Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 26 — La habitación vacía #2
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Capítulo 26 — La habitación vacía #2

No había forma de entrar desde fuera sin una hazaña absurda.

La puerta principal y la comunicante eran los únicos accesos.

Bien.

Nada de pasadizos.

Nada de trucos tardíos.

Quien utilizó la habitación lo hizo con una llave.

—La copia de servicio —dijo Ravel.

—Sí.

—¿Quién podía cogerla?

—André. Rémi. Mireille. Veyrac. Hélène durante visitas.

—Darcourt.

—Sí.

—Mireille abajo en Côme.

—Sí.

—Veyrac muerto.

—Sí.

—Cottin muerto.

—Sí.

—Colas.

Delacroix pensó en Géraud.

No fue Rémi. Es alguien que...

—Cada vez menos.

Ravel lo miró.

—Entonces otra vez.

Delacroix no necesitó responder.

Hélène.

El nombre ya no era una hipótesis atractiva.

Era el punto al que regresaban objetos distintos.

No todos.

Pero demasiados.

A las doce menos cuarto dejaron la 210 sellada.

Delacroix regresó al pequeño salón.

Hélène estaba de pie junto a la ventana con Morel detrás.

Se volvió.

—Y.

Delacroix la observó.

—Vacía.

Ella sonrió.

—No.

—¿Qué?

—Si hubieras encontrado una habitación verdaderamente vacía no pondrías esa cara.

—¿Qué cara?

—La de alguien que ha encontrado ausencias.

Delacroix sintió una incomodidad.

No por la frase.

Porque era exacta.

—Faltan cosas —dijo.

—El abrigo.

No había dicho eso.

Ravel, que entraba detrás, se detuvo.

Delacroix no cambió la expresión.

—¿Por qué el abrigo?

Hélène levantó ligeramente una ceja.

—Llevas desde ayer hablando de él.

—No dije que faltara de la 210.

—Dijiste que había desaparecido del depósito y que estuvo guardado allí.

Cierto.

No servía.

Delacroix no regalaría una acusación falsa a su propio deseo.

—Algo más.

Hélène esperó.

—La máquina de Veyrac estuvo allí.

Esta vez el silencio fue distinto.

Muy pequeño.

Pero real.

—La encontrasteis.

—No.

—Entonces cómo sabes.

—Huellas.

—Polvo.

Delacroix la miró.

—¿Qué?

Hélène pareció comprender demasiado tarde.

—Escritorio cerrado durante semanas. Si una máquina estuvo allí, habrá dejado marca.

La explicación era lógica.

Cualquiera inteligente podía inferir.

Pero había respondido con una precisión incómoda.

—También encontramos cinta.

—Entonces sí.

—Y pruebas de que Côme sospechaba de la habitación.

Hélène bajó la mirada.

—Eso explica por qué murió.

—Sí.

—¿La libreta estaba allí?

—No.

—La página 73.

—No.

Hélène lo miró.

—Entonces qué quieres de mí.

Delacroix no respondió inmediatamente.

Quería preguntarle si había usado aquella habitación el once de enero.

Quería preguntarle dónde estaba la Remington.

Quería preguntar dónde había escondido el abrigo después de matar a André.

Pero las preguntas directas le permitirían ordenar respuestas.

Todavía no.

—Lyon —dijo.

Hélène frunció el ceño.

—¿Qué pasa con Lyon?

—Ravel pidió verificación.

Por primera vez ella miró al brigadier antes que a Delacroix.

Eso importó.

—Bien.

—Todavía esperamos.

—No hay problema.

—Seguro.

—Sí.

Delacroix sonrió apenas.

—Entonces esperamos.

La respuesta llegó poco después de la una.

Un gendarme subió desde la estación con dos telegramas y una nota del puesto inferior. Ravel los abrió en administración. Delacroix permaneció a su lado.

El primero procedía de la Société des Lettres du Rhône.

H. DARCOURT PRESENTE 11 ENERO. LLEGADA APROXIMADA 20H25. LECTURA PREVISTA 20H30, INICIADA 20H45 POR RETRASO. VARIOS TESTIGOS.

Ravel lo miró.

—Entonces estaba en Lyon.

Delacroix tomó el segundo.

