Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 28 — El descenso #3
100%

Capítulo 28 — El descenso #3

Extendió una mano.

Delacroix la miró.

—Después de dos abrazos me ofreces eso.

El técnico sonrió.

—No quiero asustarte.

Se dieron la mano.

Durante unos segundos quedaron los cuatro juntos en el andén.

Mireille miró hacia arriba.

—Hélène.

La pregunta no necesitó verbo.

—Detenida.

Thérèse cerró los ojos.

Rémi bajó la mirada.

Mireille permaneció quieta.

—Era ella.

—Sí.

—Todo.

Delacroix pensó.

—Lo suficiente.

Mireille lo miró.

—Ariane también.

—Sí.

Thérèse dejó escapar un sonido pequeño.

No llanto todavía.

—Estás seguro.

—Sí.

Thérèse se llevó una mano a la boca.

Mireille la tomó del brazo.

Delacroix dejó que el silencio hiciera su trabajo.

No había una forma buena de entregar once años de verdad atrasada.

—¿Cómo? —preguntó Thérèse finalmente.

—Luego.

Ella asintió.

No quería escucharlo en un andén.

Bien.

Rémi miró a Delacroix.

—Géraud.

—Tenía razón.

El técnico cerró los ojos.

—¿Qué escribió?

Delacroix se lo dijo.

—«No fue Rémi. Es alguien que ha visto el sistema, pero no ha trabajado nunca con él.»

Rémi permaneció quieto.

—Eso era todo.

—Sí.

—No llegó a poner nombre.

—No necesitaba.

El técnico miró hacia la montaña.

—Idiota.

Delacroix entendió.

No era insulto.

Era duelo.

Mireille se volvió.

—Y Octave.

—Recordó correctamente al final.

—Côme.

Delacroix sonrió apenas.

—Leyó demasiado bien.

Mireille bajó la mirada.

—Eso le habría gustado.

—Sí.

Thérèse respiró.

—André.

—Dejó dos copias.

La mujer lo miró.

Delacroix explicó solo lo imprescindible.

André había comprendido que la segunda visitante conocía algo que solo la verdadera Hélène podía saber. Había escrito dos copias y, cuando el asesino intentó destruir el resto, la información ya no podía morir con él.

Mireille cerró los ojos.

—Al final aprendimos.

—Sí.

—Carísimo.

—Sí.

La estación estaba llena de actividad.

Gendarmes.

Médicos.

Personal ferroviario.

Camillas.

Preguntas.

Ravel había establecido una sala temporal para declaraciones. Hélène estaba en otra dependencia, separada y custodiada.

Delacroix no fue a verla.

Eso sorprendió a Mireille.

—No vas.

—No.

—Pensé que...

—Ya hablamos.

—¿Qué dijo?

Delacroix la miró.

—La verdad.

Mireille levantó una ceja.

—Toda.

—Bastante.

—Eso tampoco suena a ti.

—Estoy cambiando.

—No demasiado, espero.

Delacroix sonrió.

Poco después los llevaron a una sala con estufa donde había café, pan y mantas.

Mireille habló durante veinte minutos sin parar.

Sobre el descenso.

La estación inferior.

La reacción del primer técnico cuando ella explicó que había cuatro muertos y después tuvieron que corregirlo a cinco.

Thérèse se sentó junto a una ventana.

Rémi comió.

Delacroix bebió café mejor.

No investigaron.

Fue difícil.

En algún momento, Mireille dejó de hablar.

El silencio ya no asustó a nadie.

A mediodía, Ravel entró.

Traía un telegrama.

—Para usted.

Delacroix lo abrió.

París.

La policía había registrado la residencia de Hélène Darcourt siguiendo sus indicaciones.

El mensaje era breve.

COMPARTIMENTO LOCALIZADO. DOCUMENTOS RECUPERADOS. ENTRE ELLOS MANUSCRITO A. LÉCUYER, P. 73, CORRECCIONES TINTA VERDE.

Delacroix leyó dos veces.

Después entregó el papel a Thérèse.

