Muerte en el círculo (Los misterios de Armand Delacroix nº 46) Capítulo 24 — Ariane
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Capítulo 24 — Ariane

La primera vez que Armand Delacroix vio morir a Ariane Lécuyer fue once años después de su muerte.

No había cadáver delante de él.

No había sangre, escalera ni cuerpo bajo una manta.

Solo papeles.

Eso resultó peor.

A las seis de la tarde, el Grand Hôtel des Cimes contenía más gendarmes que miembros vivos del Círculo de Medianoche.

Mireille y Thérèse estaban abajo. André Cottin acababa de morir.

Rémi permanecía en la estación con dos técnicos y un gendarme.

Hélène seguía retenida bajo vigilancia. Los cuerpos comenzarían a descender en cuanto la logística lo permitiera.

La montaña había dejado de ser cárcel.

Sin embargo, Delacroix todavía no estaba preparado para bajar.

Pidió a Ravel una mesa, silencio y todos los documentos relacionados con Ariane.

El brigadier lo miró.

—¿Ahora?

—Ahora.

—Tenemos una sospechosa retenida.

—Precisamente.

Ravel sostuvo la mirada.

—Sigue sin querer detenerla formalmente.

—No todavía.

—Después de la visita, el botón, el motivo, Veyrac...

—Después de demasiadas cosas que parecen hechas para que lleguemos exactamente a esa conclusión.

Ravel apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Monsieur Delacroix, llega un momento en que la prudencia se parece a negación.

—Lo sé.

—Entonces.

Delacroix miró hacia la puerta. Hélène estaba al otro lado, acompañada por Morel. No podía oírlos con claridad.

—Quiero saber quién mató a Ariane antes de acusar a alguien de haber matado a cinco personas para ocultarlo.

Ravel corrigió:

—Seis.

Delacroix se quedó quieto.

Veyrac.

Amaury.

Géraud.

Octave.

Côme.

André.

Seis.

Había seguido contando mal porque una parte de él todavía agrupaba a André con los vivos.

—Seis —repitió.

Ravel no dijo nada más.

La mesa quedó cubierta de papeles.

La carta de Ariane a Valbert.

La copia de la nota enviada a Amaury.

Fragmentos recuperados por Veyrac.

Borradores de La última página.

Las referencias que Côme había dejado.

La carta de Veyrac a Delacroix.

La nota de André.

El registro del funicular.

Y varios documentos que habían pasado por sus manos antes sin que nadie supiera exactamente qué buscaban.

Delacroix comenzó por Côme.

R.M. 1920 — p. 41, margen inferior.

Pidió el volumen.

Ravel mandó a Fournier con otro gendarme.

Regresaron diez minutos después con el tomo encuadernado de Revue du Midi, enero-junio de 1920.

Delacroix abrió en la página cuarenta y uno.

Relato de Hélène.

Una versión temprana de una escena que después aparecería modificada en La casa de las cinco voces.

Leyó.

Una mujer encontraba una carta escrita por una muerta.

La carta parecía acusar a una persona, pero la solución revelaba que el verdadero valor del documento no estaba en lo que decía, sino en una corrección manuscrita al margen que demostraba que alguien lo había leído antes de la fecha que afirmaba.

Delacroix frunció el ceño.

Eso no estaba en la versión final de 1921.

Côme había tenido razón.

La escena había cambiado.

Buscó margen inferior.

Casi invisible, en lápiz, alguien había escrito:

A.L. p. 73 — comparer version verte.

Delacroix sintió el pulso.

Ravel se inclinó.

—¿Qué?

—Página setenta y tres. Comparar versión verde.

—Ariane.

—Sí.

—¿Quién escribió eso?

—No sé.

La letra no parecía de Côme.

Era antigua.

Podía ser Veyrac.

Podía ser alguien de Valbert.

Delacroix buscó entre los documentos.

Encontró un pequeño inventario del archivo comprado por Veyrac.

Había pasado por encima dos días antes porque parecía administrativo.

Ahora leyó cada línea.

Correspondance A. Lécuyer / Maison Valbert — 17 lettres.

Fragments manuscrit — pp. 12–18, 41–44, 68–73.

Épreuves annotées — vert.

Copie H.D. / Revue du Midi 1920.

Comparaison interne — non publiée.

Se quedó inmóvil.

—Ravel.

El brigadier leyó.

—Tenía las páginas.

—Hasta la setenta y tres.

—Entonces dónde están.

Delacroix empezó a revisar la caja documental de Veyrac.

Había sobres vacíos.

Copias parciales.

Fragmentos.

Páginas 68.

No 73.

Naturalmente.

La última de aquel grupo había desaparecido.

Otra página ausente.

Delacroix sintió que la expresión La última página dejaba de ser un título ingenioso y se convertía en algo mucho más literal.

—Veyrac tenía la setenta y tres —dijo.

Ravel asintió.

—Y alguien se la llevó.

—Sí.

—Darcourt.

Delacroix lo miró.

—Alguien.

Ravel soltó aire.

—Otra vez.

—Sí.

Delacroix puso las páginas en orden.

Ariane escribía sobre una muerte representada.

Un grupo de personas creía asistir a una ficción.

Una mujer aparecía caída al pie de una galería.

Los presentes retrasaban la comprobación porque todos esperaban que estuviera fingiendo.

Delacroix sintió el escalofrío.

No semejanza.

No influencia vaga.

La idea central del crimen de 1919 estaba ya en aquellas páginas antes de que Ariane muriera.

Página 69.

Cinco versiones de la llegada.

Cada personaje recordaba un orden diferente.

Página 70.

