Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 27 — La autora #3
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Capítulo 27 — La autora #3

—La había retirado antes de bajar. Se rasgó durante la caída y una parte quedó bajo la caja. Creímos durante unos minutos que alguien había estado allí destruyendo pruebas porque la escena parecía una pelea. Era otra lectura equivocada.

Hélène dejó caer lentamente los hombros.

—No sabía que había hecho dos copias de la nota, ni que conservabais el registro inferior con H. Duret. Tampoco sabía que había llevado esa página al regulador.

Por primera vez parecía menos una autora controlando el ritmo que una mujer obligada a enumerar cuántas cosas habían sobrevivido a sus correcciones.

Delacroix permaneció un momento en silencio antes de formular la última pregunta.

—¿Dónde está la página 73?

Hélène miró hacia él.

—En París.

—¿Dónde?

—Mi escritorio.

—Más preciso.

—Un compartimento detrás del cajón inferior.

Ravel anotó.

—La original.

—Sí.

—Con correcciones verdes de Ariane.

—Sí.

—La conservaste once años.

—Sí.

Delacroix sintió algo casi imposible de nombrar.

Hélène había matado para evitar que aquella página sobreviviera como prueba y, sin embargo, no había podido destruirla.

Había podido matar a Ariane. Había podido apropiarse de su obra, construir una carrera y después matar a seis personas cuando el pasado regresó.

Pero quemar la página habría significado eliminar también el objeto alrededor del cual había construido toda la explicación que se contaba a sí misma.

La página era prueba.

También reliquia.

También culpa.

Y, quizá por encima de todo, una última cosa que Ariane había escrito y que Hélène no había conseguido convertir completamente en suya.

—¿Por qué no la destruiste en enero? —preguntó.

Hélène sonrió con agotamiento.

—Porque Édouard no la tenía.

—Eso no responde.

—Lo sé.

Delacroix esperó.

Ella miró sus manos.

—Porque era buena.

Ravel levantó la cabeza.

Delacroix no dijo nada.

—La página —continuó Hélène—. Era muy buena.

La respuesta era monstruosa de una manera que ninguna explicación grandiosa habría podido igualar.

—La mataste y conservaste su página porque te gustaba.

—No solo por eso.

—Pero también.

Hélène cerró los ojos.

—Sí.

Delacroix sintió que algo dentro de él se volvía completamente frío.

No necesitaba odiarla.

La verdad bastaba.

—Hay una cosa que todavía no entiendo —dijo.

Hélène abrió los ojos.

—¿Cuál?

—¿Por qué me ayudaste?

Ella sonrió apenas.

—Porque eras bueno.

—Eso no es respuesta.

—Sí lo es.

—Podías haber dificultado todo desde el primer día.

—Lo hice.

—También me diste conclusiones correctas.

—Sí.

—Mireille crea ilusiones para ser vistas. El asesino quería que entendiéramos otra cosa.

—Sí.

—La muerte de Octave había sido preparada antes.

—Sí.

—Las horas equivocadas.

—Sí.

—Me ayudaste a entenderte.

Hélène lo miró durante un largo momento.

Cuando respondió, ya no había ironía.

—Porque si te daba siempre respuestas malas, sospecharías. Si te daba respuestas buenas, me dejarías cerca.

Delacroix sintió la honestidad.

—Y.

—Y quería saber si serías capaz de resolverlo.

Ravel se movió con evidente disgusto.

Delacroix permaneció quieto.

—Matabas personas y querías comprobar si yo podía resolverlo.

—No las maté para eso.

—Pero una vez empezaste.

Hélène bajó la mirada.

—Sí.

—Convertiste esto en otra partida.

—No al principio.

—Después.

—Después.

Delacroix pensó en Veyrac. Hélène había despreciado su decisión de convertir la muerte de Ariane en entretenimiento y, sin embargo, había terminado haciendo algo parecido: observando cómo Delacroix avanzaba a través de cadáveres y utilizando la calidad de su investigación como una medida del peligro y, en algún rincón de sí misma, también como estímulo.

Los dos habían creído que controlar una historia les otorgaba algún derecho sobre las personas atrapadas dentro.

Ariane primero.

Después seis más.

—Édouard era un imbécil —dijo Delacroix.

Hélène levantó la vista.

—Sí.

—Y tú eres peor.

La frase no fue teatral.

Era una conclusión.

Hélène la aceptó.

Ravel dio un paso.

—Hélène Darcourt, queda detenida por los homicidios de Édouard Veyrac, Amaury Delatour, Géraud Vannier, Octave Méricourt, Côme Valençay y André Cottin, y por el homicidio de Ariane Lécuyer en 1919. Cualquier declaración posterior...

—Brigadier.

Ravel se detuvo.

Hélène miraba a Delacroix.

—Una última pregunta.

—No —dijo Ravel.

Delacroix levantó una mano.

—Déjela.

Ravel no estaba contento.

