Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 3 — El campeón no sonríe #2
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Capítulo 3 — El campeón no sonríe #2

Bellanger, en cambio, se mostraba sociable sin exageración.

Hablaba poco, sonreía cuando correspondía, aceptaba los elogios con una humildad tan exacta que podía ser sincera o ensayada.

Varias personas se acercaron a desearle suerte.

Todas usaron un tono levemente distinto al que empleaban con Montclar.

A Montclar se lo felicitaba como a un rey.

A Bellanger se lo alentaba como a un heredero eternamente aplazado.

El matiz era pequeño, pero Delacroix pensó que una vida puede deformarse por acumulación de matices.

—Lo mira usted con interés —dijo Irène Louviers a su lado.

Delacroix no se volvió enseguida.

—A los hombres que esperan demasiado conviene mirarlos de vez en cuando.

—¿Habla de Bellanger?

—Hablo de cualquiera que haya aprendido a sonreír mientras otro recibe los trofeos.

Irène siguió su mirada. Bellanger escuchaba en ese momento a un socio anciano que le explicaba, con gran entusiasmo, una variante de apertura que seguramente Bellanger conocía desde los veinte años. El rival asentía con paciencia perfecta.

—Gaspard Bellanger es más peligroso de lo que parece —dijo ella.

—Casi todo el mundo lo es.

—No. Algunos solo parecen peligrosos porque llevan buenos abrigos. Bellanger no. Él lleva veinte años perdiendo de una manera demasiado decorosa.

—La decoración suele pudrirse por detrás.

Irène sonrió.

—Empiezo a entender por qué lo invitaron.

—¿Por mi conversación agradable?

—Por su mala costumbre de escuchar lo que no se dice.

Delacroix bebió un sorbo de jerez. Era aceptable, aunque un poco dulce. Como muchos ambientes respetables, pensó.

—¿Y qué no se dice aquí, madame Louviers?

La periodista miró alrededor antes de responder. No por prudencia real, sino por efecto dramático. Aun así, Delacroix le concedió la escena.

—Que Montclar no debería jugar hoy.

—¿Por qué?

—Porque está fuera de sí.

—Lo disimula bastante bien.

—Montclar disimularía una puñalada si creyera que alguien puede considerarla una debilidad.

—¿Sabe qué le ocurre?

Irène dudó. Por primera vez desde que Delacroix la había conocido, pareció medir una frase no para hacerla más aguda sino para decidir si debía pronunciarla.

—Anoche recibió una carta.

—Eso parece preocupar a varias personas.

—Porque varias personas temen aparecer en ella.

Delacroix la miró.

—Interesante formulación.

—No tengo pruebas.

—Entonces estamos en el territorio predilecto del periodismo.

—Y de la policía, si somos honestos.

—Procuro serlo solo cuando no hay otra salida.

Irène cerró la libreta que no había abierto.

—Montclar prometió hablar conmigo después de la partida. Dijo que tenía una historia. Una de esas historias que limpian una vitrina rompiendo todos los cristales.

—¿Sobre el club?

—Sobre alguien del club. O sobre varios. No fue claro. Montclar rara vez regalaba claridad cuando podía vender misterio.

—¿Y usted cree que la carta lo decidió a hablar?

—Creo que la carta lo asustó. Y Montclar, cuando se asusta, ataca.

Delacroix volvió a mirar al campeón. Montclar se había apartado hacia uno de los ventanales.

Desde allí observaba el patio interior, aunque no parecía ver la fuente seca ni las hojas acumuladas.

Tenía los labios apretados, una mano en el bolsillo y la otra cerrada sobre el puño de su bastón.

Un hombre se le acercó para saludarlo; Montclar respondió con tal frialdad que el hombre se retiró con una sonrisa humillada.

—¿Quién pudo escribirle? —preguntó Delacroix.

—Ahí tiene usted una pregunta digna de la tarde.

—Preferiría una respuesta digna.

—Viviane Marceau, por ejemplo.

El nombre hizo que Delacroix volviera hacia ella los ojos.

—¿Quién es?

—Una antigua amante. Aunque en el caso de Montclar esa palabra siempre significaba algo unilateral. Él permitía que lo amaran. No estoy segura de que considerase necesario devolver el favor.

—Una economía sentimental admirable.

—Cruel. Incluso para los estándares del club.

—¿Ella está aquí?

Irène señaló con una inclinación mínima de la cabeza hacia la entrada del salón.

Una mujer acababa de aparecer junto a Abel Cavaillon, que recibía su abrigo con una deferencia algo mayor que la habitual.

Viviane Marceau no tenía la belleza ostentosa de quien entra buscando miradas, sino una presencia más peligrosa: la de quien sabe que será mirada de todos modos y no tiene intención de agradecerlo.

Vestía de negro, no de luto, sino de una elegancia sobria que convertía cualquier color ajeno en frivolidad.

Su cabello oscuro estaba recogido en la nuca, y su rostro, de líneas firmes, conservaba una serenidad que no parecía paz sino disciplina.

Montclar la vio.

Delacroix lo notó porque el campeón dejó de fingir que miraba el patio.

