Capítulo 25 — Delacroix escribe #2
—Entonces por qué crees que lo hago.
—Porque has encontrado algo que te permite fingir que sabes qué hay.
Delacroix sintió una irritación casi agradable.
Hélène seguía leyendo.
No la habitación.
A él.
—Y si no fuera una trampa.
—Entrarías ahora.
—Puede que Ravel no me deje.
Hélène miró al brigadier.
—Le dejará.
Ravel levantó las manos.
—No quiero formar parte de esto.
—Ya forma —dijo Delacroix.
Hélène volvió hacia él.
—Vas a escribir.
La frase lo sorprendió.
—¿Qué?
—No puedes decírmelo directamente porque sabría que es mentira. No puedes dejar otra nota anónima porque sería ridículo. Así que vas a escribir una reconstrucción para Ravel y confiar en que yo consiga leer la parte que no debería.
Delacroix se quedó quieto.
Hélène sonrió.
—Eso haría yo.
El problema no era que hubiera adivinado el método.
El problema era que Delacroix llevaba media hora pensando exactamente en eso.
Se marchó sin responder.
Hélène rió detrás.
Muy poco.
Ravel lo siguió.
—La sospechosa acaba de explicarnos nuestra estrategia.
—No.
—Ha descrito bastante bien lo que estaba pensando.
—Por eso no haremos exactamente eso.
—¿Qué haremos?
Delacroix caminó hacia la biblioteca.
—Escribir.
Ravel cerró los ojos.
—Naturalmente.
La mesa de la biblioteca todavía conservaba algunos documentos de Ariane y Veyrac. Delacroix los apartó. Pidió papel del hotel y una pluma.
Ravel se sentó enfrente.
—¿Qué pretende escribir?
—La verdad.
—Eso sería refrescante.
—No toda.
—Ah.
Delacroix apoyó la pluma sobre el papel.
Durante unos instantes no escribió nada.
Había interrogado a cientos de personas, reconstruido crímenes, perseguido errores, leído cartas y obligado a otros a ordenar sus recuerdos.
Escribir una versión completa resultaba distinto.
Una frase escrita no desaparecía cuando terminaba la conversación.
Elegir qué hecho iba primero daba peso. Omitir una duda podía convertir una posibilidad en certeza.
Utilizar un verbo en lugar de otro podía hacer que un hombre pareciera actuar o reaccionar.
Veyrac lo había sabido.
Hélène lo sabía profesionalmente.
Delacroix entendió que, si iba a escribir para que el asesino leyera, debía aprender la diferencia entre mentir y dirigir.
Empezó.
RECONSTRUCCIÓN PROVISIONAL — GRAND HÔTEL DES CIMES
A. DELACROIX
Ravel observó.
Delacroix escribió sobre 1919 primero.
No identificó asesino.
Describió la lesión de Ariane, la caída, el mecanismo de sangre falsa, la página desaparecida y el error colectivo de interpretar un homicidio como parte de un juego. Después pasó a 1930.
Édouard Veyrac descubrió a finales de 1929 documentación suficiente para demostrar que parte sustancial del manuscrito de Ariane Lécuyer había sido utilizada posteriormente por Hélène Darcourt.
No había establecido con certeza la autoría del homicidio de 1919.
Diseñó “La última página” para reconstruir reacciones y obtener una confesión o contradicción.
Ravel levantó la vista.
—Eso lo cree.
—Sí.
Siguió.
Veyrac fue asesinado porque el juego podía conducir hacia información peligrosa. Los homicidios posteriores no responden a una lista predeterminada. Cada víctima se convirtió en amenaza por un descubrimiento nuevo.
Amaury.
Géraud.
Octave.
Côme.
André.
No escribió nombres de sospechosos todavía.
Después llegó a la visita del once de enero.
Aquí debía elegir.
La pluma se detuvo.
Ravel lo observó.
—¿Qué va a mentir?
—Esto.
Escribió:
La segunda visitante no fue Hélène Darcourt.
Ravel levantó la cabeza.
—No sabe eso.
—No.
—Entonces por qué afirmarlo.
—Porque si Hélène es inocente, no cambia nada. Si es culpable, acaba de leer que la investigación ha cometido el error que necesita.
Ravel miró hacia la puerta.
—Pero Darcourt ya sabe que sospecha de ella.
—Sí. Por eso una simple absolución no funcionaría. Necesito darle una razón concreta para creer que he cambiado de opinión.
Continuó.
El billete del funicular a nombre de H. Duret, la diferencia de firma, el uso de un abrigo de utilería correspondiente al personaje de Clémence y las inconsistencias materiales halladas tras la muerte de Cottin indican una suplantación preparada.
—Eso es defendible —dijo Ravel.
—Precisamente.
—Pero puede ser falso.
—Sí.
La verdadera segunda visitante utilizó elementos destinados originalmente al papel de Hélène dentro del juego para construir una identidad reconocible sin reproducirla exactamente.
Delacroix dejó la pluma.
Ravel leyó.
—A quién apunta.
—A Mireille.
—Está abajo y no pudo matar a Valençay ni a Cottin.
—No he escrito su nombre.
—Pero Darcourt lo pensará.
—Quizá.
Ravel lo miró.
—Está dejando que crea que ha vuelto a Mireille.
—Sí.
—Después de que ella quede prácticamente exonerada de los dos últimos crímenes.
—Eso es lo que hará la mentira creíble.
Ravel frunció el ceño.
Delacroix explicó: si simplemente declaraba inocente a Hélène, ella vería una trampa.