Pero cedió.

Hélène sostuvo la mirada de Delacroix.

—¿Cuándo supiste que era yo?

Delacroix pensó.

Podía responder con la página.

Con el once de enero.

Con la 210.

Con Côme.

Con Géraud.

Ninguna sería completamente cierta.

—No lo supe de una vez.

—Ya sé.

—Entonces por qué preguntas.

Hélène sonrió muy poco.

—Quiero saber cuál fue la primera frase que ya no pudiste olvidar.

Delacroix entendió.

No la primera prueba.

La primera grieta.

Pensó en el salón.

En las conversaciones.

En la manera en que Hélène corregía interpretaciones con una precisión que parecía simplemente parte de su inteligencia.

—Cuando empezaste a decirme no solo qué había ocurrido, sino cómo debía entenderlo.

La sonrisa desapareció.

—Eso es muy amplio.

—Sí.

—No te sirve en una acusación.

—No.

—Pero te sirvió conmigo.

—Sí.

Hélène respiró.

—Entonces escribí demasiado.

Delacroix negó.

—No.

Ella levantó una ceja.

—¿Qué?

—Leíste demasiado.

Silencio.

Por primera vez pareció no tener corrección.

Ravel se acercó.

Morel también.

Hélène se puso de pie.

No intentó escapar.

No había dónde.

El hotel ya no era una prisión porque la montaña hubiera dejado de impedir el descenso. Era una prisión para ella porque todas las versiones que había construido habían terminado encontrándose en el mismo lugar.

Antes de que Ravel la llevara, Hélène miró una vez hacia el salón.

Las mesas.

El fuego.

Los sillones donde habían pasado noches contando personas.

—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó.

Delacroix no respondió.

—Ariane habría resuelto esto antes que tú.

Ravel frunció el ceño.

Delacroix miró a Hélène.

Podía haber sido crueldad.

Podía haber sido homenaje.

Quizá ambas.

—Probablemente —dijo.

Ella sonrió.

Y entonces se la llevaron.

La puerta se cerró.

Delacroix permaneció de pie.

Ravel regresó pocos minutos después de dejarla bajo custodia doble.

—Terminó.

Delacroix miró el salón vacío.

—No.

El brigadier exhaló.

—Por favor, no me diga que queda otro asesino.

—No.

—Entonces.

Delacroix pensó en Mireille, Thérèse y Rémi esperando abajo.

En seis cuerpos que debían abandonar la montaña.

En una página verde escondida en París. En seis familias que recibirían noticias.

En un expediente de 1919 que habría que reabrir, corregir y explicar sin convertir a Ariane en la introducción de los asesinatos posteriores.

La investigación había terminado.

Eso no significaba que las consecuencias lo hubieran hecho.

—Tenemos que bajar —dijo.

Ravel pareció casi aliviado.

—Eso sí.

La salida se preparó para el amanecer.

Hélène viajaría bajo custodia.

Los cuerpos bajarían en varios trayectos.

Delacroix permaneció despierto.

No porque temiera otro crimen.

Era una sensación extraña dejar de temerlo.

Durante días había escuchado cada ruido como una posibilidad. Ahora la madera volvía a ser madera. Las tuberías volvían a contraerse por frío. Una campana podía ser solo una campana y una sombra en el corredor podía pertenecer a un gendarme cansado.

El hotel empezaba a devolver los objetos a sus nombres.

Delacroix regresó una última vez a la biblioteca.

Sobre la mesa seguían algunos papeles de Veyrac.

Encontró el borrador donde aparecía la estructura de La última página.

1 Carta

2 Manuscrito

3 Testimonios

4 Primera muerte

5 El accidente repetido

6 La página ausente

7 Autoría

8 Confesión

Miró la última palabra.

Confesión.

Veyrac había imaginado que todo terminaría allí.

Como si una confesión fuera una forma de cierre.

Delacroix tomó la pluma.

Tachó la palabra.

No escribió otra.

Después cerró la carpeta.

Ariane no necesitaba una última página escrita por Veyrac.

Tampoco por Hélène.

Ni siquiera por él.

Necesitaba que la que había escrito ella sobreviviera.

Fuera de la biblioteca, el cielo empezaba a aclarar detrás de las montañas. No era todavía amanecer completo, pero la nieve había dejado de parecer una pared negra y empezaba a recuperar relieves.

Delacroix se acercó a una ventana.

Abajo, el funicular esperaba.

Por primera vez desde el viernes no pensó en si funcionaría.

Pensó simplemente en descender.

Había llegado al Grand Hôtel des Cimes para resolver un juego.

Bajaría después de siete asesinatos y con una certeza que no le gustaba especialmente, pero que ya no necesitaba corregir.

Una historia podía pertenecer a quien la escribía.

La verdad no.

La verdad pertenecía, en última instancia, a aquello que había ocurrido.

Y durante demasiado tiempo demasiadas personas habían creído tener derecho a editarla.