Capítulo 28 — El descenso #2
—Ahí dejó de ser una carrera detrás de ti.
—Y empezó a ser una carrera delante.
—Un poco.
Hélène sonrió.
—Eso sí me lo perdí.
—Era la idea.
La cabina regresó a las ocho y veinte.
Géraud y Octave descendieron después.
Delacroix acompañó las camillas hasta la estación.
La plataforma meteorológica se veía desde allí, apenas un borde oscuro bajo nieve nueva.
Pensó en Géraud sosteniendo su libreta, irritado porque alguien había tocado un sistema sin entenderlo.
Después en Octave, que había pasado once años recordando una conclusión en lugar de un cuerpo y había conseguido corregirse demasiado tarde para él, pero no demasiado tarde para Ariane.
Ambos desaparecieron montaña abajo.
El Grand Hôtel des Cimes se volvía más ligero.
No lo parecía.
A las nueve, llegó una nota de Mireille.
THÉRÈSE Y RÉMI ESTÁN BIEN. YO TAMBIÉN. NO PIENSO SUBIR A BUSCAROS. SI DELACROIX TIENE INTENCIÓN DE HACER UNA ENTRADA TEATRAL ABAJO, AVISEN PARA PODER IGNORARLA.
Delacroix dobló el papel.
Ravel lo leyó.
—Le tiene cariño.
—Una forma agresiva.
—Las mejores suelen ser.
—Eso ha sonado a Hélène.
Ravel cerró la boca.
—Necesito bajar.
Delacroix sonrió apenas.
La tercera cabina llevó a Amaury y Veyrac.
Cuando sacaron la camilla del fundador, Delacroix permaneció mirándola durante más tiempo.
Édouard Veyrac había empezado todo.
No los asesinatos.
Pero sí la repetición.
Había descubierto que una mujer podía haber sido asesinada durante uno de sus juegos y, en lugar de acudir con humildad a quienes podían investigar, había vuelto a construir un juego.
Había creído que podía controlar la revelación, que una buena puesta en escena obligaría a la verdad a aparecer en el momento correcto.
Había invitado a Delacroix como si trajera una pieza más al tablero.
Eso lo enfurecía.
También había muerto por intentarlo.
Ambas cosas podían coexistir.
—Idiota —murmuró.
Ravel, a su lado, preguntó:
—Veyrac.
—Sí.
—Pensé que quizá se refería a mí.
—Todavía hay tiempo.
La cabina descendió.
Delacroix permaneció hasta perderla de vista.
Cuando regresó, Hélène estaba de pie junto a recepción con las manos esposadas delante.
Había terminado el desayuno.
La imagen hizo que algo se volviera definitivo.
Hasta entonces seguía pareciendo retenida dentro del escenario del crimen.
Con las esposas, el hotel había dejado de ser su territorio.
—Bajas después —dijo Delacroix.
—Eso parece.
—Ravel contigo.
—Sí.
—Yo en la siguiente.
Hélène lo miró.
—No quieres compartir cabina.
—No.
—Temes que intente arrojarte.
—No.
—Entonces.
Delacroix pensó.
—No quiero que el descenso se convierta en otra conversación nuestra.
La respuesta la sorprendió.
—Entiendo.
—Bien.
Ella sonrió débilmente.
—Supongo que eso sí es un final.
—No.
—Sigues odiando esa palabra.
—En este caso, sí.
Hélène miró el vestíbulo.
El mostrador.
La escalera principal.
El salón al fondo.
—No volveré aquí.
—Probablemente no.
—Tú.
Delacroix observó el hotel.
—Tampoco si puedo evitarlo.
—Es bonito.
—Muchísimo.
Hélène sonrió.
—Eso lo empeora.
Sí.
El Grand Hôtel des Cimes había sido hermoso desde la primera tarde. La nieve, las lámparas, la madera, las ventanas enormes, las habitaciones preparadas para huéspedes que nunca llegaron. Nada de aquello había cambiado. El horror no necesitaba lugares feos.
