Capítulo 2 — El templo de los reyes inmóviles #2
Viremont volvió a reír, esta vez con algo más de naturalidad.
—Entre otras cosas.
Lo condujo por el salón. Había varias mesas auxiliares preparadas para partidas menores, sillas tapizadas en verde oscuro, ceniceros de bronce, un aparador con copas y botellas, y una chimenea apagada sobre la que reposaba un busto de Philidor.
La elección del músico y ajedrecista como patrono del club parecía inevitable.
Delacroix observó el busto con simpatía moderada.
Los bustos, en general, le parecían una forma incómoda de inmortalidad: demasiada frente, poca defensa.
—La partida de esta tarde ha generado mucha expectativa —dijo Viremont—. Montclar y Bellanger no se enfrentan en público desde hace casi dos años.
—¿Por alguna razón especial?
El presidente hizo un gesto vago.
—Diferencias de agenda. Fatiga. Pequeñas susceptibilidades. Usted sabe cómo son los jugadores de temperamento fuerte.
—Casi siempre dicen que tienen temperamento cuando quieren decir vanidad.
Viremont se permitió una inclinación de cabeza, como si no pudiera negar del todo la observación sin traicionar la experiencia.
—Monsieur Montclar es un hombre de gran talento.
—Eso rara vez facilita el carácter.
—Y monsieur Bellanger también. Aunque su carrera ha sido, digamos, menos coronada.
—Una expresión delicada.
—Procuro ser justo.
—La justicia, monsieur Viremont, suele ser mucho menos delicada.
El presidente lo miró un instante. Tal vez empezaba a comprender que invitar a Delacroix como adorno social podía haber sido una decisión menos cómoda de lo previsto.
—Me alegra que haya aceptado venir —dijo, cambiando apenas el tono—. Su presencia honra al club. Después de sus recientes investigaciones, muchos de nuestros socios deseaban conocerlo.
—Confío en que no demasiados.
—¿Le incomoda la admiración?
—Me incomoda que la gente admire aquello de lo que debería desconfiar.
—¿Resolver crímenes?
—La necesidad de resolverlos.
Viremont no respondió enseguida. Miró hacia la mesa central, quizá para refugiarse en algo conocido.
El tablero estaba vacío todavía, pero las sesenta y cuatro casillas parecían ya imponer una disciplina al salón.
Había objetos que ordenaban el espacio a su alrededor.
Un altar, un féretro, un tablero. Cada uno exigía una clase distinta de silencio.
—Aquí preferimos pensar que la inteligencia puede dedicarse a formas más elevadas de conflicto —dijo al fin.
Delacroix observó los retratos, las copas, las placas, los nombres repetidos, las miradas secas de los jugadores en la sala contigua.
—No lo dudo. Aunque, por experiencia, las formas elevadas de conflicto suelen dejar heridas más limpias, no menos profundas.
Viremont iba a contestar cuando una voz femenina, clara y algo burlona, llegó desde el otro extremo del salón.
—Monsieur Viremont, no monopolice usted al invitado. Incluso los presidentes deben recordar que los honores se comparten.
La mujer que se acercaba tenía alrededor de cuarenta años, quizá alguno más, y la seguridad de quienes han entrado en demasiadas habitaciones sabiendo que iban a ser observadas.
Llevaba un vestido azul oscuro, guantes claros y un sombrero pequeño que no pretendía protegerla de nada.
Sus ojos eran vivos, inteligentes, con esa luz particular de los periodistas que siempre parecen estar escuchando una frase no dicha.
Viremont se tensó apenas al verla, lo suficiente para que Delacroix comprendiera que la mujer no era del todo bienvenida, aunque sí inevitable.
—Madame Irène Louviers —presentó el presidente—. Escribe para La Gazette Culturelle. Ha venido a cubrir el torneo.
—Y a demostrar que el ajedrez puede interesar a alguien fuera de un sótano lleno de caballeros asmáticos —añadió ella.
—Madame Louviers exagera por oficio —dijo Viremont.
—No, monsieur Viremont. Por oficio observo. Exagero por placer.
Delacroix inclinó la cabeza.
—Una combinación peligrosa.
—Eso espero. Monsieur Delacroix, es usted menos teatral de lo que me habían dicho.
—Procuro decepcionar temprano. Ahorra malentendidos.
Irène Louviers sonrió. No era una sonrisa amable, sino eficaz. Sacó una libreta pequeña del bolso, aunque no la abrió. Tal vez no necesitaba hacerlo; algunos periodistas tomaban notas primero con los ojos.
—¿Ha venido por afición al ajedrez o por cansancio de los asesinos?
—En mi experiencia, ambas cosas pueden encontrarse en los mismos salones.
Viremont hizo un gesto casi imperceptible de incomodidad.
—Confiemos en que hoy no sea el caso.
—Naturalmente —dijo Delacroix.
Irène miró hacia el tablero central.
—Hoy no habrá sangre. Solo orgullo herido, que es más presentable y mancha menos las alfombras.
—Madame Louviers —murmuró Viremont.
—No se alarme, presidente. Si alguien fuera a morir en un club de ajedrez, tendría al menos la elegancia de hacerlo después de la cena.
Delacroix observó la reacción de Viremont.
La frase le había disgustado más de lo que justificaba una broma.