Procedía de una empresa de automóviles de Saint-Lysandre.

VEHÍCULO CONTRATADO 11 ENERO 18H50 PARA LYON. PASAJERA REGISTRADA “MME H. DURET”. SALIDA 18H57. LLEGADA LYON 20H18 APROX. PAGO EFECTIVO.

Ninguno habló.

Ravel leyó otra vez.

—Duret.

—Sí.

—La misma del funicular.

—Sí.

—Bajó a las 18:41.

—Y contrató un automóvil a las 18:50.

—Llegó a Lyon antes de la lectura de Darcourt.

Delacroix sintió que la última defensa de la segunda visita se deshacía sin necesidad de una firma.

Hélène había dicho la verdad.

Había estado en Lyon el once de enero.

Solo había omitido que llegó allí después de bajar del Grand Hôtel des Cimes.

No era un alibi falso.

Era una verdad colocada en el lugar exacto para funcionar como uno.

Delacroix recordó una frase suya:

Me lo has preguntado bien.

Y otra:

Antes preguntabas si discutimos. Ahora has preguntado qué hice con mis manos.

La precisión de las preguntas.

La precisión de las respuestas.

Hélène no necesitaba mentir siempre.

Le bastaba con responder exactamente lo preguntado y dejar que el interlocutor construyera el resto.

—Quiere que la interroguemos ahora —dijo Ravel.

—Sí.

—Formal.

—Sí.

—Y si admite la visita.

Delacroix dobló los telegramas.

—Eso todavía no admite seis asesinatos.

Ravel lo miró.

—No sé qué más necesita.

Delacroix tampoco estaba seguro.

Quizá no necesitaba otra prueba.

Quizá necesitaba entender por qué Hélène había conservado la capacidad de parecer inocente incluso cuando cada pieza regresaba hacia ella.

Entraron.

Hélène vio los telegramas.

No preguntó.

Delacroix se sentó frente a ella.

Ravel a su derecha.

Morel permaneció junto a la puerta.

—Llegaste a Lyon a las ocho y veinticinco —dijo Delacroix.

Hélène no respondió.

—La lectura empezó a las ocho y cuarenta y cinco.

Silencio.

—Una mujer llamada H. Duret bajó del funicular a las seis y cuarenta y uno, contrató un coche a las seis y cincuenta y llegó a Lyon aproximadamente a las ocho y dieciocho.

Hélène cerró los ojos.

Solo un instante.

Después los abrió.

—Sí.

Ravel dejó la pluma.

Delacroix no se movió.

—Sí qué.

—Fui yo.

No hubo dramatismo.

Eso la hizo peor.

—Estuviste aquí el once.

—Sí.

—Mentiste.

Hélène negó lentamente.

—Dije que estaba en Lyon.

Ravel soltó una exhalación incrédula.

Delacroix permaneció quieto.

Ahí estaba.

La corrección.

No una mentira.

Una reformulación de la acusación.

—Cuando te pregunté por la segunda visita dijiste que solo habías hecho una visita en enero.

Hélène lo miró.

—Eso sí fue mentira.

Bien.

Por lo menos.

—¿Por qué?

La novelista tardó.

—Porque el once vine a descubrir qué estaba preparando Édouard.

—Bajo nombre falso.

—Sí.

—Con velo.

—Sí.

—Con el abrigo de Clémence.

Hélène cerró la boca.

Ravel la vio.

—Madame.

—Sí.

Delacroix sintió la pieza asentarse.

—Lo sacaste de la 210.

—Sí.

—Sabías dónde estaba.

—Sí.

—Ayer dijiste que no recordabas saberlo.

—Mentí.

—Otra vez.

—Sí.

—Perfume.

—Del personaje.

—Cerillas largas.

—Había en el abrigo.

André había recordado.

No una imitadora.

Hélène.

Ella misma había construido el disfraz que luego podía utilizar como prueba de una imitadora.

—¿Por qué H. Duret?

—Porque no quería que Édouard supiera que había venido.

Delacroix levantó la vista.

—Édouard había avisado al hotel de que volverías.

—Yo no lo sabía.

—Pero Cottin sí.

—Sí.

—Entonces llegaste creyendo ocultarte de Veyrac y el director te reconoció por expectativa.

