Capítulo 23 — El director del hotel #4
—¿Qué necesita?
Delacroix pensó en la página 11 de enero.
Parcial.
La parte arrancada.
Algo había sobrevivido.
No suficiente.
—Quiero el registro completo.
—Ha desaparecido.
—Quiero saber qué había en la parte que arrancaron.
—No podemos.
—Quizá sí.
Delacroix recordó el sistema del hotel.
Duplicados.
Administración.
Libros.
Facturas.
Fechas.
André era un director meticuloso.
Una visita podía haber dejado más de un registro.
Comida.
Funicular.
Llaves.
—¿Hay duplicado de billetes del funicular?
Rémi levantó la cabeza.
—Sí.
—De visitantes.
—Sí.
—Nombre.
—A veces.
—Fecha.
—Siempre.
Delacroix sintió energía.
—Once de enero.
Rémi entendió.
—Estación.
—No vas solo.
Ravel levantó una mano.
—Vamos.
Hélène quedó vigilada por Morel y Bernier.
Delacroix, Ravel y Rémi fueron hasta la oficina de la estación.
Los libros estaban allí.
Registros de pasajeros.
Billetes.
Pesos de carga.
Entradas y salidas.
Rémi buscó enero.
Hélène Darcourt. París. Billete ida/vuelta.
Firma pequeña.
Parecida a la conocida.
Buscó.
Se detuvo.
—No.
Delacroix se inclinó.
No aparecía Hélène Darcourt.
Había una entrada a las 14:02.
Mme H. Duret.
Ravel frunció el ceño.
—Duret.
Rémi miró.
—Puede ser error.
Delacroix sintió el apellido.
H. D.
Mismas iniciales.
—Descripción.
El registro de billete no tenía.
Solo destino.
—¿Quién vendió?
Rémi buscó la inicial de empleado.
A.C.
André Cottin.
El director había vendido o autorizado el billete.
—¿Por qué después escribió H. Darcourt en el hotel?
Ravel miró.
Delacroix pensó.
Porque esperaba a Hélène.
Porque la persona se identificó después como ella.
O porque el nombre del billete era una cobertura.
—Hora de salida.
18:41.
Coincidía con el registro del hotel.
Ravel cerró el libro.
—Esto complica.
—Sí.
—Duret puede ser nombre falso.
—Sí.
—Darcourt puede ser el falso.
—También.
Delacroix observó la página.
Había algo escrito en margen.
Muy pequeño.
A lápiz.
Déjà montée le 4?
¿Ya subió el 4?
Pregunta de André.
Quizá se había extrañado al vender un segundo billete a una mujer que creía haber visto una semana antes.
Delacroix sintió la mente del director funcionando once años menos tarde.
Una duda contemporánea.
No memoria reconstruida.
Eso era más valioso.
—Ravel.
El brigadier lo vio.
—Sí.
—André dudó ese mismo día.
—Eso parece.
—No once días después. No hoy.
—Sí.
Delacroix sintió que la segunda visitante se volvía más real como problema.
No simplemente Hélène escondiendo una visita.
André había anotado una incongruencia al vender el billete.
—Quizá no la reconoció al principio —dijo.
Rémi pensó.
—Con velo, sombrero...
—Después, arriba, la expectativa completó.
Ravel soltó aire.
—Entonces alguien realmente pudo hacerse pasar por Darcourt.
—Sí.
—¿Quién?
Delacroix miró el registro.
H. Duret.
Nombre probablemente falso.
No tenían una mujer adicional en el hotel actual.
Mireille.
Thérèse.
Hélène.
¿Podía Mireille haber venido el once pese a decir que estaba en París?
Posible hasta verificar.
Thérèse.
Menos vínculo técnico.
Pero altura parecida.
Perfume podía copiarse.
Sin embargo ¿para qué incriminar a Hélène si el objetivo real era ocultar un asesinato de 1919?
Delacroix sintió que seguía faltando una pieza.
—No inventemos una persona —dijo.
Ravel lo miró.
—Pero alguien vino.
—Sí. Alguien que ya conocemos.
—Eso supone.
—Debe.
El caso no podía resolverse introduciendo una desconocida al final.
No porque una novela lo exigiera.
Porque toda la lógica del fin de semana apuntaba a un círculo interno.
—Necesitamos comprobar dónde estaban Mireille y Thérèse el once.
—Abajo.
—Sí.
Ravel cerró el registro.
—Y Darcourt.
—Lyon.
—Si eso se confirma.
—Sí.
Regresaron.
Hélène estaba sentada bajo vigilancia.
Delacroix entró con el libro.
Ella miró su cara.
—¿Qué?
—Encontramos otro registro.
Por primera vez mostró ansiedad verdadera.
—Y.
Delacroix se sentó frente a ella.
—El once de enero, el billete del funicular no está a nombre de Hélène Darcourt.
