Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 26 — La habitación vacía
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Capítulo 26 — La habitación vacía

Esperaron los diez minutos completos.

Nada volvió a sonar.

A las once y cuatro, Ravel guardó el reloj.

—Diez minutos.

—Sí.

—¿Ahora podemos comportarnos como personas razonables?

Delacroix miró la puerta.

—Puede intentarlo.

Ravel sacó la llave principal de la bolsa sellada.

El sello permanecía intacto.

Eso no significaba demasiado. La copia de servicio seguía desaparecida.

—Madame Darcourt se queda donde está —dijo el brigadier.

—Sí.

—Morel, no abandone esa puerta.

—Entendido.

Delacroix llamó a Hélène.

—¿Qué? —respondió desde dentro.

—Vamos a abrir la 210.

Hubo un silencio corto.

—Por fin.

—No salgas.

—No pensaba.

Delacroix miró a Ravel.

—Ahora.

La llave giró.

La puerta abrió sin resistencia.

La habitación estaba vacía.

No vacía en sentido absoluto. Había cama, armario, escritorio, dos sillas, una mesilla y una pequeña chimenea cerrada con pantalla de latón.

Las cortinas permanecían recogidas. Una funda protegía el colchón.

El lavabo estaba seco. Pero el lugar tenía esa cualidad particular de las habitaciones que no habían pertenecido a nadie durante mucho tiempo: ningún objeto personal, ningún olor humano reciente, ninguna alteración capaz de anunciar inmediatamente una historia.

Ravel entró primero.

Delacroix detrás.

Fournier cerró la puerta sin echar llave.

El brigadier miró alrededor.

—Esperaba algo más emocionante.

—Eso suele ser peligroso.

—¿El ruido?

Delacroix escuchó.

Una tubería cruzaba la pared exterior junto al radiador. El metal estaba frío. No había mecanismo visible.

Fournier señaló el escritorio.

Una pequeña bandeja de latón descansaba sobre el borde. Una de sus patas estaba mal apoyada y el objeto podía oscilar.

Ravel la tocó con un lápiz.

La bandeja se desplazó.

Clac.

El mismo sonido.

Delacroix la observó.

—Probablemente eso.

—Entonces nadie activó nada.

—Probablemente.

—Otra palabra.

—Sí.

Ravel miró la habitación.

—¿Y hemos esperado diez minutos delante de una bandeja mal puesta?

—Hemos evitado convertir una bandeja mal puesta en un asesino.

El brigadier no respondió.

Delacroix empezó por la puerta comunicante con la 209.

Cerrada.

El picaporte del lado de la 210 giraba, pero el mecanismo interno no liberaba el pestillo.

—Llave.

Fournier probó el llavero.

Ninguna.

Ravel se agachó.

—¿Forzada?

—No parece.

Delacroix miró la parte inferior.

Había una pequeña marca en el suelo, como si la puerta hubiera abierto alguna vez después de que se acumulara polvo junto al zócalo.

No recientemente necesariamente.

Pero sí había abierto.

—Côme estaba al otro lado —dijo Ravel.

—Sí.

—¿Pudo entrar?

—No sabemos.

—Si encontró la copia de la llave.

—No sabemos que la encontrara.

Ravel se incorporó.

—Empiezo a comprender su método. Consiste en arruinar cada frase que digo.

—Solo las que lo merecen.

Registraron el armario.

Vacío a primera vista.

Delacroix pasó los dedos enguantados por la barra.

Polvo.

Excepto en una zona de unos veinte centímetros donde la madera estaba más limpia.

Algo había colgado allí.

En la esquina posterior encontró un hilo.

Oscuro.

Lo colocó sobre una hoja blanca.

Negro o marrón muy profundo.

Atravesado por una hebra rojiza.

Ravel lo vio.

—Cottin.

Delacroix pensó en la fibra hallada bajo las uñas de André.

—Puede ser la misma tela.

—El abrigo de Clémence tenía trama burdeos.

