Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 4 — El rey respira demasiado #2
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Capítulo 4 — El rey respira demasiado #2

Una jugada elegante. Demasiado elegante.

No era un error. Mantenía la ventaja y quizá la aumentaba de modo sutil, pero evitaba la simplificación, evitaba el golpe claro, evitaba aquello que un jugador impaciente habría deseado y un jugador práctico habría elegido.

Era como ver a un esgrimista que, pudiendo tocar el pecho del adversario, prefiriera rozarle la manga para hacerlo retroceder un paso más.

Montclar soltó una risa breve y seca.

—Quiere humillarme.

Bellanger acomodó la pieza con cuidado.

—No se atribuya todas mis intenciones.

—Cuando un hombre juega mal una posición ganadora, solo hay dos explicaciones. O no la ve, o quiere adornarla.

—Quizá exista una tercera.

—No para usted.

Bellanger presionó su botón y apoyó las manos sobre la mesa.

—Entonces confórmese con las dos primeras.

Delacroix sintió que algo en esa respuesta rozaba una verdad sin mostrarla.

No por las palabras, sino por la ausencia de énfasis.

Bellanger no parecía defenderse de una acusación de vanidad.

Parecía aceptarla como disfraz útil. Que Montclar creyera que deseaba humillarlo le convenía.

Esa idea se presentó en la mente de Delacroix con la discreción de una pieza que avanza una casilla y, sin embargo, cambia todo el tablero.

No tenía fundamento todavía. Solo una impresión.

Pero las impresiones, cuando son buenas, no explican: incomodan.

El campeón respondió de manera agresiva. Demasiado agresiva. Tomó un peón, abrió una línea y presionó el reloj con una violencia que hizo vibrar levemente las esferas. Abel Cavaillon dio un paso involuntario hacia la mesa.

—Con cuidado, monsieur —murmuró.

Montclar lo fulminó con la mirada.

—¿También va a darme instrucciones sobre cómo apretar un botón?

Abel bajó la cabeza.

—No, monsieur.

—Entonces no empiece hoy.

El encargado retrocedió. Su rostro no mostró nada, pero Delacroix vio sus manos.

Se habían cerrado un instante, apenas. Cavaillon podía no odiar a Montclar, pero recordaba cada humillación con una memoria envidiable.

En los hombres sometidos a la grosería de otros, la paciencia rara vez era virtud pura; a veces era simplemente una forma de no tener todavía ocasión.

Viremont se inclinó hacia Bressan y murmuró algo. Bressan respondió con un gesto irritado. Delacroix no alcanzó a oír las palabras, pero sí una frase suelta del patrocinador:

—No era lo acordado.

El presidente lo hizo callar con una mirada rápida. Irène Louviers también había oído. Su pluma quedó suspendida sobre la página.

No era lo acordado.

En otro contexto habría sido una frase irrelevante. En un club lleno de dinero, orgullo y cartas anónimas, no lo era. Delacroix se prometió recordarla. La memoria, como el ajedrez, dependía menos de acumular piezas que de saber dónde estaban cuando llegara el momento.

La partida entró en una fase más aguda. Montclar, como si la irritación le hubiera devuelto parte de su antigua fuerza, encontró una secuencia de defensa activa.

Por un momento pareció recuperar claridad.

Sus ojos se encendieron, su espalda se enderezó y los socios respiraron con alivio.

Incluso Viremont pareció relajarse. El campeón no estaba acabado.

El rey, acorralado unos minutos antes, encontraba casillas de escape.

Bellanger lo observaba con una atención más profunda, menos ornamental.

Montclar movió la dama.

Un pequeño estremecimiento recorrió al público.

La jugada era buena. No brillante, quizá, pero sí orgullosa, precisa, amenazante. Bellanger tendría que resolver problemas concretos. Montclar presionó el reloj y, al hacerlo, esbozó por primera vez una sonrisa verdadera, breve y feroz.

—Ahí tiene su tercera explicación —dijo.

Bellanger no contestó enseguida. Miró la dama blanca, luego el rey negro, luego una torre propia.

La posición se había vuelto peligrosa. Delacroix, que no podía calcular todas las líneas, sí podía leer los rostros.

La jugada de Montclar había inquietado a los buenos jugadores.

Solange Perrin se inclinó tanto hacia adelante que la mujer sentada delante de ella se apartó un poco.

Marguerite Lenoir abrió los ojos con una sombra de aprobación severa.

Abel Cavaillon dejó de respirar durante unos segundos.

Irène Louviers escribió una frase rápida.

Bellanger tenía que decidir.

Esta vez no podía limitarse a esperar.

O eso parecía.

Pasaron treinta segundos. Un minuto. Dos.

El reloj de Bellanger corría ahora, pero su serenidad no disminuía.

Delacroix observó sus manos. No temblaban.

No buscaban el pañuelo. No golpeaban la mesa.

Un hombre puede fingir calma durante una conversación; es mucho más difícil fingirla mientras una posición se complica ante quienes llevan años esperando verlo fallar.

