Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 25 — Delacroix escribe
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Capítulo 25 — Delacroix escribe

El abrigo no estaba.

Armand Delacroix contempló durante varios segundos el hueco vacío entre dos vestidos de noche y una capa negra de terciopelo antes de aceptar que aquel resultado le interesaba más que si hubiera encontrado exactamente lo que buscaba.

El depósito de utilería ocupaba una antigua habitación del tercer piso, dos puertas más allá del corredor que habían registrado dos días antes.

Mireille Ségur había almacenado allí parte del material voluminoso que no necesitaba mantener en su baúl personal: ropa, marcos, cajas, tejidos, falsas armas, piezas de mobiliario y una cantidad de objetos que, fuera de un teatro o del Círculo de Medianoche, habrían permitido diagnosticar una forma muy específica de locura.

Ravel sostenía el inventario preparado por Mireille en diciembre.

—«Abrigo femenino de viaje, lana negra con trama burdeos, seis botones de pasta mate, velo gris oscuro» —leyó—. ¿Éste?

—Sí.

Delacroix señaló la percha vacía.

Del otro lado colgaba una etiqueta con el número diecisiete.

La misma cifra aparecía en el inventario.

El abrigo había existido.

Ya no.

El brigadier miró las demás prendas.

—Puede haberlo bajado madame Ségur.

—No.

—¿Por qué?

—Porque cuando Mireille descendió llevaba su propio abrigo y una sola maleta pequeña. Además, este inventario fue hecho antes de nuestra llegada y ella no ha tenido acceso al tercer piso desde que lo cerramos.

Ravel pasó otra página.

—Podría haberse utilizado durante el juego y quedar en otra habitación.

—Sí.

—Entonces no sabemos que tenga relación con la visita del once de enero.

—No.

Ravel lo miró con cansancio.

—Empieza a irritarme que responda que no precisamente cuando creo que estamos avanzando.

—A mí me irritaría más que dijera sí sin saberlo.

—Eso también.

Delacroix examinó el resto.

Velo gris oscuro.

Faltaba.

Caja de cerillas teatrales largas.

Quedaban dos de tres.

Un pequeño atomizador de perfume destinado a una escena.

Vacío.

—Perfume —dijo.

Ravel se acercó.

La etiqueta manuscrita decía:

Clémence — violette / iris.

Delacroix sintió inmediatamente el nombre.

Clémence.

El personaje interpretado por Hélène.

—El vestuario era suyo dentro del juego.

—Del personaje —corrigió Ravel.

—Sí.

—Entonces si alguien quisiera hacerse pasar por Darcourt...

—Tendría aquí una versión preparada de ella.

Ravel observó la percha vacía.

—O Darcourt utilizó su propio vestuario ficticio para venir sin ser reconocida abajo y dejar que Cottin la reconociera arriba.

Delacroix asintió.

Era exactamente la explicación que más le preocupaba.

Hélène no necesitaba hacerse pasar por otra mujer.

Podía haber hecho algo más inteligente: comprar el billete como H.

Duret, cubrirse con el abrigo, el velo y un perfume asociado a su propia presencia, y aprovechar que Veyrac había avisado al hotel de que ella volvería.

André no habría identificado un rostro con claridad.

Habría identificado una expectativa. Una mujer alta, de voz baja, vestida de modo compatible, que sabía que él la esperaba y utilizaba el nombre correcto una vez arriba.

Después, si la visita llegaba a investigarse, quedaría una imperfección deliberada en cada registro.

No exactamente su firma.

No exactamente su nombre.

No exactamente su ropa.

Suficiente para negar.

Suficiente para insinuar una suplantación.

Delacroix sintió que la idea encajaba demasiado bien con la forma en que alguien había trabajado durante todo el fin de semana: no fabricar una mentira completa, sino una verdad ligeramente desplazada que pudiera defender dos lecturas.

—Quiero saber dónde debía utilizarse este abrigo en el juego —dijo.

—Mireille está abajo.

—En el inventario habrá escena.

Buscaron.

Número diecisiete.

Una nota lateral:

Clémence — llegada ficticia / visitante bajo identidad falsa. Escena cancelada por E.V. 16/12. Guardar OUEST 210 hasta nuevo aviso.

Delacroix se quedó inmóvil.

Ravel leyó otra vez.

—Oeste doscientos diez.

La habitación comunicante con la de Côme.

Delacroix recordó el primer registro del hotel.

Côme Valençay ocupaba la 209. La 210 estaba vacía y comunicaba con ella mediante una puerta que habían encontrado cerrada.

No le habían concedido importancia porque el hotel contenía más de cien habitaciones vacías y aquella no ofrecía nada a simple vista.

Precisamente.

—La ropa se guardó en la 210 —dijo Ravel.

—Al principio.

—Entonces vamos.

Delacroix no se movió.

Ravel ya conocía aquella expresión.

—No.

—¿Por qué no?

Delacroix miró el inventario.

—Porque llevamos cuatro días entrando en lugares después de que alguien haya decidido que debemos entrar.

—Ahora la decisión es nuestra.

—Eso quiero comprobar.

—No entiendo.

Delacroix tomó la hoja y volvió a leer la anotación de Mireille.

El abrigo debía permanecer en la 210 hasta nuevo aviso.

Si alguien lo había retirado antes de la segunda visita al hotel, había tenido que conocer aquella ubicación.

Veyrac. Mireille. Quizá Hélène, si la escena de Clémence le había sido explicada antes de cancelarla.

También podía haberlo descubierto cualquiera con acceso al depósito, pero el círculo empezaba a estrecharse.

La 210 tenía otra particularidad: estaba al lado de Hélène y comunicada con la habitación donde Côme había dormido.

