Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 5 — Jaque al cuerpo
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Capítulo 5 — Jaque al cuerpo

Durante unos segundos nadie supo qué hacer, y esa fue quizá la primera prueba de que el Círculo Philidor era menos una institución de hombres inteligentes que una institución de hombres acostumbrados a que la inteligencia obedeciera ciertas formas.

Habían visto a Cyrille Montclar palidecer, sudar, perder precisión, respirar con dificultad y cerrar los ojos sobre el tablero como si la partida le exigiera no cálculo sino supervivencia.

Aun así, mientras él permaneciera sentado y no declarara su derrota, el salón parecía incapaz de romper el rito.

Bellanger tampoco lo rompió.

Seguía frente a él, inmóvil, con la mano derecha apoyada junto a las piezas negras y la mirada fija en el rostro del campeón.

No en el tablero. No en el reloj. En el rostro.

Delacroix advirtió ese detalle y sintió un rechazo casi físico, aunque todavía no habría podido justificarlo.

Había algo indecoroso en aquella quietud, una calma que no se parecía a la prudencia sino a una espera cumplida solo a medias.

Como si Bellanger no estuviera viendo a un rival enfermo, sino a una combinación que avanzaba por fin hacia la casilla prevista.

—Monsieur Montclar —repitió Delacroix.

El campeón abrió los ojos con lentitud. Durante un instante pareció mirar el salón desde un sitio lejano, impreciso, donde las lámparas, los rostros y las piezas necesitaban ser convocados uno por uno para recuperar forma. Luego enfocó el tablero. Su orgullo regresó antes que su color.

—Le toca a él —murmuró.

Bellanger bajó la vista hacia la posición.

—En efecto.

La naturalidad de la respuesta produjo un movimiento de incomodidad entre los presentes. Incluso Viremont, que llevaba toda la tarde defendiendo la ceremonia contra cualquier accidente humano, pareció comprender que había un límite a la elegancia.

—La partida debe suspenderse —dijo.

Montclar giró apenas la cabeza.

—No.

—Cyrille, no está usted en condiciones.

—Estoy en condiciones de escuchar menos consejos.

—No sea absurdo.

La palabra sorprendió al salón. Viremont la había pronunciado con más temor que autoridad, pero aun así sonó como una pequeña insurrección. Montclar lo miró con una dureza cansada.

—Presida su club, Anatole. No mi silla.

Bressan, sentado en primera fila, soltó un resoplido breve.

Marguerite Lenoir apoyó ambas manos sobre el bastón, esta vez sin intervenir.

Viviane Marceau había abandonado su lugar junto a la columna y se hallaba ahora a unos pasos de la mesa, aunque sin atreverse a invadir el círculo sagrado del tablero.

Solange Perrin seguía de pie detrás de los socios mayores, con los ojos fijos en Montclar y una expresión que ya no contenía resentimiento, sino pura alarma.

Bellanger movió.

Fue una jugada limpia, exacta, de una frialdad casi hermosa.

La dama negra se desplazó hacia una casilla desde la cual amenazaba al rey blanco con una presión inmediata.

No era mate, pero obligaba a una respuesta precisa.

Delacroix lo supo por la reacción del salón: una contracción general, un silencio más hondo, varias miradas que descendieron a la vez hacia la diagonal abierta.

Montclar también lo supo. Su rostro, ya pálido, pareció endurecerse hasta la transparencia.

Bellanger presionó su botón.

Tac.

El sonido atravesó la habitación con una modestia cruel.

Montclar no tocó ninguna pieza. Observó el tablero con la boca apenas entreabierta.

Su mano derecha descansaba sobre la mesa, cerca del reloj, pero los dedos no parecían obedecerle del todo.

Delacroix se acercó un paso más. No tanto como para intervenir en la partida, sí lo bastante para ver que el sudor en la frente del campeón no era ya una simple consecuencia de la tensión.

Había en su piel un tono ceniciento, una humedad fría, una desconexión progresiva entre la voluntad y el cuerpo.

—Cyrille —dijo Viviane.

Montclar no la miró.

—No.

La palabra salió sin fuerza, pero con una obstinación intacta.

Luego movió una torre. No fue una jugada buena.

Quizá ni siquiera fuera legalmente mala, pero sí era una rendición del pensamiento.

Solange Perrin dejó escapar una exhalación breve, casi dolorosa.

Bellanger inclinó la cabeza, como si hubiera recibido una confirmación largamente esperada.

—Monsieur Montclar —dijo Delacroix, ya sin disimular la preocupación—, debe detenerse.

El campeón llevó la mano al reloj. Sus dedos tocaron el botón correspondiente a las blancas.

Por alguna razón que Delacroix no comprendió aún, aquel gesto le pareció insoportable.

—Espere —dijo.

Pero Montclar presionó.

Tac.

Fue un sonido pequeño. Ridículo, incluso, si se lo comparaba con lo que vino después.

El campeón retiró la mano, o intentó retirarla, porque a medio camino los dedos se le contrajeron.

Su rostro perdió de golpe toda expresión de desafío.

La mirada se le abrió, no con sorpresa intelectual, sino con una perplejidad física, animal.

