Capítulo 2 — El templo de los reyes inmóviles
El Círculo Philidor ocupaba una casa antigua en una calle tranquila de provincias, de esas calles donde los árboles parecen haber sido plantados no para dar sombra sino para recordarles a los vecinos que el tiempo existe.
La ciudad, cuyo nombre Delacroix había visto escrito en el billete de tren y olvidado casi de inmediato, tenía una estación pequeña, una plaza con estatua ecuestre, tres cafés respetables y esa discreta vanidad de los lugares que no necesitan ser importantes porque ya se consideran suficientemente antiguos.
Había llovido durante la mañana, pero a la hora en que llegó el coche que lo llevó hasta el club el cielo empezaba a abrirse en franjas pálidas, como si alguien hubiera decidido concederle al torneo una tregua decorativa.
Delacroix descendió frente a una fachada de piedra clara, algo ennegrecida por los años, con persianas verdes y una puerta de madera oscura rematada por un aldabón de bronce.
Sobre la entrada, grabado en una placa ovalada, aparecía el mismo rey inclinado que había visto en la invitación.
De cerca resultaba menos solemne y más melancólico, como si aquel monarca de metal llevara medio siglo lamentando una derrota que nadie tenía la cortesía de explicarle.
A ambos lados de la puerta había dos faroles apagados, y junto al escalón inferior, medio oculto por la humedad, una hoja seca se había pegado a la piedra con la obstinación de un testigo.
El cochero bajó su pequeño equipaje. Delacroix le pagó, rechazó la ayuda para tomar la maleta y se quedó un instante mirando la casa. No parecía un sitio peligroso. Ese fue, precisamente, el primer defecto que le encontró.
Los lugares peligrosos rara vez tenían la decencia de anunciarse.
Delacroix había conocido habitaciones donde todo gritaba amenaza y no había ocurrido nada más grave que una discusión matrimonial; también había visto salones llenos de flores, porcelanas y sonrisas donde un hombre llevaba ya varias horas muerto detrás de una puerta.
La tranquilidad, pensó mientras subía los escalones, era una de las máscaras predilectas de la desgracia.
No porque mintiera siempre, sino porque cuando mentía lo hacía con excelente educación.
Antes de que alcanzara a tocar el aldabón, la puerta se abrió desde dentro. Un hombre de mediana edad, delgado hasta la sequedad, vestido con un traje negro que parecía haber sido cepillado con más devoción que alegría, inclinó la cabeza.
—Monsieur Delacroix.
No era una pregunta. Era una identificación.
—Eso espero —respondió Delacroix—. Sería una descortesía llegar hasta aquí con el nombre de otro.
El hombre tardó una fracción de segundo en decidir si debía sonreír. Finalmente no lo hizo, quizá por temperamento, quizá porque el Círculo Philidor no fomentaba esa clase de excesos.
—Soy Abel Cavaillon, encargado del club. Monsieur Viremont lo espera.
Delacroix entró. El vestíbulo olía a madera encerada, humedad antigua y tabaco frío.
Había un perchero de pie, un paragüero de cobre, un espejo estrecho y una alfombra persa que había conocido tiempos mejores y no parecía dispuesta a hablar de ellos.
Sobre una mesita descansaba un libro de visitas abierto junto a una pluma.
Delacroix firmó con letra precisa mientras Abel Cavaillon observaba el trazo con una atención casi administrativa.
—Han sido muy puntuales en recibirme —dijo Delacroix.
—El club aprecia la puntualidad, monsieur.
—Un vicio respetable.
—Una forma de respeto.
—También una forma de amenaza, en ciertos ambientes.
Cavaillon lo miró de reojo, sin saber si aquello era una broma o una acusación prematura. Delacroix no le ofreció ayuda. Había aprendido que uno de los placeres discretos de la conversación consistía en dejar que el interlocutor eligiera de qué preocuparse.
El encargado tomó su abrigo y lo colgó con un cuidado casi ceremonial.
Tenía manos largas, de dedos finos, y un modo de moverse silencioso que podía deberse tanto a la disciplina como a los años de servir a hombres que confundían el ruido con la vulgaridad.
Su rostro era anguloso, la boca estrecha, el cabello gris peinado hacia atrás.
No parecía un criado ni un secretario. Parecía más bien el guardián de una capilla donde los santos hubieran sido sustituidos por piezas de marfil.
—Por aquí, monsieur.
Atravesaron un corredor revestido de madera oscura.
A la derecha había una puerta entreabierta que dejaba ver una pequeña biblioteca: estanterías hasta el techo, una escalera móvil, mesas de lectura, lámparas verdes y montones de revistas especializadas.
A la izquierda, una sala menor con varios tableros dispuestos para partidas informales.
Dos hombres mayores jugaban en completo silencio, inclinados sobre las piezas con la gravedad de cirujanos.
Ninguno levantó la vista al paso de Delacroix.
Tal vez no lo habían oído. Tal vez, en aquel club, incluso la curiosidad tenía horarios.
