Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 24 — Ariane #3
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Capítulo 24 — Ariane #3

Delacroix se quedó quieto.

Un detalle que solo podía conocer quien había llegado antes.

Como la puerta del regulador.

Como André y la segunda visitante.

La misma clase de razonamiento.

—Ravel.

—Sí.

—En 1919, qué detalle del cuerpo de Ariane solo podía conocer quien estuvo allí antes de que llegaran todos.

El brigadier frunció el ceño.

—Sangre.

—Todos la vieron.

—Página.

—No estaba cuando llegaron.

—Entonces quien sabe que estaba allí antes.

Delacroix sintió la frase de Veyrac.

¿Dónde está la última página, Hélène?

Si Thérèse recordaba correctamente, Veyrac preguntó a Hélène por una página que no estaba visible junto al cuerpo cuando el grupo llegó.

¿Por qué preguntarle específicamente a ella?

Porque había visto a Hélène cerca del cuerpo antes.

No.

Eso era otra inferencia.

Buscó la declaración de Thérèse.

Había dicho vagamente que recordaba a Hélène junto a Ariane con un papel doblado, pero no podía asegurar que fuera antes o después del examen.

Mireille recordaba que alguien hizo una broma primero.

Octave recordaba llegar y encontrar varias personas ya alrededor.

Amaury recordaba el orden de otro modo.

Confusión.

Delacroix cerró los ojos.

No reconstruir por consenso.

Aquello era exactamente la trampa.

¿Qué había necesitado olvidar cada uno?

Amaury: la carta.

Octave: la segunda lesión.

Thérèse: la discusión y el papel.

Mireille...

Delacroix se quedó quieto.

Mireille.

¿Qué había omitido Mireille?

Revisó su declaración del primer día.

Ella había preparado la escena. Sabía dónde debía estar cada objeto. Fue una de las primeras en encontrar a Ariane.

Había insistido en que no recordaba quién hizo la primera broma.

Había hablado del recipiente de sangre.

De los cristales.

De la postura.

Pero una cosa faltaba.

La página.

Mireille, escenógrafa, era precisamente quien debía saber si un papel formaba parte de la escena.

—Ravel.

—¿Qué?

—Necesito hablar con Mireille.

—Está abajo.

—Teléfono.

—Todavía no hay línea.

—Mensajero por funicular.

—Tardará.

Delacroix pensó.

No hacía falta una conversación larga.

Solo una pregunta.

Pero una pregunta peligrosa ya no importaba igual con Mireille abajo y protegida.

Escribió:

Mireille: en la escena original de 1919, ¿había previsto algún papel o página junto al cuerpo de Ariane? Si no, ¿recuerdas haber visto uno antes de que Octave la examinara? No reconstruyas. Solo lo que viste.

Ravel envió la nota con el siguiente descenso técnico.

Esperarían.

Mientras tanto, Delacroix decidió interrogar a Hélène.

Ravel levantó una ceja.

—Ahora sí.

—Ahora.

—Quiere que esté.

—Sí.

Hélène fue llevada al pequeño salón.

Sin esposas.

Ravel no consideraba necesario.

Delacroix tampoco.

Se sentó frente a ella.

Hélène observó los documentos.

—Has encontrado algo.

—Mucho.

—Eso no siempre ayuda.

—No.

Ravel permaneció a un lado.

Hélène lo miró.

—¿Interrogatorio formal?

—Sí —dijo el brigadier.

—Bien.

Delacroix empezó.

—Página setenta y tres.

Hélène se quedó quieta.

—¿Qué pasa con ella?

—Veyrac tenía páginas 68 a 73 del manuscrito de Ariane en el archivo.

—Entonces la encontró.

—La 73 ya no está.

Hélène no respondió.

—¿La viste en 1919?

—Sí.

—Versión verde.

—Sí.

—¿Qué contenía?

Ella pensó.

—El final de una secuencia de testimonios.

—Más.

—Una corrección.

—¿Qué demostraba?

Hélène cerró los ojos un instante.

—¿Quién había llegado primero junto a una víctima?

Ravel la miró.

Delacroix sintió que la habitación se tensaba.

—Y esa idea aparece en La casa de las cinco voces.

—Sí.

