Capítulo 3 — El campeón no sonríe #3
Los jugadores se sentaron unos minutos antes de las cinco.
El público fue ocupando las sillas dispuestas en semicírculo.
En la primera fila se ubicaron Viremont, Marguerite Lenoir —la viuda del antiguo campeón, una mujer de rostro severo y luto perpetuo—, Théodore Bressan, el patrocinador, corpulento y perfumado, e Irène Louviers, con su libreta abierta sobre las rodillas.
Viviane Marceau eligió un lugar más atrás, no tanto oculto como apartado.
Abel quedó junto a la pared, cerca de la puerta lateral, atento a cualquier necesidad del salón.
Delacroix se sentó a un costado, desde donde podía ver el tablero, las manos de los jugadores y el reloj.
Montclar jugaba con blancas. Bellanger, con negras.
Durante unos segundos nadie habló. El silencio del club adquirió una densidad distinta, más concentrada, casi religiosa.
Delacroix observó los rostros: Viremont satisfecho y tenso; Irène alerta; Viviane inmóvil; Bellanger sereno; Montclar pálido, pero erguido.
En aquel instante el campeón recuperó algo de su antiguo dominio.
Ya no era el hombre alterado junto al ventanal ni el amante acorralado por una conversación privada.
Era Cyrille Montclar ante un tablero, y eso, para quienes lo habían visto ganar durante años, bastaba para restablecer el orden del mundo.
El reloj marcó las cinco.
Montclar avanzó el peón de dama dos casillas.
Luego presionó su botón.
El golpe fue leve, seco, casi insignificante. Una pequeña nota de madera y metal en medio del silencio. Bellanger miró la posición, esperó unos segundos y respondió con la misma calma. Su mano presionó el otro botón.
La partida había comenzado.
Delacroix observó las primeras jugadas con una atención moderada.
No era un especialista, y no pretendía serlo.
Conocía lo suficiente para distinguir una apertura sensata de una extravagancia y una combinación elegante de una simple fanfarronería.
Montclar inició con firmeza, aunque no con brillantez.
Bellanger respondió con una defensa sólida, flexible, sin riesgo aparente.
Los primeros movimientos fueron recibidos por el público con esa inmovilidad intensa de los aficionados que creen estar participando del pensamiento ajeno solo porque lo observan de cerca.
Después de la sexta jugada, Montclar cometió una pequeña imprecisión.
Nada grave. Un detalle de orden, quizá una transposición incómoda.
Delacroix lo supo menos por el tablero que por los rostros de los socios.
Dos jugadores intercambiaron una mirada.
Marguerite Lenoir frunció los labios. Irène anotó algo.
Bellanger, en cambio, no reaccionó. Se limitó a estudiar la posición con una paciencia que podía ser respeto o desprecio.
Montclar presionó el reloj y retiró la mano con un movimiento apenas más brusco de lo necesario. Luego se frotó la yema del índice contra el pulgar.
Delacroix lo vio.
También vio que Bellanger lo vio.
El gesto no tenía importancia. Un botón de reloj podía estar áspero, frío, pegajoso por la humedad o simplemente resultar molesto para un hombre nervioso.
A veces un gesto era solo un gesto. Pero Delacroix había construido buena parte de su vida profesional sobre la incomodidad de esa frase.
A veces, en efecto, un gesto era solo un gesto.
Otras veces era la primera palabra de una confesión que todavía no sabía hablar.
La partida continuó. Montclar recuperó precisión durante algunas jugadas, pero su rostro seguía demasiado pálido.
Bebió agua. Rechazó con un movimiento seco la copa de jerez que un socio quiso ofrecerle durante una breve pausa permitida por Viremont antes de que el juego entrara en una fase más intensa.
Bellanger no bebió nada. Tenía las manos juntas sobre la mesa cuando no le tocaba mover, y sus dedos no mostraban ninguna inquietud.
—Está jugando con menos filo —susurró alguien detrás de Delacroix.
—¿Montclar? —preguntó otro.
—Sí. Como si dudara.
—Montclar no duda.
—Hoy sí.
Delacroix no se volvió. Las conversaciones ajenas suelen ser más sinceras cuando uno tiene la cortesía de parecer sordo.
En la jugada doce, Bellanger logró una posición prometedora.
No era todavía una victoria, pero sí una presión clara.
Montclar tardó más de lo habitual en responder.
Miró el tablero, luego el reloj, luego otra vez el tablero.
Por un instante pareció extraviado en una línea que no conseguía cerrar.
Finalmente movió un caballo hacia una casilla defensiva y presionó el botón.
Bellanger no respondió enseguida.
Delacroix sintió que el salón se inclinaba imperceptiblemente hacia el tablero.
Había momentos en que incluso los aficionados mediocres percibían que algo importante acababa de abrirse.
Bellanger tenía una posibilidad. Algunos socios la vieron.
Uno de ellos, un anciano de nariz afilada, contuvo una inspiración.
Marguerite Lenoir apretó los dedos sobre su bastón.
Viremont, que no era un jugador excepcional pero conocía el suficiente ajedrez como para sufrir en público, dejó de sonreír.
Bellanger podía atacar.
No lo hizo.
Eligió una jugada tranquila, envolvente, casi decorativa. Una jugada buena, sin duda, pero no la más directa. Una jugada que mantenía la presión, que obligaba a Montclar a seguir calculando, que prolongaba el juego.
Un murmullo mínimo recorrió el salón. Montclar levantó la vista hacia Bellanger con una mezcla de irritación y desafío.
—Ha perdido usted una ocasión —dijo en voz baja, aunque lo bastante audible para las primeras filas.
Bellanger apoyó los dedos sobre la mesa.
—No. He elegido otra.
—Peor.
—Más larga.
—No siempre es una virtud.
—Depende de lo que uno esté esperando.
Delacroix miró a Bellanger. La frase, en sí misma, no era nada.
En una partida de ajedrez, esperar podía ser estrategia, paciencia, vanidad o simple cálculo.
Pero el modo en que la dijo pareció retirar por un segundo el barniz de serenidad y mostrar algo debajo: una satisfacción fina, casi íntima.
No la alegría de quien está ganando. Otra cosa. Algo más lento.
Montclar respondió con una jugada rápida, demasiado rápida, como si quisiera castigar el comentario más que mejorar su posición. Presionó el reloj con fuerza. Esta vez, al retirar la mano, se frotó los dedos con mayor claridad.
Bellanger bajó la mirada hacia el tablero.
Y sonrió.
Fue una sonrisa mínima. Tan mínima que cualquiera habría podido negarla.
Delacroix no la negó. La guardó, igual que había guardado la mirada de Abel hacia el reloj, la discusión sobre la ubicación, la palidez de Montclar, la carta en el bolsillo, el nombre de Viviane Marceau y la frase de Irène sobre los sobresaltos.
Todavía no tenía nada.
Solo una partida.
Solo un campeón desmejorado.
Solo un rival que había preferido no ganar demasiado pronto.
Y, entre ambos, un reloj de caoba que seguía marcando el tiempo con esa serenidad insoportable de los objetos que aún no saben que pronto serán llamados armas.