Silencio.
Hélène no se movió.
—Nombre.
—H. Duret.
La novelista frunció el ceño.
—No conozco a nadie.
—Puede ser falso.
—Naturalmente.
—André escribió en el margen: «¿Ya subió el cuatro?»
Hélène lo miró.
La comprensión llegó.
—Dudó.
—Sí.
—Ese mismo día.
—Sí.
Hélène cerró los ojos.
No alivio completo.
Pero algo.
—Entonces no estaba loco.
—Nadie dijo eso.
—No. Me refiero a su recuerdo.
Delacroix observó.
—Todavía no te elimina.
—Lo sé.
—Alguien pudo comprar billete con nombre falso y después ser tú.
—Sí.
—Lyon.
—Sí.
—Lo comprobaremos.
—Sí.
Delacroix se levantó.
Hélène lo miró.
—Armand.
—¿Qué?
—André murió por intentar proteger eso.
Delacroix pensó en el cuarto técnico: la página que el propio director había sacado del registro, la herramienta de mantenimiento, el hilo roto, la fibra y el botón.
—Murió porque alguien comprendió que lo que había recordado podía romper una versión muy útil.
—Y no pudo impedir que sobreviviera.
—No.
Hélène miró el libro.
—Entonces André ganó algo.
La frase dolió porque era cierta.
El asesino había cometido con el director un error distinto.
Había elegido una solución más apresurada, probablemente apoyada en un recurso preparado antes, y la escena había dejado demasiados restos: un mecanismo posible, un arma tomada de la propia instalación, el abrigo o la tela que André alcanzó a agarrar y una página que el muerto había decidido proteger por su cuenta.
Por primera vez, la corrección no había limpiado una historia. La había llenado de bordes.
Delacroix salió de la habitación.
Ravel lo esperaba.
—¿Qué piensa?
Delacroix miró hacia el corredor técnico y después hacia el registro.
—Que el asesino está cansado.
—Eso es peligroso.
—Sí.
—¿Y?
Delacroix repasó las muertes anteriores.
Veyrac había sido colocado dentro de una escena preparada; Amaury, atraído a una escalera; Géraud, llamado mediante una avería; Octave, alcanzado por una preparación retardada; Côme, conducido hasta un montacargas durante un apagón.
En todos los casos había existido cálculo.
Con André seguía habiéndolo, pero el resultado parecía menos limpio: la víctima había reaccionado, había roto cosas, había conservado documentos y había dejado restos que el asesino no controló.
—Hasta ahora corregía con tiempo —dijo Delacroix—. Con André tuvo que utilizar lo que ya tenía y confiar en que bastara.
Ravel asintió lentamente.
—Porque estamos saliendo.
—Porque el exterior ya entró. Porque André escribió dos copias. Porque había demasiados gendarmes y demasiado poco tiempo. El control se le está acabando.
—Eso debería alegrarlo.
Delacroix miró hacia la puerta donde Hélène esperaba vigilada.
—No.
—¿Por qué?
—Porque alguien que necesita controlar una historia se vuelve más peligroso cuando descubre que ya no puede.
Ravel guardó silencio.
Afuera, la nieve seguía cayendo débilmente sobre la estación.
El funicular había llegado abajo con Thérèse.
La señal lo confirmó pocos minutos después.
Otra superviviente fuera.
Mireille.
Thérèse.
Abajo.
Arriba quedaban Delacroix, Hélène y Rémi, además de los hombres que habían venido desde el mundo exterior.
El círculo original estaba casi destruido.
Y, sin embargo, por primera vez el hotel parecía contener menos espacio que nunca.
Delacroix miró el reloj.
No por la hora.
Por costumbre.
Después dejó de hacerlo.
Había aprendido que los relojes podían mentir.
Los registros también.
Las firmas.
Las voces.
Las campanas.
Incluso una chaqueta podía mentir si alguien conseguía que miraras un botón antes de mirar la tela.
Pero André Cottin había dejado dos cosas que el asesino no había logrado corregir.
Una duda escrita el mismo día de la visita.
Y una nota redactada minutos antes de morir.
Delacroix volvió a guardar ambas.
Esta vez no necesitaba ocultar que las tenía.
Quien había matado a André ya lo sabía.
Y eso cambiaba algo esencial.
Hasta aquel momento, el asesino había elegido quién debía morir según aquello que podía descubrir.
Ahora ya no quedaba nadie a quien matar para borrar lo que André sabía.
La información había sobrevivido a su dueño.
Delacroix miró de nuevo hacia Hélène.
Ella estaba leyendo.
O fingiendo.
No importaba.
Por primera vez, matar había dejado de corregir la historia.
Y eso significaba que la siguiente jugada ya no podía consistir simplemente en eliminar otra página.
Tendría que destruir el libro entero.