Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24)
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Capítulo 1 — La invitación sobre el escritorio
Armand Delacroix encontró la invitación sobre su escritorio al tercer día de haber regresado de Buenos Aires.
Estaba allí, apoyada contra el tintero de plata, como si hubiese esperado con una paciencia más propia de un acreedor que de una cortesía social.
La había dejado su ama de llaves junto con otras cartas menores, recibos, dos notas de agradecimiento y un catálogo de una casa de vinos que Delacroix no recordaba haber solicitado.
Nada de aquello tenía demasiada importancia.
La invitación, en cambio, sí parecía tenerla, aunque fuera solo por el cuidado con que alguien había elegido el papel.
Era una cartulina gruesa, marfil, con los bordes apenas biselados y una caligrafía sobria. En la parte superior se leía, grabado en tinta negra:
Círculo Philidor
Debajo, en letras más pequeñas, aparecía una dirección de provincias, no demasiado lejos de París, y luego el verdadero motivo de la carta: el club tenía el honor de invitar a monsieur Armand Delacroix a asistir como huésped distinguido a una partida extraordinaria entre el actual campeón del círculo, monsieur Cyrille Montclar, y su rival histórico, monsieur Gaspard Bellanger, encuentro central de un pequeño torneo conmemorativo por el cincuentenario de la institución.
Delacroix leyó la invitación una vez, después una segunda, y finalmente la dejó sobre la mesa con una expresión que en otro hombre habría podido confundirse con aburrimiento. En él era más bien desconfianza preventiva.
—Ajedrez —murmuró.
La palabra no le desagradaba. De hecho, tenía por el ajedrez una simpatía antigua, aunque prudente.
Había jugado bastante en su juventud, lo suficiente para comprender que no era tan inteligente como para dedicarse a perder tardes enteras fingiendo que un caballo en madera podía justificar una humillación.
Con los años había conservado cierta afición moderada por los problemas de mate en tres jugadas, por las partidas comentadas en los periódicos y por esa clase de jugadores que, después de sacrificar una torre, parecían menos satisfechos por haber ganado que por haber demostrado que la humanidad era indigna de entenderlos.
El ajedrez tenía algo que siempre le había interesado: todo ocurría a la vista, y aun así casi nadie veía nada.
Tal vez por eso la invitación lo atrajo más de lo que habría querido admitir.
Después de Buenos Aires, después del tango, de las calles con olor a lluvia tibia, de las máscaras sentimentales y de un caso que había confirmado, una vez más, que el crimen no necesitaba grandes escenarios para volverse teatral, Delacroix había prometido concederse unos días de calma.
Había regresado a su casa con la intención de ordenar sus notas, responder correspondencia atrasada, dormir sin despertarse a mitad de la noche y no escuchar, bajo ningún concepto, la palabra asesinato durante al menos una semana.
Tres días. Eso había durado su propósito.
No porque hubiera un cadáver en la invitación, desde luego.
Solo había un club de ajedrez, un torneo conmemorativo, un campeón, un rival y la promesa de una velada elegante entre hombres que, si se odiaban, al menos tenían la decencia de hacerlo en silencio.
Comparado con otros ambientes que Delacroix había conocido, aquello casi parecía saludable.
Encendió un cigarrillo, volvió a tomar la cartulina y observó el sello del club.
Representaba un rey negro inclinado sobre un tablero, con una divisa en latín que alguien, sin duda, había considerado profunda al momento de fundar la institución.
Delacroix no tradujo la frase. Las frases latinas de los clubes privados solían significar siempre lo mismo: aquí somos más importantes de lo que parecemos.
Se levantó y fue hasta la ventana. La mañana era gris, con una llovizna tan fina que apenas se atrevía a caer.
En el jardín, los rosales habían perdido parte de su compostura; el otoño se insinuaba en las hojas con una delicadeza cruel.
Delacroix fumó en silencio. Su casa, que durante años había sido un refugio discreto, comenzaba a parecerle cada vez menos aislada del mundo.
Los casos recientes lo habían empujado a lugares donde no tenía intención de estar, y lo peor era que, una vez allí, había terminado resolviendo exactamente aquello que nadie quería que resolviera.
La notoriedad le incomodaba casi tanto como la estupidez.
No porque fuera humilde; Delacroix desconfiaba de la humildad en la misma medida en que desconfiaba de los discursos patrióticos y de las salsas demasiado espesas.
Simplemente no veía mérito en ser conocido por extraños.
La fama tenía la grosería de entrar en las habitaciones antes que uno, sentarse en la mejor silla y hablar demasiado alto.
Sin embargo, la invitación del Círculo Philidor no tenía el tono adulador de otras cartas recibidas después de Londres y Buenos Aires.
Era formal, casi seca. Lo llamaban huésped distinguido, no héroe, ni celebridad, ni genio.
Eso la hacía más tolerable. Además, había algo en la idea de asistir a una partida importante que le resultaba agradable.