Un cuarto vacío dentro del corredor vivo.

Un espacio que nunca había pertenecido oficialmente a nadie.

—¿Se registró bien la 210? —preguntó.

Ravel consultó sus notas.

—El primer día, superficialmente.

—Antes de que supiéramos qué buscábamos.

—Sí.

—Después.

—No.

—¿Por qué?

Ravel cerró el cuaderno.

—Porque estaba cerrada y vacía.

Delacroix lo miró.

El brigadier soltó aire.

—Ya sé.

Lo que ya habían tocado.

O lo que habían decidido que no merecía tocarse.

—La puerta comunicante con 209 —dijo Delacroix—. ¿Se abrió durante el registro de Côme?

—No.

—La llave.

—Cottin dijo que estaba cerrada desde fuera de servicio.

—No pregunté eso. Pregunté dónde está la llave.

Ravel lo miró.

No lo sabían.

Bajaron.

Hélène seguía bajo vigilancia directa en el pequeño salón. No levantó la vista cuando Delacroix pasó, aunque él tuvo la impresión de que sabía exactamente cuánto tiempo había estado arriba y con qué clase de descubrimiento regresaba.

Rémi permanecía en la estación con los técnicos.

La evacuación de Thérèse había terminado correctamente y la cabina regresaba.

Ravel había decidido que Rémi sería el siguiente miembro original en bajar, acompañado por un técnico que pudiera después mantener parte del funcionamiento desde el punto inferior.

Delacroix aceptó. Cuantas menos personas quedaran expuestas a la investigación, mejor.

Pidieron los registros de llaves.

André los había mantenido con una disciplina casi obsesiva.

Habitación 210.

Llave principal en recepción.

Una copia de servicio.

La copia debía estar en el llavero general.

No estaba.

Ravel revisó dos veces.

—Falta.

Delacroix no sintió sorpresa.

Aquello empezaba a ser un lujo que el hotel no le ofrecía.

—¿Desde cuándo?

—No consta préstamo.

—Entonces alguien la retiró sin registrarlo.

—O Cottin perdió una llave.

Delacroix miró al brigadier.

—André anotaba incluso cuando una visitante le pedía revisar un cuadro de campanas.

—Sí.

—No me parece un hombre que pierda una llave y decida olvidarlo.

Ravel dejó el llavero.

—Darcourt tuvo acceso a llaves maestras durante la primera visita.

—Sí.

—Mireille también en diciembre.

—Sí.

—Veyrac.

—Sí.

Los muertos continuaban participando demasiado.

Delacroix fue hasta el salón.

Hélène cerró el libro.

—¿Qué falta ahora?

Él se detuvo.

—¿Cómo sabes que falta algo?

—Has regresado con cara de objeto desaparecido.

Morel miró a uno y otro.

Delacroix empezaba a preguntarse qué impresión darían aquellas conversaciones a un hombre que no hubiera pasado cuatro días aprendiendo su idioma particular.

—La llave de la 210.

Hélène parpadeó.

Una reacción mínima.

Real.

—Côme.

—La habitación comunicante.

—Sí.

—¿Qué pasa con ella?

—¿Entraste durante tu visita del cuatro de enero?

Hélène pensó.

—No recuerdo.

—La escena de Clémence debía utilizar un abrigo guardado allí.

La expresión cambió.

Esta vez sí había reconocimiento.

—El abrigo negro.

—Lo recuerdas.

—Claro. Mireille quería hacer una estupidez con un velo.

—Qué estupidez.

—Mi personaje debía aparecer como una visitante que fingía ser otra persona. Édouard eliminó la escena porque decía demasiado pronto que el juego trataría sobre identidades y versiones.

Delacroix sintió la ironía.

—Probaste el abrigo.

—En París.

—¿Dónde quedó?

—Mireille lo trajo aquí.

—En la 210.

—Eso no lo sabía.

—Seguro.

Hélène lo miró.

—No recuerdo que me dijeran el número.

—No es lo mismo.

—No.

—El abrigo ha desaparecido.

Ella no respondió.

—También el velo.

—Entiendo.

—Y falta una caja de cerillas largas.

—Entiendo.

—Y el atomizador asociado a Clémence está vacío.

Hélène lo miró durante varios segundos.

—Quieres que diga que alguien utilizó mi propio personaje para hacerse pasar por mí.

—Es una posibilidad.

—O que yo lo utilicé.

—También.

Ella sonrió sin humor.

—Por fin dejas de ofrecerme únicamente la versión amable.

—Nunca te ofrecí una.

—Durante bastante tiempo sí.

Delacroix no respondió.

Hélène miró hacia el corredor.

—¿Habéis abierto la 210?

—No.

Esa sí provocó algo.

No miedo.

Interés.

—¿Por qué?

—Porque quiero pensar antes.

—Eso es nuevo.

—Gracias.

—Si falta la llave y el abrigo estaba allí, deberías entrar.

—Precisamente.

Hélène lo estudió.

—Vas a utilizarla.

Delacroix sintió que la conversación se volvía más peligrosa.

—¿Qué?

—La habitación.

—No sé de qué hablas.

—Armand.

Morel permanecía a tres pasos.

Hélène se inclinó ligeramente hacia delante.

—Ya intentaste cuatro informaciones falsas y te salió mediocre. Ahora has encontrado un espacio que el asesino puede creer importante y no quieres abrirlo porque prefieres convertirlo en cebo.

Delacroix la observó.

—Estás muy segura de que no hay nada dentro.

—No he dicho eso.

—Pero si hubiera algo real, esperar sería irresponsable.

—Exactamente.