—Sabías entonces de dónde venía.

—Sí.

La respuesta fue limpia.

—La publicaste.

—Sí.

—¿Por qué?

Hélène tardó.

—Porque después de la muerte de Ariane me convencí de que una idea que habíamos discutido juntas ya no pertenecía únicamente a ella.

—Eso es una forma elegante de decir que estaba muerta y no podía reclamar.

La frase golpeó.

Hélène bajó la vista.

—Sí.

Delacroix no esperaba aquella aceptación.

—¿Conservaste la página?

—No.

—¿La viste la noche que murió?

Hélène levantó la mirada.

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—Veyrac te preguntó dónde estaba.

—Sí.

Delacroix se quedó inmóvil.

—Lo recuerdas.

—Claro.

Thérèse no había inventado.

—¿Cuándo?

—Después de que Octave confirmara que Ariane estaba muerta.

—¿Qué respondió?

—Que no sabía.

—¿Por qué te preguntó a ti?

Hélène respiró.

—Porque sabía que yo la había leído.

—También él.

—Sí.

—Entonces por qué no preguntó a todos.

—Porque había discutido con Ariane.

—Él también había hablado con ella.

—No del mismo modo.

Delacroix se inclinó.

—¿Tenías un papel en la mano junto al cuerpo?

Hélène se quedó quieta.

Demasiado.

Ravel lo vio.

—Madame.

—Sí.

La palabra apenas salió.

Delacroix sintió el golpe.

—¿Qué papel?

—Una instrucción del juego.

—¿Cuál?

—No la conservo.

—Contenido.

Hélène cerró los ojos.

—Decía que la primera persona que encontrara a la víctima debía retirar una página colocada bajo su mano y entregarla a Édouard.

Silencio.

Delacroix no respiró durante un instante.

—¿Quién escribió esa instrucción?

—Édouard.

—La habías recibido cuándo.

—Antes de la escena.

—Entonces tú debías encontrar a Ariane primero.

—No necesariamente. Era una función secreta.

—Hélène.

—Sí. Mi personaje debía revisar el cuerpo ficticio antes de los demás y retirar una página.

Ravel se incorporó.

—Eso no lo había declarado.

—No.

—¿Por qué?

Hélène miró a Delacroix.

—Porque la página no estaba.

El caso cambió.

No de culpable.

De geometría.

Hélène tenía una razón legítima dentro del juego para acercarse a Ariane antes que los demás y buscar una página.

Y había ocultado esa razón durante once años.

—¿Llegaste primero? —preguntó Delacroix.

Hélène tardó.

—Sí.

La palabra cayó sin ruido.

—Sola.

—Durante segundos.

—¿Cuántos?

—No sé. Quizá veinte.

Ravel se movió.

Delacroix levantó una mano.

No interrumpir.

—Describe.

Hélène miró la mesa, pero ya no parecía verla.

—Fui por el corredor de servicio porque ésa era mi instrucción. Ariane debía estar tumbada al pie de la escalera. La vi. Pensé que estaba interpretando.

—¿Qué hiciste?

—Me acerqué.

—Hablaste.

—Sí.

—¿Qué dijiste?

Hélène cerró los ojos.

—«Estás exagerando.»

Delacroix sintió frío.

No una frase de juego.

Una frase de una discusión anterior.

—¿Por qué dijiste eso?

—Porque seguía enfadada.

—Y Ariane.

—No respondió.

—La tocaste.

Hélène abrió los ojos.

—No al principio.

—Buscaste la página.

—Sí.

—¿Dónde debía estar?

—Bajo su mano izquierda.

—Estaba.

—No.

—Entonces.

—Pensé que Édouard había cambiado la pista.

—Después.

—Vi sangre.

—Sabías que había sangre falsa.

—Sí.

—Diferencia.

—No inmediatamente.

Delacroix sintió el horror.

Hélène había estado sola junto a Ariane real creyendo todavía que la muerte era ficción.

Exactamente la trampa original.

—¿Cuándo comprendiste?

—Cuando toqué su muñeca.

—Pulso.

—No supe.

—No eres médica.

—No.

—Y.

—Oí venir a Mireille y a otros.

—¿Qué hiciste?