No tendría que perseguir a nadie por callejones mojados, ni discutir con comisarios celosos, ni escuchar confesiones envueltas en lágrimas.
Bastaría con sentarse, observar, beber algo decente y confirmar que, de vez en cuando, la inteligencia podía emplearse sin derramar sangre.
Esa última idea lo hizo sonreír con una tristeza mínima.
—Monsieur está de buen humor —dijo una voz a sus espaldas.
Delacroix no se volvió enseguida. Reconoció a madame Fournier por el modo en que abría las puertas: nunca de golpe, nunca con timidez, siempre con la autoridad de quien sabe que una casa no se gobierna desde los sillones sino desde los pasillos.
—No exageremos —respondió—. He sonreído. Es un fenómeno pasajero.
Madame Fournier entró con una bandeja donde había café, pan tostado y una pequeña confitura de ciruela.
Era una mujer robusta, de rostro severo y mirada práctica, convencida de que casi todos los males del mundo podían atribuirse a dos causas: la mala educación y no comer a la hora debida.
Había servido en la casa de Delacroix el tiempo suficiente para no impresionarse por sus silencios, sus regresos súbitos ni sus amistades inconvenientes.
—¿Otra carta desagradable? —preguntó, dejando la bandeja sobre una mesa auxiliar.
—Al contrario. Una invitación.
—Eso suele ser desagradable.
—En algunos círculos, madame Fournier, esa observación podría considerarse una falta de sociabilidad.
—En algunos círculos la gente se aburre tanto que funda clubes.
Delacroix miró de nuevo la cartulina.
—Precisamente me invitan a uno.
Madame Fournier no necesitó preguntar a qué clase de club. Tomó la carta con una confianza que a cualquier visitante le habría parecido impertinente y a Delacroix le parecía, desde hacía años, inevitable.
—Círculo Philidor —leyó—. Ajedrez.
—Un juego noble.
—Un juego donde dos hombres se sientan durante horas para mover figuras pequeñas y fingir que no quieren estrangularse.
—Su definición es incompleta, pero no del todo errónea.
Madame Fournier dejó la invitación en su sitio.
—¿Irá?
Delacroix tardó un momento en contestar. Eso, en él, equivalía casi a una confesión.
—Quizá.
—Entonces irá.
—No he dicho eso.
—Monsieur Delacroix dice “quizá” cuando ya tomó una decisión y quiere tener la cortesía de simular que el mundo todavía puede influir en ella.
Delacroix apagó el cigarrillo con cuidado.
—Tiene usted una opinión muy poco halagüeña de mi flexibilidad.
—Tengo experiencia.
El detective se sirvió café. Estaba fuerte, como debía estarlo, y no parecía pedir disculpas por su amargura. Bebió un sorbo mientras volvía a leer los nombres impresos en la invitación.
Cyrille Montclar.
Gaspard Bellanger.
Los conocía, al menos de oídas. Montclar había sido durante años una figura respetada en los salones de ajedrez, no exactamente un campeón mundial ni una celebridad popular, pero sí uno de esos hombres cuyo nombre circula con reverencia en círculos cerrados.
Un estratega fino, preciso, algo cruel según ciertos comentaristas.
Bellanger, por su parte, era una sombra persistente en la biografía del otro: el rival que casi lo alcanzaba, el adversario que siempre parecía llegar tarde a la gloria, el hombre al que los periódicos mencionaban con una fórmula odiosa: “el eterno segundo”.
Delacroix siempre había pensado que esa clase de apelativo podía envenenar una vida más despacio que cualquier sustancia química. No había insulto más refinado que aquel que se repetía con cortesía durante veinte años.
—¿Los conoce? —preguntó madame Fournier.
—A Montclar, por reputación. A Bellanger, por comparación.
—Eso suena incómodo.
—Para Bellanger, sin duda.
Madame Fournier se quedó unos segundos junto a la mesa, mirando la invitación con una mezcla de indiferencia y prevención doméstica.
—Un torneo de ajedrez parece tranquilo.
—Eso esperaba oír.
—No he dicho que lo sea. He dicho que lo parece.
Delacroix alzó la vista hacia ella.
—¿También usted empieza a desconfiar de las apariencias?
—Vivo en esta casa, monsieur.
La frase era tan exacta que Delacroix no encontró una respuesta inmediata. Madame Fournier, satisfecha con la pequeña victoria, recogió una servilleta que no necesitaba recoger y se dirigió hacia la puerta.
—Si va, avise con tiempo. No me gusta enterarme de sus viajes cuando ya mandó preparar el equipaje.
—Solo sería una visita breve.
—Eso dijo antes de Londres.
—Londres exageró.
—Y antes de Buenos Aires.
—Buenos Aires bailaba demasiado bien para dejarme marchar.
Madame Fournier lo miró con esa paciencia que reservaba para los niños, los enfermos y los detectives que se creían menos transparentes de lo que eran.
