Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 27 — La autora
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Capítulo 27 — La autora

Hélène Darcourt no volvió a hablar durante casi un minuto.

Armand Delacroix tampoco.

La diferencia era que él ya no necesitaba llenar el silencio.

Durante cuatro días había aprendido a temerlo porque un silencio podía esconder una decisión, una ausencia o una pregunta que nadie quería formular.

Ahora comprendía que también podía servir para otra cosa: impedir que una persona inteligente recibiera demasiado pronto la explicación que necesitaba para reconstruir una defensa.

Ravel permanecía junto a la puerta. Los otros gendarmes no se movieron.

Hélène seguía sentada.

La primera reacción visible llegó cuando bajó lentamente las manos hasta el regazo.

—No demuestra lo que crees —dijo al fin.

Delacroix la miró.

—¿Qué creo?

Ella comprendió.

Una pequeña contracción en la boca.

—Bien.

—No, Hélène. Ahora quiero que seas precisa.

—La instrucción de Édouard decía mano izquierda.

—Eso ya lo sabíamos.

—Entonces podía corregirte por eso.

—No te dije que la instrucción hubiera cambiado. Te dije que Mireille recordaba que Ariane había cambiado físicamente la página de una mano a otra antes de la escena.

Hélène no respondió.

Delacroix continuó con calma.

—Mireille no recordó nada semejante. Lo inventé. Tú no corregiste una regla del juego. Corregiste una posición que solo alguien que hubiera visto la página junto a Ariane podía conocer.

—O alguien que conociera a Ariane.

—No.

—Armand.

—No conviertas una observación concreta en psicología. Eso es precisamente lo que llevas haciendo desde que llegamos.

Hélène levantó la vista.

Algo había terminado.

No la resistencia.

La forma de la resistencia.

Hasta entonces había discutido como una investigadora. Ahora empezaba a hacerlo como una acusada.

Delacroix lo sintió sin satisfacción. Quizá había esperado que, cuando alcanzara aquel punto, todo el cansancio de los últimos días se transformara en una claridad agradable.

No ocurrió. Mirar a Hélène y aceptar que la mujer sentada frente a él había estado allí desde el principio no tenía nada de triunfo.

Había disfrutado hablando con ella. Había buscado su criterio.

Se había permitido confiar en una inteligencia que ahora debía reinterpretar conversación por conversación sin cometer el error infantil de convertir cada gesto pasado en prueba.

—Viste la página antes de llegar según tu función secreta —dijo—. Eso significa que estuviste con Ariane antes de que el resto creyera que habías llegado por primera vez.

Hélène respiró.

—Sí.

Ravel levantó ligeramente la cabeza.

Delacroix no se movió.

—Otra vez.

—Sí. Estuve con ella antes.

La admisión llegó tan limpia que por un momento resultó más inquietante que la negación.

—¿Cuándo?

—Después de nuestra primera discusión.

—La que oyó Thérèse.

—Sí.

—Dijiste que Ariane se marchó viva.

—Se marchó.

—Y tú la seguiste.

—Más tarde.

—¿Por qué?

Hélène miró hacia una de las ventanas del salón. Afuera solo había oscuridad y el reflejo del interior.

—Porque llevaba la página verde.

Delacroix sintió que Ravel empezaba a escribir.

—La setenta y tres.

—Sí.

—Y querías recuperarla.

—Quería que dejara de utilizarla contra mí.

—Eso no responde.

Hélène cerró los ojos un instante.

—Sí. Quería recuperarla.

Delacroix dejó que la confesión parcial permaneciera.

—Ariane había decidido enviarla a Valbert.

—Sí.

—Y hablar con otros editores.

—Sí.

—Podía demostrar que un mecanismo que habías publicado procedía de una versión suya anterior.

—Sí.

—No solo una idea.

—No.

—Una estructura.

—Sí.

—Una frase.

—Varias.

Ravel dejó de escribir por un segundo.

Delacroix miró a Hélène.

