Capítulo 24 — Ariane #5
Alguien que conocía la escena y que estaba presente en 1919.
Amaury.
Octave.
Thérèse.
Mireille.
Hélène.
Veyrac.
¿Quién tenía motivo?
Amaury, ninguno claro.
Octave, ninguno.
Thérèse, ninguno.
Mireille, ninguno.
Veyrac, quizá proteger el Círculo.
Hélène, motivo fuerte.
La lógica regresaba a ella.
Pero la puerta.
—Hélène podía haber salido por gabinete —dijo Ravel.
—Sí.
—Y regresar por corredor.
—Sí.
—Tiempo.
Delacroix calculó sobre plano.
Más de un minuto.
Mireille vio cerrar puerta y casi inmediatamente dobló la esquina y vio a Hélène levantándose.
No daba.
—No.
Ravel lo miró.
—Seguro.
—Si la descripción temporal de Mireille es correcta, no hay tiempo.
—Memoria de once años.
—Exacto.
Otra vez.
Nada podía apoyarse únicamente allí.
Delacroix se sintió agotado.
No por falta de pistas.
Por exceso de piezas que podían girarse.
Entonces vio algo en el plano.
El gabinete tenía una pequeña ventana interior hacia la escalera.
Un observatorio del juego.
Veyrac y Mireille la utilizaban para efectos.
Alguien dentro podía ver a Ariane y a Hélène llegar sin salir.
La puerta que Mireille vio cerrarse podía no ser la salida del asesino.
Podía ser alguien ocultándose.
O abandonando un puesto de observación.
—Esto no resuelve —dijo.
Ravel soltó aire.
—Gracias.
Delacroix sonrió apenas.
—Pero cambia otra cosa.
—¿Qué?
—El asesino de Ariane no necesitaba saber cuándo llegaban los demás por casualidad. El gabinete permitía observar.
—Entonces esperaba.
—Sí.
Una persona podía discutir con Ariane en la escalera, golpearla, ver el resultado y, al oír pasos, entrar al gabinete. Desde allí observar a Hélène llegar, verla confundirse, esperar a Mireille y después mezclarse con el grupo por otra salida.
Eso era mucho más calculado.
¿Premeditado?
Quizá no el golpe.
Sí la decisión posterior.
Y quien conociera el gabinete.
Todos los organizadores.
Veyrac.
Mireille.
Hélène.
Pero Mireille venía desde otro lado.
Otra vez dos.
Delacroix sintió que 1919 estaba casi reconstruido y todavía se negaba a entregar un nombre.
Quizá eso era correcto.
Ariane merecía primero que entendieran qué le ocurrió, no que utilizaran su muerte como escalón hacia la culpabilidad de otra persona.
Tomó una hoja nueva.
Escribió sin nombres:
Ariane llega a la zona de la escena antes de las 22:00. Lleva o ha llevado la página 73.
Discute con alguien. Recibe un golpe localizado en cabeza. La lesión no encaja limpiamente con la caída posterior.
Cae por la escalera o es empujada tras quedar desorientada.
El dispositivo de sangre falsa no se activa correctamente porque no adopta voluntariamente la posición prevista.
La página 73 desaparece antes de que Hélène llegue según su función secreta.
Una persona utiliza el gabinete o su puerta antes del descubrimiento colectivo.
Hélène llega sola, cree inicialmente que Ariane interpreta y busca la página según instrucciones.
Mireille y otros llegan. La expectativa del juego retrasa la comprobación real.
Octave confirma muerte.
Veyrac busca la página.
Amaury y los demás aceptan accidente porque esa explicación evita escándalo y coincide con la escena preparada.
Delacroix leyó.
Era una muerte.
No un accidente.
Por primera vez podía decirlo sin reservas.
—Ariane fue asesinada —dijo.
Ravel asintió.
—Sí.
La frase no tuvo dramatismo.
No necesitaba.
Once años después, Ariane Lécuyer acababa de recibir una verdad mínima.
No se cayó por accidente.
Alguien la golpeó.
Alguien permitió que el juego ocultara el crimen.
Y varias personas, por razones distintas, ayudaron después a que aquella versión sobreviviera.
Delacroix permaneció un rato mirando su nombre.
Ariane.
Habían hablado de ella durante días como víctima del pasado, escritora, amiga, plagiada, pieza central.
Pero era una mujer de veintiocho años que había llegado a una reunión pensando que al día siguiente seguiría defendiendo un manuscrito, peleándose con una amiga, escribiendo otra versión, enviando cartas, corrigiendo páginas.
No hubo al día siguiente.
El resto lo escribieron otros.
Esa era quizá la verdadera obscenidad del caso.
No que le robaran una historia.
Que después de matarla también se apropiaran de la explicación de su muerte.
Accidente.
Juego.
Mala suerte.
Confusión.
Durante once años Ariane no había podido corregir a nadie.
Delacroix sintió la rabia asentarse de una manera más limpia que en días anteriores.
No contra Hélène todavía.
Contra la historia equivocada.
—Quiero ver a Hélène otra vez —dijo.
Ravel lo miró.
—¿Qué va a preguntarle?
—Nada.
—Entonces.
Delacroix dobló la reconstrucción.
—Voy a contarle cómo murió Ariane.
El brigadier frunció el ceño.
—Para ver reacción.
—No.
—Entonces por qué.
Delacroix pensó.
—Porque si es inocente, tiene derecho a saberlo.
—Y si es culpable.
—También.
Hélène regresó.
Se sentó.
No había libro esta vez.
Delacroix dejó la hoja sobre la mesa, pero no se la entregó.
—Ariane no murió en una caída accidental.
Hélène no se movió.