—Sí.

Fournier miró la percha vacía.

—Entonces estuvo aquí.

—Eso ya lo decía el inventario.

—Y alguien lo sacó.

—Sí.

Delacroix revisó el fondo del armario.

Nada.

Después el zócalo.

Un objeto pequeño había quedado encajado entre madera y pared.

Lo extrajo con una pinza.

Botón negro.

Mate.

Ravel soltó aire.

—Igual que el de la escena de Cottin.

Delacroix colocó ambos juntos mentalmente.

Uno en esta habitación.

Uno junto a un hombre muerto.

Misma prenda, probablemente.

La imitación de Hélène dejaba de ser una hipótesis construida con perfume y recuerdos. Existía una pieza de vestuario que había estado almacenada allí, cuyo tejido podía coincidir con la fibra encontrada bajo las uñas de André y cuyos botones parecían corresponder al encontrado en la escena.

La cuestión ya no era si alguien había utilizado un abrigo para parecerse a Hélène.

La cuestión era quién lo había llevado.

—Quiero comparar los botones después —dijo.

Ravel asintió.

—Si son iguales, Darcourt deja de parecer la dueña de la chaqueta rota.

—Sí.

—Y pasa a parecer la persona a la que alguien imita.

—O la persona que utilizó una segunda chaqueta preparada para parecerse a sí misma.

Ravel cerró los ojos.

—Naturalmente.

—No puedo evitar que ambas posibilidades existan.

—Puede dejar de disfrutarlas.

Delacroix no respondió.

No las disfrutaba.

Eso era precisamente el problema.

Siguió con el escritorio.

El primer cajón estaba vacío.

El segundo contenía papel del hotel.

El tercero se atascó.

Fournier intentó tirar.

—No.

Delacroix se agachó.

Algo bloqueaba la parte posterior.

Sacaron el cajón completamente.

Detrás había una pequeña pieza negra de goma.

Redonda.

Aplanada de un lado.

Ravel la tomó con pinzas.

—¿Qué es?

Delacroix no lo sabía.

Fournier sí pareció reconocer la forma.

—Pie.

—De qué.

El gendarme señaló el escritorio.

—Máquina de escribir quizá.

Delacroix sintió el cambio.

La superficie de madera tenía polvo fino.

En el centro se distinguía un rectángulo apenas más limpio.

No demasiado grande.

Lo suficiente para una máquina portátil.

Cuatro puntos circulares marcaban esquinas.

Tres con pequeñas manchas oscuras.

La cuarta, limpia.

Delacroix colocó visualmente la pieza de goma.

Encajaba.

Ravel se inclinó.

—La Remington.

—Puede.

—Desapareció de la habitación de Veyrac.

—Sí.

—Y alguien la utilizó para escribir los mensajes falsos.

—Sí.

El brigadier miró alrededor.

—Entonces la escondieron aquí.

Delacroix apoyó una mano en el escritorio.

Por primera vez la 210 dejó de parecer una habitación vacía.

Había sido un lugar de trabajo.

El abrigo.

El velo quizá.

La máquina.

La llave desaparecida.

Una habitación oficialmente desocupada, comunicada con la de Côme y situada dentro del ala donde todos se movían creyendo conocer qué puertas pertenecían a quién.

Quien la hubiera utilizado no necesitaba vivir allí.

Solo necesitaba que nadie pensara en ella.

—Busque cinta —dijo.

Fournier revisó debajo del escritorio.

Nada.

Ravel examinó la papelera.

Vacía.

Delacroix abrió el pequeño compartimento lateral.

Encontró una caja metálica.

Sin tapa.

Dentro quedaba un trozo muy corto de cinta entintada.

Lo sostuvo contra luz.

Negra.

Seca.

—No demuestra modelo.

—No —dijo Ravel—. Pero empieza a ser mucha casualidad.

—Sí.

La palabra salió distinta.

Ravel lo notó.

