Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 26 — La habitación vacía #3
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Capítulo 26 — La habitación vacía #3

—No abandona la habitación salvo con dos agentes.

—Bien.

—Y esta vez no es una cortesía.

—Entendido.

Delacroix se levantó.

—Una cosa más.

Hélène lo miró.

—Ariane.

La expresión cambió.

—¿Qué?

—El once de enero, cuando viniste a revisar el material de Veyrac, ¿sabías que él estaba reconstruyendo la lesión anterior a la caída?

—No.

—¿Sabías que Octave podía recordarla?

—No.

—¿Sabías que Amaury conservaba memoria de la carta?

—No.

—¿Sabías que Géraud acabaría concluyendo que el sabotaje era de un aficionado?

—Claro que no.

—¿Sabías que Côme compararía tu novela con Ariane?

—Era periodista. Podía.

—¿André recordaría la puerta del regulador?

—No.

Delacroix asintió.

Eso era importante.

Hélène no podía haber preparado una lista fija de víctimas en enero.

Los muertos actuales debían haber sido elegidos después, según cada amenaza.

Exactamente como él había concluido.

—Entonces quien los mató tuvo que decidir sobre la marcha —dijo.

Hélène lo miró.

—Sí.

—Y para hacerlo necesitaba saber qué estaba descubriendo cada uno.

—Sí.

—No bastaba con preparar el hotel.

—No.

Delacroix sintió la última pieza aproximarse.

¿Quién había sabido qué encontraba cada víctima?

No siempre porque la víctima hablara.

A veces porque Delacroix lo hacía visible.

Amaury pidió hablar y recibió una pista.

Géraud buscó a Delacroix por el sabotaje.

Octave insistió en hablar y Delacroix montó un sistema entero para ocultar precisamente que su información importaba.

Côme no podía disimular una revelación.

André tampoco.

El asesino no necesitaba leer notas secretas.

Le bastaba con leer a Delacroix.

Y durante todo el fin de semana hubo una persona a la que él mismo permitió estar lo bastante cerca para hacerlo.

No Mireille.

No Rémi.

No André.

Hélène.

La había consultado.

Había discutido interpretaciones con ella.

Había dejado que lo observara separar los textos de Veyrac de las correcciones.

Había reído con ella sobre novelistas y detectives.

Había aceptado, casi con gratitud, que se convirtiera en la segunda inteligencia del caso.

Cada vez que alguien se aproximaba a una verdad, Hélène no necesitaba saber la verdad completa. Solo necesitaba reconocer el cambio en Delacroix.

Has puesto la cara.

La frase regresó.

No una vez.

Muchas.

Todos habían terminado imitándola porque Hélène llevaba días enseñándoles, sin que nadie lo notara, que un rostro podía leerse como un documento.

Delacroix salió del interrogatorio sin decir nada.

Ravel lo siguió.

—¿Qué?

—Necesito pensar.

—Eso hace demasiado.

—Ahora necesito hacerlo bien.

Se encerró en la biblioteca con Ravel fuera.

No porque sospechara del brigadier.

Porque necesitaba silencio.

Extendió una hoja.

No escribió todavía.

Repasó los seis muertos sin separar las reflexiones en piezas pequeñas, dejando que la estructura completa apareciera.

Veyrac era el único asesinato necesariamente previsto desde antes del fin de semana.

Hélène había visitado el hotel, conocido las zonas técnicas, preparado una identidad ambigua y tenido oportunidad de retirar documentación.

Cuando subió en enero conocía ya la naturaleza del juego y sabía que Delacroix estaría allí.

El aislamiento también debía estar preparado de antemano porque, una vez muerto Veyrac, la investigación exterior habría terminado todo demasiado rápido.

Amaury no tenía por qué morir originalmente. Se volvió peligroso cuando recordó las cartas de Ariane, la similitud de la frase y el interés reciente de Veyrac. El asesino utilizó el propio juego para atraerlo a la escalera y eliminar la información que buscaba.

Géraud murió cuando comprendió que el sabotaje no correspondía a una persona con conocimientos técnicos profundos. Aquello descartaba a Rémi y acercaba la investigación hacia alguien que hubiera aprendido los sistemas mediante una visita superficial. Hélène había hecho exactamente eso.

Octave murió después de recuperar el detalle médico más peligroso de 1919: Ariane había recibido un golpe antes de la caída.

El veneno estaba en una única tableta, lo que significaba que el asesino no necesitaba matar a Octave desde el principio; podía contaminar una dosis cuando decidió que se había convertido en amenaza.

La muerte retardada consiguió además que la vigilancia colectiva pareciera inútil.

Côme murió por conectar el texto de Ariane con la obra de Hélène y, probablemente, por descubrir la 210. Su libreta desapareció. La referencia sobrevivió porque Côme había sido lo bastante desconfiado para duplicarla.

André murió porque reconstruyó la visita del once de enero y, sobre todo, porque podía destruir la historia de la imitadora desconocida. El asesinato fue precipitado, violento y realizado con una herramienta encontrada en el lugar porque el tiempo del asesino se estaba acabando.

Todo encajaba con una persona que no había subido al hotel con seis nombres escritos, sino con una necesidad inicial: matar a Veyrac, eliminar la prueba y sobrevivir al fin de semana. Los demás habían muerto porque cada uno obligó a corregir el plan.

