Capítulo 24 — Ariane #2
Ariane pudo haber sido atacada antes de adoptar posición y después dejada aproximadamente donde debía aparecer.
Eso explicaría por qué todos confundieron realidad con ficción.
El asesino no necesitó crear una escena.
Solo aprovechar una ya preparada.
—El golpe —dijo Ravel.
—Octave recordaba una lesión previa.
—Entonces alguien la golpea.
—La desorienta.
—Después cae.
—O la empuja.
—Y la coloca.
Delacroix negó.
—No demasiado. Si la manipulación fuera perfecta, el falso mecanismo habría funcionado mejor. Creo que el asesino tuvo menos tiempo del que pensamos.
La idea encajaba con otra cosa.
Ariane tenía que aparecer muerta a las diez.
La persona que la matara sabía que los demás llegarían pronto.
El crimen de 1919 no había podido ser largo ni meticuloso.
Debió ser una discusión que escaló.
Un golpe.
Una caída.
Después unos segundos para decidir.
¿Ayudar?
Llamar?
O utilizar el juego.
Delacroix sintió por primera vez la noche como una secuencia humana en vez de un rompecabezas.
Ariane había discutido con Hélène.
Había amenazado con exponer la apropiación.
Hélène la agarró.
Ariane se fue.
Algún tiempo después llegó al área preparada para fingir su muerte. Quizá llevaba consigo la página 73 o la había escondido.
Alguien volvió a encontrarla allí.
Discutieron otra vez.
Golpe.
Caída.
El grupo se acercaba.
La persona tuvo segundos para comprender que todos esperaban ver a Ariane muerta.
Y entonces no hizo nada.
Eso podía ser suficiente.
No hacía falta arrastrar un cadáver ni construir una escena.
Solo dejar que el juego terminara el trabajo.
Ravel observó la hoja.
—Eso encaja con Darcourt.
—Sí.
—También con Veyrac.
Delacroix levantó la vista.
Buena.
Veyrac conocía el manuscrito.
Conocía el plan.
Había hablado con Ariane.
Y fue él quien después buscó la última página.
—Sí.
—Podría haberla matado y luego pasado once años culpable.
—Sí.
—Después encuentra documentos y construye un juego para confesar indirectamente.
Delacroix pensó.
Era posible.
Demasiado posible.
Pero Veyrac había muerto antes de poder completar la revelación.
¿Y si todo aquello fuera culpa?
No.
Necesitaba mirar con la misma dureza.
—Motivo de Veyrac.
—No sabemos.
—Ariane iba a hablar con él primero.
—Sí.
—Quizá la página lo comprometía.
—Puede.
Delacroix sintió que el caso se ensanchaba de nuevo, pero esta vez no le molestó. Si Hélène era culpable, debía sobrevivir a una comparación real con la única alternativa seria de 1919.
Tomó los borradores de Veyrac.
La última página.
En la ficción, Clémence —la escritora equivalente a Hélène— había plagiado, pero no era la asesina.
Eso siempre había resultado extraño.
Si Veyrac creía que Hélène había matado a Ariane, ¿por qué construir una ficción donde la plagiaria era inocente del homicidio?
Tal vez porque no estaba seguro.
O porque quería que Hélène bajara la guardia.
O porque el asesino ficticio representaba a Veyrac mismo.
Delacroix buscó el personaje que mataba a Mathieu Lorca en los primeros borradores.
No estaba nombrado en la versión que habían leído.
En un esquema anterior aparecía:
V. — gardien du texte / celui qui veut empêcher publication.
V.
Ravel lo vio.
—Veyrac.
—Puede ser solo nombre provisional.
—Pero.
Delacroix siguió.
Otro esquema.
Clémence vole. V. protège. Mathieu menace de tout révéler. La mort semble défendre Clémence mais sert surtout à faire disparaître la dernière preuve.
La muerte parece defender a Clémence pero sirve sobre todo para hacer desaparecer la última prueba.
Delacroix se quedó inmóvil.
Eso podía significar que Veyrac diseñó la ficción para señalar a una segunda persona.
Una que mataba no por haber plagiado sino por proteger a alguien.
¿A Hélène?
¿A sí mismo?
¿Al Círculo?
—¿Quién es V? —preguntó Ravel.
—No sé.
—Veyrac es demasiado obvio.
—Sí.
—Entonces.
Delacroix buscó reparto ficticio completo.
No había personaje con V inicial en versión final.
La letra podía significar veilleur, victime, version.
No serviría forzar.
Guardó.
—Hay algo que no entiendo —dijo Ravel.
—Muchas cosas.
—Si Darcourt mató a Ariane en 1919, por qué Veyrac esperó once años.
—Porque no sabía.
—Pero la página.
—Desapareció.
—Y preguntó por ella.
—Eso recuerda Thérèse.
—Entonces sospechaba.
—Sospechar no es saber.
Ravel pensó.
—Y en 1929 encuentra archivos.
—Cartas fechadas. Copias. Comparaciones.
—Que demuestran plagio.
—Sí.
—No asesinato.
—No.
—Entonces cómo pasa de plagio a homicidio.
Delacroix miró la carta de Veyrac para él.
En 1919 aceptamos una historia porque era la historia que más fácil resultaba aceptar. He encontrado razones para creer que la escribimos mal.
Razones.
No prueba.
Veyrac seguía preguntando.
Por eso no fue a la policía.
Por eso invitó a Delacroix.
Arrogancia, sí.
Pero también incertidumbre.
Quería reconstruir reacciones.
—No pasó —dijo Delacroix.
—¿Qué?
—Veyrac nunca llegó a saber quién mató a Ariane.
Ravel frunció el ceño.
—Entonces.
