Capítulo 25 — Delacroix escribe #3
—El sistema.
—Hay dos técnicos.
—No conocen esta estación como yo.
—Eso deja de ser tu problema.
Rémi lo miró.
—Géraud diría lo mismo.
—Géraud está muerto porque no supo dejar que un problema técnico perteneciera a otro durante cinco minutos.
El técnico bajó la mirada.
Después asintió.
—Bien.
En la biblioteca, Ravel regresó.
El interrogatorio continuó.
A las cuatro y treinta y uno terminó.
Hélène salió.
Pasó junto a Delacroix.
—Mireille.
Él se detuvo.
—¿Qué?
—Eso es lo que has decidido.
No era pregunta.
Delacroix sintió que el informe había funcionado al menos hasta allí.
—No he decidido nada.
—Has encontrado el abrigo de Clémence desaparecido, una habitación donde estuvo guardado y ahora crees que alguien utilizó mi papel para incriminarme. Mireille preparó la ropa. Mireille conocía los mecanismos. Mireille sabía abrir puertas.
Delacroix la miró.
—Y estaba abajo cuando murieron Côme y André.
—Por eso has dividido al asesino.
Silencio.
Hélène sonrió.
—1919, preparación y primeros crímenes por un lado. Últimas muertes por otro. Quizá incluso un cómplice.
Era buena.
Demasiado.
Pero no había leído más que fragmentos.
O estaba reconstruyendo lo que Delacroix quería que reconstruyera.
—Eso sería una teoría bastante mala —dijo.
—Estás cansado.
—Gracias.
—Y quieres que yo sea inocente.
La frase golpeó exactamente donde debía.
Delacroix permitió que se notara una pequeña irritación.
No demasiado.
—No confundas nada.
Hélène lo observó.
—Entonces sí has cambiado de dirección.
—Buenas tardes.
Ella no se movió.
—La 210.
Delacroix la miró.
—¿Qué pasa con ella?
—Côme estaba al lado.
—Sí.
—La puerta comunicante.
—Sí.
—¿La abristeis?
—No.
Hélène permaneció quieta.
Ahí estaba.
Interés.
Real.
Quizá inocente.
Cualquiera querría saber qué podía haber en una habitación vacía junto a la de un hombre asesinado.
—¿Por qué no? —preguntó.
Delacroix se encogió de hombros.
—No quiero contaminar otra escena antes de que bajen más personas.
—Eso no tiene sentido.
—Ravel piensa igual.
Ella miró hacia el brigadier.
Ravel fingió revisar notas.
—Entonces hay algo.
—No lo sé.
—Armand.
—¿Qué?
—Estás utilizando exactamente la clase de frase que utilizas cuando sí sabes.
Delacroix sonrió.
—Tal vez estoy aprendiendo.
Hélène lo observó durante varios segundos.
Después se marchó con Morel.
No había ido a la 210.
Naturalmente.
No esperaba que lo hiciera delante de todos.
Rémi descendió a las cinco y veinte.
Antes de entrar en la cabina se acercó a Delacroix.
—Si es Hélène.
Delacroix levantó una mano.
—No.
—Solo iba a decir...
—Precisamente.
Rémi sonrió cansado.
—Bien.
—Baja.
—Eso hago.
—Vivo.
El técnico lo miró.
—Eso también.
La cabina se cerró.
Rémi levantó una mano detrás del cristal.
Delacroix respondió.
Después desapareció.
Ahora, de los once originales que habían quedado atrapados el viernes, solo dos permanecían arriba con Delacroix.
No.
Uno.
Hélène.
Mireille abajo.
Thérèse abajo.
Rémi descendiendo.
Los seis muertos.
Y Delacroix.
El círculo había terminado sin que el caso lo hiciera.
La sensación era extraña. Durante días había temido que el hotel se vaciara mediante asesinatos. Ahora lo estaba vaciando él mismo y, al hacerlo, retiraba poco a poco los escondites humanos detrás de los cuales podía ocultarse una explicación.
Cuando Rémi llegó abajo, quedarían en el Grand Hôtel des Cimes Hélène, Delacroix, Ravel, varios gendarmes, Lenoir y los técnicos.
Si ocurría algo más, ya no habría un reparto amplio donde perderse.
Hélène lo sabía.
A las seis, Ravel recibió confirmación del descenso.
—Colas está abajo.
Delacroix asintió.
—Bien.
—Ahora qué.
—Esperamos.
—¿Cuánto?
—Hasta que Hélène piense que vamos a cenar.
Ravel lo miró.
—No parece un plan policial.
—Por suerte no lo es.
La cena fue sencilla.
Hélène comió bajo vigilancia.
No habló demasiado.
Eso inquietó a Delacroix más que sus ironías.
Morel permaneció siempre cerca. Ravel había dejado visible la llave principal de la 210 dentro de una pequeña bolsa sellada sobre recepción.
La copia de servicio seguía desaparecida.
Ese era el verdadero acceso.
Si Hélène la tenía, la principal no importaba.
A las siete y cuarto, Delacroix cometió su error.
Lo hizo delante de ella.
Ravel le pidió la reconstrucción provisional.
Delacroix tocó la chaqueta.
Después miró hacia la biblioteca.
—La dejé dentro.
Hélène levantó la vista.
Pequeño.
Ravel siguió el papel.
—¿Dónde?
—Sobre la mesa.
—Con los documentos.
—Sí.
El brigadier soltó una maldición baja.
Delacroix fingió irritación.
—Morel.
El gendarme se levantó.
—Voy.
—No. Quédate con madame Darcourt. Bernier puede.
Bernier fue.
Volvió con la carpeta.
—Todo.
Delacroix revisó superficialmente.
—Sí.
Hélène no dijo nada.
La pequeña escena contenía el mensaje que él necesitaba: los documentos importantes seguían moviéndose, el control no era perfecto y la 210 aún no había sido abierta.
Después de cenar, Ravel anunció que Hélène pasaría la noche en la habitación 211 con Morel sentado en el corredor y Bernier en el extremo. La puerta permanecería cerrada, no abierta. Más digno. Más seguro.
Hélène lo aceptó.
Delacroix fue a la 214.
También bajo vigilancia.
No porque Ravel sospechara seriamente de él.
Porque el brigadier había decidido que nadie que llevara cuatro días dentro de aquel hotel merecía libertad completa hasta la mañana.
Delacroix no protestó.
A las nueve menos cuarto, Hélène estaba en su puerta.
Morel detrás.