Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 5 — Jaque al cuerpo #3
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Capítulo 5 — Jaque al cuerpo #3

El botón correspondiente a las blancas tenía un brillo leve, irregular, como una humedad seca, si tal contradicción pudiera existir.

Tal vez era grasa de los dedos. Tal vez cera.

Tal vez el reflejo de la lámpara sobre la madera pulida.

El botón de las negras parecía más opaco.

Las diferencias entre objetos usados nunca eran suficientes para condenar a nadie, pero sí para formular una pregunta.

—¿Ve algo? —preguntó Irène Louviers desde atrás.

Delacroix no se volvió.

—Un reloj.

—Eso es decepcionante.

—Los objetos más decepcionantes suelen ser los que mejor trabajan.

—¿Cree que el reloj importa?

—En una partida de ajedrez, madame, el reloj siempre importa.

—No me refería a eso.

—Yo tampoco, quizá.

Irène se acercó, pero Delacroix levantó una mano para impedir que se inclinara demasiado.

—No lo toque.

—No soy idiota.

—Hoy conviene que nadie intente demostrarlo.

La periodista aceptó el reproche con una sonrisa mínima que desapareció enseguida al mirar el cuerpo de Montclar. La muerte, incluso para quienes viven de contarla, tiene momentos en que deja de ser material y vuelve a ser presencia.

—Anoche me dijo que después de la partida iba a entregarme documentos —dijo ella en voz baja.

—¿Qué clase de documentos?

—No lo sé.

—¿Sobre quién?

Irène miró hacia los presentes. Su mirada pasó por Bressan, por Viremont ausente, por Viviane, por Solange, por Bellanger.

—Esa es la belleza del asunto, monsieur Delacroix. En este club, casi todos parecieron temer que fueran sobre ellos.

—La belleza no es la palabra que yo habría elegido.

—Soy periodista. A veces confundimos belleza con utilidad.

—No solo los periodistas.

Bellanger seguía cerca de su silla, sin mezclarse con los demás. Esa separación podía ser dignidad, shock o cálculo. Delacroix se acercó a él.

—Una partida notable —dijo.

Bellanger lo miró con una frialdad apenas velada.

—¿Le parece este el momento?

—No. Por eso quizá sea útil.

—Un hombre ha muerto.

—Lo noto.

—Era mi adversario.

—También eso.

—¿Y quiere hablar de ajedrez?

—No se me ocurre nadie más indicado que usted.

Bellanger respiró hondo, como si aceptara una incomodidad inevitable.

—Montclar no estaba en condiciones. Eso quedó claro desde el comienzo.

—Sin embargo, usted continuó.

—Él quiso continuar.

—También los hombres borrachos quieren cruzar puentes estrechos.

—No soy su enfermero.

—No. Era su rival.

Bellanger sostuvo la mirada. Delacroix percibió que el hombre comprendía perfectamente el terreno sobre el que caminaban.

—¿Me culpa por no haberme levantado y abandonado la partida?

—No he hablado de culpa.

—No, pero tiene usted una forma muy laboriosa de no hacerlo.

—La culpa no me interesa todavía. Me interesa su juego.

—Mi juego.

—Varias veces pudo simplificar. Tal vez incluso ganar con mayor rapidez.

—Tal vez.

—No lo hizo.

—No.

—¿Por qué?

Bellanger miró el tablero. Allí, entre las piezas caídas, quizá todavía veía líneas, variantes, fantasmas de una victoria que ahora nadie podría celebrar sin ensuciarse.

—Porque Montclar esperaba que lo hiciera.

—¿Y usted prefería contrariarlo?

—Prefería jugar la posición.

—Eso dicen todos los jugadores cuando no desean explicar una intención.

Bellanger volvió hacia él los ojos.

—¿Es usted ajedrecista, monsieur Delacroix?

—Lo suficiente para perder con cierta dignidad.

—Entonces sabrá que una línea clara no siempre es la mejor.

—Y que a veces sí lo es.

—No estamos en un café. No voy a justificar cada jugada ante un aficionado.

La frase tenía veneno, aunque de una especie socialmente aceptada. Delacroix sonrió apenas.

—Ahí está, monsieur Bellanger. Por un momento temí que la muerte de Montclar hubiera vuelto amable a todo el mundo.

