Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 24 — Ariane #4
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Capítulo 24 — Ariane #4

O destruido.

—¿Quién sabía de tu función secreta?

—Édouard.

—Mireille.

Hélène negó.

—No.

Delacroix levantó la vista.

—Mireille diseñaba la escena.

—Sí, pero Édouard añadió funciones privadas después. Ésa era una.

—Entonces solo Veyrac y tú sabían que llegarías primero.

Hélène pensó.

—Ariane quizá.

—¿Por qué?

—Porque la página debía estar bajo su mano.

Naturalmente.

Ariane tenía que saber que alguien la retiraría.

Tres.

Ariane.

Veyrac.

Hélène.

Si alguien quisiera matar a Ariane y dejar que Hélène fuera la primera en encontrarla, conocer esa función era perfecto.

Veyrac sabía.

Ariane sabía.

Hélène sabía.

Otra vez Veyrac.

Delacroix sintió la hipótesis revivir.

—Veyrac sabía exactamente cuándo irías.

—Sí.

—Sabía que estarías sola con el cuerpo.

—Sí.

—Y había hablado con Ariane antes.

Hélène se quedó quieta.

—Sí.

Ravel entendió.

—Está pensando en Veyrac.

Delacroix no respondió.

Hélène lo miró con algo parecido a sorpresa.

—Édouard no mató a Ariane.

—¿Por qué?

—Porque cuando llegó después y vio que estaba muerta de verdad...

Se detuvo.

—¿Qué?

Hélène tragó saliva.

—Vomito.

Delacroix la miró.

—¿Dónde?

—En el patio de servicio.

—Nadie dijo eso.

—No.

—¿Por qué?

—Porque todos estábamos intentando no hablar de lo que ocurrió después.

—Vomitar no absuelve.

—No.

—Podía ser culpa.

—Sí.

Hélène bajó la mirada.

—Pero nunca lo vi tan asustado.

Delacroix pensó en Veyrac de 1929. Un hombre capaz de convertir una muerte no resuelta en juego sofisticado. Culpa podía transformarse en obsesión durante once años.

Todavía posible.

Pero había algo que no encajaba con el crimen actual.

Si Veyrac mató a Ariane, ¿quién estaba matando ahora para ocultarlo?

Alguien protegiendo a Veyrac muerto.

No tenía sentido suficiente.

A menos que los crímenes actuales fueran exclusivamente para proteger plagio y no homicidio de 1919.

Hélène podía haber matado a Veyrac para impedir que revelara plagio, y después a otros para protegerse, sin haber matado a Ariane.

Eso era una posibilidad inquietante.

La asesina actual no tenía por qué ser la asesina original.

Delacroix se quedó quieto.

Ravel lo vio.

—¿Qué?

—Nada todavía.

Pero era importante.

Habían supuesto que ambos crímenes pertenecían a la misma persona porque eso resultaba elegante.

Otra forma de narrativa fácil.

Veyrac pudo morir por descubrir una verdad literaria aunque se equivocara sobre la muerte.

Hélène pudo ser culpable de los asesinatos actuales para ocultar un plagio devastador sin ser culpable de matar a Ariane.

O alguien más pudo matar ahora para proteger otra cosa.

Delacroix sintió el peligro de enamorarse de una simetría.

—Hélène —dijo—. Si te dijera que quizá no mataste a Ariane pero sí a Veyrac, qué responderías.

Ella lo miró como si la pregunta fuera absurda.

—Que tampoco maté a Veyrac.

—Pero entiendes la diferencia.

—Sí.

—Podías tener motivo suficiente sin ser asesina en 1919.

—Sí.

Ravel frunció el ceño.

—Eso complica innecesariamente.

Delacroix lo miró.

—Precisamente por eso debemos considerarlo.

Hélène soltó aire.

—Por una vez agradezco tu afición a las complicaciones.

—No demasiado.

El interrogatorio terminó.

Hélène volvió bajo vigilancia.

Delacroix permaneció con Ravel.