Delacroix tomó la pluma.

Escribió:

Hélène Darcourt.

No puso signo de interrogación.

Permaneció mirando el nombre.

La certeza no llegó como un relámpago.

Llegó como una incomodidad que dejaba de necesitar alternativas.

Todavía faltaba demostrar partes.

Cómo preparó exactamente la tableta.

Cómo ejecutó los siete minutos.

Dónde estaba la Remington.

Dónde había terminado el abrigo.

Pero aquellas ya no eran preguntas sobre identidad.

Eran preguntas sobre ejecución.

El cambio era enorme.

Ravel entró después de llamar.

—Y.

Delacroix giró la hoja.

El brigadier leyó el nombre.

—Por fin.

—No.

—¿Qué no ahora?

—No la arrestes todavía por los seis.

Ravel lo miró con una paciencia casi religiosa.

—Acaba de escribir su nombre sin interrogación.

—Sí.

—Entonces.

Delacroix apoyó la pluma.

—Necesito que crea que todavía no estoy seguro.

—¿Por qué?

—Porque hay algo que no tenemos.

—¿Qué?

—La última página.

Ravel frunció el ceño.

—La de Ariane.

—Sí.

—Puede haber sido destruida hace once años.

—No.

—¿Cómo lo sabe?

Delacroix pensó en Veyrac.

Había escrito que la página no desapareció, que alguien la conservó.

Quizá su inferencia fuera correcta por una razón distinta.

Hélène había publicado el mecanismo.

Había mentido sobre la visita.

Había vuelto al hotel en enero a destruir documentación.

Si la página 73 existía entre los materiales que Veyrac recuperó, era la prueba más peligrosa. Y no estaba.

—Si Hélène la destruyó en enero, no importa. Si la tomó ahora, necesitamos saber dónde. Pero si todavía existe y cree que nosotros podemos encontrarla, hará una última cosa.

Ravel lo miró.

—¿Qué?

Delacroix recordó la conversación de la noche anterior.

Me molesta una mala explicación. Sobre todo si me favorece demasiado.

Una mujer que corregía incluso una versión que la declaraba inocente.

No porque fuera una caricatura obsesiva.

Porque su vida entera dependía de controlar dónde terminaba una historia y qué quedaba fuera.

—Intentará terminarla ella.

Ravel no pareció satisfecho.

—Eso es psicología.

—Sí.

—La psicología mata gente cuando la usa para montar trampas.

—Por eso esta vez no habrá cebo humano.

—¿Qué habrá?

Delacroix miró la hoja.

Después el nombre.

—Yo.

Ravel abrió la boca.

Delacroix levantó una mano.

—No como víctima.

—Eso no mejora.

—Como lector.

El brigadier cerró los ojos.

—Explíquese.

Delacroix dobló la hoja.

Había pasado días intentando ocultar lo que sabía, fabricar versiones falsas y distribuir información. Hélène había visto casi todas las maniobras porque pensaba como él y, en algunos momentos, mejor. Una nueva mentira sobre una página escondida no funcionaría. Ella ya esperaba ese recurso.

Necesitaba hacer lo contrario.

Decir una verdad.

Una verdad incompleta.

—Voy a decirle que he resuelto 1919 —dijo.

—No lo ha hecho del todo.

—Ella no sabe cuánto.

—Y.

—Voy a acusar a Veyrac de matar a Ariane.

Ravel se quedó inmóvil.

—Eso es falso.

—Sí.

—Entonces no es una verdad.

—La verdad es que puedo construirlo.

Delacroix explicó la posición de Veyrac, el gabinete, la página, la discusión con Ariane y su conducta posterior. Había suficiente material para una teoría convincente, incluso para una teoría que exculpara a Hélène del asesinato original y redujera sus mentiras a plagio y miedo.

Si Hélène era inocente, podía aceptar que Delacroix investigara esa posibilidad.

Si era culpable de 1919, la reacción sería distinta.

No porque necesitara defender a Veyrac.

Porque una reconstrucción que colocara el golpe en manos de Édouard requeriría explicar la desaparición de la página 73 de otra manera. Y Delacroix introduciría deliberadamente un error sobre esa página.

Uno que solo quien la hubiera visto en el momento de la muerte podría necesitar corregir.

Ravel escuchó.

Finalmente:

—¿Qué error?

Delacroix sonrió muy poco.

—Le diré que Ariane llevaba la página en la mano derecha.

—Y.

—Hélène declaró que debía estar bajo la izquierda.

—Eso ya lo sabe.

—Sí. Pero diré que hemos encontrado una nota de Mireille confirmando que Ariane cambió de mano la página antes de la escena.

—No existe.

—No.

—Y qué espera.

Delacroix miró la puerta.

—Que Hélène me explique por qué eso es imposible.

Ravel frunció el ceño.

—Puede hacerlo porque conoce las instrucciones del juego.

—No. Conocía que debía buscarla bajo la izquierda. No puede saber dónde estaba realmente minutos antes de morir si no la vio.

El brigadier comprendió lentamente.

—Entonces si corrige el hecho real en vez de la instrucción...

—Sí.

Silencio.

Ravel negó.

—Es fino.

—Tiene que serlo.

—Puede no reaccionar.

—Entonces no perdemos nada.

—Puede darse cuenta de la trampa.

—También.

—Y entonces.

Delacroix guardó la hoja con el nombre.