El salón principal se abría al fondo de la casa.
Era amplio, rectangular, con ventanales altos que daban a un patio interior donde una fuente sin agua acumulaba hojas marrones.
En el centro, bajo una lámpara de bronce, había una mesa más grande que las demás, cubierta por un paño verde.
Sobre ella descansaba el tablero destinado a la partida central.
Las piezas estaban aún en sus cajas, ordenadas junto a un reloj de ajedrez de doble esfera.
A Delacroix le llamó la atención ese objeto no por ninguna razón concreta, sino porque todos los objetos destinados a medir el tiempo poseen una vanidad particular: se creen neutrales.
En las paredes colgaban retratos de antiguos campeones del Círculo Philidor.
Rostros severos, barbas cuidadas, cuellos duros, miradas de hombres convencidos de que habían hecho algo más importante que ganar partidas contra notarios y médicos de provincias.
Debajo de cada retrato figuraba un nombre, un año y, en algunos casos, una breve mención honorífica.
Delacroix se detuvo frente a uno de ellos, un caballero de bigote blanco y ojos fatigados.
—Henri Lenoir —dijo Abel Cavaillon, desde atrás—. Campeón del club durante quince años.
—Una condena larga.
—Fue un gran jugador.
—No lo dudo. Me refería a los quince años rodeado de admiradores.
Cavaillon bajó apenas la mirada. Esta vez sí pudo haber una sonrisa, aunque murió antes de formarse.
—Su viuda sigue siendo socia honoraria.
—Entonces procuraré no repetir mi comentario en su presencia.
—Sería prudente, monsieur.
Delacroix continuó avanzando. En una vitrina reposaban copas, medallas, fotografías amarillentas y varios trofeos de plata.
Uno de ellos llevaba grabado el nombre de Cyrille Montclar en tantas ocasiones que el metal parecía casi rendido a la repetición.
Montclar, Montclar, Montclar. El nombre volvía una y otra vez, año tras año, como una firma de propietario sobre la memoria del club.
A su lado, en otra placa menor, aparecía el nombre de Gaspard Bellanger, pero con menos frecuencia y siempre en segundo lugar o asociado a torneos de menor importancia.
La vitrina contaba una historia sin necesidad de comentario: un hombre había ganado; el otro había permanecido lo bastante cerca para que la derrota resultara permanente.
—Monsieur Bellanger debe de sentir una gran devoción por la paciencia —dijo Delacroix.
Cavaillon siguió la dirección de su mirada.
—Monsieur Bellanger es muy respetado.
—No he preguntado si lo respetan.
—Entonces no sé si entiendo la observación.
—Eso la vuelve más segura.
El encargado no respondió. En ese momento, desde una puerta lateral, apareció un hombre de unos sesenta años, corpulento, de cabello blanco cuidadosamente peinado y bigote recortado.
Vestía con una elegancia algo rígida, como si hubiera decidido tiempo atrás que la distinción consistía en no permitir que ninguna prenda pareciera cómoda.
Su rostro tenía la expresión amable de quienes han aprendido a saludar sin entregar nada.
Al ver a Delacroix, abrió los brazos en un gesto medido.
—Monsieur Delacroix. Qué honor recibirlo en el Círculo Philidor.
—El honor es mío, monsieur Viremont.
Anatole Viremont estrechó su mano con firmeza, pero sin entusiasmo físico.
Su sonrisa era correcta; sus ojos, vigilantes.
Delacroix advirtió de inmediato que aquel hombre no presidía el club como quien organiza torneos, sino como quien custodia una reputación heredada.
Había personas para las cuales un escándalo era una desgracia.
Para Viremont, sospechó, sería una indecencia.
—Espero que el viaje no haya sido fatigoso —dijo el presidente.
—He sobrevivido a un tren, a un coche y a una conversación con un cochero que opinaba sobre política internacional. Me considero afortunado.
—Aquí encontrará más calma.
—Eso me han prometido varias veces en mi vida. Casi siempre ha sido una imprudencia.
Viremont soltó una risa breve, educada, quizá un poco incómoda.
Abel Cavaillon se retiró en silencio, aunque no antes de lanzar una mirada al reloj de la mesa central.
Fue un gesto rápido, casi imperceptible.
Delacroix lo registró sin concederle aún ninguna importancia.
En un club de ajedrez, mirar un reloj no era necesariamente sospechoso.
A veces solo era una forma particularmente aburrida de existir.
—Permítame mostrarle la casa —dijo Viremont—. Estamos muy orgullosos de ella. El edificio perteneció originalmente a la familia Dauriac. El club lo adquirió hace casi cuarenta años, cuando nuestra primera sede quedó pequeña.
—El éxito tiene esas molestias.
—En efecto. Aunque debo admitir que ya no somos tantos como antes. Los tiempos cambian. La juventud se impacienta. El ajedrez exige una disposición que empieza a ser rara.
—Sentarse durante horas frente a un adversario sin arrojarle nada a la cabeza.