No comentó.

En la chimenea había ceniza vieja.

No mucha.

Delacroix se agachó.

—¿Se utilizó esta temporada?

Fournier consultó una pequeña hoja de mantenimiento colocada detrás de la puerta.

—No.

—Entonces esa ceniza no debería estar.

Ravel se acercó.

El carbón estaba frío desde hacía días o semanas.

Delacroix removió con una varilla.

Papel quemado.

Un trozo sobrevivió cerca del borde.

Solo algunas letras.

...MENCE

Clémence.

Otra tira:

...210

Ravel lo miró.

—Instrucciones del vestuario.

—Probablemente.

Había un tercer fragmento.

Mecanografiado.

Solo cinco palabras incompletas.

...doit revenir au lieu...

Debe volver al lugar...

Delacroix sintió el texto falso de Amaury.

El abogado debe volver al lugar de la caída.

No era idéntico.

Pero la estructura.

Acción.

Orden.

Lugar.

Sacó el fragmento con cuidado.

—Ensayaron aquí.

Ravel asintió.

—Con la Remington.

—Sí.

—Entonces tenemos el taller.

La palabra era adecuada.

Una persona había utilizado la 210 para almacenar el disfraz de Hélène, trabajar con la máquina de Veyrac y destruir pruebas. Quizá también para conservar herramientas o instrucciones antes de distribuirlas.

Eso explicaba por qué Côme podía haber resultado tan peligroso si descubrió la habitación o alguna referencia relacionada con ella.

Delacroix miró la puerta comunicante con la 209.

—Quiero saber si Côme abrió esto.

Fournier examinó la cerradura desde el lado de 209 unos minutos después. Entraron por el corredor principal y revisaron la habitación donde el periodista había dormido.

La puerta comunicante mostraba marcas recientes junto al ojo de la cerradura.

No de fuerza.

Arañazos finos.

Côme había podido intentar abrirla con una pluma, una lámina o cualquier objeto.

En la alfombra, cerca del zócalo, encontraron una pequeña pieza de alambre doblada.

Ravel la levantó.

—Periodista.

—Probablemente.

—Entonces sabía que había algo al otro lado.

—O simplemente era incapaz de respetar una puerta cerrada.

Delacroix sonrió muy poco.

Eso también encajaba demasiado bien con Côme.

Sobre la mesa del periodista encontraron una hoja de papel sin texto.

Pero al colocarla inclinada frente a la ventana se apreciaban hendiduras.

Había escrito sobre otra hoja colocada encima.

Fournier trajo grafito.

Delacroix negó.

—No.

—Podemos revelar.

—También podemos destruir.

Ravel llamó a uno de los técnicos que había trabajado antes con documentos.

No era especialista, pero consiguió iluminar lateralmente.

Las marcas permitían leer fragmentos sin tocar.

210

Más abajo:

manteau?

Abrigo.

Y una línea.

machine

Delacroix cerró los ojos.

Côme había llegado.

No sabía cuánto.

Pero había llegado.

La página arrancada o perdida que había estado sobre aquella hoja contenía probablemente la razón por la que luego alguien robó su libreta.

Côme no murió únicamente por comparar a Ariane con Hélène.

Había encontrado el lugar donde parte de la corrección de Veyrac se fabricaba físicamente.

Eso explicaba por qué su muerte se volvió urgente.

—Côme entró —dijo Ravel.

—No sabemos.

—Armand.

Delacroix miró las marcas.

—Intentó entrar. Supo que el abrigo o la máquina podían estar allí. Eso sí.

—Y el asesino supo que él lo sabía.

—Sí.

La certeza empezaba a cambiar la forma del caso.

No era una sucesión de pistas literarias.

Había una logística.

Una habitación.

Objetos.

Preparación.

Y un periodista que leyó demasiado bien no solo textos, sino la geografía del hotel.

Volvieron a la 210.

Delacroix abrió la ventana.

Aire helado.

No había balcón.