Capítulo 3 — El campeón no sonríe
Gaspard Bellanger entró en el salón con la tranquilidad de un hombre que había aprendido a no desperdiciar ningún movimiento.
No era alto, aunque lo parecía por la manera en que sostenía el cuerpo, recto sin rigidez, contenido sin humildad.
Tenía el cabello oscuro, con algunas canas en las sienes, la barba perfectamente rasurada y una expresión tan serena que resultaba casi ofensiva en una habitación donde todos esperaban, de un modo u otro, ver alguna grieta.
Vestía de gris, con chaleco oscuro y corbata negra, y llevaba los guantes en una mano, no en el bolsillo, como si incluso ese detalle formara parte de una composición deliberada.
Delacroix observó de inmediato que Bellanger no miró primero a Montclar.
Miró el salón. Después la mesa. Después el tablero vacío.
Solo al final, con una lentitud que no parecía descortesía sino cálculo, posó los ojos en el campeón.
El gesto duró apenas un segundo, pero en ese segundo pareció resumirse una vida entera de derrotas educadas, felicitaciones dichas con los dientes apretados y noches dedicadas a reconstruir una partida perdida hasta convertirla en una ofensa personal.
—Monsieur Bellanger —dijo Anatole Viremont, adelantándose con una cordialidad más tensa que entusiasta—. Llegaba usted en el momento oportuno.
—Procuro hacerlo —respondió Bellanger.
Su voz era baja, agradable, sin la menor precipitación. Algunos hombres hablaban como si temieran ser interrumpidos. Bellanger hablaba como si supiera que la interrupción también podía esperar.
Viremont hizo las presentaciones necesarias. Cuando llegó el turno de Delacroix, Bellanger inclinó la cabeza con una cortesía impecable.
—Monsieur Delacroix. Es un placer.
—Eso suele saberse después, monsieur Bellanger.
—Entonces digamos que es una expectativa.
—Más prudente.
Bellanger sonrió apenas. No fue una sonrisa cálida, pero tampoco falsa.
Era la sonrisa de quien reconoce una frase bien jugada y decide no responder todavía.
Delacroix, que siempre había desconfiado de los hombres demasiado ansiosos por parecer inteligentes, encontró en él algo peor: un hombre que no parecía ansioso por nada.
Montclar permanecía junto a la mesa central, con una mano apoyada en el respaldo de una silla.
A simple vista conservaba su elegancia, pero Delacroix ya había detectado en él demasiados signos de desgaste: la palidez, la humedad de la frente, los dedos inquietos, la mirada que volvía una y otra vez hacia el reloj como si el objeto le resultara desagradable y necesario al mismo tiempo.
El campeón no estaba enfermo de una forma sencilla.
Estaba alterado. Había una presión anterior a la partida, algo que no nacía del tablero, aunque pronto fuera a sentarse frente a él.
—Bellanger —dijo Montclar.
—Montclar.
No se estrecharon la mano de inmediato. La pausa fue breve, pero todos la notaron.
En el Círculo Philidor, donde los silencios tenían más antigüedad que algunas familias, aquella mínima demora adquirió una importancia casi indecorosa.
Finalmente Bellanger ofreció la mano, y Montclar la aceptó.
El contacto duró menos de lo que exigía la cortesía y más de lo que permitía el afecto.
—Lo veo bien —dijo Bellanger.
—Entonces su vista ha mejorado.
—Siempre fue suficiente para encontrar debilidades.
Montclar retiró la mano.
—En el tablero, quizá.
—No hablaba de otra cosa.
Irène Louviers, que había abierto su libreta con la discreción de un verdugo sacando una cuerda fina, anotó algo. Viremont carraspeó, incómodo. Abel Cavaillon, junto a la caja de los relojes, parecía haber decidido que su mejor contribución a la paz social consistía en volverse mueble.
Delacroix sintió que el salón entero aceptaba esa clase de crueldad como parte del rito.
Nadie parecía sorprendido. Nadie parecía verdaderamente escandalizado.
Los socios conocían el idioma de aquella enemistad y estaban acostumbrados a fingir que se trataba de ingenio.
El ajedrez, pensó, ofrecía una ventaja extraordinaria a los hombres vanidosos: les permitía llamar precisión a la falta de piedad.
—Caballeros —intervino Viremont—, antes de la recepción, quizá convenga resolver una cuestión práctica. El reloj.
La palabra produjo una reacción apenas visible en Montclar.
No fue miedo. Tampoco rechazo. Fue algo más sutil: una contracción de los dedos, una sombra leve en la mirada, el gesto de quien recuerda de pronto una obligación desagradable.
Bellanger, en cambio, volvió la cabeza hacia la caja con una serenidad perfecta.
—Naturalmente —dijo.
