Capítulo 2 — El templo de los reyes inmóviles #3
—Entonces ha venido usted al lugar adecuado.
Viremont apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.
—Monsieur Delacroix, le ruego que no dé importancia a ciertos comentarios. Monsieur Montclar es un hombre de gran sensibilidad. La proximidad de una partida importante puede afectar incluso a los mejores espíritus.
—La sensibilidad de los grandes hombres suele ser muy resistente cuando afecta a los demás.
Irène Louviers lo miró con aprobación. Viremont, en cambio, pareció arrepentirse de haberlo invitado una segunda vez.
Antes de que alguno pudiera añadir nada, sonó una campanilla en el vestíbulo.
Abel Cavaillon, que había permanecido junto a la caja de los relojes, alzó la cabeza.
Su expresión se tensó con una sobriedad casi imperceptible.
Delacroix no habría sabido decir si era expectación, fastidio o simple hábito.
Un murmullo recorrió la casa. Desde la sala menor, los dos jugadores mayores abandonaron al fin su inmovilidad y miraron hacia la puerta.
En el corredor se oyeron pasos, el roce de un abrigo mojado, una voz baja.
Viremont enderezó el cuerpo como un anfitrión que recuerda de golpe la existencia de su público.
—Debe de ser monsieur Bellanger —dijo.
Pero no lo era.
El hombre que apareció en el umbral del salón tenía el rostro demasiado pálido para una tarde de otoño y los ojos demasiado brillantes para una simple incomodidad.
Vestía con elegancia impecable, aunque algo en el modo en que llevaba el cuello de la camisa sugería que la ropa le pesaba más de lo habitual.
Era alto, delgado, de cabello castaño ya tocado por algunas hebras grises, y conservaba esa belleza seca de los hombres acostumbrados a ser observados desde jóvenes.
Al entrar, no buscó a Viremont ni a la periodista. Miró primero el tablero.
Luego miró el reloj.
Solo después sonrió.
—Caballeros —dijo—. Madame Louviers.
Su voz era firme, pero Delacroix percibió una grieta muy fina bajo la cortesía. Como una pieza que todavía se mantiene en pie después de haber sido astillada por dentro.
Anatole Viremont se adelantó.
—Querido Montclar. Nos alegra verlo.
—Eso espero.
La respuesta fue lo bastante ambigua para no parecer grosera y lo bastante fría para no parecer amable.
Cyrille Montclar avanzó hacia el centro del salón.
Los socios lo observaban con esa mezcla de admiración y temor que se reserva a los hombres que han ganado demasiadas veces.
Delacroix, en cambio, observó sus manos.
Eran finas, nerviosas, y una de ellas sostenía los guantes con una presión excesiva.
En el borde del puño derecho había una pequeña mancha de tinta, casi borrada.
Irène Louviers guardó por fin su libreta sin haber escrito nada.
—Monsieur Montclar —dijo—. Llegaba usted justo cuando empezábamos a hablar de sobresaltos.
Montclar la miró con una sonrisa sin calor.
—Entonces lamento haber interrumpido una conversación tan íntima.
—Al contrario. Quizá pueda completarla.
—Quizá pueda ignorarla.
Viremont intervino rápidamente.
—Permítame presentarle a monsieur Armand Delacroix.
Montclar volvió hacia él una mirada que pareció medirlo en menos de un segundo. No había sorpresa en su rostro. Solo reconocimiento y, detrás de él, algo más difícil de nombrar. Cansancio, tal vez. O fastidio.
—Monsieur Delacroix —dijo—. He oído hablar de usted.
—Intento que eso no ocurra demasiado.
—Una ambición rara.
—Y generalmente inútil.
Montclar le tendió la mano. El apretón fue correcto, pero frío.
Su piel estaba ligeramente húmeda. Delacroix no necesitó mirar a nadie más para saber que el campeón no se encontraba bien.
No era solo palidez ni cansancio. Había en él una tensión particular, una vigilancia íntima, como si hubiera llegado al club no para disputar una partida, sino para sobrevivir a algo que había comenzado antes.
—Espero que disfrute del encuentro —dijo Montclar.
—Eso dependerá de ustedes.
—No. En realidad dependerá de Bellanger. Yo suelo limitarme a ganar.
La frase fue dicha con suavidad, sin alzar la voz, y precisamente por eso resultó más cruel.
En la sala menor alguien fingió toser. Viremont sonrió con demasiada rapidez.
Irène Louviers bajó la vista, satisfecha.
Delacroix comprendió que aquella era la clase de comentario que, repetido durante años, podía resultar más corrosivo que un insulto.
—La modestia también juega negras, por lo que veo —dijo.
Montclar lo miró un instante, y por primera vez su sonrisa pareció rozar algo auténtico.
—La modestia rara vez gana torneos, monsieur Delacroix.
—Quizá porque se retira a tiempo.
La respuesta no desagradó al campeón. O quizá lo sorprendió lo suficiente para distraerlo de su propia inquietud. Dejó los guantes sobre una silla y se acercó a la mesa central. Observó la caja de los relojes.
—¿Cuál han elegido?
—Aún no lo hemos decidido —dijo Viremont—. Abel sugería el alemán.
Montclar hizo una mueca.
—El alemán es vulgar.
—Es preciso.
—Muchas cosas vulgares lo son.
Cavaillon bajó la mirada. Delacroix percibió en el encargado una rigidez breve, de esas que no delatan odio pero sí memoria. Montclar abrió la caja y tocó apenas el reloj de caoba.
—Este.
—Se atrasa —dijo Abel.
—Yo también, de vez en cuando, y nadie me ha reemplazado todavía.
La broma produjo una risa ligera entre algunos socios.
No en Cavaillon. No en Viremont. Tampoco en Delacroix, que observó cómo Montclar retiraba la mano del reloj y se frotaba discretamente la punta de los dedos contra la palma, como si el contacto con la madera le hubiera dejado una sensación desagradable.
Fue un gesto mínimo, quizá sin importancia.
En aquel momento, desde luego, no significaba nada.
Aún no.
—Como prefiera —dijo Viremont—. Consultaremos también a monsieur Bellanger.
Montclar cerró la caja.
—Bellanger preferirá lo contrario. Es su forma más constante de pensamiento.
La campanilla volvió a sonar.
Esta vez no hubo murmullo. Hubo algo más preciso: una atención súbita, casi física. Delacroix sintió que el salón entero contenía el aliento con una educación admirable. Incluso Montclar, que fingía mirar las piezas guardadas, levantó apenas la cabeza.
Unos pasos se acercaron por el corredor. Eran lentos, regulares, sin prisa. Pasos de un hombre que no necesitaba anunciarse porque llevaba demasiados años llegando después de otro.
Abel Cavaillon fue hacia la entrada. Viremont adoptó de nuevo su sonrisa institucional. Irène Louviers abrió la libreta.
Y Delacroix, que había venido a ver una partida de ajedrez, comprendió al fin que tal vez la verdadera partida ya había empezado mucho antes de que nadie moviera un peón.