—El ajedrez no baila —dijo.
—No. Pero algunos jugadores tienen peor carácter que un bandoneón herido.
Ella salió sin responder. Delacroix permaneció solo, con el café enfriándose despacio y la invitación abierta frente a él.
Durante un rato intentó prestar atención a otros asuntos.
Revisó dos cartas, firmó una respuesta pendiente y abrió el catálogo de vinos con una falta de convicción que habría ofendido al comerciante.
Nada logró apartarle del todo la mirada de aquellos dos nombres.
Cyrille Montclar.
Gaspard Bellanger.
Había rivalidades que envejecían como el vino y otras que envejecían como una herida mal cerrada. La diferencia, pensó Delacroix, solo se advertía cuando alguien retiraba el vendaje.
Buscó en un cajón un viejo recorte de periódico que recordaba haber guardado años atrás.
No lo encontró. En su lugar aparecieron tres notas de un caso antiguo, una fotografía sin fecha y una pequeña lista de libros que había prometido comprar y nunca compró.
El desorden, en su escritorio, no era casual: era un sistema privado de clasificación que nadie más comprendía y que a veces tampoco comprendía él.
Finalmente halló, entre las páginas de una revista ajedrecística envejecida, una columna dedicada a una partida Montclar-Bellanger jugada hacía más de una década.
Leyó algunas líneas. El comentarista hablaba de una defensa precisa, de una oportunidad perdida, de un final técnicamente igualado que Bellanger había arruinado por exceso de ambición. La frase final decía: “Montclar, una vez más, demostró que Bellanger puede rozar la victoria, pero no poseerla”.
Delacroix dejó la revista sobre el escritorio.
Qué frase miserable, pensó.
No era difícil imaginar a un hombre viviendo años bajo esa sentencia.
Tampoco era difícil imaginar al otro disfrutándola con una sonrisa leve.
En el mundo del ajedrez, la crueldad rara vez necesitaba volumen.
Bastaba con una ceja levantada, un comentario al pasar, una partida reproducida demasiadas veces en presencia del derrotado.
Aun así, aquello no era más que una rivalidad. Los hombres se habían odiado durante siglos sin convertir cada resentimiento en una tragedia. El odio, por sí solo, era vulgar; lo interesante siempre estaba en el momento en que encontraba una forma.
Delacroix volvió a tomar la invitación. La partida tendría lugar el sábado siguiente, a las cinco de la tarde.
Después habría una cena para socios e invitados, una ceremonia de entrega de premios y, si el programa no mentía, una breve conferencia sobre “el ajedrez como arte de la paciencia”.
Aquella última frase le pareció peligrosa.
Casi todo crimen verdaderamente refinado era también un arte de la paciencia.
Se reprendió mentalmente por ese pensamiento.
Había pasado demasiados años mirando la vida desde el ángulo del cadáver.
No todo salón cerrado era una escena del crimen, no toda rivalidad escondía una amenaza, no toda invitación sobre un escritorio debía ser tratada como una advertencia.
Tal vez, por una vez, las cosas fueran exactamente lo que parecían: una partida de ajedrez, un campeón, un rival, una tarde de provincia, algunos discursos aburridos y la posibilidad de regresar a casa antes de que madame Fournier decidiera que había vuelto a extraviarse por gusto.
Sí, pensó. Tal vez.
Al atardecer escribió una respuesta breve, aceptando la invitación con gratitud medida.
No empleó adjetivos innecesarios. No prometió entusiasmo.
No hizo referencia a sus casos recientes.
Firmó con su nombre completo, secó la tinta y dejó el sobre preparado para que saliera con el correo de la mañana.
Luego, ya de noche, cuando la casa había adquirido ese silencio espeso que convierte cada crujido en una opinión, Delacroix volvió una última vez al escritorio.
No supo por qué lo hizo. Quizá por costumbre.
Quizá porque había algo en la invitación que seguía inquietándolo, aunque no pudiera nombrarlo.
La tomó entre los dedos y observó de nuevo el sello del Círculo Philidor: el rey negro, inclinado sobre el tablero, detenido para siempre en una posición de derrota digna.
En el ajedrez, recordó, había una diferencia esencial entre perder y estar perdido. El jugador mediocre la confundía. El buen jugador la veía antes que nadie. El gran jugador, si era cruel, dejaba que el otro tardara en comprenderla.
Delacroix apagó la lámpara del escritorio.
La casa quedó a oscuras, salvo por una línea pálida de luna sobre el papel marfil de la invitación. Allí permanecieron los nombres, inmóviles, ordenados, respetables.
Cyrille Montclar.
Gaspard Bellanger.
Todavía no había sangre. Todavía no había gritos. Todavía no había un salón entero mirando a un hombre desplomarse sobre un tablero mientras el reloj seguía marcando el tiempo con una indiferencia perfecta.
Por ahora, solo era ajedrez.