Si en cambio parecía haber cometido un error más humano —aferrarse al vestuario de Mireille y separar los últimos crímenes como reacciones de otra persona o cómplice—, la conclusión podía parecer fruto de confusión, cansancio y exceso de pistas.
Un investigador brillante no debía fingir ser estúpido; eso era demasiado visible.
Bastaba con parecer equivocado por una razón razonable.
Ravel guardó silencio.
—No sé si esto me gusta.
—A mí tampoco.
—Entonces por qué sonríe.
Delacroix dejó de hacerlo.
—Porque empiezo a entender por qué los novelistas son insoportables.
Siguió escribiendo.
La pieza material decisiva no es la firma del 11 de enero, sino el conjunto de objetos utilizados para la suplantación. Parte de ese vestuario fue almacenado originalmente en la habitación 210.
La pluma se detuvo.
Ravel levantó la vista.
—Ahora la habitación.
—Sí.
La 210, comunicada con la habitación ocupada por Côme Valençay, no fue registrada de forma adecuada después de conocerse la desaparición de su libreta.
Existen razones para creer que Côme entró en ella antes de su muerte y dejó allí una segunda copia de sus notas, junto con una referencia a la página 73 del manuscrito de Ariane.
Ravel dejó escapar aire.
—Eso es completamente falso.
—Sí.
—Côme nunca entró, que sepamos.
—Exacto.
—Y no existe segunda copia.
—La que conoce el asesino, no.
Delacroix añadió una última frase.
No registraré la 210 hasta que Cottin y Colas hayan descendido y la custodia exterior permita hacerlo sin riesgo de pérdida de evidencia.
Ravel leyó.
—Eso significa que deja unas horas.
—Sí.
—Y espera que alguien intente entrar antes.
—No exactamente.
—Entonces qué.
Delacroix dejó la pluma.
—Espero que el asesino crea que dentro hay algo que yo todavía no he visto.
—Eso es intentar que entre.
—Sí.
—Acaba de decir no exactamente.
—Quería comprobar que seguía atento.
Ravel lo miró.
—Cada vez me cae peor.
—Eso me preocupa menos de lo que debería.
El brigadier señaló la hoja.
—Darcourt ya predijo que escribiría algo.
—Sí.
—Entonces sabrá que puede ser trampa.
—También.
—Y aun así cree que actuará.
Delacroix pensó antes de responder. Si Hélène era culpable, no reaccionaría porque una hoja le ordenara hacerlo.
Reaccionaría únicamente si el contenido tocaba algo que ella supiera real.
La habitación 210 debía tener algún vínculo auténtico con la preparación: el abrigo había estado allí, la llave faltaba y se comunicaba con Côme.
Delacroix no necesitaba que creyera la mentira completa. Solo que dudara de cuánto sabía él.
—No necesito que crea que el informe es verdadero —dijo—. Necesito que no pueda estar segura de que es falso.
Ravel apoyó la espalda.
—Eso sí me preocupa.
—A mí también.
—¿Por qué?
—Porque si Hélène es culpable, ésa es exactamente la clase de duda que lleva cuatro días imponiéndonos.
Delacroix firmó.
No terminó allí.
Preparó una segunda página, ésta verdadera y privada para Ravel.
CONTROL:
— 210 no se abre.
— llave principal permanece en recepción bajo sello visible.
— acceso al corredor oeste vigilado desde ambos extremos, pero dejar intervalo visual breve y deliberado.
— ningún agente entra en 210 salvo orden.
— Hélène no debe quedar sin vigilancia directa.
— Si intenta dirigirse a 210, no intervenir inmediatamente salvo riesgo.
— Rémi desciende antes de la noche.
— No utilizar a ninguna persona como cebo.
Ravel leyó la penúltima línea.
—Si Darcourt está vigilada directamente, no podrá ir a la habitación.
—Ésa es la dificultad.
—Entonces su plan se contradice.
—No si conseguimos que ella crea que hay un hueco.
Ravel lo miró.
—No me gusta hacia dónde va.
—A mí tampoco.
Delacroix dobló la reconstrucción falsa y la colocó dentro de una carpeta junto con documentos auténticos.
No la dejaría abandonada de manera teatral.
Hélène detectaría aquello antes de leer el título.
En cambio, pidió que Ravel la utilizara durante el segundo interrogatorio de la tarde, la mantuviera a la vista y saliera un momento a consultar con Fournier dejando a Morel dentro.
Morel tendría instrucciones de no permitir que Hélène tocara la carpeta.
—Entonces no puede leerla.
—Puede leer el encabezado y quizá dos párrafos si está bien colocada.
—Eso parece poco.
—Es suficiente.
—Y después.
—Yo cometeré un error.
Ravel lo miró.
—Empiezo a pensar que ésa es la parte que más ha practicado.
Delacroix ignoró.
El interrogatorio comenzó a las cuatro y diez.
Hélène entró acompañada por Morel.
Ravel estaba sentado frente a ella.
Delacroix no participó.
Eso también importaba.
Permaneció fuera, visible a través de la puerta abierta de la biblioteca durante los primeros minutos, hablando con Rémi sobre su descenso. La carpeta estaba delante de Ravel. El título podía leerse desde la silla de Hélène si inclinaba ligeramente la cabeza.
RECONSTRUCCIÓN PROVISIONAL.
No vio si lo hacía.
Mejor.
A las cuatro y diecisiete, Fournier llamó a Ravel desde el corredor.
El brigadier salió.
Morel permaneció dentro.
Hélène no se movió.
Delacroix continuó hablando con Rémi.
—No quiero irme todavía —dijo el técnico.
—Vas a bajar.