Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 28 — El descenso
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Capítulo 28 — El descenso

El Grand Hôtel des Cimes amaneció sin necesidad de inventar nada.

La nieve seguía allí. El frío también. El viento golpeaba los ventanales del lado norte y una tubería volvió a quejarse dentro de una pared poco después de las seis.

La madera crujió dos veces en el corredor oeste.

Una campanilla sonó en recepción porque uno de los gendarmes había pulsado el botón equivocado mientras movía equipaje.

Nadie murió.

Armand Delacroix descubrió que la normalidad podía resultar más extraña que el miedo cuando uno llevaba demasiados días esperando que cada sonido anunciara un cadáver.

No había dormido.

Después de la detención de Hélène, había permanecido varias horas en la biblioteca y luego recorrido por última vez el piso principal acompañado por Fournier.

No buscaban nada. Ravel había insistido en que no necesitaban seguir registrando durante la noche y, por una vez, Delacroix estaba de acuerdo.

El hotel ya no contenía un misterio inmediato que exigiera ser perseguido antes de que otra persona pagara por la demora.

Aun así, caminar había sido necesario.

Pasó frente al salón donde Octave había muerto delante de todos.

La mesa ya estaba limpia.

Frente al acceso del montacargas, la lámpara permanecía encendida con una regularidad casi ofensiva.

La puerta del corredor que conducía hacia la escalera donde encontraron a Amaury estaba sellada.

Más arriba, la nieve cubría la plataforma meteorológica de Géraud y empezaba a borrar las marcas de los hombres que habían trabajado allí después.

La habitación de Côme estaba cerrada.

La 210 también.

Delacroix se detuvo frente a ambas durante unos segundos.

No sintió necesidad de abrirlas.

Eso era nuevo.

Durante cuatro días había creído que cada puerta cerrada podía contener una respuesta. Ahora sabía que algunas solo contenían objetos después de que la respuesta ya había sido encontrada en una persona.

A las seis y media llegó a la estación superior.

Rémi no estaba allí.

La ausencia produjo un pequeño desconcierto antes de recordar que el técnico había descendido la tarde anterior y pasado la noche abajo.

Había dos hombres de mantenimiento ocupando su lugar.

Uno de ellos miró a Delacroix.

—La vía está bien.

Delacroix asintió.

—Eso me han dicho muchas veces.

El hombre no entendió.

Mejor.

La cabina esperaba.

Detrás del cristal, la montaña empezaba a recibir una luz gris azulada.

Las nubes se habían levantado lo suficiente para permitir ver varios cientos de metros pendiente abajo.

Más lejos, el valle seguía oculto, pero la línea del funicular desaparecía entre árboles y volvía a aparecer después como una cicatriz oscura sobre la nieve.

Ravel llegó poco después.

—Primera bajada a las siete.

—¿Quién?

—Dos cuerpos y personal médico.

Delacroix miró hacia el hotel.

—¿Cuáles?

Ravel tardó un instante.

—Côme y André.

No había un motivo moral para ese orden. Peso, espacio, logística.

Aun así, Delacroix pensó que era adecuado que fueran los primeros.

Los dos habían muerto cuando el encierro ya estaba casi roto.

Habían estado más cerca de salir.

—Después Vannier y Méricourt. Luego Delatour y Veyrac.

Delacroix lo miró.

—Ariane no está aquí.

Ravel frunció el ceño.

—No.

—Pero cuando reabra el expediente de 1919 quiero que su nombre no aparezca como una nota secundaria de estos seis.

El brigadier lo observó.

—No depende solo de mí.

—Lo sé.

—Habrá magistrado.

—Lo sé.

—Y París.

—Lo sé.

Ravel soltó aire.

—Empiezo a sospechar que cuando repite eso significa que piensa molestar a todo el mundo igualmente.

—Probablemente.

El brigadier sonrió apenas.

Había dejado de tratar a Delacroix como a un intruso durante la noche.

No se habían vuelto amigos.

Eso era innecesario.

Pero después de seis muertos, una detención y demasiadas horas compartiendo papeles, cierta forma de confianza profesional había terminado imponiéndose.

—Darcourt bajará conmigo en la última cabina —dijo Ravel.

Delacroix volvió la vista.

—Con dos hombres.

—Cuatro.

—Bien.

—No va a escapar.

—No me preocupa eso.

—Entonces qué.

Delacroix pensó.

Hélène había aceptado la detención con la misma economía con la que había terminado aceptando los crímenes. No había intento de suicidio. No había confesión escrita. No había pedido quedarse sola. Ni siquiera había preguntado si podía llevarse un libro.

Eso último, curiosamente, había parecido más significativo que cualquier otra cosa.

—Me preocupa que siga creyendo que una buena explicación puede mejorar lo que hizo.

Ravel lo miró.

—Ya confesó.

—Confesar no siempre significa aceptar.

—Eso ya es asunto de un juez.

Delacroix asintió.

Tenía razón.

No todo debía pertenecerle.

Era otra cosa que había tenido que aprender durante aquel fin de semana.

Regresaron al hotel.

A las siete menos diez, los primeros cuerpos atravesaron el vestíbulo.

Côme iba cubierto por una manta gris.

André por una blanca.

El director abandonó el Grand Hôtel des Cimes sin traje impecable, sin llaves en la cintura y sin detenerse a comprobar una sola puerta.

Delacroix permaneció junto a recepción.

No hizo nada.

No había nada que hacer.

Cuando las camillas desaparecieron hacia la estación, miró el cuadro de servicio donde la habitación 318 había llamado tres veces desde un piso vacío. Los indicadores estaban todos arriba.