El problema era que Delacroix dudaba de que alguna vez pudiera mirar un hotel vacío sin contar cuántas habitaciones no estaba usando nadie.
—Una cosa —dijo Hélène.
—¿Qué?
—Cuando escriban sobre esto.
Delacroix ya sabía.
—No.
—No sabes qué voy a pedir.
—Sí.
Ella soltó aire.
—No dejes que conviertan a Ariane en una aspirante mediocre a la que yo hice famosa póstumamente.
Delacroix la miró.
La petición era correcta.
Eso irritaba.
—No depende solo de mí.
—Pero tendrás voz.
—Sí.
—Su manuscrito era bueno.
—Lo sé.
—No. No lo has leído completo.
—Lo suficiente.
Hélène guardó silencio.
—Y tampoco permitas que digan que yo la maté porque era mejor escritora.
Delacroix frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque sería más bonito que la verdad.
—¿Cuál es la verdad?
Hélène miró hacia la estación.
—La maté porque podía demostrar que yo había tomado cosas suyas y porque, cuando intentó obligarme a devolverlas, preferí proteger lo que ya tenía.
No competencia romántica.
No genio contra genio.
Miedo, egoísmo y violencia.
Delacroix asintió.
—Eso sí lo diré.
Hélène sonrió.
—Gracias.
—No es para ti.
—Ya sé.
La cuarta cabina llegó poco después de las diez.
Ravel colocó a Hélène entre Morel y Bernier.
Antes de entrar, ella se volvió.
No hacia Delacroix.
Hacia el hotel.
Lo miró durante unos segundos.
Después subió.
Ravel quedó frente a ella.
Las puertas cerraron.
Delacroix permaneció en la plataforma.
La cabina empezó a moverse.
Hélène no levantó la mano.
Él tampoco.
La vio descender hasta que la curva la ocultó.
Y solo entonces comprendió cuánto se había acostumbrado a tenerla delante.
La ausencia produjo un vacío intelectual antes que emocional.
Durante cuatro días, cada idea había encontrado otra mente capaz de responder, discutir, corregir. Ahora el silencio no contenía adversario.
Delacroix no lo echó de menos.
No exactamente.
Pero supo que recordaría aquellas conversaciones más de lo que le gustaría.
Eso también podía ser verdad sin convertirse en indulgencia.
La última cabina para pasajeros subió a las once.
Delacroix esperó junto a Fournier y un técnico.
Antes de entrar, hizo una cosa.
Regresó al salón.
Solo.
Ravel ya no estaba para impedírselo y el resto del hotel quedaría bajo custodia policial.
La chimenea estaba apagada.
Las sillas habían sido desplazadas.
Sobre una mesa permanecía un trozo de papel que alguien había olvidado retirar.
Delacroix lo tomó.
Era una de las hojas usadas durante el sistema de notas privadas del capítulo catorce.
Vacía.
Una de aquellas que podían contener un secreto o nada, precisamente para impedir que el asesino supiera cuál importaba.
La giró.
Nada.
Sonrió apenas.
Durante días habían llenado el hotel de textos.
Cartas.
Sobres.
Notas.
Libretas.
Mensajes falsos.
Borradores.
Páginas perdidas.
Y una hoja vacía había sobrevivido a todos.
La dejó donde estaba.
No necesitaba convertirla en símbolo.
Salió.
En recepción, el cuadro de habitaciones permanecía silencioso.
La llave de la 210 estaba bajo custodia.
Las de André ya tenían una etiqueta de evidencia.
Delacroix miró una última vez la escalera principal.
No vio fantasmas.
Eso le pareció importante.
Fue a la estación.
Fournier esperaba.
—Pensé que no venía.
—Yo también.
Subieron.
La cabina cerró.
El técnico accionó el mecanismo.
Por primera vez Delacroix sintió físicamente cómo el Grand Hôtel des Cimes se alejaba.
No como una idea.
Como un edificio.