Abel abrió la caja. Los dos relojes quedaron a la vista bajo la luz.
El alemán, oscuro y preciso, con líneas rectas y botones metálicos; el de caoba, más antiguo, más hermoso, con las esferas amarillentas y una leve inclinación en una de sus patas, apenas corregida por una tira de fieltro. Montclar señaló este último sin dudar.
—El de caoba.
Bellanger lo contempló un instante.
—Siempre le gustaron las imperfecciones decorativas.
—Y a usted las exactitudes sin gracia.
—Las exactitudes ganan partidas.
—No siempre.
—No cuando se abandonan.
La frase cayó con suavidad, pero Delacroix vio que Montclar apretaba la mandíbula. Tal vez aludía a una partida antigua. Tal vez a una acusación nunca resuelta. En una rivalidad larga, cada palabra podía tener raíces que los demás no veían.
Viremont intervino antes de que Montclar respondiera.
—El reloj de caoba es tradicional en las partidas conmemorativas. Creo que corresponde usarlo.
—Si es tradición —dijo Bellanger—, no seré yo quien perturbe al club.
La frase era correcta. Demasiado correcta.
Delacroix miró a Bellanger, pero el rostro del rival no ofrecía nada.
Ni disgusto, ni satisfacción. Solo una cortesía lisa, pulida, sin bordes.
Montclar, por su parte, tomó el reloj de caoba y lo observó con una atención distraída.
Lo giró apenas, como si comprobara el peso.
Abel hizo un gesto instintivo, casi de protesta, pero se contuvo.
—Con cuidado, monsieur —dijo.
Montclar levantó los ojos.
—¿Teme que lo rompa?
—Temo que se atrase más de lo que ya se atrasa.
—El tiempo siempre se atrasa para quienes no saben aprovecharlo.
Bellanger sonrió, muy poco.
—Curioso. Yo habría dicho que se adelanta para quienes creen tenerlo comprado.
Viremont cerró la caja del otro reloj con una firmeza casi desesperada.
—Bien. Queda decidido. El reloj de caoba.
Delacroix no dijo nada. No había motivo para decir nada.
Una discusión sobre un reloj de ajedrez podía ser, en efecto, una simple discusión sobre un reloj de ajedrez.
Sin embargo, algo le resultó llamativo: Bellanger había cedido con demasiada facilidad.
No como quien acepta una derrota menor, sino como quien ya había previsto que el otro elegiría exactamente aquello que debía elegir.
Delacroix se reprendió por la sospecha. Ver intención en cada cortesía era una enfermedad profesional y, como todas las enfermedades profesionales, tendía a confundirse con lucidez.
Los invitados comenzaron a llegar poco después.
La solemnidad inicial del salón se disolvió en un murmullo contenido de saludos, bastones apoyados contra sillas, abrigos entregados a Abel, comentarios sobre el tiempo y observaciones disfrazadas de modestia.
Había médicos jubilados, abogados con bigotes severos, dos profesores, un banquero de rostro rosado y varias esposas de socios que parecían conocer el club con esa resignación elegante de quienes han pasado demasiadas tardes viendo a sus maridos emocionarse por peones doblados.
Algunos se acercaron a Delacroix con admiración discreta.
Otros lo miraron desde lejos, quizá por timidez, quizá porque un detective célebre, incluso contra su voluntad, recordaba demasiado a una desgracia futura.
Delacroix aceptó una copa de jerez y se situó cerca de una biblioteca baja desde donde podía observar sin parecer inmóvil.
Era una habilidad que había perfeccionado con los años: estar en un lugar sin ofrecer a nadie la satisfacción de creer que lo estaba estudiando.
Vio a Viremont circular entre los socios con su sonrisa institucional, recogiendo inquietudes antes de que se convirtieran en frases.
Vio a Irène Louviers hablar con dos jugadores jóvenes, obtener de ellos más información de la que probablemente querían dar y retirarse antes de que advirtieran la pérdida.
Vio a Abel Cavaillon revisar por tercera vez la disposición de las sillas, las piezas y el reloj, con esa mezcla de devoción y resentimiento que a veces desarrollan quienes cuidan objetos pertenecientes a hombres que nunca los miran.
Y vio a Montclar.
El campeón no se integró a la recepción.
Permitió que los demás se acercaran a él, aceptó felicitaciones anticipadas con una cortesía seca y respondió a dos bromas con una ausencia casi hiriente.
No bebió más que agua. No comió nada. Varias veces llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta, como si comprobara la presencia de una carta.
En una de esas ocasiones sus dedos rozaron el papel y su rostro cambió apenas.
No era miedo visible. Era una incomodidad endurecida por orgullo.
Delacroix conocía esa expresión: la de los hombres que preferirían morir antes que confesar que algo los ha herido.