Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 4 — El rey respira demasiado
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Capítulo 4 — El rey respira demasiado

Durante los minutos siguientes, la partida adquirió esa clase de belleza que solo conmueve de verdad a quienes conocen sus peligros.

Para un observador casual, dos hombres seguían moviendo piezas sobre un tablero y apretando un reloj de madera con una regularidad casi tediosa.

Para los socios del Círculo Philidor, en cambio, cada casilla parecía cargar con una intención, cada demora sugería una amenaza, cada pieza defendida ocultaba la posibilidad de una traición futura.

Delacroix, que no pertenecía a ninguna de esas dos categorías, observaba con una atención intermedia: no lo bastante ingenua para aburrirse, no lo bastante devota para emocionarse por la quietud de un alfil.

Bellanger había elegido una línea más larga.

Eso era todo, por el momento. Una decisión ajedrecística discutible, quizá vanidosa, quizá incluso elegante si uno aceptaba que la elegancia podía consistir en dejar respirar a un adversario solo para sofocarlo después.

Montclar, sin embargo, parecía haber recibido aquella elección como una ofensa personal.

Había algo en su forma de inclinarse sobre el tablero que ya no respondía solo al cálculo, sino a la necesidad de demostrar que todavía dominaba la posición, el salón, el club y, sobre todo, a Bellanger.

El campeón movió una torre hacia una columna abierta y presionó el reloj.

El golpe del botón fue más fuerte que los anteriores.

Bellanger no se inmutó. Se limitó a bajar los ojos hacia el tablero, entrelazó las manos bajo el mentón y permaneció inmóvil.

Sus negras estaban algo apretadas, pero no mal.

Había aceptado una posición de defensa activa, de esas que el público menos experto confunde con debilidad y los jugadores más finos reconocen como una invitación a equivocarse.

Delacroix miró a los socios de la primera fila.

Algunos seguían el juego con aprobación inquieta.

Otros parecían esperar una explosión táctica que no terminaba de producirse.

Marguerite Lenoir, rígida bajo su sombrero negro, observaba a Montclar con una severidad casi maternal, aunque Delacroix sospechaba que en aquella mujer la maternidad habría sido siempre una disciplina militar.

Irène Louviers escribía de vez en cuando. No miraba únicamente el tablero. Miraba los rostros. Hacía bien. En una partida pública, las piezas mienten menos que los espectadores, pero también hablan menos.

Viviane Marceau permanecía más atrás, junto a una columna, con una copa intacta entre los dedos.

No parecía sufrir por Montclar, pero tampoco disfrutaba.

Su expresión era más compleja, hecha de recuerdos demasiado viejos para ser simples y de una dignidad que quizá le costaba mantener.

Cuando Montclar cometía una imprecisión, ella no reaccionaba.

Cuando Bellanger demoraba una respuesta, tampoco.

Solo una vez, al ver que el campeón se llevaba la mano al bolsillo interior de la chaqueta, su mirada se endureció.

Allí debía de estar la carta, pensó Delacroix.

O algo que Montclar no quería perder de vista ni mostrar.

A un lado del salón, Théodore Bressan hablaba en voz baja con Anatole Viremont, aunque hablar, en aquel contexto, era apenas mover los labios.

Bressan era un hombre grande, de manos gruesas y anillos discretos, vestido con una riqueza que intentaba parecer sobria y solo conseguía parecer costosa.

Tenía la piel rosada, el bigote corto y la seguridad levemente aceitosa de quienes financian instituciones culturales para que la cultura les devuelva respetabilidad.

No seguía la partida con verdadero interés.

Miraba el tablero como se mira un contrato escrito en una lengua conocida pero antipática.

Cada tanto se inclinaba hacia Viremont, decía algo, recibía una respuesta breve y volvía a observar a Montclar con una impaciencia mal disimulada.

Delacroix archivó también aquello. No porque fuera sospechoso en sí mismo. En un club de ajedrez, casi todo el mundo parecía sospechoso al cabo de diez minutos. Era una consecuencia natural de reunir orgullo, silencio y sillas incómodas.

Bellanger movió un caballo. Una jugada precisa, modesta, casi desagradable por su sensatez.

Montclar frunció el ceño.

—Defensivo —murmuró.

—Necesario —dijo Bellanger.

—No es lo mismo.

—A veces es exactamente lo mismo.

El intercambio fue breve, pero alcanzó para que Viremont mirara hacia ellos con una súplica muda. El presidente del club no temía que se insultaran. Temía algo peor: que olvidaran hacerlo con estilo.

Montclar volvió al tablero. Apoyó la mano derecha sobre la mesa, no lejos del reloj, y durante un instante pareció no recordar qué pieza debía tocar.

Sus dedos se movieron hacia un alfil, retrocedieron, rozaron la torre y finalmente tomaron un peón.

Delacroix vio que Bellanger seguía la vacilación con una quietud absoluta.

No había burla visible en su rostro. Eso la volvía más presente.

El peón avanzó.

Montclar presionó el botón.

