Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 24 — Ariane #6
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Capítulo 24 — Ariane #6

Cuando quedó solo, Delacroix volvió a mirar la reconstrucción de Ariane.

La secuencia era imperfecta, dependía todavía de recuerdos viejos y tenía un hueco en el momento exacto del ataque, pero ya no necesitaba imaginar un accidente.

Una persona había golpeado a Ariane, la página había desaparecido y el juego había convertido el descubrimiento en una demora fatal y después en una explicación cómoda.

El crimen actual, en cambio, había hecho algo parecido a mayor escala: utilizó otro juego, otro hotel, otros documentos y otras expectativas para controlar lo que todos creían estar viendo.

La semejanza no podía ser casual.

Quien estaba matando ahora había aprendido algo fundamental de 1919: una escena no necesita ser falsa si consigues que los espectadores la interpreten mal.

Delacroix tomó una hoja limpia.

Durante un largo rato no escribió nombres.

Solo una frase.

En ambos casos, el asesino no fabrica la realidad. Fabrica la lectura.

La observó.

Después añadió:

Y necesita corregir cada lectura que se aproxima demasiado a la verdad.

Hélène hacía eso al hablar.

También un novelista.

También Veyrac.

También Delacroix, desde que había empezado a mentir.

La característica no bastaba.

Necesitaba algo que solo pudiera hacer el asesino.

No una frase.

No un motivo.

No una coincidencia.

Un error.

Pensó en André.

El crimen más precipitado.

La visita del once.

El botón que parecía de Hélène pero no era.

La fibra que parecía su ropa pero no era.

La firma que parecía suya pero no era.

Si alguien llevaba días incriminando a Hélène, ¿por qué habría que hacerlo si Hélène era realmente la asesina?

Podía ser sobrepreparación.

Podía ser ella sembrando pruebas imperfectas para luego desacreditarlas.

Eso exigía una mente extraordinariamente retorcida.

No imposible.

Pero quizá estaban mirando la dirección equivocada.

Delacroix sintió una resistencia interior.

No quería abandonar Hélène como sospechosa.

Eso era bueno.

Significaba que no la estaba protegiendo.

Pero tampoco debía aferrarse a ella porque ya había invertido demasiado pensamiento en hacerla encajar.

Tomó otra hoja.

Escribió los nombres de los cuatro supervivientes originales que seguían siendo relevantes para el crimen actual.

Hélène.

Mireille.

Thérèse.

Rémi.

Mireille estaba abajo durante Côme y André.

Thérèse abajo durante André.

Rémi tenía la conclusión de Géraud a su favor y coartada bastante sólida en varios momentos, aunque no todos.

Hélène quedaba.

La lógica volvía una y otra vez.

No por dramatismo.

Por eliminación.

Pero la escena de André incluía fibra y botón que no coincidían exactamente con ella.

¿Y si esas piezas no eran falsas?

¿Y si pertenecían al verdadero asesino y ellos las estaban comparando con la persona equivocada?

Delacroix se quedó inmóvil.

Fibra oscura con hilo rojizo.

Botón negro mate.

No Hélène.

¿Quién vestía algo así?

Repasó mentalmente.

Rémi llevaba chaqueta de trabajo marrón oscura.

No.

Thérèse, abrigo granate.

Abajo.

Mireille...

Trajes oscuros. Utilería.

Abajo.

André.

Uniforme.

Gendarmes.

Ravel.

Fournier.

Bernier.

Morel.

No.

No podía introducir al exterior.

Entonces tal vez la fibra pertenecía a una prenda de servicio.

Un disfraz.

Un abrigo utilizado durante la visita del once.

Delacroix sintió el hilo.

La segunda visitante vestía abrigo oscuro, velo, perfume de Hélène.

Una imitación.

¿Dónde estaba esa ropa ahora?

Quizá todavía en el hotel.

El asesino podía haber conservado el disfraz utilizado para preparar la visita.

O partes.

Eso explicaría botón y fibra parecidos pero no iguales a Hélène.

No eran pruebas para incriminarla durante la muerte de André.

Eran residuos reales de la misma prenda con la que alguien se hizo pasar por ella el once de enero.

Delacroix se levantó.

Ravel estaba en el corredor.

—Necesito los depósitos de vestuario y utilería.

El brigadier frunció el ceño.

—¿Por qué?

—La ropa de la segunda visita.

—Cree que sigue aquí.

—No sé.

—Entonces.

Delacroix tomó la nota de André y el fragmento del registro.

—Si alguien se hizo pasar por Hélène, necesitó abrigo, velo, perfume y quizá una prenda oscura. Si esa misma persona mató a André y llevaba algo de aquello, la fibra no está imitando a Hélène. Está diciendo quién era la falsa Hélène.

Ravel comprendió.

—Mireille tiene vestuario.

—Sí.

—Pero estaba abajo.

—Ahora. No el once de enero.

—Entonces vuelve a sospechar de ella.

Delacroix negó.

—No todavía. Quiero la ropa.

Ravel llamó a dos hombres.

Delacroix miró hacia el piso superior.

El hotel parecía ya casi vacío.

Pero todavía guardaba habitaciones cerradas.

Baúles.

Utilería.

Ropa.

Objetos que llevaban días considerando parte del decorado.

Otra vez.

Lo que ya habían tocado.

O lo que todavía no.

Delacroix sintió que la siguiente pieza no estaría en un recuerdo.

Estaría en una habitación.

Esperando.

Quizá desde antes de que llegaran.

Y por primera vez desde que Ariane volvió a morir sobre la mesa, tuvo la sensación de que el caso acababa de abandonar el pasado.

La historia ya estaba escrita.

Ahora necesitaba encontrar quién había conservado el vestuario para interpretarla otra vez.