Hélène apretó las manos.

—Me levanté.

—Con el papel.

—Mi instrucción.

—Sí.

—Entonces llegaron.

Ravel habló:

—¿Y no dijo que algo estaba mal?

Hélène lo miró.

—No sabía que lo estaba.

—Había sangre.

—Era una escena con sangre falsa.

—No respondía.

—Debía fingir estar muerta.

Ravel cerró la boca.

Ese era precisamente el horror de 1919.

Delacroix continuó:

—La página 73 no estaba bajo su mano.

—No.

—La última vez que la viste antes de eso.

—Esa tarde.

—¿Dónde estaba?

—En su carpeta.

—Después de vuestra discusión.

—No sé.

—¿La llevaba encima?

—No lo sé.

Delacroix la observó.

Hélène acababa de admitir algo enorme: fue la primera en llegar sola al cuerpo de Ariane.

Eso la convertía en la persona con mayor oportunidad para matarla si la hora real era distinta.

Pero también le daba una explicación legítima para que Thérèse la recordara junto al cuerpo con un papel.

Y explicaba por qué Veyrac le preguntó por la página.

Una pieza que durante días parecía incriminatoria acababa de adquirir otra lectura.

—¿Por qué ocultaste esto a la policía en 1919?

Hélène miró a Ravel.

—Porque había discutido con Ariane, estaba acusándome de plagio y fui la primera en encontrarla sola. ¿Qué habría ocurrido si añadía que mi instrucción secreta consistía en buscar una página de su manuscrito?

—Probablemente la habrían investigado mejor —dijo Ravel.

—Sí.

—Y quizá habrían descubierto un homicidio.

Hélène bajó la mirada.

—Sí.

No se defendió.

Delacroix sintió rabia, pero no la dejó dirigir.

—¿La mataste?

Hélène levantó la cabeza.

—No.

—¿Estaba ya muerta cuando llegaste?

—Creo que sí.

—No quiero crees.

—No lo sé. No respondió. No comprobé correctamente.

—Podía estar viva.

Hélène palideció.

—Sí.

Aquello pareció golpearla más que una acusación.

—Octave tardó después treinta o sesenta segundos en examinarla.

—Sí.

—Si Ariane todavía respiraba cuando tú llegaste...

Hélène cerró los ojos.

—No.

—No sabemos.

—No.

—Podrías haber pedido ayuda antes.

—Sí.

La palabra salió rota.

Delacroix se detuvo.

No porque sintiera lástima.

Porque aquella culpa podía ser real sin ser homicida.

Eso importaba.

—¿Qué viste en la posición del cuerpo?

Hélène respiró.

—La cabeza estaba demasiado lejos del dispositivo de sangre.

—Eso lo sabías.

—No en ese momento. Después Mireille lo dijo.

—Las manos.

—Izquierda cerca del pecho. Derecha extendida.

—Página.

—No.

—Algún papel.

Hélène pensó.

—No junto a ella.

—Bolsillos.

—No toqué.

—Vidrio.

—Había piezas falsas.

—Alguna rota.

—Sí.

—Algo fuera de lugar.

Ella tardó.

—Un zapato.

Delacroix sintió interés.

—¿Qué?

—El izquierdo estaba medio salido.

—Eso estaba previsto.

—No.

—Seguro.

—Mireille quería ambos puestos porque la caída ficticia debía parecer limpia.

Delacroix anotó.

Un zapato desplazado podía indicar lucha.

—Algo más.

Hélène cerró los ojos.

—Olor.

Ravel la miró.

—¿Qué olor?

—Tabaco.

Delacroix se quedó quieto.

—Ariane fumaba.

—No.

—Veyrac.

—Sí.

—Amaury.

—A veces.

—Mireille.

—No entonces.

—Tú.

—Sí.

Hélène entendió inmediatamente.

—Pero yo acababa de fumar.

—Entonces no sirve.

—No.

Otra pista inútil.

O contaminada.

Delacroix no forzó.

—La instrucción que llevabas.

—¿Qué?

—¿Dónde está?

—La entregué a Édouard después.

—Y él la conservó.

—Supongo.

Delacroix buscó entre los materiales de Veyrac.

No aparecía.

Podía haberse perdido.