—¿Cuánto le robaste?

La palabra produjo más reacción que asesinato.

Ella levantó la cabeza.

—No lo sé.

—Eso es falso.

—No.

—Sabes bastante.

—Sé bastante ahora. Entonces no me lo decía de esa manera.

—¿Cómo te lo decías?

Hélène sonrió sin humor.

—Que habíamos trabajado juntas. Que habíamos discutido todas esas cosas durante años. Que una idea que pasa por dos personas deja de pertenecer enteramente a una.

—Y cuando publicabas tú, la idea dejaba de tener dos dueñas.

—Sí.

—Porque Ariane no publicaba.

—Sí.

—Y después porque estaba muerta.

Hélène bajó la mirada.

—Sí.

No había elegancia posible en esa respuesta.

Delacroix sintió que, por primera vez, Hélène estaba permitiendo que una frase permaneciera fea.

—La noche de 1919 —dijo—. Ariane fue a preparar su falsa muerte. Llevaba la página consigo.

—Sí.

—Tú fuiste antes de la hora que indicaba tu papel.

Hélène tardó.

—Sí.

—No utilizaste el corredor por el que debías llegar después.

—No.

—Entraste por el gabinete de juegos.

Silencio.

—Sí.

Ravel miró el plano extendido sobre una mesa cercana.

La puerta que Mireille había visto cerrarse.

Delacroix continuó:

—Discutisteis otra vez.

—Sí.

—Le pediste la página.

—Sí.

—Se negó.

—Sí.

—Intentaste quitársela.

Hélène apretó las manos.

—Sí.

Delacroix no preguntó todavía por el golpe.

Sabía que aquel momento había vivido once años dentro de ella y no quería ayudarla a vestirlo con palabras cómodas.

—¿Qué ocurrió?

Hélène lo miró.

—Forcejeamos.

—Eso es una palabra.

—Es lo que ocurrió.

—¿Qué hiciste tú?

La pregunta fue distinta.

Hélène lo entendió.

—Le agarré la muñeca.

—¿Cuál?

—La izquierda.

La página.

—Y.

—Intenté abrirle la mano.

—Ariane.

—Me golpeó. No fuerte. Quiso apartarme.

—Y tú.

Hélène dejó de mirar a Delacroix.

—La golpeé.

Ravel escribió.

Delacroix permaneció inmóvil.

—Con qué.

—Con la mano.

—Octave recordaba una lesión profunda y redondeada detrás de la oreja.

Hélène cerró los ojos.

—Entonces no fue solo la mano.

—¿Qué?

Hubo un silencio largo.

—El borde del pasamanos.

Delacroix sintió el espacio de Fontainebleau reconstruirse. No un arma escondida. Una escalera. Una discusión. Dos cuerpos demasiado cerca de una barandilla.

—La empujaste contra él.

—Sí.

—Deliberadamente.

Hélène abrió los ojos.

—Sí.

La palabra ya no tenía sitio donde esconderse.

—Cayó.

—No inmediatamente.

Eso importaba.

—¿Qué hizo?

—Se quedó quieta un segundo. Después intentó bajar.

—Desorientada.

—Supongo.

—No supongas. Estabas allí.

Hélène lo miró.

—Sí. Estaba desorientada.

—Y entonces.

La respiración de Hélène cambió.

—Le dije que me diera la página.

Delacroix no había esperado esa continuación.

—Después de golpearla.

—Sí.

—Y ella.

—Se rió.

La imagen resultó terrible precisamente por pequeña.

—¿Qué dijo?

Hélène tardó.

—«Ahora ya sé qué clase de historia estás dispuesta a escribir.»

Delacroix sintió la frase quedarse.

—Y.

—Quiso pasar junto a mí.

—Hélène.

Ella lo miró.

—La empujé.

Ravel dejó la pluma.

—Por la escalera.

—Sí.

No hubo dramatismo.

El homicidio de Ariane Lécuyer cabía en tres palabras.

