Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 4 — El rey respira demasiado #4
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Capítulo 4 — El rey respira demasiado #4

Ella no respondió. Miraba el tablero con los ojos encendidos, como si la defensa existiera, pero exigiera una lucidez que Montclar ya no parecía tener.

Delacroix vio entonces algo que le interesó más que la posición: Solange no quería que Montclar ganara, pero tampoco quería verlo jugar mal.

El resentimiento y la admiración, mezclados, producen una forma incómoda de justicia.

La joven podía odiar al campeón; aun así, le dolía que el tablero lo desmintiera.

Montclar encontró la defensa. No la mejor, quizá, pero sí una defensa.

La pieza blanca se desplazó con un temblor leve.

Presionó el reloj y dejó la mano allí una fracción de segundo más de lo habitual, como si necesitara apoyarse en el botón para no caer hacia adelante.

Luego retiró los dedos y los cerró contra la palma.

Bellanger miró la mano.

Delacroix miró a Bellanger.

Durante un instante brevísimo, algo pasó entre los dos hombres que no pertenecía al ajedrez.

Montclar no lo vio. El salón tampoco. Pero Delacroix sí creyó verlo: una calma satisfecha en el rival, una espera que no era deportiva, una atención puesta no en la posición sino en el cuerpo del otro.

Bellanger no estaba solo jugando contra Montclar.

Estaba observando cómo Montclar se agotaba.

La diferencia era pequeña.

También lo es, pensó Delacroix, la diferencia entre una copa de vino y una copa de vino envenenada.

Bellanger eligió otra jugada de espera.

Esta vez el murmullo fue más claro.

—Pero podía entrar con la torre —dijo alguien.

—Sí.

—¿Por qué no?

—Quiere hacerlo sufrir.

La frase recorrió la primera fila sin necesidad de repetirse.

Quiere hacerlo sufrir. Era la explicación natural, humana, incluso satisfactoria.

Todos los presentes la entendían porque todos conocían la historia entre ambos.

Bellanger, el eterno segundo, tenía al campeón contra las cuerdas y deseaba saborear cada segundo.

Era mezquino, pero no incomprensible. Cruel, pero no criminal.

Delacroix sintió que esa explicación, precisamente por ser tan cómoda, podía llegar a estorbar.

Montclar también la oyó. Su rostro se encendió con una rabia enfermiza.

—Termínelo, si puede —dijo.

Bellanger lo miró.

—Aún no.

—¿Aún no?

—La posición no está madura.

Montclar soltó una risa rota.

—La posición. Siempre la posición. Qué hombre tan pequeño hace falta para esconderse detrás de una palabra tan grande.

Bellanger permaneció inmóvil. Pero esta vez el golpe llegó más hondo. Delacroix lo vio en la comisura de la boca, en el modo en que sus dedos se separaron sobre la mesa. Después, como si hubiera cerrado una puerta interior, Bellanger volvió al tablero.

—Juegue, monsieur Montclar.

La fórmula fue impecable.

El tono, no.

Montclar jugó. No era la mejor jugada. Quizá ni siquiera era buena. Su mano tembló al presionar el reloj. Tac. El sonido pareció más fuerte que antes. Bellanger se inclinó sobre el tablero, estudió la respuesta y movió una pieza con precisión fría.

Ahora sí atacaba.

El campeón quedó obligado a defenderse de inmediato.

El rey blanco tenía pocas casillas. La dama negra amenazaba entrar por una diagonal.

Una torre negra dominaba una columna abierta.

Delacroix no necesitó entender cada variante para percibir que la posición se había estrechado alrededor de Montclar como una habitación sin ventanas.

Montclar respiró.

Una vez.

Dos.

Llevó la mano al cuello de la camisa y tiró apenas del nudo de la corbata. Viremont dio un paso.

—Cyrille.

—Silencio.

—No puedo permitir…

—Usted no permite nada sobre este tablero.

La frase fue injusta y, por eso mismo, eficaz.

Viremont se quedó donde estaba. Bressan murmuró algo entre dientes.

Marguerite Lenoir observó la escena con una rigidez que ya no parecía aprobación.

Irène Louviers había dejado de escribir.

Viviane Marceau tenía ambas manos apoyadas en el respaldo de una silla.

Abel Cavaillon, junto a la pared, miraba el reloj con una expresión difícil de leer.

Montclar encontró una jugada.

La hizo lentamente.

Presionó el botón.

Tac.

Y entonces cerró los ojos.

No cayó. No todavía. Permaneció sentado, con la mano suspendida a pocos centímetros del reloj, como si hubiera olvidado retirarla del todo. Un susurro de alarma atravesó el salón. Bellanger no se movió. Observó a Montclar con una serenidad tan perfecta que por primera vez resultó obscena.

Delacroix se levantó.

—Monsieur Montclar —dijo.

El campeón abrió los ojos. Durante un segundo pareció no reconocer el salón. Luego enfocó el tablero, como si regresara desde muy lejos por obligación, y esbozó una sonrisa débil, feroz, casi infantil en su negativa a rendirse.

—Estoy bien.

Nadie le creyó.

Ni siquiera Bellanger.

Sobre la mesa, el reloj de caoba seguía funcionando.

Una de sus agujas avanzaba con una paciencia diminuta.

La partida continuaba, al menos en apariencia, pero algo esencial se había desplazado.

Ya no era una lucha por la victoria. Era otra cosa.

Delacroix lo sintió con claridad, aunque todavía no supiera nombrarlo.

El rey blanco respiraba demasiado.

Y en algún lugar, escondida bajo la cortesía de las piezas, la muerte empezaba a calcular.