Ella lo sostuvo con ambas manos.

—Está.

—Sí.

Mireille miró.

No dijo nada.

Thérèse empezó a llorar.

Sin ruido.

Delacroix volvió la vista hacia la ventana.

No porque le incomodara.

Porque aquello pertenecía a Thérèse más que a él.

La página había sobrevivido.

No resolvía la muerte por sí sola ya.

Hélène había confesado.

Pero cerraba la otra parte.

Autoría.

Ariane había dejado una fecha.

Una corrección.

Su mano.

Once años después, la página seguía diciendo quién había escrito primero.

Hélène no había conseguido corregir eso.

Ravel esperó.

—Hay más.

Delacroix lo miró.

—¿Qué?

—La página contiene una anotación en el reverso.

Thérèse levantó la cabeza.

—¿Qué?

Ravel consultó otro papel.

—No está completa en el telegrama. Solo dicen que parece una nota personal de Ariane y que la preservarán para el expediente.

Delacroix sintió una tentación inmediata.

Saber.

Preguntar.

Exigir transmisión.

Se contuvo.

—Bien.

Mireille lo miró como si acabara de hacer algo extraordinario.

—No vas a preguntar qué dice.

—Luego.

—¿Quién eres?

—Estoy cansado.

—Ah.

Eso lo explicó todo.

Ravel se acercó.

—Necesito su declaración completa esta tarde.

—La tendrá.

—Y mañana probablemente otra.

—También.

—Después París querrá hablar con usted.

—Naturalmente.

El brigadier dudó.

—Gracias.

Delacroix lo miró.

—¿Por qué?

—Por no dejar de dudar cuando todo apuntaba demasiado bien.

Delacroix pensó en Hélène.

—Casi dejé.

—Pero no.

—No convierta eso en virtud. Me caía bien y tardé demasiado en permitir que fuera sospechosa.

Ravel frunció el ceño.

—También puede ser que esa resistencia evitara que la acusara por las razones equivocadas.

Delacroix pensó.

Eso era posible.

No necesitaba decidirlo.

—Puede.

Ravel sonrió.

—Ahí está otra vez.

Se fue.

Mireille esperó hasta que la puerta cerró.

—Te caía bien.

Delacroix la miró.

—Sí.

—Mucho.

—Lo suficiente.

—Eso va a molestarte.

—Probablemente.

—Bien.

—¿Por qué bien?

—Porque si dijeras que ahora descubres que nunca te gustó, tendría que golpearte.

Thérèse sonrió entre lágrimas.

Delacroix asintió.

—Entonces agradezco haber conservado honestidad por motivos de seguridad.

Mireille levantó su taza.

—Por la cobardía útil.

Bebieron.

A media tarde comenzaron las declaraciones.

Horas.

Fechas.

Objetos.

Nombres.

Esta vez Delacroix no tuvo que proteger cada descubrimiento de una persona sentada a pocos metros. Podía decir abiertamente qué había sabido y cuándo.

Resultó extrañamente difícil.

Se había acostumbrado tanto a administrar información que entregar la secuencia completa parecía una forma de desnudez.

Habló de la invitación.

La llegada.

El juego.

Veyrac.

La funicular.

Amaury.

Géraud.

Octave.

Côme.

André.

Hélène.

Cuando terminó, Ravel miró las páginas.

—Mañana tendremos que repetir algunas partes.

—Lo sé.

Delacroix salió.

El sol ya estaba bajando detrás de las montañas.

El Grand Hôtel des Cimes no era visible desde allí.

Solo la línea del funicular ascendiendo hasta perderse.

Mireille y Thérèse habían conseguido habitaciones en una pequeña pensión cercana. Rémi se quedaría con personal técnico. Delacroix tenía una habitación también.

Podía marcharse al día siguiente.

Eso era todo.

No había un sobre final.

No había una nota de Veyrac esperando.

No había una última amenaza.

La ausencia le pareció adecuada.

Caminaron los cuatro hasta la pensión.

La nieve en el pueblo estaba sucia en los bordes de la carretera.

