Capítulo 5 — Jaque al cuerpo #4
El hombre que entró no respondía a la idea solemne que el club habría preferido para su desgracia.
Era ancho de hombros, de rostro enrojecido por el frío y bigote espeso, con un abrigo oscuro que conservaba gotas de lluvia en las solapas.
Se llamaba comisario Armand Richet, según lo presentó Viremont con un temblor de deferencia, y tenía la expresión de quien ha sido arrancado de una comida caliente para acudir a un lugar donde la gente rica pronuncia la palabra tragedia con demasiada facilidad.
Richet miró el cuerpo, luego el tablero, luego a los presentes. Finalmente se detuvo en Delacroix.
—Monsieur Delacroix —dijo.
No parecía sorprendido. Eso podía deberse a que Viremont lo había mencionado por teléfono o a que la notoriedad seguía entrando en las habitaciones antes que él, sentándose en la mejor silla y hablando demasiado alto.
—Comisario —respondió Delacroix.
—Me dijeron que estaba aquí.
—A veces yo también recibo malas noticias.
Richet soltó un gruñido que pudo ser una risa.
—¿Y qué tenemos?
Viremont se adelantó.
—Comisario, monsieur Montclar ha sufrido un colapso durante la partida. Una desgracia espantosa. El doctor Rémusat…
—Un momento —lo interrumpió Richet—. Primero quiero oír al médico.
Rémusat hizo un resumen breve, sin adornos. Colapso súbito, síntomas previos, imposibilidad de determinar causa sin examen adecuado. Richet escuchó con atención y miró después la mesa.
—¿Algo fue tocado?
—El cuerpo, para asistirlo —dijo Delacroix—. La silla se movió al caer. Algunas piezas fueron desplazadas por el golpe. El reloj no ha sido tocado desde la muerte.
Richet lo miró.
—¿Por qué menciona el reloj?
—Porque estaba sobre la mesa.
—También las piezas.
—Sí.
—¿Y le inquietan las piezas?
Delacroix observó el tablero.
—Menos.
El comisario no preguntó más, pero su mirada se volvió hacia el reloj de caoba con un interés nuevo. No era un hombre refinado, quizá, pero no parecía tonto. Esa combinación le resultaba a Delacroix mucho más cómoda que la inversa.
—Nadie sale —dijo Richet—. Necesito nombres, domicilios y una declaración inicial de todos los presentes. Doctor, quédese con el cuerpo. Que no toquen nada. Monsieur Viremont, busque una sala contigua para tomar declaraciones.
—Por supuesto.
—Y usted, monsieur Delacroix…
—Estoy a su disposición.
Richet lo miró con una mezcla de respeto y resignación.
—Eso dicen siempre los hombres que terminan haciendo preguntas antes que yo.
—Puedo intentar hacerlas después.
—No prometa imposibles.
Delacroix inclinó la cabeza, aceptando la pequeña cortesía disfrazada de reproche.
Mientras el comisario organizaba a los presentes, el salón empezó a recuperar una forma de orden.
No la anterior. Esa había muerto con Montclar.
Las sillas seguían desacomodadas, las piezas fuera de lugar, el cuerpo en la alfombra, el reloj sobre la mesa.
Los socios hablaban poco. Bellanger permanecía apartado.
Viviane se sentó al fin, como si las piernas hubieran dejado de sostenerla no por debilidad sino porque ya no había nadie ante quien fingir.
Solange Perrin lloraba en silencio, con rabia, sin cubrirse el rostro.
Marguerite Lenoir miraba el cuerpo del campeón con una expresión imposible de leer: dolor, juicio o decepción.
Bressan se limpiaba la frente con un pañuelo.
Viremont intentaba salvar los restos de una autoridad que ya nadie le pedía.
Delacroix volvió una última vez junto a la mesa.
El reloj seguía allí.
Dos botones.
Dos esferas.
Dos jugadores.
Uno muerto.
El botón de las blancas conservaba aquel brillo leve bajo la lámpara.
Delacroix se inclinó sin tocarlo. En el borde de madera, cerca de la base, creyó ver una marca minúscula, como si algo hubiera sido aplicado y retirado con cuidado.
Quizá no era nada. Quizá, cuando la autoridad examinara el objeto, se burlaría de él con toda justicia.
Aun así, una idea comenzó a formarse en su mente, todavía incompleta, todavía inaceptable por lo simple y por lo perverso.
Nadie se había acercado a Montclar.
Nadie le había dado una copa.
Nadie había tocado su comida.
Nadie había interrumpido la partida.
Todos habían estado mirando.
Delacroix bajó los ojos hacia la mano derecha del muerto. Los dedos estaban ligeramente flexionados, como si conservaran la memoria del último gesto. Presionar. Retirar. Frotar. Volver a presionar. Una y otra vez. Jugada tras jugada. Tac. Tac. Tac.
El comisario Richet lo llamó desde el otro lado del salón.
—Monsieur Delacroix.
—Voy.
Pero antes de apartarse, el detective miró la posición arruinada sobre el tablero.
Bellanger había tenido caminos más cortos.
Eso ya lo sabía. Todos lo habían visto, aunque no todos lo hubieran comprendido.
Podía haber terminado antes. Podía haber simplificado. Podía haber ganado sin ese rodeo cruel.
No lo hizo.
Delacroix miró el reloj.
Y por primera vez, aunque todavía sin pruebas, se permitió pensar lo que la elegancia del club intentaba volver imposible.
Quizá Gaspard Bellanger no había querido ganar.
Quizá había querido que Cyrille Montclar siguiera jugando.