La protagonista descubría que los recuerdos posteriores se habían contaminado porque cada testigo había repetido la misma historia durante semanas.

Página 71.

Una carta anterior a la muerte demostraba que la víctima temía a alguien.

Página 72.

Una discusión entre dos escritoras. Una de ellas había publicado material perteneciente a la otra.

Delacroix levantó la vista.

Ravel había dejado de tomar notas.

—Esto es demasiado.

—Sí.

—La muerte de Ariane reprodujo su propio manuscrito.

—No toda.

—Pero parte.

—Sí.

—Entonces quien la mató conocía el texto.

Delacroix sintió que la reconstrucción empezaba por fin a dejar de ser una nube de recuerdos y adquiría una forma más dura.

Ariane no había muerto simplemente durante un juego que accidentalmente se parecía a su obra.

La representación preparada por Veyrac y Mireille ya utilizaba elementos del manuscrito porque Ariane participaba en el Círculo y había permitido que algunos mecanismos se transformaran en juego.

Eso no incriminaba a nadie por sí solo. Pero una persona que conociera a fondo aquellas páginas podía convertir la confusión prevista en una cobertura perfecta.

—Necesitamos saber qué había en la setenta y tres —dijo Ravel.

—Sí.

—Y no la tenemos.

Delacroix miró las notas de Valbert.

Épreuves annotées — vert.

Versión verde.

Ariane corregía en tinta verde para distinguir revisiones.

La página 73 podía demostrar cuándo existía una escena.

Y quizá algo más.

Tomó la correspondencia.

Septiembre de 1919.

Una carta a Valbert:

«No se trata ya de una semejanza. H.D. conoce el origen de esas páginas y sabe que puedo demostrarlo.»

Otra.

Octubre.

«He decidido dejar constancia no solo de las fechas de las versiones, sino de quién tuvo acceso a cada una.»

Delacroix se detuvo.

Ravel leyó por encima.

—¿Quién tuvo acceso?

—Sí.

La carta continuaba:

«La revisión verde del capítulo final solo la han leído H.D. y E.V. Si aparece algo semejante publicado antes de que yo resuelva esto, no podrá alegarse coincidencia.»

Silencio.

Ravel señaló.

—H.D.

—Hélène Darcourt.

—E.V.

—Édouard Veyrac.

Dos personas.

Veyrac muerto.

Hélène viva.

Delacroix siguió leyendo.

No podía convertir una línea en sentencia.

La carta probaba acceso literario, no homicidio.

Pero explicaba por qué Veyrac había terminado obsesionado con esa página: él sabía exactamente quién la había leído.

—¿Qué contenía la revisión verde? —preguntó Ravel.

Delacroix buscó.

Otra carta.

Tres días después.

«He cambiado el final. La prueba ya no será la carta.

Será una corrección hecha después de que todos crean que el relato ha terminado.

Una persona modifica la versión porque necesita que el orden de llegada parezca otro.

Sin esa corrección, el lector entendería quién estuvo junto a la víctima antes que los demás. »

Delacroix dejó el papel.

La frase de Amaury.

...si recuerdas quién llegó primero...

La última página no demostraba únicamente plagio.

Podía contener el mecanismo que Veyrac creía aplicable a la muerte real de Ariane.

Ravel lo comprendió.

—Orden de llegada.

—Sí.

—¿Quién llegó primero junto a Ariane?

—Eso lleva días apareciendo.

Delacroix sintió que necesitaba volver a 1919 sin el ruido de once años de memoria. No podía hacerlo preguntando otra vez quién creía haber llegado primero. Ya sabía que aquellas respuestas estaban contaminadas.

Necesitaba hechos periféricos.

Tomó las declaraciones que habían recogido durante el fin de semana.

Mireille.

Thérèse.

Octave.

Amaury.

Hélène.

Veyrac no podía hablar, pero había dejado esquemas.

Delacroix empezó a ordenar la noche en una hoja limpia.

21:00 aprox. — Ariane habla con Mireille. Dice que necesita hablar primero con Édouard.

Después — discusión Ariane/Hélène cerca escalera de servicio.

Hélène admite agarrarle el brazo. Ariane se marcha viva.

Thérèse oye parte de discusión.

Ariane dice: “Cuando termine esto, se acabó.” / “Mañana se acabó.”

Ariane debía ocupar posición de víctima fingida alrededor de 22:00.

Escena preparada: falsa sangre detrás de cabeza, cristales falsos, amenaza ficticia sobre algo robado.

Grupo llega. Creen que actúa.

Octave tarda 30–60 segundos en comprobar.

Ariane está realmente muerta.

Veyrac pregunta después: “¿Dónde está la última página, Hélène?”

Delacroix subrayó la última frase.

—¿Quién recuerda eso? —preguntó Ravel.

—Thérèse.

—Y no estaba segura.

—No completamente.

—Entonces.

—No basta.

Siguió.

Mireille había preparado el recipiente de sangre falsa detrás de la cabeza.

En 1919, al encontrar a Ariane, el recipiente seguía allí.

¿Se había roto?

Buscó la declaración.

No.

Octave había dicho que el falso dispositivo parecía parcialmente desplazado, no activado como debía.

Eso era importante.

La escena estaba preparada para que Ariane se tumbara en una posición concreta y rompiera la bolsa al apoyar la cabeza.

Pero cuando la encontraron había sangre real y el dispositivo falso apenas había funcionado.

—Ravel.

El brigadier se acercó.

—Si Ariane hubiera ido voluntariamente a su posición de víctima según las reglas, habría activado la sangre falsa.

—Pero no.

—No correctamente.

—Entonces no estaba interpretando.

—O nunca llegó a colocarse como debía.

Delacroix sintió la escalera.