Capítulo 4 — El rey respira demasiado #3
Cada vez que Montclar presionaba su botón, Delacroix empezaba a escuchar el sonido con más claridad.
Era absurdo, desde luego. El sonido no había cambiado.
Lo que cambiaba era su atención. Al principio el golpe del botón había sido parte del ambiente; ahora parecía separar etapas, marcar pequeñas derrotas invisibles, cortar el silencio en porciones iguales.
Tac. Jugada. Tac. Respuesta. Tac. Duda. Tac.
Aire. Tac. Un hombre un poco más pálido.
Delacroix se obligó a apartar esa impresión.
No había razón para vincular el reloj con el estado de Montclar.
El deterioro podía provenir de la carta, del estrés, de una enfermedad previa, de la presión de enfrentar a Bellanger ante todos los socios.
Incluso los hombres arrogantes tenían cuerpos, y los cuerpos, a diferencia del orgullo, no siempre obedecían.
Pero volvió a mirar el botón.
El de Montclar parecía ligeramente más brillante que el de Bellanger, quizá por el uso, quizá por la luz de la lámpara.
La caoba del reloj reflejaba una línea amarillenta que hacía difícil distinguir texturas.
Abel lo había encerado, seguramente. O tal vez no.
Delacroix sintió el impulso de levantarse y mirar más de cerca, pero habría sido ridículo.
Uno no interrumpía una partida solemne porque un botón parecía haber decidido llamar la atención de un detective aburrido.
Montclar sacrificó un peón para abrir una diagonal.
La jugada produjo una reacción dividida: algunos la consideraron audaz, otros desesperada.
Bellanger se tomó su tiempo. Otra vez demasiado.
Podía aceptar el peón, podía declinarlo, podía simplificar.
Eligió una cuarta opción, una maniobra lenta que mantenía el desequilibrio. Montclar soltó una exhalación áspera.
—Otra vez.
—¿Perdón?
—Otra vez evita la línea clara.
—No todas las líneas claras son buenas.
—En manos de un jugador que las teme, desde luego.
Bellanger lo miró con una calma que ya empezaba a parecer inhumana.
—Usted confunde prudencia con miedo desde que tenía veinte años.
—Y usted confunde paciencia con talento.
La frase fue cruel porque era exacta en apariencia. Bellanger no respondió. Solo bajó la mirada hacia el reloj de Montclar. Delacroix lo vio. Fue un gesto breve, imposible de acusar, pero no de olvidar.
Montclar movió rápido. Demasiado rápido. Presionó el botón y retiró la mano con una mueca. Esta vez no se frotó solo los dedos. Se miró la yema del índice.
—¿Ocurre algo? —preguntó Bellanger.
La pregunta fue amable. O quiso parecerlo.
—Nada.
—Creí que…
—No crea tanto.
Bellanger inclinó la cabeza.
—Como quiera.
Montclar dejó la mano sobre la mesa, pero durante unos segundos no pudo evitar flexionar los dedos.
Delacroix sintió entonces una incomodidad más concreta.
No era prueba, todavía no. Pero algo se repetía con demasiada insistencia alrededor de aquel pequeño objeto de caoba: la discusión sobre el modelo, el cambio de ubicación, la mirada de Abel, la cesión fácil de Bellanger, la atención del rival cada vez que Montclar tocaba el botón, la molestia en los dedos, la demora deliberada de las negras.
Todo podía ser casual. La casualidad, sin embargo, cuando trabaja demasiado, empieza a parecer empleada de alguien.
Una puerta se abrió al fondo del salón. Un criado joven entró con una bandeja de agua y copas limpias.
Viremont lo detuvo con un gesto severo; no quería movimientos cerca de la mesa.
El muchacho se quedó junto a la pared, nervioso.
Théodore Bressan aprovechó la distracción para acercarse al presidente.
—Esto se está alargando —murmuró.
Viremont respondió sin apartar la vista de los jugadores.
—Las partidas se alargan.
—No esta.
—No ahora.
Bressan apretó los labios. Delacroix, que había oído lo suficiente, decidió que el patrocinador merecería una conversación antes de la cena, si la tarde seguía siendo tan apacible como prometía.