—Tenía suficiente para saber que no fue accidente. Suficiente para saber que el manuscrito desaparecido importaba. Suficiente para sospechar que el plagio y la muerte estaban conectados. Pero no tenía al asesino.
—Y convirtió la investigación en juego.
—Sí.
—Imbécil.
Delacroix lo miró.
—Estamos de acuerdo.
Aquello explicaba mejor la ficción.
Clémence no era necesariamente inocente según Veyrac.
Era una hipótesis dentro de la partida.
Él quería observar qué ocurría cuando Hélène reconociera el material.
Quizá esperaba que alguien más reaccionara.
La muerte de Veyrac había interrumpido su experimento.
—Entonces nosotros sabemos más que él —dijo Ravel.
Delacroix miró los seis muertos.
—A un precio bastante alto.
Continuó con la correspondencia.
Una carta de Ariane a Amaury, reconstruida parcialmente por memoria y copia de Veyrac, hablaba del miedo a que “algo ocurriera”.
No especificaba daño físico.
Podía ser miedo profesional.
Reputación.
Manuscrito.
Pero había otra frase en el archivo:
«Édouard cree que puede obligarnos a resolverlo dentro de la partida. No entiende que ya no quiero jugar.»
Delacroix se quedó inmóvil.
Fecha.
14 de noviembre de 1919.
Días antes de la muerte.
—Veyrac ya estaba interviniendo en la disputa.
—Sí —dijo Ravel.
—Ariane no quería.
Otra carta, a Valbert:
«Esta noche hablaré con E. y después con H. Si E. insiste en convertirlo todo en una demostración, me marcharé.»
El día de su muerte.
Delacroix sintió una presión.
E.
Édouard.
H.
Hélène.
Orden.
Primero Édouard.
Después Hélène.
Mireille recordaba que Ariane dijo que necesitaba hablar con Édouard primero.
Eso era consistente.
—Entonces Ariane habló con Veyrac antes de discutir con Hélène.
—Parece.
—Y salió decidida.
—Sí.
—¿Qué le dijo Veyrac?
No lo sabían.
Pero quizá algo en sus borradores.
Delacroix buscó hasta encontrar una nota manuscrita de 1929:
A. me mostró solo una vez la verde. Creí que exageraba. Le dije que, si quería acusar a H., necesitaba algo que pudiera mostrarse, no una guerra de recuerdos. Ella respondió que eso era exactamente lo que tenía.
Delacroix leyó otra vez.
—Veyrac vio la página 73.
—Sí.
—Sabía que demostraba algo.
—Sí.
—Pero no la conservó.
Otra línea:
Después de la muerte busqué la copia porque pensé que resolvería el conflicto. Ya no estaba entre sus papeles. H. dijo no saber dónde estaba. A. [Amaury] recomendó no convertir una muerte accidental en escándalo literario sin prueba. Cedí.
Ravel soltó aire.
—Todos cobardes.
Delacroix no respondió.
Veyrac.
Amaury.
Octave.
Thérèse.
Cada uno había omitido algo distinto.
No una conspiración.
Una acumulación de decisiones cómodas.
Eso permitía que una muerte se convirtiera en accidente.
Delacroix siguió.
Una nota posterior, escrita por Veyrac en diciembre de 1929:
La página no desapareció. H. publicó su mecanismo. Eso significa que alguien la conservó o la recordó con precisión suficiente.
Ahí estaba.
Hélène había publicado posteriormente un mecanismo específico de la página 73.
Eso era lo que llevó a Veyrac a pensar que la página sobrevivió.
Pero Hélène ya la había leído antes.
No necesitaba conservarla para recordarla.
Veyrac había confundido dos posibilidades.
Delacroix sintió una resistencia.
Algo todavía no cerraba.
—Si Hélène mató por recuperar la página —dijo—, por qué después utiliza su mecanismo en una novela.
Ravel lo miró.
—Arrogancia.
—Puede.
—O culpa.
—Puede.
—O simplemente porque la había leído y no entiende que eso la incrimina.
—Sí.
Pero Delacroix conocía a Hélène lo suficiente para desconfiar de una respuesta tan simple.
Si había matado a Ariane para protegerse de una acusación de plagio, publicar después material aún más identificable sería una estupidez enorme.
A menos que, tras la muerte, creyera que nadie podía demostrar el origen.
Eso era posible.
La página desaparecida eliminaba la comparación fechada.
Los muertos no reclamaban derechos.
La literatura podía devorar a su autora original y quedarse solo con la versión publicada.
Delacroix sintió náusea.
No por el plagio.
Por la lógica.
—¿Qué piensas? —preguntó Ravel.
—Que si Hélène conservó la página, no la conservó por sentimentalismo.
—Entonces.
—Para saber exactamente qué debía temer.
—Y luego la destruyó.
—Quizá.
—Veyrac dice que alguien la conservó.
—Veyrac no sabía.
La investigación avanzaba y, al mismo tiempo, Delacroix comprendía cuánto había construido Édouard sobre inferencias igual que ellos.
Necesitaba un punto que no dependiera de memoria.
Miró las páginas 68 a 72.
Papel.
Tinta.
Fechas.
Faltaba la 73.
Pero las versiones de Hélène podían conservar huellas de aquella página.
Côme había hecho el trabajo inicial.
Delacroix abrió La casa de las cinco voces.
Capítulo diecinueve.
La escena de la página retirada.
Una corrección manuscrita demostraba quién había estado junto a la víctima antes que los demás.
Delacroix leyó completa.
El personaje culpable modificaba una declaración después de descubrir que otro testigo había visto su posición.
No cambiaba el hecho principal.
Cambiaba el orden.
El detective resolvía porque la primera versión contenía un detalle que solo podía conocer quien había llegado antes.