Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 5 — Jaque al cuerpo #2
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Capítulo 5 — Jaque al cuerpo #2

—Precisamente.

La palabra cayó en el salón como una segunda alteración.

Hasta ese instante, todos habían pensado en un colapso, una desgracia, un accidente horrible delante de invitados.

La intervención de Delacroix introdujo otra posibilidad.

No la nombró. No hacía falta. La muerte natural no suele exigir que nadie preserve un reloj.

Irène Louviers lo comprendió antes que la mayoría. Su mirada se movió del cuerpo al reloj, del reloj a Delacroix y de Delacroix a Bellanger. La periodista no escribió nada. Por una vez, pareció saber que cualquier palabra llegaría demasiado pronto.

—Monsieur Delacroix —dijo Viremont, con voz baja—, ¿insinúa usted que…?

—No insinúo nada. Es una costumbre que reservo para cenas largas. Por ahora solo pido que nadie toque la mesa.

—Cyrille acaba de morir.

—Eso hace que mi pedido sea menos caprichoso.

El presidente tragó saliva. Su rostro había perdido toda compostura institucional. Ya no era el guardián de una reputación, sino un hombre que veía cómo esa reputación comenzaba a arder en el lugar exacto donde había colocado sus mejores manteles.

—Doctor —dijo Delacroix—, ¿puede decir algo?

Rémusat seguía junto al cuerpo. Tenía la mirada seria y las manos apoyadas sobre las rodillas.

—Muy poco. Ha sufrido un colapso agudo. Podría ser cardíaco.

—¿Podría?

—No hago diagnósticos definitivos en una alfombra y con veinte personas respirándome en la nuca.

—Una prudencia admirable.

—Pero no me gusta.

—¿Qué cosa?

El médico miró el rostro de Montclar.

—El modo. La rapidez final, después de esa progresión. Sudor, palidez, confusión, dificultad respiratoria, contracciones… No me gusta.

—¿Enfermedad previa?

—No lo sé. ¿La tenía?

Nadie respondió de inmediato. Todos miraron a todos, como si la salud de Montclar hubiera sido hasta entonces un asunto de dominio público solo cuando servía para comentarlo en voz baja.

—No que yo supiera —dijo Viremont—. Cyrille era… fuerte.

—La soberbia no cuenta como informe médico —dijo Rémusat.

Delacroix habría apreciado la frase en otras circunstancias.

Viviane Marceau dio un paso.

—Últimamente no estaba bien.

Todas las miradas se volvieron hacia ella.

—¿Qué significa eso? —preguntó Viremont.

Viviane lo miró con frialdad.

—Significa exactamente eso. No dormía. Estaba alterado. Más irritable de lo habitual.

—Cyrille siempre fue irritable —dijo Marguerite Lenoir desde su silla.

—No así.

—¿Y cómo lo sabe usted, madame Marceau? —preguntó Bressan.

Viviane giró hacia él con una lentitud que bastó para callarlo antes de responder.

—Porque tuve la desgracia de conocerlo mejor que usted.

Bressan enrojeció. Viremont levantó una mano.

—Por favor. No es momento.

—Al contrario —dijo Delacroix—. Los momentos incómodos suelen ser los únicos sinceros.

El presidente lo miró con alarma.

—Monsieur Delacroix, no puede pretender convertir esto en un interrogatorio.

—No pretendo nada todavía. Pero tampoco deseo que la gente empiece a retirarse, lavarse las manos, acomodar piezas o corregir recuerdos. Todo eso suele hacerse con una rapidez muy perjudicial para la verdad.

La palabra “verdad” produjo un efecto más intenso que la palabra “muerte”. En los clubes antiguos, la muerte podía ser lamentable; la verdad, en cambio, era casi siempre indecorosa.

Bellanger habló desde el otro lado de la mesa.

—¿Nos acusa de algo?

Delacroix se volvió hacia él.

—¿Se siente acusado?

—Acaba de morir un hombre frente a nosotros, y usted ordena que nadie toque el reloj.

—Una observación correcta.

—Eso no responde a mi pregunta.

—No. Pero la mejora.

Bellanger sostuvo su mirada. Era un adversario más peligroso fuera del tablero de lo que Delacroix habría preferido. No se defendía en exceso, no se precipitaba, no ofrecía indignación barata. Si actuaba, actuaba bien. Si no actuaba, su carácter era de todos modos admirablemente incómodo.

—Nadie se acercó a Montclar durante la partida —dijo Bellanger.

—Lo sé.

—Nadie le dio nada.

—También.

—Nadie tocó sus piezas, su copa ni su silla.

—En efecto.

—Entonces, si está insinuando un crimen, monsieur Delacroix, resulta difícil imaginar uno más imposible.

Delacroix miró el tablero, las piezas caídas, la torre blanca desplazada por el golpe del cuerpo, el rey derribado sin intención simbólica y, junto a todo aquello, el reloj de caoba.

El botón de las blancas parecía más lustroso bajo la lámpara.

O quizá era solo la luz. Siempre era solo la luz hasta que dejaba de serlo.

—La imaginación —dijo— suele trabajar peor cuando se la apura.

Viremont se llevó una mano a la frente.

—Esto es absurdo. Cyrille se sintió mal. Estaba nervioso. Tal vez enfermo. Todos lo vimos.

—Precisamente —dijo Delacroix.

—¿Precisamente qué?

—Que todos lo vimos.

El silencio regresó, más atento.