Silencio.

El hotel ya no pedía nada.

La cabina descendió.

Delacroix observó hasta que desapareció.

Después regresó al salón.

Hélène estaba allí.

Dos gendarmes permanecían con ella.

Ravel había permitido que desayunara antes del descenso. No estaba esposada mientras comía, aunque las esposas descansaban sobre una mesa cercana con una claridad suficiente para evitar malentendidos.

Hélène bebía café.

Al verlo entrar, levantó la vista.

—Buenos días.

Delacroix se quedó quieto.

La repetición de tantas mañanas anteriores resultó casi absurda.

—Buenos días.

Ella miró hacia la ventana.

—Eso es nuevo.

—¿Qué?

—Que respondas.

—Hoy ha cambiado el contexto.

—Sí.

Delacroix se sirvió café.

No se sentó frente a ella.

Eligió otra mesa.

Hélène sonrió apenas.

—Eso también.

—No estamos investigando juntos.

—No.

Por primera vez la frase no contenía juego.

Delacroix bebió.

El café estaba peor que el de André.

Se alegró de que lo estuviera.

—Ravel me dijo que encontraron acónito en tu habitación —dijo.

Hélène levantó una ceja.

—Entonces ya no necesitas mi palabra.

—Nunca la necesité para eso.

—No. Pero te gusta confirmar.

Delacroix dejó la taza.

Durante la madrugada los gendarmes habían revisado, esta vez con criterios mucho más claros, los efectos de Hélène.

Dentro de un pequeño compartimento de su neceser encontraron un frasco casi vacío etiquetado con un nombre farmacéutico distinto.

Lenoir no podía analizar allí su contenido, pero el olor y unas notas privadas de Hélène respaldaban la confesión.

También aparecieron dos pequeñas llaves, una correspondiente probablemente a la 210 y otra a un acceso de servicio.

Faltaban comparaciones posteriores, pero ya no era necesario pedir a la lógica que sostuviera sola todo el peso.

—La Remington no apareció —dijo Delacroix.

—No.

—¿Dónde está?

—En el hueco detrás del panel de la 210.

Delacroix la miró.

—Registramos.

—No el panel.

—Ravel lo hará.

—Sí.

—El abrigo.

—En la galería inferior. Detrás de una conducción que ya no se utiliza.

—Después de André.

—Sí.

—Lo dejaste allí.

—No tenía tiempo.

La frase condensaba la degradación de los últimos crímenes mejor que una explicación larga. Hélène había empezado con días de preparación y terminado escondiendo un abrigo detrás de una tubería porque el mundo exterior ya estaba subiendo por el funicular.

—Y la página 73 en París.

—Sí.

—Van a encontrarla.

—Sí.

Delacroix la observó.

—Te molesta.

Hélène tardó.

—Sí.

—Más que la Remington.

—Sí.

—Más que el acónito.

—Sí.

—¿Por qué?

Ella sonrió con cansancio.

—Ya lo sabes.

Delacroix sí.

Los demás objetos demostraban asesinatos.

La página demostraba algo anterior.

Más íntimo.

Que antes de matar a Ariane, Hélène había necesitado tomar su obra. Y que después de matarla había seguido necesitando conservar una parte.

—No pertenece a tu expediente —dijo Delacroix.

Hélène lo miró.

—Claro que sí.

—No. Es prueba. Pero no es tuya.

La novelista no respondió.

Delacroix continuó:

—Cuando la recuperen, irá al expediente de Ariane. No al archivo de Hélène Darcourt.

La precisión la afectó.

Muy poco.

Lo suficiente.

—Eso es simbólico.

—Sí.

—No te gustan los símbolos.

—No cuando sustituyen hechos.

—Y ahora.

—Ahora el hecho es que ella la escribió.

Silencio.

Hélène miró su café.

—Ariane habría disfrutado de ti.

Delacroix no respondió.

No quería convertir a una mujer muerta en un personaje que pudiera opinar sobre él.

Hélène pareció entender.

—Perdón.

La palabra sorprendió más que cualquier otra de la mañana.

Delacroix la miró.

—¿Por qué parte?

Ella pensó.

—Ésa es una pregunta cruel.

—Es concreta.

—Por Ariane.

—Solo.

Hélène levantó la vista.

—No.

Delacroix esperó.

—Por Édouard. Amaury. Géraud. Octave. Côme. André.

Dijo los nombres.

Bien.

—¿Te arrepientes?

Hélène respiró despacio.

—Sí.

—Eso tampoco los devuelve.

—No pretendía que lo hiciera.

—Bien.

—Pero no voy a fingir que no me arrepiento solo porque resulte insuficiente.

Delacroix aceptó.

El arrepentimiento podía ser verdad y seguir sin merecer recompensa.

No había que simplificarla ahora que ya sabían que era culpable. Hélène no se convertía retrospectivamente en una criatura incapaz de afecto, humor, miedo o culpa. Había sido todo aquello mientras mataba. Eso era más incómodo y más cierto.

—¿Por qué Côme? —preguntó ella.

Delacroix frunció el ceño.

—¿Qué?

—¿Por qué fue él el que te hizo cambiar?

—No fue uno.

—Ya sé.

—Entonces.

Hélène lo observó.

—Pero después de Côme empezaste a esconder algo de otra manera.

Delacroix pensó.

La referencia que había quedado fuera de la libreta.

El pequeño margen.

La pieza que Hélène no sabía que sobrevivía.

—Porque por primera vez tú creíste haber eliminado todo lo que alguien sabía y yo sabía que no.

—Ah.