No por superstición, quizá, sino porque ciertos hombres temen cualquier imagen que rompa el barniz de sus instituciones.
La muerte, incluso nombrada en tono ligero, debía parecerle una grosería.
—¿Conoce bien a Montclar y Bellanger? —preguntó Delacroix.
—Lo suficiente para saber que ninguno tolera al otro.
—Eso es poco.
—Entonces añadiré que uno lo disimula con grandeza y el otro con paciencia.
—¿Cuál es cuál?
Irène sonrió de nuevo.
—Ah, monsieur Delacroix. Si se lo digo, perderá usted el placer de descubrirlo.
Viremont intervino con una rapidez que no llegó a ser brusca.
—Madame Louviers tiene una inclinación lamentable por las fórmulas agudas. La rivalidad entre monsieur Montclar y monsieur Bellanger ha sido siempre deportiva.
—Como todas las rivalidades deportivas —dijo ella—. Es decir: llena de cortesía, dinero, resentimiento y frases que nadie perdona.
Delacroix empezaba a encontrarla bastante menos molesta que el presidente.
No porque confiara en ella. Al contrario.
La gente que decía verdades parciales con tanta destreza solía reservarse las completas para venderlas mejor.
Pero en una casa gobernada por el silencio, una persona dispuesta a incomodar podía resultar útil.
Desde la puerta lateral reapareció Abel Cavaillon.
Traía una caja de madera rectangular, pulida por el uso, y caminaba con la concentración de quien transporta algo frágil o sagrado.
La depositó sobre la mesa central y abrió los pequeños cierres metálicos.
Dentro había dos relojes de ajedrez. Viremont se acercó.
—¿Usaremos el alemán? —preguntó.
—Eso pensaba, monsieur —respondió Cavaillon—. Es el más preciso.
—Montclar prefiere el de caoba.
—El de caoba se atrasa unos segundos cada hora.
—Unos segundos no deciden una partida.
Cavaillon levantó la vista.
—Algunos jugadores no estarían de acuerdo.
Delacroix miró los relojes. Uno tenía una caja oscura, sobria, casi negra; el otro era de una caoba rojiza, con las esferas ligeramente amarillentas.
Ambos poseían dos botones superiores, uno para cada jugador, y esa apariencia de inocencia funcional que tienen los objetos antes de verse mezclados en asuntos humanos. Viremont dudó.
—Preguntaremos a los jugadores cuando lleguen —dijo finalmente.
—Como usted ordene.
Cavaillon cerró la caja con cuidado, pero no la retiró.
Delacroix advirtió que Irène Louviers también había observado el intercambio.
Sus ojos se habían detenido en los relojes un instante más de lo casual.
Quizá porque era periodista. Quizá porque, en un club de ajedrez, los relojes eran más expresivos que muchos socios.
—¿También los relojes tienen temperamento? —preguntó Delacroix.
Viremont pareció agradecer la posibilidad de convertir el asunto en comentario mundano.
—Los jugadores lo creen. Algunos prefieren un sonido, una resistencia, una altura determinada. Manías, en su mayoría.
—Las manías son supersticiones que han aprendido a vestirse bien.
—Bellanger, por ejemplo —dijo Irène—, siempre quiere el reloj a su derecha.
Viremont la miró.
—No siempre.
—Casi siempre.
—Eso no tiene importancia.
—Nada la tiene hasta que empieza a tenerla.
La frase quedó en el aire con una ligereza incómoda.
Delacroix no dijo nada. Se acercó al tablero central y pasó la mirada por las casillas vacías.
Las piezas seguían guardadas, pero ya podía imaginar la disposición inicial, esa formación ordenada que siempre le había parecido el retrato más amable de una guerra.
Dos ejércitos idénticos, dos reyes inútiles, dos reinas demasiado poderosas para que los hombres no terminaran llamando estrategia a su miedo.
—¿A qué hora comenzará la partida? —preguntó.
—A las cinco en punto —dijo Viremont—. Antes habrá una breve recepción. Algunos socios llegarán de un momento a otro. Monsieur Bellanger ya está en la casa, creo. Ha pedido utilizar la sala de análisis.
—¿Y Montclar?
La pregunta produjo un silencio leve. No fue largo, ni dramático. Apenas el tiempo necesario para que Delacroix notara que nadie respondía enseguida.
—Monsieur Montclar llegará pronto —dijo Viremont.
—¿No se hospeda aquí?
—No. Prefirió alojarse en el Hôtel des Arcades, junto a la plaza.
—Curiosa elección para el campeón del club.
—Montclar tiene sus costumbres.
Irène Louviers bajó la mirada hacia sus guantes.
—Y últimamente, sus sobresaltos.
Viremont se volvió hacia ella con severidad.
—Madame.
—¿He dicho algo falso?
—Ha dicho algo inconveniente.
—Eso no es lo mismo.
Delacroix percibió que la tarde acababa de cambiar de temperatura. No mucho. Un grado apenas. Lo suficiente para que el aire del salón pareciera menos ceremonial y más atento.
—¿Qué clase de sobresaltos? —preguntó.
Irène no respondió de inmediato. Miró a Viremont, como si disfrutara midiendo hasta dónde podía incomodarlo delante del invitado.
—Pregúntele a él cuando llegue.
—Prefiero preguntar antes a quienes no tienen interés en responderme bien.
La periodista soltó una breve risa.