Delacroix no explicó la frase. Todavía no.

Sabía muy poco, y lo poco que sabía estaba compuesto de impresiones, gestos y sonidos.

Montclar había llegado alterado. Había una carta.

Bellanger había prolongado posiciones favorables.

El campeón se había frotado los dedos después de tocar el reloj.

Había una discusión previa sobre el modelo y la ubicación.

Abel había estado demasiado pendiente de los relojes.

Bressan había murmurado “no era lo acordado”.

Viviane conocía un estado de ánimo que otros preferían negar.

Solange había visto deteriorarse la lucidez de Montclar jugada tras jugada.

Nada de eso formaba una acusación. Pero el conjunto tenía una música extraña, y Delacroix había aprendido a desconfiar de las músicas que pretenden ser ruido.

—Monsieur Cavaillon —dijo.

Abel, que se había quedado junto a la pared como si la muerte lo hubiera devuelto a su condición de objeto útil, levantó la cabeza.

—Sí, monsieur.

—Cierre la puerta del salón.

Viremont se sobresaltó.

—¿Qué está haciendo?

—Evitando que la tragedia se desparrame por los pasillos antes de saber qué forma tiene.

—No tiene autoridad para…

—No demasiada, es cierto. Pero poseo una ventaja momentánea: parezco saber qué conviene hacer. En situaciones de pánico, eso suele bastar durante algunos minutos.

El presidente dudó. Miró al cuerpo de Montclar, al doctor, a los socios, a la periodista. La autoridad social de Viremont dependía de que todo pareciera bajo control. Y en ese instante, por humillante que le resultara, el único hombre que parecía tener algún control era Delacroix.

—Abel —dijo al fin—, cierre la puerta.

Cavaillon obedeció. El sonido de la puerta al cerrarse fue menos fuerte que el botón del reloj, pero produjo un efecto parecido: separó un antes y un después. Los presentes comprendieron que ya no eran público de una partida. Eran testigos de una muerte. Quizá de algo peor.

—Nadie abandona el salón por ahora —dijo Delacroix—.

Nadie toca la mesa, el reloj, las piezas, la copa del señor Montclar ni sus pertenencias.

Doctor Rémusat, le agradeceré que permanezca junto al cuerpo hasta que llegue la autoridad competente.

Monsieur Viremont, envíe a alguien de confianza a buscar al comisario local o a quien corresponda.

—Tenemos teléfono en el despacho —dijo Abel.

—Entonces que alguien vaya con usted. No solo.

El encargado pareció ofendido.

—¿Desconfía de mí, monsieur?

—Todavía no he tenido tiempo de hacerlo con el cuidado que merece.

Irène Louviers soltó una respiración que pudo haber sido una risa reprimida. Viremont no encontró la frase tan divertida.

—Yo iré con Cavaillon —dijo el presidente.

—Excelente. Pero antes, una pregunta. ¿Quién tocó el reloj antes de la partida?

Todos miraron a Abel.

El encargado palideció.

—Yo lo coloqué.

—¿Quién más?

—Monsieur Montclar lo eligió. Lo tomó de la caja.

—Lo vi.

—Monsieur Bellanger también estaba presente.

—¿Lo tocó?

Bellanger respondió antes que Abel.

—No.

—¿Está seguro?

—Tengo por costumbre estar seguro de lo que hacen mis manos.

—Una costumbre útil.

—Y usted lo vio.

—Vi muchas cosas. Algunas quizá demasiado tarde.

Bellanger no contestó. Viviane Marceau se acercó un paso más al cuerpo, pero el doctor Rémusat la detuvo con suavidad.

—No, madame.

—Quiero verlo.

—Ya lo está viendo.

—No de lejos.

El médico la miró con una compasión práctica.

—A veces la distancia es lo último que podemos conservar.

Viviane pareció a punto de responder, pero se contuvo. Delacroix sintió por ella una simpatía breve, no sentimental. Había dolor en su rostro, sí, pero también rabia. El dolor mira hacia lo perdido; la rabia empieza a buscar culpables. Ambas cosas podían ser sinceras. Ambas podían mentir.

Viremont y Abel salieron hacia el despacho para avisar a las autoridades.

Delacroix pidió que la puerta quedara abierta y que dos socios permanecieran en el corredor, no como guardias armados, sino como testigos de que nadie entraba ni salía sin ser visto.

La medida disgustó a varios, pero nadie se atrevió a discutirla demasiado.

La muerte de Montclar había dejado al club sin campeón; la posibilidad de un crimen lo había dejado sin modales.

En el salón, la gente empezó a hablar en voz baja. No conversaciones completas, sino fragmentos.

—Un infarto.

—Pero estaba bien esta mañana.

—No estaba bien.

—La carta.

—¿Qué carta?

—Bellanger lo estaba aplastando.

—No lo estaba aplastando. Lo estaba demorando.

Delacroix escuchó esa última frase con atención. No vio quién la dijo. Quizá Solange, quizá otro jugador. Demorando. El verbo volvía, terco, como un peón que nadie se decide a capturar.

Se acercó a la mesa sin tocarla. El tablero estaba desordenado por la caída de Montclar, pero no destruido.

Algunas piezas seguían en su sitio. Otras habían sido desplazadas.

El rey blanco yacía de costado cerca de la casilla donde no debía estar.

La torre blanca había caído al suelo. La dama negra seguía de pie, agresiva, inútil ya.

Delacroix se inclinó apenas sobre el reloj. No lo tocó. Observó.