Capítulo 27 — La autora #2
—Sí. No sabía todavía que fueras su asesina, pero sospechaba lo bastante para construir La última página y traerme aquí. Tú lo entendiste antes de que empezara el fin de semana.
Hélène no intentó negarlo.
—El cuatro de enero viniste de forma legítima. El once regresaste como H. Duret, con el abrigo de Clémence, el velo y el perfume del personaje.
—Sí. Envié yo misma el telegrama. Quería que André esperara a Hélène Darcourt, pero que abajo quedara un nombre que pudiera convertirse en otra mujer si alguna vez alguien reconstruía la visita.
Ravel levantó la vista de sus notas.
Delacroix sintió asentarse por fin la contradicción que los había perseguido durante días.
Hélène no había fabricado una imitadora completa: había creado una visita capaz de sostener dos lecturas.
Si nadie investigaba, había sido ella. Si alguien lo hacía, H.
Duret podía convertirse en una desconocida que había utilizado el vestuario de Clémence para parecerse a Hélène sin reproducirla exactamente.
—Copiaste la llave de la 210 y una de servicio.
—Sí. Y recorrí señalización, campanas, montacargas, regulador y funicular. No necesitaba aprender a mantenerlos; necesitaba saber qué podía interrumpir, qué podía hacer parecer una avería y qué rutas me permitían moverme sin pasar por el vestíbulo.
—Eso fue lo que Géraud entendió: conocías la función de los sistemas, no su comportamiento profundo.
Hélène miró un momento hacia Ravel.
—Demasiado tarde para él.
No había orgullo en la frase, pero tampoco suficiente arrepentimiento para aliviarla.
—Y aun así no subiste con seis nombres escritos —dijo Delacroix—. Preparaste posibilidades, no una matanza completa.
Esta vez Hélène pareció verdaderamente sorprendida.
—Eso es importante para ti.
—Mucho. No voy a convertirte en una inteligencia sobrenatural para que el caso quede más bonito.
Tu plan inicial era más pequeño: detener a Édouard si podías; matarlo si no; recuperar lo que te incriminara; asegurar el aislamiento el tiempo suficiente para sobrevivir al fin de semana.
Los demás murieron porque cada uno abrió una grieta nueva.
Hélène sostuvo la mirada.
—Yo lo llamaría corregir.
—Y yo improvisar. No estabas escribiendo una obra perfecta, Hélène. Estabas tapando errores mientras otros empezaban a leer demasiado bien.
La frase la molestó más que la acusación.
Delacroix dejó que el silencio durara y después empezó por Édouard.
—Lo mataste alrededor de las once y veintiséis.
—Aproximadamente. Estaba de pie junto al escritorio.
Le pedí que cancelara la partida. Quería esperar a medianoche, obligarme a admitir el plagio delante de ti y enseñarte después las cartas de Ariane.
No sabía que yo la había matado, pero ya sospechaba que el accidente de 1919 no era un accidente y que mi miedo no se explicaba solo por literatura.
—El reloj se detuvo a las once cuarenta y tres porque lo rompiste después.
—Sí. André creyó haberlo visto vivo más tarde porque recordó la hora cuando volvió abajo, no cuando pasó junto a la sala.
—Y el abrecartas real.
Hélène bajó la vista hacia la mesa.
—Mandé hacer en París una pieza con la forma aproximada del accesorio de Mireille. La guardé en la 210. La llevé conmigo cuando fui a hablar con Édouard.
—Después lo sentaste y te llevaste la Remington.
—Necesitaba su voz.
La respuesta seguía siendo tan precisa como horrible. No la voz literaria de Veyrac, sino la mecánica: la máquina capaz de producir mensajes que parecieran pertenecer al juego.
—El funicular estaba preparado en parte desde el once de enero.
—Había dejado flojo un contacto y localizado el auxiliar. Esa noche terminé el sabotaje. Lo hice mal desde el punto de vista técnico. Solo sabía qué quería conseguir.
—Y Géraud acabaría viendo exactamente eso.
Hélène no respondió.
—Amaury no estaba en tu plan inicial —continuó Delacroix—. Se volvió peligroso después de hablar conmigo.
—Te vi cambiar. Dejaste de mirar la escalera como una escena y empezaste a mirar a Amaury como si hubiera algo que no querías preguntarle delante de los demás.
Luego apareció el sobre gris y te esforzaste demasiado en fingir que no te interesaba.
No necesitaba saber qué te había contado; bastaba con saber que te había contado algo.
—Escribiste que el abogado debía volver al lugar de la caída.
—Con la Remington. Sabía que una referencia a 1919 conseguiría que rompiera la regla. Lo esperé cerca de la escalera, utilicé la barra que había retirado antes y lo golpeé detrás de la oreja. La caída hizo el resto.
Delacroix la miró.
—Como Ariane.
Hélène bajó los ojos.
—No pretendía repetirlo. Pero lo repetí.
—Buscaste después la página que él creía encontrar.
—Y descubrí que no estaba allí. Ese fue uno de los primeros momentos en que comprendí que estaba matando sin saber exactamente qué intentaba borrar.
Delacroix dejó esa frase donde estaba y pasó a Géraud.
—Lo viste trabajar con Rémi.
—Sí. Y te vi aceptar hablar con él aparte. No sabía qué había descubierto, pero sabía que el sabotaje era el único asunto en el que podía reducir de verdad el número de personas capaces de hacerlo.
