Capítulo 23 — El director del hotel #3
Hélène era la segunda visitante.
Rémi había informado a otra persona.
André recordaba mal.
Alguien había observado el mecanismo independientemente.
No era prueba absoluta.
Pero la hipótesis de una suplantadora externa a ese conocimiento se debilitaba brutalmente.
—Rémi —dijo Delacroix.
El técnico levantó la vista.
—Yo no se lo dije a nadie.
—Seguro.
—Sí.
—Mireille.
—No.
—Veyrac.
—No.
—Nadie.
—Nadie.
Ravel dobló la hoja.
—Entonces Darcourt vino el once.
Delacroix no respondió.
—Monsieur Delacroix.
—Es fuerte.
—No es la palabra que usaría.
—Pero todavía depende de memoria de André sobre qué dijo y a quién.
Ravel señaló el cadáver.
—Lo han matado por esa memoria.
—Probablemente.
—Eso la confirma.
—Confirma que importaba.
Ravel lo miró con impaciencia.
—Está haciendo otra vez lo mismo.
Delacroix sabía.
Mantener abiertas posibilidades.
Pero ahora la resistencia empezaba a parecerse menos a prudencia y más a miedo de concluir.
Eso también debía reconocerlo.
—Hélène pasa a ser principal sospechosa.
—Ya lo era.
—Ahora mucho más.
—Bien.
Rémi se apoyó contra la pared.
—Pero si estaba con Morel.
Delacroix lo miró.
—La muerte de André pudo ocurrir antes de que yo saliera del salón.
—Hélène estaba allí.
—Sí.
—Entonces no pudo.
Ravel frunció el ceño.
—¿Quién más?
—Tú estabas aquí.
—Con ustedes —dijo Rémi.
—Ravel.
—Conmigo y Bernier.
—André se separó hacia el regulador —dijo Delacroix.
—Sí.
—Y ninguno de vosotros lo vio durante ese intervalo.
Ravel apretó la mandíbula.
—No.
—Eso deja varias posibilidades. Alguien pudo estar esperándolo. Alguien pudo llegar después. O el ataque pudo haber sido preparado antes y activarse cuando él entrara.
Rémi levantó la cabeza.
—¿Un mecanismo?
—No lo sé. Pero llevamos cuatro días viendo consecuencias que ocurren después de que quien las prepara ya se ha marchado. No voy a olvidarlo ahora solo porque el cuarto parezca desordenado.
Ravel asintió lentamente.
—Primero la escena.
Encontraron la pieza metálica detrás de una tubería.
No era un cuchillo, sino una herramienta de mantenimiento larga y estrecha, parecida a un punzón utilizado para alinear los orificios de una brida.
Rémi la reconoció.
—Del armario del regulador.
Delacroix miró de nuevo el pequeño gancho, el hilo roto y la posición de la caja desplazada.
—¿Esa herramienta podía estar sujeta aquí de alguna forma?
Rémi se acercó sin tocar.
—Podría. Con un soporte improvisado.
—¿Y este gancho?
—No pertenece a la instalación.
Ravel levantó la vista.
—¿Una trampa?
—He dicho podría —respondió Rémi—. No sé qué había montado antes de que llegáramos.
Por primera vez la escena ofreció una alternativa concreta a la pelea que todos habían imaginado al ver el desorden. La herramienta podía haber sido empuñada por alguien. También podía haber formado parte de algo preparado con anterioridad.
La lámpara rota tenía sangre en un borde. La contusión de la sien podía proceder de ella o del suelo durante el intento de apartarse.
Lenoir examinó las manos de André.
—Hay algo bajo las uñas.
Todos se acercaron.
—¿Qué?
—Fibra. Oscura.
Tela, no piel.
Delacroix sintió la necesidad de mirar inmediatamente la ropa de Hélène. No lo hizo.
—Guardamos.
Ravel asintió.
En el suelo encontraron también un botón pequeño, negro y mate.
Delacroix lo observó.
Una pista limpia.
Demasiado limpia.
—No concluimos nada por un botón.
Ravel lo miró.
—No había dicho nada.
—Su cara sí.