—Ahora tenemos que esperar a Mireille.

—Y mientras.

—La página.

—¿Cuál?

—Setenta y tres.

—No está.

Delacroix miró las páginas 68 a 72.

El papel era fino.

Copias de archivo.

Veyrac había comprado fragmentos, pero quizá existían fotografías o transcripciones.

Buscó inventario completo.

Una línea al final:

Photographies microfilm? Non. Copie dactylographiée partielle, E.V., décembre 1929.

Copia mecanografiada parcial.

Édouard.

Diciembre 1929.

—¿Dónde?

Ravel revisó cajas.

Nada.

Delacroix pensó en la Remington desaparecida.

Veyrac pudo haber transcrito la página.

La máquina utilizada luego por el asesino.

¿Y si la transcripción seguía dentro de la cinta?

No podían recuperar fácilmente.

Pero quizá había papel carbón.

Buscaron entre sus efectos.

Caja Remington vacía.

Papeles.

Y, en el fondo, una hoja de papel carbón usada.

Delacroix la sostuvo contra la luz.

Había marcas.

Ravel se acercó.

—Se puede leer.

Parcialmente.

Letras invertidas y superpuestas.

Delacroix colocó papel blanco detrás y fue siguiendo.

No todo.

Fragmentos.

«...arrive avant les autres...»

«...main gauche...»

«...corrigé en vert...»

Luego una línea más clara:

«Celui qui retire la page révèle qu’il savait qu’elle était là.»

Quien retira la página revela que sabía que estaba allí.

Delacroix se quedó inmóvil.

La solución ficticia de Ariane.

Una página colocada bajo la mano de una víctima.

La persona que la retira se incrimina porque solo alguien que conocía previamente su existencia podía buscarla.

Hélène tenía una instrucción secreta para retirarla.

Eso significaba que, dentro del juego de 1919, esa acción era legítima.

Pero si la página real había desaparecido antes de que Hélène llegara...

Alguien la retiró.

Alguien que sabía que debía estar allí.

¿Quién sabía?

Ariane.

Veyrac.

Hélène.

Quizá la persona a quien Ariane decidió mostrarla antes.

Delacroix sintió la posibilidad.

Ariane había dicho que hablaría primero con Édouard.

Después con Hélène.

Si tras hablar con Veyrac llevó la página hasta la escena, Veyrac sabía que estaría allí.

Si Hélène llegó y no la encontró, entonces alguien la retiró antes.

Veyrac.

O una cuarta persona que vio a Ariane colocarla.

Delacroix se quedó pensando en el orden.

¿Qué ocurrió entre la conversación de Ariane con Hélène y el momento en que Hélène llegó al cuerpo?

Necesitaban a alguien que viera a Ariane en ese intervalo.

Thérèse había dicho que Hélène afirmó verla viva después en el corredor.

No corroborado.

Mireille quizá.

Amaury muerto.

Octave muerto.

Veyrac muerto.

Todo volvía a Mireille.

La respuesta llegó a las ocho menos veinte.

Un gendarme subió con una nota.

Delacroix la abrió.

Letra grande de Mireille.

NO había previsto ningún papel junto al cuerpo. Édouard me dijo que habría una pista privada que yo no debía tocar, pero no explicó cuál. Cuando llegué, vi a Hélène levantarse. Tenía una tarjeta pequeña en la mano, no una página. Ariane no tenía papel visible.

Delacroix respiró.

Continuaba:

Una cosa más. No la recordé hasta que preguntaste por lo que vi y no por quién llegó primero: al doblar el corredor, antes de ver a Hélène, vi cerrarse la puerta de servicio que comunica con el pequeño gabinete de juegos. Pensé que era corriente de aire. No sé quién estaba allí.

Delacroix levantó la cabeza.

Ravel leyó.

—Otra persona.

—Quizá.

—Puerta de servicio.

—Sí.

—¿Dónde lleva?

Delacroix recordó la propiedad de Fontainebleau solo por descripciones.