—Sí.

—Y después firmaste como H. Darcourt arriba.

—André escribió el nombre. Yo hice una firma rápida.

Delacroix recordó la D cerrada.

Deliberadamente distinta.

—Querías dejar una salida.

Hélène no respondió.

—Si nadie investigaba, eras Hélène. Si alguien investigaba, podías ser H. Duret o una imitadora.

La novelista lo miró.

—Sí.

Ravel dejó de escribir durante un segundo.

La confesión de la segunda visita era enorme, pero Hélène la estaba entregando como si todavía pudiera controlar exactamente cuánto significaba.

—¿Qué hiciste aquí? —preguntó Delacroix.

—Revisé el material de Édouard.

—¿Qué encontraste?

—Referencias a Ariane.

—Página 73.

—No.

—Remington.

—Estaba en la habitación de Édouard entonces.

—La utilizaste.

—No.

—210.

—Entré.

—¿Para qué?

—El abrigo estaba allí.

—Algo más.

—No.

Delacroix la observó.

Mentía.

Lo sintió.

No por gesto.

Por forma.

La respuesta se había vuelto demasiado corta.

—Cuadro de campanas.

—Lo revisé.

—Montacargas.

—Sí.

—Estación.

—Sí.

—Señal auxiliar.

—Sí.

Ravel la miraba con incredulidad.

—Madame Darcourt, acaba de admitir que recorrió todos los sistemas que después fueron utilizados para varios homicidios y el aislamiento.

—Sí.

—Y espera que creamos que fue curiosidad.

—No espero nada del brigadier.

Delacroix intervino.

—¿Por qué querías conocerlos?

Hélène lo miró.

—Porque entendí que Édouard iba a reproducir 1919 y quería saber hasta dónde había llegado.

—Y si había encontrado la prueba de plagio.

—Sí.

—Querías retirarla.

—Sí.

Ravel apoyó ambas manos.

—Eso es destrucción de evidencia.

—En enero no había investigación.

—Había una mujer muerta.

Hélène bajó la mirada.

—Sí.

Delacroix no dejó que la discusión moral sustituyera el crimen.

—Encontraste algo.

—Cartas.

—Te las llevaste.

—Una.

—¿Cuál?

—De Ariane a Valbert.

—La destruiste.

—Sí.

—Y volviste a Lyon.

—Sí.

—Entonces cuando recibiste la invitación definitiva sabías exactamente qué era La última página.

Hélène sostuvo la mirada.

—Sabía que era sobre Ariane. No sabía cuánto tenía Édouard.

—Eso ya lo habías admitido parcialmente.

—Sí.

—Y subiste igualmente.

—Sí.

—Conmigo.

—Sí.

La palabra produjo algo desagradable.

Veyrac había invitado a Delacroix como investigador externo.

Hélène sabía.

Subió sabiendo que el fin de semana podía terminar con él mirando hacia 1919.

¿Por qué aceptar semejante riesgo?

Porque no podía impedir la partida sin revelar miedo.

Porque quizá pensaba controlar.

Porque había decidido matar a Veyrac.

Delacroix sintió que la respuesta estaba delante y todavía no quería tocarla.

—La llave de la 210 —dijo.

Hélène permaneció quieta.

—No sé.

—Falta.

—No la tengo.

—La tuviste.

—El once, sí.

—La devolviste.

—A André.

—Seguro.

—Sí.

Delacroix la miró.

—La Remington estuvo en la 210 durante este fin de semana.

Hélène no respondió.

—Y los textos falsos salieron de esa máquina.

—Eso dices.

—Côme lo descubrió.

—Parece.

—Por eso murió.

Hélène tragó saliva.

—Puede.

Delacroix se quedó inmóvil.

La palabra.

Puede.

La misma palabra que todos utilizaban para no comprometerse.

No era importante.

Lo importante fue que Hélène no preguntó qué había encontrado Côme exactamente.

Antes lo habría hecho.

Siempre.

Ahora sabía que cada pregunta podía revelar algo.

La novelista ya no estaba ayudando a investigar.

Estaba defendiéndose.

Aquello era un cambio.

Ravel siguió:

—Queda retenida formalmente como sospechosa de los homicidios.

Hélène lo miró.

—Lo suponía.