, cuando encuentra un cadáver cerca, empieza a barnizar los objetos con sospecha.

—¿Qué vio en el reloj? —preguntó Richet.

—Nada suficiente.

—No le pregunté qué puede demostrar. Le pregunté qué vio.

Delacroix se permitió una pequeña pausa. El comisario, decidió, era menos bruto de lo que su abrigo intentaba hacer creer.

—Montclar se frotó los dedos varias veces después de presionar su botón.

Bellanger observó ese gesto. Más de una vez.

Antes de comenzar hubo discusión sobre qué reloj utilizar y dónde colocarlo.

Bellanger cedió siempre con una facilidad notable.

Durante la partida, evitó líneas que parecían más cortas o más decisivas. Prolongó el juego.

—¿Por crueldad?

—Esa es la explicación que todos aceptarán con gusto.

—¿Y usted no?

—Todavía no sé si me parece falsa. Solo sé que me parece útil.

Richet miró el reloj con renovada desconfianza.

—Un veneno en el reloj.

Delacroix no respondió enseguida.

—Ha llegado usted a esa idea con una rapidez peligrosa.

—Estoy aquí para llegar a ideas desagradables. Luego vemos si sobreviven.

—Sí. Un veneno en el reloj explicaría ciertas cosas.

—¿Qué clase de veneno mata por tocar un botón?