Un gabinete pequeño contiguo a la escalera.

Veyrac lo utilizaba para guardar material de juego.

—Veyrac conocía.

—Mireille también.

—Hélène.

—Probablemente.

—Amaury.

—Puede.

Pero Mireille vio la puerta cerrarse antes de ver a Hélène levantarse junto al cuerpo.

Eso sugería una segunda presencia segundos antes.

El asesino pudo haber salido por esa puerta.

Hélène pudo haber llegado después según su función secreta.

El crimen ya no necesitaba que ella fuera quien golpeara a Ariane.

Delacroix sintió un alivio inmediato.

Lo odió.

Porque demostraba que quería que Hélène fuera inocente.

Reconocer eso fue necesario.

No debía convertir el alivio en absolución.

Hélène podía haber cerrado esa puerta y regresado por otro lado antes de que Mireille doblara.

Geografía.

Necesitaban plano.

Veyrac había guardado uno del encuentro de 1919 dentro de sus archivos.

Delacroix lo desplegó.

Escalera.

Corredor.

Gabinete.

Salida lateral.

El gabinete comunicaba con otra galería que regresaba al salón por un recorrido de casi un minuto.

¿Podía Hélène matar, salir por gabinete, rodear y regresar para “encontrar” el cuerpo?

Sí.

Pero ¿para qué complicarlo si ya tenía derecho a llegar directamente?

Para fabricar la impresión de haber llegado después.

Posible.

Otra vez.

—No sirve para eliminarla —dijo Ravel.

—No.

—Pero introduce una ruta.

—Sí.

Delacroix miró el plano.

Alguien salió.

Mireille vio puerta.

Hélène ya estaba junto a Ariane cuando ella dobló.

Eso significaba que, salvo una maniobra muy calculada, había dos personas.

La primera presencia se retiró.

Hélène llegó.

Después Mireille.

La pregunta ya no era quién llegó primero del grupo.

Era quién se fue antes de que empezaran a contar.

Delacroix sintió la frase de Ariane.

La verdad no estaba en lo que todos recordaban, sino en aquello que uno necesitó corregir.

El orden de llegada estaba mal planteado porque faltaba una salida.

—Ravel.

—Sí.

—Durante once años todos preguntaron quién llegó primero.

—Sí.

—La pregunta correcta es quién estaba allí y se marchó antes de que los demás llegaran.

El brigadier miró el plano.

—La puerta.

—Sí.

—¿Quién?

Delacroix empezó a reconstruir posiciones.

Mireille venía desde salón.

Hélène por corredor lateral.

Thérèse estaba más atrás con otros.

Octave venía con Amaury.

Veyrac...

¿Dónde estaba Veyrac?

Buscó declaraciones.

Nadie recordaba con precisión.

Eso era sorprendente.

Veyrac era anfitrión.

Organizador.

Y, sin embargo, en el momento de encontrar a Ariane no aparecía claro en ninguna secuencia.

Mireille creía que llegó detrás.

Octave recordaba que estaba ya allí cuando examinó.

Amaury había dicho que Veyrac apareció “casi al mismo tiempo”.

Thérèse no sabía.

—Édouard —dijo Ravel.

Delacroix miró el plano.

Veyrac sabía de la página.

Sabía de la función de Hélène.

Había hablado con Ariane.

Y su posición exacta durante los treinta segundos anteriores al descubrimiento era incierta.

Por primera vez, Veyrac parecía más que un irresponsable.

Parecía posible.

Pero entonces ¿por qué diseñó La última página en 1929?

Culpa.

Autocastigo.

O para desviar.

No.

Veyrac había invitado a Delacroix.

Eso sería una forma extraordinariamente peligrosa de ocultar un asesinato propio.

A menos que creyera poder controlar la investigación.

El pensamiento no era imposible.

Veyrac amaba los juegos.

Pero no encajaba con haber buscado documentos que podían reabrir 1919.

Delacroix sintió que faltaba algo.

Otra persona.

No un desconocido.