La posición sobre el tablero se volvió confusa.
Montclar había recuperado algo de iniciativa, pero a costa de debilitar su rey.
Bellanger jugaba como quien coloca una red y luego finge admirar el paisaje.
No atacaba de frente. No cerraba la partida.
No dejaba escapar al campeón, pero tampoco lo aplastaba.
Lo mantenía suspendido en una zona incómoda, obligado a calcular, a responder, a tocar el reloj, a seguir.
A seguir.
La palabra apareció en la mente de Delacroix con una nitidez desagradable.
No ganar.
Seguir.
Bellanger quería que Montclar siguiera.
El detective volvió a reprocharse la idea.
Era demasiado pronto para pensar así, demasiado teatral, demasiado propio de una mente fatigada por casos recientes.
Había venido a un torneo, no a una autopsia.
El hecho de que un rival prolongara una posición favorable podía explicarse por vanidad, sadismo deportivo, búsqueda de belleza, deseo de humillación o simple cálculo defectuoso.
No hacía falta convertirlo en un mecanismo criminal.
Y, sin embargo, Delacroix ya no miraba la partida como antes.
Montclar tomó aire con dificultad. Esta vez varios lo notaron. Viremont se puso de pie.
—Cyrille, debemos detenernos unos minutos.
—Siéntese, Anatole.
—No está bien.
—Estoy jugando.
—No se trata de eso.
Montclar levantó la cabeza. Su rostro era ahora una máscara pálida sostenida por orgullo puro.
—Siempre se trata de eso.
Bellanger habló con suavidad.
—No deseo una victoria por indisposición.
Montclar lo miró con desprecio.
—Miente usted con una voz admirable.
—No miento.
—Entonces ha empeorado.
Bellanger no respondió. Viremont dudó, atrapado entre la autoridad institucional y el miedo de contrariar al campeón delante de todos. Marguerite Lenoir golpeó una vez el suelo con su bastón.
—Si monsieur Montclar dice que puede continuar, que continúe —dijo.
Su voz era seca, antigua, entrenada para no pedir permiso. Viremont se volvió hacia ella.
—Madame Lenoir…
—Un campeón no abandona una partida porque la sala se pone sentimental.
Montclar le dirigió una inclinación mínima de cabeza. Había gratitud en el gesto, pero también algo más triste: la confirmación de que incluso su sufrimiento debía obedecer al decorado heroico que otros habían construido para él.
Viviane Marceau no soportó del todo la escena.
—Cyrille —dijo desde atrás.
No añadió nada más. El nombre bastó. Montclar cerró los ojos un instante y, cuando los abrió, su mirada fue dura.
—No empiece usted también.
Viviane palideció un poco, pero no retrocedió.
—No sea idiota por orgullo.
El salón entero pareció escandalizarse menos por la frase que por la intimidad que revelaba. Nadie llama idiota a un hombre de esa manera si solo lo conoce por los periódicos.
Montclar sonrió, y aquella sonrisa fue peor que una respuesta furiosa.
—Llegó tarde para preocuparse por mi salud.
Viviane bajó la copa sobre una mesa cercana. El cristal sonó demasiado fuerte.
—Y usted demasiado temprano para hablar de lealtad.
Irène Louviers escribió algo con rapidez. Viremont cerró los ojos con una expresión de sufrimiento administrativo. Bellanger no miró a Viviane, pero Delacroix notó que escuchaba cada palabra.
Montclar volvió al tablero, como si la partida fuera el único sitio donde todavía podía gobernar algo. Movió la torre. Una jugada decente, quizá la mejor entre opciones malas. Presionó el reloj.
Tac.
Bellanger respondió casi de inmediato con una amenaza tranquila sobre el rey blanco.
Montclar abrió la boca para decir algo, pero no lo hizo.
Su mano buscó la copa de agua y la derribó apenas, sin llegar a volcarla.
Delacroix se levantó un poco de su silla, no lo suficiente para interrumpir, sí para estar preparado.
El campeón bebió, dejó la copa, respiró hondo y estudió la posición.
—Mate en ocho —susurró alguien.
—No —dijo Solange Perrin, también en voz baja—. Hay defensa.
—¿Cuál?