Quiso inspirar y no pudo. La silla raspó el suelo cuando su cuerpo se inclinó hacia atrás, luego hacia adelante, como si dos fuerzas opuestas disputaran por él en el mismo segundo.

Viviane gritó su nombre.

Viremont avanzó.

Bellanger permaneció sentado.

Montclar apoyó una mano sobre el tablero y derribó el rey blanco, no como un gesto de abandono sino como consecuencia de un espasmo.

Varias piezas saltaron de sus casillas. Un caballo rodó hasta el borde de la mesa.

La dama blanca cayó sobre el paño verde y quedó boca arriba, inútil, obscenamente decorativa.

El campeón intentó levantarse, pero las piernas no respondieron.

Su cuerpo golpeó la mesa, el reloj se desplazó apenas, y luego cayó de costado, arrastrando una silla.

El salón estalló.

No con verdadero ruido al principio, sino con una suma de movimientos desordenados: sillas que retrocedían, exclamaciones sofocadas, una copa rota, el bastón de Marguerite Lenoir golpeando el suelo, la libreta de Irène Louviers cerrándose de golpe.

Abel Cavaillon corrió hacia la mesa desde la pared lateral.

Viremont llegó primero junto al cuerpo y se arrodilló con torpeza.

Viviane intentó acercarse, pero alguien la sujetó por el brazo.

Solange Perrin se cubrió la boca con ambas manos.

Bressan se puso de pie, pálido por una razón que quizá no era compasión.

—¡Un médico! —gritó Viremont.

—El doctor Rémusat está aquí —dijo alguien.

Un hombre bajo, de barba entrecana y vientre prominente se abrió paso entre los socios.

No había en él la velocidad de un médico joven, pero sí la autoridad seca de quien ha visto suficientes cuerpos como para no pedir permiso a los vivos.

Se arrodilló junto a Montclar, le aflojó el cuello de la camisa y apoyó dos dedos en la garganta.

Delacroix apartó una silla caída y observó sin intervenir.

No estorbó. Eso, en ciertas circunstancias, era la forma más alta de colaboración.

—Apártense —ordenó el doctor Rémusat—. Aire.

La palabra produjo el efecto contrario. Todos retrocedieron un poco, pero nadie dejó de mirar. Los seres humanos, pensó Delacroix, tienen una obediencia limitada cuando la muerte decide trabajar en público.

Montclar respiraba todavía, aunque de manera irregular.

La boca se le abría en busca de aire, los ojos estaban entornados, una mano se crispaba sobre la alfombra.

El doctor le palmeó suavemente la mejilla, le habló por su nombre, buscó el pulso otra vez.

Viremont repetía “Cyrille, Cyrille” con una inutilidad conmovedora.

Viviane, a dos pasos, había dejado de luchar por acercarse.

Su rostro estaba inmóvil, pero en esa inmovilidad había algo roto que ninguna escena de celos habría podido fingir.

Bellanger se levantó al fin.

Lo hizo despacio. No por indiferencia visible, sino por una corrección que, en aquel momento, resultó casi monstruosa.

Rodeó la mesa, se detuvo a una distancia prudente y miró el cuerpo de Montclar.

La expresión de su rostro era grave. Si había satisfacción, estaba enterrada tan hondo que solo una sospecha previa habría podido buscarla allí.

Delacroix lo miró a él.

Bellanger pareció sentirlo. Volvió apenas la cabeza.

—Terrible —dijo.

Una palabra exacta. Una palabra inútil.

—Sí —respondió Delacroix—. Algunas cosas lo son más cuando tardan.

Bellanger no cambió de expresión.

—¿Perdón?

—Nada. Pensaba en la partida.

—No creo que la partida importe ahora.

—No. Ahora no.

El doctor Rémusat levantó la mirada. No necesitó decir mucho. Su rostro, de pronto más viejo, bastó para que el salón comprendiera.

—¿Ha muerto? —preguntó Viremont.

Rémusat apoyó una vez más los dedos en el cuello de Montclar. Esperó. Luego retiró la mano.

—Sí.

La palabra tuvo un efecto extraño. Los gritos iniciales cedieron a un silencio peor.

La muerte, cuando se anuncia, ordena a los presentes con más eficacia que cualquier presidente de club.

Los cuerpos se quedaron quietos, las respiraciones se contuvieron, los ojos descendieron hacia el hombre tendido en la alfombra.

Cyrille Montclar, campeón del Círculo Philidor, dueño repetido de las vitrinas, verdugo elegante de tantos rivales, yacía junto al tablero con una mano abierta, como si todavía quisiera alcanzar una pieza que ya no podía salvarlo.

El reloj de caoba seguía funcionando.

Nadie lo había detenido.

Delacroix lo oyó antes de mirarlo. El tic leve de las dos esferas persistía con una indiferencia casi ofensiva. Sobre la mesa, entre piezas caídas y casillas desordenadas, el tiempo continuaba su pequeña tarea. Viremont también lo oyó y, con un gesto tembloroso, extendió la mano hacia el reloj.

—No lo toque —dijo Delacroix.

La orden no fue fuerte, pero tuvo el filo suficiente para detenerlo.

Viremont se quedó con la mano suspendida.

—¿Qué dice?

—Que no lo toque.

—Pero la partida…

—La partida ha terminado.

—Entonces…