La estación quedó arriba.
Después el tejado.
Luego solo una parte de la fachada.
La gran masa del hotel se recortó contra la nieve durante varios minutos antes de empezar a ocultarse por la pendiente.
Delacroix miró.
Había llegado en el funicular cuatro días antes con Veyrac, Hélène, Amaury, Géraud, Octave, Mireille, Thérèse y Côme, mientras André y Rémi los esperaban arriba.
Once personas.
Ahora descendía casi solo.
No quiso contar muertos otra vez.
Ya conocía sus nombres.
Eso bastaba.
La cabina avanzó despacio.
Pasaron la curva.
El hotel desapareció.
Delacroix sintió que había esperado algún alivio físico cuando eso ocurriera.
No llegó inmediatamente.
El cuerpo todavía recordaba el encierro.
Cada cambio en el motor hacía que escuchara.
Cada pequeña detención parecía demasiado larga.
Fournier lo observó.
—Todo bien.
Delacroix lo miró.
—¿Qué?
—La cabina.
—No he preguntado.
—Su cara sí.
Delacroix cerró los ojos.
Después rió.
No mucho.
El gendarme sonrió.
—Ya me lo habían dicho.
—¿Quién?
—Todos hablan así ahora.
Eso era verdad.
Hélène había contaminado incluso el lenguaje.
Delacroix volvió hacia la ventana.
El valle apareció poco a poco.
Primero árboles.
Después una franja de carretera.
Un tejado.
Humo de chimenea.
Más abajo, la estación intermedia.
Gente.
Personas que no sabían nada.
Personas cuya mayor preocupación esa mañana podía ser un tren retrasado, un desayuno frío o que la nieve dificultara el camino.
Delacroix sintió una gratitud casi absurda por problemas pequeños.
A mitad de trayecto, la cabina se detuvo para ajustar el cruce.
Fournier miró el panel.
—Normal.
—Bien.
—Eso ha sonado sincero.
—No abuse.
Reanudaron.
Delacroix pensó en Ariane.
No en su cadáver.
En una mesa que nunca había visto.
Una mujer inclinada sobre un manuscrito, corrigiendo en verde una página porque necesitaba distinguir una versión de otra. Quizá molesta. Quizá satisfecha. Probablemente sin imaginar que once años después un grupo de personas moriría alrededor de aquellas correcciones.
La página 73 sería recuperada.
Eso esperaba.
Los archivos de Valbert permitirían reconstruir el resto.
Los editores discutirían.
Los periódicos simplificarían.
Algunos lectores comprarían libros de Hélène precisamente por el escándalo, porque el mundo tenía esas formas desagradables de curiosidad.
No podía controlarlo.
Tampoco debía intentarlo.
Lo único que podía hacer era insistir en los hechos cuando alguien quisiera mejorarlos.
Ariane escribió.
Hélène tomó.
Ariane amenazó con demostrarlo.
Hélène la mató.
Después otros callaron demasiado.
Once años más tarde, Veyrac decidió jugar con una verdad que no le pertenecía.
Y Hélène mató seis veces para recuperar el control.
No hacía falta más.
La estación inferior apareció.
Mireille estaba en el andén.
Naturalmente.
Llevaba un abrigo enorme y tenía los brazos cruzados.
Thérèse estaba a su lado.
Rémi un poco más atrás.
Los tres vivos.
Delacroix los miró mientras la cabina se aproximaba.
Esta vez sí contó.
Tres.
No para comprobar que nadie faltaba.
Para disfrutar que estaban.
La cabina se detuvo.
Mireille esperó a que se abriera.
—Tardaste.
Delacroix bajó.
—Había tráfico.
Mireille lo abrazó.
Él no tuvo tiempo de impedirlo.
El abrazo duró poco.
Después ella se apartó.
—No te acostumbres.
—No pensaba.
Thérèse se acercó.
No dijo nada.
Solo lo abrazó también.
Delacroix aceptó mejor.
Rémi fue el último.