La empujé.

Once años de versiones, páginas, recuerdos y silencios alrededor de algo que había durado quizá segundos.

—Sabías que podía matarla.

—Sí.

—Querías matarla.

Hélène permaneció en silencio.

Delacroix esperó.

—En ese momento, sí.

La respuesta fue peor que cualquier intento de convertirlo en accidente.

—Bajaste.

—Sí.

—Comprobaste.

—Me acerqué.

—La página.

Hélène apretó los labios.

—Seguía en la mano izquierda.

Ahí estaba la corrección que la había traicionado.

—La sacaste.

—Sí.

—Ariane respiraba.

Hélène cerró los ojos.

Ravel levantó la cabeza.

Delacroix sintió un peso distinto.

—Hélène.

—No lo sé.

—No.

La palabra salió firme.

—La tocaste. La viste. Llevas once años recordando ese cuerpo.

Ella respiró con dificultad.

—Creo que sí.

—¿Qué?

—Respiraba.

Ravel se movió.

Delacroix no.

—Y la dejaste.

—Oí pasos.

—Podías llamar.

—Sí.

—Podías decir que había caído.

—Sí.

—Podías llamar a Octave.

—Sí.

—En lugar de eso.

Hélène abrió los ojos.

—Entré en el gabinete.

La puerta que Mireille vio cerrarse.

Delacroix sintió que por fin la secuencia completa se asentaba sin necesidad de corregir memorias incompatibles.

Hélène atacó a Ariane, la empujó, retiró la página y se ocultó en el gabinete al oír que se acercaba alguien.

Desde allí pudo observar. Después salió por el otro acceso, recorrió el corredor y cumplió su propia función secreta como si acabara de llegar.

Se acercó otra vez al cuerpo, fingió buscar la página que ya llevaba consigo y permitió que Mireille, Octave, Amaury y los demás interpretaran la escena exactamente como estaba previsto que la interpretaran.

No había necesitado construir una coartada.

El juego se la había escrito.

—Por eso apareciste desde el otro lado —dijo Delacroix.

—Sí.

—Y por eso la primera vez que te acercaste públicamente a Ariane buscaste una página que sabías que ya no estaba.

—Sí.

—Édouard te preguntó por ella después.

—Sí.

—Porque sabía que tu función consistía en retirarla.

—Sí.

—Sospechó.

—Sí.

—¿Cuánto?

—No lo sé.

—Bastante para preguntar.

—Sí.

Delacroix pensó en Veyrac vomitando después de descubrir que Ariane estaba realmente muerta. No era culpa homicida. Era horror y, probablemente, la primera conciencia de que el juego que había diseñado acababa de ocultar una muerte.

—Guardaste la página.

—Durante años.

Ravel levantó la cabeza.

—Años.

—Sí.

—No la destruiste.

—No.

Delacroix comprendió.

—La necesitabas.

Hélène lo miró.

—Al principio, para saber qué podía demostrar.

—Después.

—No sé.

—Sí sabes.

Hélène sonrió de manera apenas visible.

—Era lo último que Ariane había escrito.

—Y también la prueba de lo que le habías quitado.

—Sí.

—La conservaste porque destruirla habría sido aceptar lo que era.

La expresión de Hélène cambió.

—Quizá.

Delacroix no insistió.

Por una vez aquella palabra podía quedarse.

—¿Dónde está?

—No aquí.

Ravel frunció el ceño.

—¿Dónde?

Hélène no respondió.

—Luego —dijo Delacroix.

El brigadier lo miró.

—Monsieur...

—Luego.

Todavía quedaban seis muertos.

Delacroix volvió hacia Hélène.

—Édouard encontró en 1929 la cadena documental —continuó Delacroix—. No tenía la página original, pero sí cartas, fragmentos y comparaciones suficientes para comprender que Ariane no había muerto como todos habían decidido recordar.

—Y que yo tenía el motivo más fuerte —dijo Hélène.