Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 26 — La habitación vacía #4
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Capítulo 26 — La habitación vacía #4

—Entonces ya sabrá que la partida terminó.

Ravel se marchó para preparar la vigilancia.

Delacroix permaneció solo.

Miró la biblioteca.

Los papeles.

Los sobres.

Los libros de Hélène.

Las páginas de Ariane.

Todo el fin de semana había girado alrededor de quién escribía, quién copiaba, quién corregía y quién tenía derecho a decidir cuál era la versión final.

Él también había caído en eso.

Había buscado la página como objeto.

La firma como objeto.

La máquina como objeto.

Pero el error de Hélène no estaba necesariamente escondido en un cajón.

Había estado delante de él desde el principio.

En la forma en que escuchaba.

En la manera en que una frase incompleta la obligaba a terminarla.

En la incapacidad de dejar una interpretación incorrecta sin tocar, incluso cuando esa interpretación podía protegerla.

Delacroix recordó el tren.

Las primeras conversaciones.

El salón.

El humor.

Las veces que había disfrutado de tener a alguien capaz de seguir su pensamiento sin necesidad de explicación.

Eso era lo que más le costaba aceptar.

No que Hélène fuera inteligente.

Que él había agradecido esa inteligencia y la había convertido en acceso.

La había sentado a su lado en la investigación.

Había permitido que el asesino leyera el caso desde dentro.

Estaba delante de mí.

Esta vez no escribió la frase.

No hacía falta.

A las tres y veinte pidieron a Hélène que entrara en el gran salón.

No biblioteca.

No habitación pequeña.

El salón donde todo había empezado a convertirse en real después de la muerte de Veyrac.

Ravel permaneció junto a la puerta. Morel y Bernier, separados. Fournier al fondo.

Hélène entró sola entre ellos.

Miró la disposición.

Después a Delacroix.

—Esto parece formal.

—No todavía.

—Entonces has empeorado mucho decorando conversaciones.

Se sentó.

Delacroix permaneció de pie.

—He resuelto la muerte de Ariane.

Hélène dejó de sonreír.

—¿Quién?

Delacroix sostuvo su mirada.

—Édouard Veyrac.

Silencio.

La reacción no fue la que Ravel esperaba.

Hélène no negó.

No se sorprendió de forma visible.

Solo observó.

—Explícame.

Delacroix lo hizo.

Despacio.

Veyrac había hablado con Ariane primero.

Quería la página verde.

Sabía que Hélène debía llegar antes que los demás siguiendo la función secreta.

Conocía el gabinete.

Podía discutir con Ariane, intentar retirar la página, golpearla durante un forcejeo, verla caer y esconderse al oír aproximarse a Hélène. Después podía salir por otra puerta y mezclarse con el grupo.

Hélène escuchó.

—Y después preguntó por la página —dijo Delacroix— porque ya sabía que había desaparecido.

—Sí.

—Durante once años cargó con la culpa. En 1929, al aparecer los documentos de Valbert, convirtió el fin de semana en una forma indirecta de confesión. No pretendía demostrar que tú mataste a Ariane. Por eso Clémence era culpable de plagio, pero no de asesinato.

Hélène permaneció inmóvil.

La teoría era buena.

Delacroix casi lamentó que fuera falsa.

—Hay una cosa más —continuó—. Mireille recordó algo desde abajo. Ariane cambió la posición de la página antes de la escena. No debía estar bajo la mano izquierda como indicaban tus instrucciones. La colocó bajo la derecha después de hablar con Édouard.

Ravel no movió un músculo.

Hélène sí.

Muy poco.

Sus ojos se desviaron hacia la mesa.

Después volvió.

—No.

Una palabra.

Delacroix sintió que el salón desaparecía.

—¿Qué?

Hélène cerró los labios.

Demasiado tarde.

—Has dicho no.

—Porque no tiene sentido.

—¿Por qué?

—La página estaba en la izquierda.

Ravel se enderezó.

Delacroix no se movió.

—Según tu instrucción.

—No.

Hélène se quedó quieta.

Ahí estaba.

—No qué.

La novelista respiró.

No contestó.

Delacroix se acercó un paso.

—No te pregunté dónde debía estar. Te dije dónde Mireille supuestamente recordó que estaba.

Silencio.

—Y tú me corregiste.

Hélène lo miró.

Por primera vez desde que empezó el fin de semana, no tuvo una respuesta inmediata.

Delacroix sintió una tristeza extraña, más profunda que la satisfacción.

—La viste.

Hélène permaneció inmóvil.

—Viste la página bajo la mano izquierda antes de que desapareciera.

Nada.

—No cuando llegaste para cumplir tu instrucción. Antes.

Los ojos de Hélène cambiaron.

Ya no estaba decidiendo qué podía negar.

Estaba calculando cuánto sabía él.

Delacroix reconoció esa mirada porque la había visto durante días.

Solo que hasta entonces la había confundido con investigación.

—Estabas con Ariane antes de la caída.

Hélène respiró.

—Armand.

Él levantó una mano.

—No.

La palabra salió tranquila.

—Ahora no me corrijas.

El silencio fue completo.

Ravel no intervino.

Delacroix miró a la mujer con la que había compartido café, ironías, hipótesis y miedo. La mujer que le había ayudado a distinguir las falsificaciones de Veyrac. La mujer que había señalado que el asesino no necesitaba escribir otra obra, solo corregir la existente.

La autora.

La segunda mente.

El lector sentado dentro de la investigación.

Delacroix supo entonces que ya no necesitaba otra página para saber quién había escrito aquella historia.

Solo necesitaba obligarla a leerla completa.