Esta vez retiró la mano y cerró los dedos sobre la palma, como si quisiera borrar una molestia.

Delacroix notó que el gesto ya no parecía casual.

Tres veces en menos de media hora. La primera había sido apenas un roce, la segunda una fricción irritada, la tercera una contracción clara.

Podía deberse al nerviosismo, desde luego.

Podía deberse a una pequeña astilla en la madera del botón, a una manía del jugador, a la presión del momento.

El problema de las explicaciones inocentes era que casi siempre llegaban en grupo y con modales excelentes.

—No está fino —susurró una voz detrás de Delacroix.

Era un hombre joven, quizá uno de los socios recientes, sentado junto a una muchacha de rostro atento. Delacroix no se volvió, pero escuchó.

—¿Montclar?

—No. Montclar está furioso. Es distinto.

—¿Entonces?

—Está perdiendo el hilo. Eso no le pasa.

La muchacha no respondió. Delacroix percibió que se inclinaba hacia adelante.

La había visto antes, junto a la biblioteca, hablando con Irène Louviers.

Debía de ser Solange Perrin, la joven promesa del club.

Tendría veintidós o veintitrés años, el cabello claro recogido sin demasiada coquetería y una mirada de inteligencia rápida, casi defensiva.

No miraba a Montclar con adoración. Lo miraba con la concentración de quien ha aprendido de alguien y ahora quisiera comprobar si ese aprendizaje fue una deuda o una condena.

Bellanger tardó mucho en mover. Demasiado.

No porque necesitara calcular tanto, pensó Delacroix, sino porque deseaba que todos sintieran el peso de la espera.

El reloj de Montclar corría mientras él pensaba, y sin embargo era Bellanger quien parecía administrar el aire del salón.

Finalmente tomó una pieza y la desplazó con dos dedos, sin sonido.

Otra jugada de contención. Otra jugada que no resolvía. Otra forma de mantener viva la presión.

Un murmullo pequeño, más de respiraciones que de voces, se extendió entre los espectadores.

Montclar alzó los ojos.

—Está usted jugando para no perder.

—No sabía que eso estuviera prohibido.

—En ciertas posiciones, es una falta de ambición.

—Me he curado de algunas ambiciones.

La frase no sonó humilde. Sonó preparada. Montclar lo comprendió y sonrió, pero su sonrisa llegó tarde, como si hubiera tenido que buscarla dentro de sí.

—No de todas, Bellanger.

—No. De todas no.

Viremont intervino con un gesto leve de la mano.

—Caballeros, les ruego…

—No se preocupe, Anatole —dijo Montclar, sin mirarlo—. Monsieur Bellanger y yo solo estamos conversando en el idioma que mejor comprende.

—Yo creía que usted prefería los monólogos —respondió Bellanger.

El salón no rió. Nadie quiso decidir si aquello había sido ingenioso o demasiado exacto. Delacroix observó a Viviane Marceau. Ella sí había reaccionado, aunque apenas: bajó la mirada hacia su copa y movió el pulgar por el borde del cristal. Como si conociera demasiado bien esa clase de frases.

Montclar volvió al tablero y permaneció inmóvil más tiempo del habitual.

Su respiración se había vuelto visible. No ruidosa todavía, pero sí trabajada, como si cada inspiración necesitara atravesar una resistencia interna.

Una gota de sudor le resbaló desde la sien hasta la mandíbula.

El salón estaba templado, quizá incluso fresco. Nadie más sudaba.

Delacroix se inclinó apenas hacia Irène Louviers, que estaba sentada dos sillas más allá.

—¿Siempre juega así? —susurró.

La periodista no dejó de mirar el tablero.

—¿Quién?

—Montclar.

—No. Montclar puede ser cruel, pero no suele ser torpe.

—¿Y Bellanger?

—Bellanger puede ser torpe, pero no suele ser cruel.

—Hoy parece dispuesto a corregir esa asimetría.

Irène giró un poco la cabeza. Sus ojos brillaban con interés, pero también con una inquietud que antes no estaba.

—¿Ve algo?

—Veo una partida incómoda.

—Eso lo ve cualquiera.

—Entonces quizá cualquiera debería preocuparse.

Montclar movió al fin una pieza. Fue una jugada extraña, no mala de inmediato, pero sí innecesariamente complicada.

Obligaba a Bellanger a responder con precisión, aunque también debilitaba una diagonal cerca del rey blanco.

Dos socios mayores intercambiaron una mirada severa.

Solange Perrin se llevó una mano a la boca.

Marguerite Lenoir cerró los ojos un instante, como quien acaba de escuchar una nota falsa en una misa.

Bellanger miró el tablero.

Delacroix esperaba una respuesta rápida.

La posición parecía pedirla. Bellanger tenía, al menos, una continuación natural, una presión directa sobre el flanco de rey, quizá incluso una combinación que obligaría a Montclar a defenderse con exactitud.

En lugar de eso, Bellanger permaneció quieto.

Miró a Montclar. Miró el reloj. Miró otra vez el tablero.

Luego movió una pieza menor hacia una casilla de espera.