—Lo llamaste con una avería del anemómetro.
—Sabía que no la ignoraría. En la plataforma utilicé una llave de rueda de la instalación meteorológica. Después encontré la nota.
—«No fue Rémi. Es alguien que ha visto el sistema, pero no ha trabajado nunca con él.»
Hélène cerró los ojos.
—Eso había escrito.
—Y por eso arrancaste el resto.
—Sí.
—Octave fue distinto.
—Octave intentó hablar contigo antes de que inventaras tus conversaciones rutinarias. Volviste demasiado rápido a fingir normalidad. Supe que había recordado algo, aunque no sabía qué.
Delacroix recordó al médico acercándose y su propia maniobra para convertir aquella urgencia en una revisión banal. Había creído ocultar una pista; en realidad había señalado su existencia.
—Cuando lo entrevisté en la biblioteca, su habitación quedó vacía.
—Entré con la copia de servicio. Había visto tomar sus comprimidos y sabía cómo guardaba el tubo. Llevaba una única tableta preparada desde antes del viaje, por si necesitaba una muerte retardada.
Ravel dejó la pluma un instante.
—¿Acónito?
—Sí. Una dosis. La coloqué arriba del tubo para que la siguiente toma pareciera exactamente igual que las anteriores.
—Por eso el resto estaba limpio.
—Y por eso murió en plena luz mientras todos mirabais a todos. Necesitaba que dejarais de creer que vigilar el instante de la muerte equivalía a vigilar el crimen.
Delacroix sintió la misma rabia fría que había sentido al comprenderlo.
—No necesitabas demostrar una teoría.
—Necesitaba romper una estrategia que empezaba a hacerme imposible moverme.
—Côme fue todavía más arriesgado.
Hélène apartó la mirada.
—Porque ya sabías que corría peligro y porque él era incapaz de dejar una historia a medias. Encontró Valbert, la página 73 y después empezó a sospechar de la 210. Lo vi intentar la puerta.
—Probaste la alimentación del montacargas la noche anterior. Ese fue el descenso de intensidad de la lámpara.
—Sí. El montacargas tenía un auxiliar breve e independiente. Lo aprendí el once de enero.
—Preparaste la nota de A.L. 73 y el apagón.
—Sí.
Delacroix la observó un momento antes de continuar.
—Durante la oscuridad estabas en el salón al principio. La primera cerilla nos mostró a los cuatro.
—Y después dejé la caja con Thérèse. Cogí la libreta de Côme de tu carpeta cuando pasé junto a tu silla y fui hacia la puerta. Te respondí varias veces desde el corredor. Oías mi voz y la convertías en una posición.
Ravel levantó la cabeza.
—¿Y Côme?
—Oyó el montacargas y salió. La nota estaba donde sabía que acabaría viéndola. Cuando llegó, yo ya estaba dentro de la cabina. Le dije que había encontrado la página. Me conocía; durante uno o dos segundos no tuvo razón para gritar.
—Bajasteis a la base.
—Sí. Allí utilicé la hoja estrecha que había dejado preparada. Envié la cabina de nuevo arriba vacía y regresé por la escalera de servicio.
Delacroix sintió la memoria colocarse por fin en su sitio: la voz de Hélène más lejos de lo que debía, la caja de cerillas ya en manos de Thérèse, la oscuridad aceptada como si fuera una coartada.
—Volviste al umbral del salón antes de que Thérèse encendiera la siguiente cerilla. Cuando Côme dejó de responder, parecías haber estado allí todo el tiempo porque yo había contado voces, no cuerpos.
—Sí.
—Y después viniste conmigo a buscarlo.
Hélène no apartó la mirada.
—Sí.
La obscenidad de aquello superaba incluso la eficacia. Hélène había acompañado a Delacroix hacia un cadáver que acababa de dejar abajo y le había ayudado a interpretar los mismos sonidos que ella había provocado.
—Ataste después la carpeta de otra forma.
—No tuve tiempo de imitar tu nudo.
—Pero Côme había dejado una referencia fuera de la libreta.
—Eso no lo sabía.
—Y ahí empezaste a perder.
La frase la molestó. Delacroix no añadió nada.
—André fue el único al que mataste sin estar junto a él.
—Sí.
—El mecanismo ya existía.
—Lo preparé la noche posterior a Géraud con uno de los temporizadores de Mireille. No estaba destinado a André en particular. Era una posibilidad para quien acudiera a una avería en esa zona.
—La pieza teatral solo liberaba el sistema.
—Un contrapeso. La pieza de alineación hacía el trabajo. El abrigo de Clémence cubría parte del montaje y evitaba que se viera al abrir la puerta.
—Cuando André recordó la segunda visita, provocaste la caída de tensión porque sabías que él no toleraría dejar el regulador sin revisar.
—Y confié en que Rémi se quedaría con el cuadro principal.
—André abrió, activó el montaje y recibió la herramienta. Intentó apartarse, volcó la silla, golpeó la lámpara y agarró el abrigo. Por eso quedaron la fibra y el botón.
—Sí.
—No hubo una lucha con otra persona.
—No.
—Y la página del registro tampoco la quitaste tú.
Por primera vez Hélène pareció desconcertada por una precisión que no controlaba.
—No. No sabía que André la había llevado consigo.