Al fin, Bellanger movió.

No fue la jugada que el salón esperaba. Delacroix lo supo antes de entenderla.

Lo supo por el modo en que dos espectadores se miraron, por la ceja levantada de Irène, por la exhalación muda de Solange.

Era una jugada intermedia, fría, lateral.

No apagaba por completo el ataque de Montclar, pero desviaba la tensión.

Le pedía al campeón una nueva precisión.

Le ofrecía un camino, no una pared. Lo obligaba a seguir jugando.

Montclar lo miró con incredulidad.

—Eso es cobardía.

—Eso es ajedrez.

—No. Eso es demora.

Bellanger apoyó los dedos sobre el borde de la mesa.

—La demora también forma parte del ajedrez.

—Cuando no se sabe qué hacer.

—O cuando se sabe exactamente.

La frase volvió a caer con esa suavidad suya, casi sin peso.

Pero Delacroix sintió que algo en ella se repetía.

Bellanger hablaba de esperar, de prolongar, de demorar, de elegir caminos largos.

Podía ser solo una máscara retórica, una forma de irritar a Montclar.

O podía ser algo más. La dificultad consistía en que, por ahora, ambas explicaciones encajaban demasiado bien.

Montclar se quedó mirando el tablero. Su recuperación había durado poco.

La tensión volvió a ganarle el rostro. Se llevó una mano al pecho, no con gesto dramático sino como quien intenta aflojar una presión interna.

Nadie salvo Delacroix pareció notarlo, quizá porque todos miraban las piezas.

El campeón bebió agua. La copa tembló apenas al volver al plato.

Viviane Marceau dio un paso, como si fuera a acercarse, pero se detuvo. No era su lugar. Tal vez ya no había lugar suyo junto a Montclar desde hacía años. Sin embargo, su mirada había cambiado. No mostraba amor, pero sí una alarma antigua, esa clase de alarma que sobrevive incluso al resentimiento.

Montclar eligió una respuesta defensiva. No era la mejor. Solange Perrin negó con la cabeza antes de poder evitarlo. El campeón la vio.

—¿Tiene usted una sugerencia, mademoiselle Perrin? —preguntó, sin levantar mucho la voz.

La joven se puso rígida. Varias miradas se volvieron hacia ella.

—No, monsieur.

—Entonces procure no sufrir por mis jugadas antes de entenderlas.

Solange enrojeció, pero sostuvo la mirada.

—Sí las entiendo.

El silencio que siguió fue incómodo y, por eso mismo, revelador. Montclar sonrió con una crueldad cansada.

—Qué ambición tan temprana.

—No tanto como su desprecio —dijo ella.

Viremont se levantó a medias.

—Por favor.

Solange bajó la vista, no por arrepentimiento sino por cálculo.

Montclar regresó al tablero y presionó el reloj.

Bellanger observó a la joven durante un segundo y luego miró a Montclar con algo parecido a la satisfacción.

No alegría. Confirmación. Como si cada pequeña grieta alrededor del campeón formara parte de una posición más grande.

Delacroix pensó que aquel salón no necesitaba un asesino para estar lleno de violencia.

Bastaba con escuchar. Había un presidente que temía el escándalo, un patrocinador que hablaba de acuerdos, una antigua amante que no podía decidir si odiaba o temía por el hombre que la había herido, una joven promesa humillada en público, un encargado tratado como parte del mobiliario, una periodista esperando una revelación y un rival que parecía haber convertido la paciencia en una forma de rencor.

El ajedrez no era el problema. El ajedrez solo había tenido la cortesía de sentarlos a todos mirando en la misma dirección.

Bellanger respondió con una jugada precisa.

Esta vez sí. Montclar quedó obligado a cambiar una pieza o entrar en una línea inferior.

El campeón tardó demasiado en elegir. Se pasó la mano por la frente.

Delacroix vio que sus dedos, al tocar la piel, dejaron una leve marca húmeda.

La respiración se le aceleraba. La palidez inicial había cedido a un tono ceniciento, como si la sangre se hubiese retirado de la superficie por prudencia.

—¿Se siente bien? —preguntó Viremont.

Montclar no apartó la mirada del tablero.

—Me sentiré mejor cuando todos dejen de preguntármelo.

—Podemos hacer una pausa.

—No.

—Cyrille…

—He dicho que no.

Bellanger se reclinó apenas en su silla.

—No hay deshonra en pedir una pausa.

Montclar alzó los ojos hacia él. En ellos apareció algo que ya no era orgullo, sino furia desnuda.

—No necesito su compasión.

—No se la ofrecía.

—Naturalmente. Usted nunca ha tenido suficiente para repartir.

Bellanger recibió el golpe sin moverse. Delacroix vio una tensión mínima en su mandíbula. Montclar lo había tocado. No en público de manera evidente, pero sí en algún punto antiguo. Quizá esa era la especialidad del campeón: encontrar una casilla débil en el orgullo ajeno y ocuparla con una frase.

La partida continuó.

El reloj también.