Delacroix casi la agradeció.

Después de días de blanco perfecto, un poco de barro parecía honesto.

Mireille hablaba.

Rémi discutía con ella sobre si un funicular podía considerarse medio de transporte elegante.

Thérèse caminaba en silencio.

Delacroix escuchaba.

Gente viva.

Conversaciones inútiles.

No había que interpretar ninguna.

Al llegar, Thérèse lo detuvo antes de entrar.

—Armand.

—¿Qué?

—Cuando encuentren el resto del manuscrito de Ariane...

—Sí.

—Quiero leerlo.

—Deberías.

—Aunque sea malo.

Delacroix la miró.

—Hélène dijo que era bueno.

Thérèse sonrió con tristeza.

—Eso no me tranquiliza.

—No debería.

—Pero quiero leerlo igual.

—Sí.

Thérèse miró hacia la montaña.

—Durante once años pensé que la había protegido callando.

Delacroix no respondió inmediatamente.

—Protegiste a alguien —dijo finalmente.

Ella lo miró.

—No a Ariane.

—No.

La verdad dolió.

Pero era la única respuesta que no repetía el problema.

Thérèse asintió.

—Gracias.

Entró.

Mireille y Rémi ya estaban discutiendo con el dueño de la pensión sobre habitaciones.

Delacroix se quedó fuera unos segundos.

El frío era menos intenso abajo.

Aun así, metió las manos en los bolsillos.

Pensó en Hélène bajo custodia.

En Veyrac.

En los seis hombres muertos.

En Ariane.

Quizá más adelante el caso adquiriría un nombre elegante en los periódicos.

Los crímenes del Grand Hôtel des Cimes.

La novelista asesina.

La última página.

Algo peor probablemente.

No podía impedirlo.

Las historias necesitaban títulos.

Las personas no.

Delacroix levantó la vista.

Desde el pueblo no se veía el hotel.

Por primera vez desde hacía cuatro días, no había una pared, una montaña ni una tormenta impidiendo que siguiera caminando en cualquier dirección que quisiera.

Se quedó quieto igualmente.

Solo un momento.

Después entró en la pensión.

Mireille lo vio.

—Por fin.

—¿Qué?

—Creí que pensabas quedarte fuera hasta encontrar otro cadáver.

—La noche es joven.

Thérèse le lanzó una mirada.

Delacroix levantó una mano.

—Ha sido mala.

—Mucho —dijo Mireille.

—Estoy recuperándome.

Rémi señaló una silla.

—Siéntate.

Delacroix lo hizo.

Había sopa.

Pan.

Vino.

Nadie había comprobado los vasos.

Nadie había vigilado la cocina.

Nadie había contado cuántos minutos llevaba el plato sobre la mesa.

Delacroix miró su copa.

Mireille lo vio.

—No.

—¿Qué?

—Ni se te ocurra empezar.

Delacroix tomó el vino.

Bebió.

Nada ocurrió.

—Excelente —dijo Mireille.

—¿Qué?

—Has sobrevivido a una copa.

—Mis estándares han bajado.

Comieron.

Hablaron.

En algún momento, Delacroix dejó de escuchar el viento.

No porque hubiera parado.

Porque había dejado de importar.

Esa noche, al entrar en su habitación, miró la puerta.

Una cama.

Un armario.

Una ventana.

Una mesa.

No había habitación comunicante.

Agradeció el detalle.

Dejó la chaqueta.

Sacó la libreta.

La abrió por la última página escrita en el hotel.

Hélène Darcourt.

Debajo había espacio.

Delacroix tomó la pluma.

Pensó en escribir la secuencia completa.

No lo hizo.

Escribió un solo nombre.

Ariane Lécuyer.

Después cerró la libreta.

Afuera, la nieve empezaba otra vez.

No le pareció una amenaza.

Solo nieve.

Apagó la lámpara.

Y por primera vez desde que Édouard Veyrac le había prometido que todos los muertos serían estrictamente ficticios, Armand Delacroix se durmió sin contar cuántas personas seguían vivas.