Durante un segundo, toda su arrogancia se retiró de la superficie y quedó algo más desnudo: molestia, reconocimiento, quizá un destello de culpa.

Viviane, en cambio, no alteró el paso. Saludó a Viremont, inclinó la cabeza ante Irène desde lejos y solo después se dirigió hacia Montclar.

Nadie en el salón pareció hablar más bajo, pero el murmullo general perdió naturalidad.

Las conversaciones continuaron con esa torpeza de los ambientes donde todos intentan demostrar que no están escuchando.

—Cyrille —dijo ella.

—Viviane.

Delacroix no oyó más que los nombres, pero bastaron. Había historias que se resumían mejor en la forma de pronunciar una sílaba que en veinte cartas conservadas bajo llave.

Irène observaba la escena con interés profesional y algo más, quizá una satisfacción pequeña.

—¿Ella pudo escribir la carta? —preguntó Delacroix.

—Pudo escribir muchas cosas. La pregunta es si Montclar se habría tomado la molestia de temerlas.

Viviane y Montclar hablaban ahora en voz baja.

El campeón mantenía la cabeza erguida, pero sus dedos golpeaban el bastón con impaciencia.

Ella no se inclinaba hacia él ni se apartaba.

Parecía sostener la conversación como se sostiene una copa llena hasta el borde: sin derramar nada, pero obligando al otro a mirar.

—No imaginaba que el ajedrez reuniera tantos asuntos sentimentales —dijo Delacroix.

—El ajedrez no. La vanidad sí.

La frase era buena. Delacroix habría podido aprobarla, pero en ese momento vio que Montclar hacía un gesto brusco.

No alzó la voz, no perdió la compostura, pero su rostro se endureció.

Viviane dijo algo más. Él respondió con una sonrisa horrible, una de esas sonrisas que no buscan agradar sino clausurar.

Luego ella se apartó, pálida pero intacta, y caminó hacia una mesa lateral donde tomó una copa sin beberla.

Montclar volvió al centro del salón. Bellanger, que en apariencia había seguido atendiendo al socio anciano, lo miró de reojo. Delacroix hubiera apostado una cantidad moderada de dinero a que no se le había escapado nada.

A las cuatro y media, Viremont pidió la atención de los presentes. Lo hizo sin levantar demasiado la voz, porque en el Círculo Philidor hasta los anuncios parecían temer al eco.

—Queridos socios, distinguidos invitados, en nombre del comité directivo quiero agradecerles su presencia en esta jornada especial.

El cincuentenario de nuestro círculo no es solo una fecha administrativa.

Es la celebración de una tradición, de una disciplina y de una forma de entender la inteligencia como paciencia, respeto y belleza.

Delacroix, que había escuchado discursos peores en circunstancias más peligrosas, encendió un cigarrillo con discreción. La inteligencia, pensó, era invocada con tanta frecuencia por quienes la poseían a medias que a veces parecía una deidad menor, muy necesitada de incienso.

Viremont continuó hablando del legado del club, de la importancia del torneo, del honor de recibir a Delacroix y de la excelencia de los dos jugadores que disputarían la partida central.

Al mencionar a Montclar, los aplausos fueron firmes, casi reverenciales.

Al mencionar a Bellanger, fueron cálidos, quizá más afectuosos, pero menos solemnes.

Delacroix miró al rival durante esa diferencia.

Bellanger aplaudía a Montclar con las manos apenas separadas, en una cortesía silenciosa.

Su rostro no cambió. Precisamente por eso, Delacroix se preguntó cuánto habría cambiado por dentro.

Después del discurso, Abel Cavaillon colocó las piezas sobre el tablero.

Lo hizo con precisión lenta, primero las blancas, luego las negras, alineando cada torre, cada caballo, cada alfil con un cuidado que rozaba la devoción.

El reloj de caoba fue situado a un lado del tablero.

Montclar, que jugaría con blancas, observó la disposición y frunció apenas el ceño.

—Preferiría el reloj a la izquierda —dijo.

Bellanger levantó los ojos.

—Curioso. Usted siempre lo prefiere a la derecha.

—Hoy lo prefiero a la izquierda.

—¿Una nueva superstición?

—Una comodidad.

Viremont miró a Abel, luego a los jugadores.

—No veo inconveniente.

Bellanger se encogió apenas de hombros.

—Tampoco yo. Si el campeón necesita acomodar el mobiliario para sentirse en forma, sería descortés impedirlo.

El comentario produjo alguna sonrisa sofocada.

Montclar no respondió. Abel movió el reloj al otro lado del tablero.

Delacroix observó la maniobra. No sabía todavía por qué, pero aquella pequeña disputa sobre la ubicación del reloj le pareció menos inocente que la discusión sobre el modelo.

Quizá porque Bellanger había cedido otra vez con demasiada facilidad.

Quizá porque Montclar, al pedir el cambio, no había mirado a Bellanger sino al botón del reloj, como si quisiera mantenerlo lejos de una mano o cerca de la otra.

Era una impresión vaga, sin forma. Una de esas impresiones que no sirven para acusar a nadie, pero que, si uno las desprecia, más tarde regresan convertidas en reproche.