Capítulo 25 — Delacroix escribe #4
—Buenas noches.
—Buenas noches.
—Has escrito sobre mí.
Delacroix se quedó quieto.
—He escrito sobre todos.
—No. Has escrito una versión donde yo dejo de ser el centro.
—No sabes eso.
—Sé suficiente.
Delacroix la observó.
Hélène parecía cansada de una forma que no había mostrado hasta entonces. No frágil. Cansada de sostener atención constante.
—¿Te molesta? —preguntó.
—¿Qué?
—Dejar de ser el centro.
Ella sonrió.
—Eso sí es una pregunta de detective.
—Responde.
Hélène pensó.
—Me molesta una mala explicación.
Delacroix sintió la frase.
—Aunque te favorezca.
—Sobre todo si me favorece demasiado.
—Entonces corregirías una versión que te declara inocente.
Ella sostuvo su mirada.
—Si estuviera mal escrita, sí.
Ahí estaba.
No confesión.
Carácter.
Necesidad.
—Buenas noches, Hélène.
—Buenas noches, Armand.
Entró.
Morel ocupó su silla.
Delacroix hizo lo mismo.
Esperó.
No dormía.
A las diez, Bernier cambió turno con Fournier.
A las diez y veinte, Ravel recorrió el corredor.
A las diez y treinta y cinco, el hotel quedó casi completamente silencioso.
Delacroix permanecía vestido.
Sobre su mesa había una segunda copia de la reconstrucción falsa.
No necesitaba mirarla.
Sabía cada palabra.
Había descubierto algo mientras escribía que ninguna conversación le había enseñado: una versión no tenía que ser totalmente falsa para manipular a quien la leyera.
Bastaba con organizar correctamente verdades seleccionadas y colocar entre ellas una conclusión equivocada.
El lector haría el resto porque confiaría en la dirección que él mismo estaba construyendo.
Eso era exactamente lo que el asesino había hecho desde el viernes.
Quizá desde 1919.
Delacroix había tardado seis muertos en aprender a leer de otra manera.
Ahora esperaba que el asesino creyera que todavía no había aprendido lo suficiente.
A las once menos seis, escuchó un ruido.
No pasos.
Una puerta cerrándose muy despacio.
Morel seguía sentado frente a la 211.
Delacroix podía verlo parcialmente desde su habitación.
El gendarme levantó la cabeza.
Nada.
Delacroix no se movió.
Un minuto.
Dos.
Después otra cosa.
Muy leve.
Un sonido metálico desde el fondo del corredor.
No de Hélène.
De la zona de las habitaciones 209 y 210.
Morel volvió a mirar.
Delacroix salió.
—¿Qué ha sido?
—No sé.
La puerta 211 permanecía cerrada.
—Hélène.
Desde dentro:
—Sí.
Delacroix sintió inmediatamente la contradicción.
Hélène estaba allí.
O su voz.
El protocolo antiguo regresó.
Una voz no demostraba posición.
Se acercó a la puerta.
—Abre.
Silencio breve.
Después la puerta abrió.
Hélène estaba delante.
Vestida todavía.
—¿Qué ocurre?
Delacroix la miró.
—Nada.
Ella observó su expresión.
—Ha funcionado algo.
—Vuelve dentro.
—Armand.
—Dentro.
Morel se puso de pie.
Hélène no discutió.
Entró.
Delacroix cerró.
Ravel apareció desde el extremo.
—¿Qué?
—Ruido en la 210.
El brigadier miró la puerta.
—Ahora.
—Sí.
—Darcourt está en su habitación.
—Sí.
—Entonces.
Delacroix sintió el mismo golpe que había sentido con Côme.
No construir imposible.
Una persona podía preparar una consecuencia antes.
Una puerta podía moverse mediante hilo.
Un objeto caer con retraso.
Un ruido no demostraba presencia.
Ya lo sabían.
—No entramos —dijo.
Ravel lo miró como si hubiera perdido la paciencia definitivamente.
—Monsieur Delacroix.
—No todavía.
—Acabamos de escuchar algo dentro de una habitación que cree vinculada con seis asesinatos.
—Precisamente.
—Y la principal sospechosa está vigilada.
—Precisamente.
Ravel cerró los ojos.
—Explíqueme esa palabra.
Delacroix miró la 210.
La puerta seguía cerrada.
Nada debajo.
Nada en el picaporte.
—Si entramos ahora, reaccionamos al ruido. Si alguien preparó ese ruido para que entráramos, obedecemos otra vez.
—Y si hay una persona.
—La única persona del grupo original que queda arriba está detrás de esa puerta.
Señaló la 211.
—Entonces no puede ser ella.
Delacroix no respondió.
Ravel lo miró.
—Sigue sospechando.
—Sí.
—Aunque estaba allí.
—Sí.
El brigadier soltó aire.
—¿Qué hacemos?
Delacroix observó el corredor vacío y sintió que la habitación 210 acababa de transformarse en algo más que un cebo. Hasta hacía un minuto era una mentira que él había escrito para un lector concreto. Ahora había respondido.
Eso podía significar que Hélène había preparado algo antes.
Podía significar que alguien más había tocado la habitación.
Podía significar que simplemente una tubería, una madera o un objeto mal colocado acababa de moverse.
La diferencia estaba en no permitir que el deseo de que la trampa funcionara fabricara evidencia por su cuenta.
—Esperamos diez minutos —dijo.
Ravel lo miró.
—Diez.
—Sí.
—Y después.
Delacroix observó la puerta cerrada de Hélène.
Luego la 210.
—Después abrimos la habitación vacía.
No sonrió.
Esta vez no había satisfacción en conseguir que la historia avanzara hacia donde él quería.
Porque, si había aprendido algo de Veyrac y de Hélène, era que el momento más peligroso para un autor llegaba precisamente cuando empezaba a creer que el lector ya no tenía otra página posible.