El brigadier casi sonrió.
Recompusieron con cuidado los dos fragmentos del papel que André había llevado consigo. Pertenecían a la hoja del registro correspondiente al once de enero.
La fecha era legible:
11 janvier 1930
Debajo aparecía el comienzo de la firma:
H. D...
Y más abajo:
15 h 05 — accès servi...
El desgarro producido durante la caída había eliminado parte del borde y la hoja seguía incompleta, pero lo esencial no era el nombre. André había decidido sacar ese registro de administración y llevarlo consigo después de escribir la nota.
—Quería que sobreviviera aunque algo ocurriera con los libros —dijo Ravel.
—Sí.
Delacroix miró el cadáver.
—Y eso significa que el asesino podía haberlo matado sin tocar jamás esta página.
Una posibilidad menos espectacular.
También mucho más peligrosa.
Trasladaron el cuerpo a una dependencia separada.
La cámara fría ya estaba llena de muertos y empezaban los preparativos para descenderlos. Delacroix no quiso añadir otra mesa allí si podía evitarlo.
No porque importara al cadáver.
Porque importaba a él.
Volvieron al salón poco después de las dos.
Hélène seguía con Morel.
Cuando vio entrar a Delacroix, entendió de inmediato que algo había ocurrido.
—¿Quién?
No preguntó qué.
Quién.
Delacroix la miró.
—André.
Hélène se quedó inmóvil.
—No.
—Sí.
La palabra pareció vaciarle el rostro.
—¿Cómo?
—Lo atacaron en la zona del regulador.
—¿Cuándo?
—Durante el problema eléctrico.
Hélène miró a Morel.
Después a Delacroix.
—Yo estaba aquí.
—Sí.
—Todo el tiempo.
Morel intervino:
—Desde que monsieur Delacroix me pidió que permaneciera con madame, sí.
Delacroix se quedó quieto.
—Desde que te lo pedí.
—Sí.
—Antes.
Morel pensó.
—Yo estaba en vestíbulo.
—Podías verla.
—Parte del tiempo.
Hélène lo miró.
Delacroix sintió la grieta.
—¿Cuánto tiempo no?
Morel frunció el ceño.
—No sabría.
—Minutos.
—Quizá.
Hélène soltó aire.
—Ahí está.
Ravel entró.
—Madame Darcourt, necesito que entregue su ropa exterior.
Ella lo miró.
—¿Por qué?
—Encontramos fibras.
Hélène bajó la vista a su chaqueta.
Oscura.
—Naturalmente.
Delacroix observó.
Botón.
Chaqueta.
La prenda tenía botones negros.
Contó.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Faltaba uno en la zona inferior.
Silencio.
Hélène lo vio.
Todos.
—No —dijo.
Ravel se acercó.
—Quítese la chaqueta.
Ella lo hizo lentamente.
—Ese botón faltaba antes.
—¿Desde cuándo?
—No sé.
—Conveniente.
Hélène miró a Delacroix.
Él no habló.
—Armand.
—No.
—Mírame.
Lo hizo.
Hélène sostenía la chaqueta con ambas manos.
—No maté a André.
Delacroix sintió la presión de todo.
La segunda visita.
El conocimiento de la puerta.
La página arrancada.
El botón.
La fibra.
La ausencia parcial de coartada.
Demasiado.
Esta vez no podía esconderse detrás de la palabra conveniente.
—Ravel.
El brigadier levantó la cabeza.
—Reténgala.
Hélène cerró los ojos.
No discutió.
Ravel tomó la chaqueta.
Morel quedó a su lado.
—No es arresto formal todavía —dijo el brigadier—. Pero no se moverá sin vigilancia directa.
—Entiendo.
Delacroix la observó.
Hélène abrió los ojos.
No había ironía.
—Has abierto la nota.
—Sí.
—¿Qué decía?
Delacroix no respondió.
—Algo sobre mí.
—Sí.
—La segunda visita.
—Sí.
Ella respiró.
—Y André murió por eso.
—Puede.
Hélène sonrió sin humor.
—Ahora sí puedes dejar de proteger la investigación de mí.