Delacroix continuó, sin fragmentar la explicación en golpes ni preguntas.
Le contó la lesión recordada por Octave, la posición incorrecta respecto al dispositivo de sangre falsa, la ausencia de la página 73, la función secreta que la había llevado a ella primero hasta el cuerpo, la puerta que Mireille vio cerrarse y la posibilidad de que alguien hubiera utilizado el gabinete para desaparecer de la escena antes de que comenzara la confusión colectiva.
Hélène escuchó sin interrumpir.
Solo cuando Delacroix terminó habló.
—Entonces estaba muerta cuando llegué.
—No puedo asegurarlo.
Ella cerró los ojos.
—Pero alguien la había atacado.
—Sí.
—Antes.
—Sí.
—Y la página ya no estaba.
—Sí.
Hélène permaneció en silencio mucho tiempo. Cuando abrió los ojos había lágrimas, pero no cayeron.
—Pasé once años pensando que quizá había podido ayudarla.
Delacroix no respondió.
—Que si hubiera comprobado el pulso mejor. Si hubiera llamado a Octave inmediatamente. Si no hubiera seguido la maldita instrucción de Édouard buscando aquella página...
—Puede que nada cambiara.
—Puede.
—No sabemos.
—Lo sé.
Hélène respiró.
—Eso es peor.
Delacroix la observó.
No podía decidir culpabilidad por dolor.
Los culpables lloraban.
Los inocentes también.
Pero aquella conversación ya no era una prueba.
—¿Quién crees que estaba en el gabinete?
Hélène bajó la mirada.
—Édouard.
Ravel se tensó.
Delacroix no.
—¿Por qué?
—Porque lo utilizaba para observar escenas sin ser visto.
—Mireille también.
—Sí.
—Y tú lo conocías.
—Sí.
—¿Por qué Édouard?
Hélène tardó.
—Porque después de que todos llegáramos apareció desde el lado equivocado.
Delacroix sintió el golpe.
—¿Qué?
—Nunca pensé en ello hasta ahora.
—Describe.
—El gabinete tiene dos salidas. Una hacia servicio. Otra hacia el corredor pequeño que conecta con el salón. Édouard debería haber venido desde el salón porque estaba allí antes de que yo fuera a cumplir mi instrucción.
—Y.
—Cuando Octave se inclinó sobre Ariane, Édouard estaba detrás de Mireille.
—Desde qué lado había llegado.
Hélène señaló el plano.
Servicio.
La misma zona del gabinete.
—Seguro.
—No.
Delacroix cerró los ojos.
Naturalmente.
Hélène continuó:
—Pero recuerdo que pensé que había hecho trampa. Creí que estaba observando la escena desde el gabinete para disfrutar de nuestras reacciones.
Eso era exactamente algo que Veyrac haría.
—¿Por qué nunca lo dijiste?
—Porque no significaba nada entonces.
La frase habitual.
Pero esta vez Delacroix entendía mejor cómo podía ser verdad.
Una persona aparece desde una puerta distinta durante un juego.
Once años después importa.
En el momento, no.
—¿Édouard tenía motivo para matar a Ariane?
Hélène negó.
—No que yo supiera.
—Habían discutido.
—Sí.
—Sobre qué.
—Édouard quería que Ariane le diera la página verde para convertirla en parte del juego y enfrentarme con ella delante de todos.
Delacroix sintió la arrogancia.
—Y Ariane.
—Se negó. Dijo que su vida no era una de sus partidas.
—La carta.
—Sí.
—Entonces quizá discutieron junto a la escalera.
—Puede.
—Podía intentar quitarle la página.
Hélène se quedó inmóvil.
La posibilidad le desagradó.
—Sí.
—Un forcejeo.
—Sí.
—Golpe.
—Armand.
—Es posible.
—Sí.
Ravel observaba.
Delacroix continuó:
—Pero si Veyrac mató a Ariane, por qué once años después organiza un fin de semana para demostrar que el accidente fue homicidio.
Hélène lo miró.
—Porque se odiaba.
—Eso es psicología, no prueba.
—Sí.
—Y por qué te convertiría a ti en centro del plagio.
—Porque era verdad.
—Podía confesar su propia parte.
—Édouard nunca confesaba directamente nada que pudiera convertir en espectáculo.
Delacroix pensó en eso.
Demasiado plausible.
Pero no suficiente.
Hélène se inclinó.
—No creo que Édouard quisiera matarla.
—Eso no impide que lo hiciera.
—No.
—Y tampoco te absuelve.
—Lo sé.
Delacroix recogió la hoja.
El caso de Ariane no estaba resuelto por completo.
Pero estaba suficientemente reconstruido para derribar la versión de accidente y comprender por qué la página importaba.
La siguiente pregunta ya no era qué ocurrió.
Era quién necesitó que esa reconstrucción nunca llegara a hacerse.
Y para eso no bastaba con mirar 1919.
Había que mirar 1930.
Quién mató a Veyrac cuando decidió reabrirlo.
Quién mató a Amaury cuando habló.
A Géraud cuando entendió el sabotaje.
A Octave cuando recordó la lesión.
A Côme cuando comparó los textos.
A André cuando reconstruyó la visita.
Delacroix miró a Hélène.
Ella sostuvo la mirada.
—Todavía no sabes —dijo.
—No.
—Pero estás más cerca.
—Sí.
—De mí.
Delacroix pensó antes de responder.
—De la verdad.
Hélène sonrió débilmente.
—Eso ha sonado a una de mis novelas.
—Entonces tendré que corregirlo.
La palabra quedó entre ambos.
Corregir.
Hélène no sonrió esta vez.
Delacroix tampoco.
Ravel se la llevó.