Bellanger pareció arrepentirse de haber mostrado irritación. Recuperó la calma con rapidez.

—Perdóneme. Ha sido una situación terrible.

—Sí. Y bastante larga.

El rival no respondió. Esta vez la palabra lo rozó. Larga. Delacroix lo vio en un parpadeo mínimo, en el modo en que sus dedos buscaron el borde del chaleco y lo soltaron de inmediato.

Viremont regresó con Abel Cavaillon pocos minutos después. El presidente venía más pálido que antes.

—La autoridad llegará en breve —dijo—. He enviado también a buscar al juez.

—Muy bien.

—No sé cómo voy a explicar esto.

—Empiece por lo simple. Un hombre ha muerto durante una partida.

—Eso destruirá el club.

—No necesariamente.

—¿No?

—Depende de si murió solo o con ayuda.

Viremont cerró los ojos. La frase pareció herirlo físicamente.

—Le ruego que no use esa palabra.

—¿Ayuda?

—Murió. Diga murió. No necesitamos…

—¿Verbos más precisos?

El presidente no contestó. Delacroix comprendió que Viremont ya no pensaba en Montclar como hombre, ni siquiera como campeón.

Pensaba en el escándalo. En los periódicos.

En los socios que cancelarían sus cuotas.

En la palabra asesinato unida al nombre del Círculo Philidor.

La vanidad institucional no era crimen, desde luego.

Pero podía empujar a la gente a cometer estupideces casi tan útiles para un asesino como el silencio.

—¿Dónde están las pertenencias de Montclar? —preguntó Delacroix.

—Su abrigo y su sombrero, en el vestíbulo —respondió Abel—. Su maletín, junto a la silla.

Delacroix miró. En efecto, junto a la silla caída había un maletín de cuero oscuro.

También estaba la copa de agua, medio llena.

Sobre la mesa auxiliar cercana, nadie había tocado la copa de jerez que Montclar había rechazado.

En el bolsillo interior de su chaqueta debía de estar la carta, si no la había cambiado de lugar.

—Doctor —dijo—, cuando sea posible, habrá que revisar sus bolsillos en presencia de testigos.

—Cuando llegue la autoridad —respondió Rémusat.

—Naturalmente.

Bressan se acercó con pasos impacientes.

—Esto es una locura. Todos vimos lo que ocurrió. Montclar estaba alterado desde antes de sentarse. Lo dijeron varios. Esa mujer…

Viviane lo miró.

—¿Esa mujer?

Bressan comprendió tarde la torpeza.

—Madame Marceau, quiero decir, afirmó que él no estaba bien.

—Afirmé que estaba alterado. No que estuviera muerto de antemano.

—Nadie ha dicho eso.

—Usted estaba a punto.

Delacroix intervino antes de que la discusión se volviera demasiado útil para quienes querían distraer.

—Monsieur Bressan, hace un momento lo oí decir que “no era lo acordado”.

El patrocinador se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Durante la partida. Usted se inclinó hacia monsieur Viremont y dijo: “No era lo acordado”.

Viremont palideció aún más.

—Eso no tiene importancia.

—Excelente. Entonces será sencillo explicarlo.

Bressan miró al presidente con furia mal contenida.

—Hablábamos del ritmo de la partida.

—Qué expresión interesante.

—El torneo tenía un programa. Discursos, cena, entrega de premios. La partida se estaba extendiendo demasiado.

—Un inconveniente logístico.

—Exactamente.

—Y Montclar, por lo visto, cometió la grosería de morirse antes de la cena.

Bressan abrió la boca, ofendido.

—No he dicho eso.

—No. Pero está haciendo méritos.

Irène Louviers bajó la mirada para ocultar una sonrisa. Viremont, en cambio, parecía al borde de una crisis. Delacroix no disfrutaba particularmente atormentarlo, pero las instituciones respetables tenían una tendencia natural a cubrir la verdad con manteles limpios, y convenía mancharlos pronto.

La puerta del salón volvió a abrirse. Uno de los socios que había quedado en el corredor asomó la cabeza.

—Ha llegado el comisario, monsieur Viremont.

El presidente se irguió con alivio inmediato. La llegada de una autoridad externa le permitía dejar de obedecer a Delacroix sin parecer ingrato.

—Hágalo pasar.