—No te protegía.
—Ya lo sé.
—Hélène.
—¿Qué?
Delacroix tenía una pregunta.
La puerta lateral.
El doble empujón.
¿Lo recordaba?
No debía regalarle el detalle.
Se contuvo.
—Nada.
Ella lo vio.
—Bien.
Ravel se la llevó a una habitación contigua bajo vigilancia.
No lejos.
No sola.
Delacroix se quedó en el salón.
Rémi estaba junto a la ventana.
—Crees que es ella.
Delacroix no respondió inmediatamente.
Por primera vez no quería decir todavía.
No porque temiera informar al asesino.
Porque necesitaba distinguir entre creer y estar agotado de resistirse.
—Creo que Hélène es la explicación más fuerte.
Rémi lo miró.
—Eso no es sí.
—Es lo máximo que tengo.
—Después de André.
—Sí.
Rémi se sentó.
—Géraud escribió que no fui yo.
—Sí.
—Mireille estaba abajo cuando murió Côme.
—Sí.
—Thérèse también está abajo ahora.
Delacroix levantó la cabeza.
Eso era verdad.
Thérèse había descendido antes de la muerte de André.
Entonces, para este crimen, quedaban físicamente arriba:
Delacroix.
Hélène.
Rémi.
André.
Gendarmes.
Médico.
Técnicos.
Si descartaba a personal exterior por falta de motivo y presencia previa al resto de los crímenes, el círculo final se estrechía brutalmente.
Él.
Hélène.
Rémi.
Rémi había estado con Ravel y Bernier buena parte del periodo.
Hélène tenía hueco parcial.
Y un botón en la escena.
—Sí —dijo Delacroix.
Rémi entendió la respuesta.
No dijo nada.
A las tres menos cuarto, Ravel regresó con un dato.
—La fibra.
—¿Qué?
—Lenoir la comparó visualmente con la chaqueta de Darcourt.
Delacroix esperó.
—No parece igual.
Silencio.
—Seguro.
—No análisis. Visual. La fibra bajo las uñas de Cottin es más gruesa y tiene un hilo rojizo.
Rémi miró su ropa.
Chaqueta marrón.
No.
Ravel la suya.
Azul oscuro.
Bernier.
Negra con forro rojo quizá.
Delacroix sintió inmediatamente el peligro de culpar por una fibra sin laboratorio.
—Y el botón.
—Encaja en tamaño con los de Hélène, pero no exactamente en acabado. El suyo tiene borde pulido. El encontrado es mate.
Delacroix exhaló lentamente.
La escena acababa de señalar a Hélène de forma demasiado perfecta.
Y después, apenas se examinaba, empezaba a separarse.
Una fibra oscura que no era exactamente su tela.
Un botón negro que no era exactamente el suyo.
Una visita firmada como ella que no coincidía exactamente con su firma.
Una mujer vestida como ella, perfumada como ella, esperada como ella.
Delacroix sintió algo.
No absolución.
Patrón.
—La están escribiendo —dijo.
Ravel frunció el ceño.
—¿Qué?
Delacroix miró hacia la habitación donde Hélène esperaba vigilada.
—Desde el principio alguien ha dejado pruebas que apuntan hacia ella, pero cada una está un grado desplazada. Firma parecida. Ropa parecida. Perfume. Acceso. Ahora botón parecido, fibra parecida.
—O es ella y comete pequeños errores.
—Sí.
—Entonces.
—Entonces necesito dejar de mirar la semejanza y empezar a mirar la diferencia.
Ravel negó.
—Está volviendo a abrir posibilidades.
—Porque existen.
—Y André.
Delacroix miró la puerta técnica.
—André no dijo que la segunda visitante fuera Hélène.
—Dijo que sabía algo que solo ella debía saber.
—Exacto.
—Eso es casi lo mismo.
—No.
La palabra salió firme.
—Puede significar que Hélène volvió. O que alguien obtuvo ese conocimiento de ella. O que André estaba equivocado sobre a quién se lo contó.
—Colas dice que no.
—Rémi no es André.
Ravel se pasó una mano por el bigote.